Decía José Saramago, cuando le preguntaban cómo se podía aprender a escribir, que la única forma de hacerlo era leyendo. El cerebro es un músculo cuyo gimnasio es para el escritor, además de la reflexión sobre lo que contempla, la lectura. Hay tres pequeñas torres de libros junto al ordenador en el que escribo, ejemplares que voy dejando uno encima de otro con la esperanza de leerlos todos y a los que por desconocidas razones me cuesta acercarme por muy a mano que los tenga; parece que se han ido quedando ahí para formar parte del decorado, como si se tratase del lugar destinado a esos libros que se compran por el gusto de comprarlos, de tenerlos, de que no se los llevase el siguiente cliente de la librería de saldo en la que dimos con ellos; se mezclan las materias y los estilos, los autores y las épocas, una locura que se resolverá encontrando al azar sobre la estantería de otra librería un título que me llame tanto la atención como para empezar a leerlo allí mismo, momento a partir del cual uno se olvida de las lecturas pendientes, gustándose de verlas ahí, en su sitio, pero con la espinita clavada de la dedicación que ha vuelto a desviarse. Hay tantas imprescindibles obras que aún no he leído que a veces me invade una sensación de vértigo, de incapacidad, de impotencia para que acaben entablando una coherente y fructífera relación con mi día a día; pero hay que elegir y decidirse, dejándose llevar por el instinto y por las ganas, por la intuición, por el olfato, por el gusto y el tacto, por la seguridad de que la diversidad es enriquecedora. Es ese uno de los rumbos de la lectura al que conviene no ponerle frenos; la riqueza de la literatura consiste en esa capacidad que tiene para conectarlo todo, todo lo escrito y lo por escribir, todo lo vivido por distintas culturas, todo lo que pasa a diario con lo que pasó hace unos años, configurando un árbol genealógico de la historia, de la civilización de la que ahora somos nosotros sus protagonistas, sus hormigas y sus fieras, sus locos y sus cuerdos, sus autores con la pluma de sus movimientos e intenciones, con sus sueños y sus novelas a cuestas, con sus métodos y libres albedríos, con su esencia de seres humanos necesitados de contar.
jueves, 10 de agosto de 2017
Elegir
miércoles, 9 de agosto de 2017
Diario de agosto IV
A esta hora de la tarde entra una luz por la puerta del patio que confirma la teoría de las nubes de agosto: ese papel muy fino que algunas tardes antecede a una súbita sensación de calor debido al bochorno. La luz condiciona nuestro estado de ánimo y nos aproxima a imágenes pasadas, en esto último se parece mucho al olfato.
El agua y su música celestial; una ducha es una catarsis; dejar que corra el agua fresca por mi cuerpo me prepara para sonreírle al paseo, para campar a mis anchas por La Ciudad, sintiéndome perdido cuando me doy cuenta de que a penas quedan unos minutos para vernos; he caminado durante casi dos horas y me encuentro en un lugar insospechado; la de vueltas que he dado y el trecho que aún me falta. Cuando paseo me gusta ir calculando el punto al que quiero llegar mediante una especie de brújula mental que muchas veces me da una sorpresa; La Ciudad es muy dada a eso, es muy fácil dejarse llevar por el instinto de descubrimiento a través de sus calles y verse uno sorprendido por la ubicación del lugar al que ha ido a parar.
Pat Metheny va muy bien para pararse a pensar dónde poner un punto y coma; cuánta sensibilidad en una guitarra; a veces, sumergido en mi ensimismamiento, pierdo consciencia del sonido y al despertar, como recién salido de una cueva, me sorprende la aparición de la música; ese reencuentro le aporta un cariz poético a la tarea de ir hilvanando frases. Tratando de tener los pies en el suelo esbozo un pensamiento que no llega a un párrafo, algo es algo, menos da una piedra.
Le tengo fe a la terapia de regar las plantas, de cuidar del patio, de correr los muebles del hogar sometiéndolos al trasiego de la revisión de los bajos fondos, introduciéndome en las estaciones del Metro de este estudio de la calle Conde de Barajas, como en una operación también con destino a la limpieza espiritual. Retirar las hojas secas de una planta mal cuidada se parece a disponer de una cierta sensación de esperanza de que vuelvan a brotar; tengo la seguridad de que si se les habla a las plantas mientras se riegan florecen con mayor rapidez los destellos de recuperación en sus ramas. Las herramientas de limpieza se convierten en instrumentos con los que pintar el lienzo del hogar; la fregona es la brocha y la bayeta el pincel; el papel es la lija que una vez embadurnado se transforma en el difumino con el que el brillo de las superficies nos habla de hospitalidad, de claridad de ideas.
Como una de mis manías es pensar que las cosas viven necesito de cierto orden para ponerme a leer o a escribir; la colocación de los objetos de la vivienda responde al mecanismo silábico de la canción de la estética doméstica. El Amor es el abrazo de varios minutos en un semáforo. La conversación fluye por las arterias del análisis. Escribir es descubrirse a uno mismo; escribir es aprender.
martes, 8 de agosto de 2017
Diario de agosto III
Agosto es un mes al que le sienta muy mal la melancolía; el calor da modorra y la modorra ya se sabe, la modorra agosta y no sabe uno dónde meterse, qué ponerse, de que bebida echar mano, a qué dioses recurrir; siempre anda el vaso de caña al quite de los enjuegues por dentro, viniendo a estimular al paseante, al lector, al solitario, al turista embobado ante los detalles de una fachada del casco antiguo, a la vagancia de los espíritus que tienen bien abastecida la nevera. Agosto es un mes que huele a limón, a sandía y a melón, a ensalada verde, a patatas aliñadas y a pipirrana, a tomate con orégano y a lomo de atún en aceite; agosto tiene el bocado del filete empanado y de la pera de agua, la textura del gazpacho, el incandescente color de su sol en un cuenco de salmorejo; agosto tiene el brillo del huevo casi cuajado de la tortilla de patatas que alcanza la categoría de obra de arte al degustarse fría. Agosto suena a saxo alto, a vacíos en las plazas de aparcamiento, a señales que ahora leemos con más atención. Es curiosa la relación entre el ruido y la atención; hace poco, catando un vino, al decir que necesitaba salir a un sitio en el que poder apreciar sus aromas sin el bullicio que allí había, se me quedaron mirando. La atención sobre el mosaico de La Ciudad suele estar condicionada por la aparición de ruidos que entran a distorsionar la onda de un pensamiento, de una percepción/percepción; por eso ahora que hay menos gente y menos estridencias y menos motos y menos coches nos damos cuenta de que hay un cúmulo de detalles de La Ciudad que nos habían pasado desapercibidos, que estábamos ignorando por no cambiar de recorrido. Agosto tiene un aire de dispersión, de remanso de paz aunque invadamos las playas y corra la cerveza con la urgencia de los sedientos, y los espetos de sardinas pasen de mano en mano a la velocidad de la luz de las ansías por el desquite. Quedarse en agosto en La Ciudad no es moco de pavo; oro molido, canela en rama, pata negra, doble cero. Vivimos en La Ciudad y es como si no nos diéramos cuenta de que es uno de los principales destinos turísticos del mundo; por mucho calor que haga el resto del día, la simple aparición de las calles, por la mañana muy temprano, es una señal de la vida de la Belleza; se me ocurre que a Joyce y a Cortázar les hubiera encantado estudiar aquí unos años, empapándose del sigilo bullanguero y de los recursos de la improvisación; el primero con su inseparable cuaderno de notas en el bolsillo, el segundo dejándose mojar por la lluvia de mayo atravesando la Plaza Nueva, acurrucando y arropando bajo su gabardina un libro con el mismo cuidado con el que se lleva a un bebé junto al pecho.
lunes, 7 de agosto de 2017
Diario de agosto II
Me despierto comprobando cómo inunda la luz el estudio en el que vivo; ayer retiré todas las cortinas y el efecto de esta mañana ha sido como una de esas vigilias que te hacen dudar del sitio en el que estás pareciéndote que acabas de entrar en él. Estos cuantos metros cuadrados, cuya puerta hace ahora dos años abrí por primera vez, una tarde en la que como en un espejismo vi lo poco que necesito puesto en su sitio, son mi patria más cercana; aquí me caliento el tarro y le doy color a las láminas del psicodrama.
Cómo pasa el tiempo; anda el concepto Tiempo detrás de mí más de lo habitual en estos días. El último síntoma de mi degeneración ha sido que esta mañana he echado en falta el reloj. Santana de fondo junto con una taza de café y un cigarrillo son ya un motivo para sentarse a escribir, para quitarle las telarañas a las tribulaciones. El humo del tabaco y sus musas decorando la perspectiva del vistazo sobre las aspas del ventilador en forma de tenue penumbra, aportándole un toque esponjoso a la contemplación, a este ensimismamiento en mí mismo que me trae por la calle de la amargura, ocupa su lugar entre el romanticismo y la tristeza; de todo tiene que haber para que el aprecio a lo por venir sea la mejor versión de lo que se ha perdido.
Últimamente noto como si se hubiera apoderado de mí una cierta tendencia a la desidia, a la vagancia extrema; a penas tengo fuerzas para poner en orden alguna nota y para salir a la calle a ver si encuentro algo que apuntar mientras bebo cerveza y escucho música con los cascos puestos, a lo mío, sin más interés que el de la libertad, escabulléndome de la ansiedad y del aburrimiento, engañando al fracaso moviendo las palabras de sitio, tachando, dibujando flechas y símbolos para no perderme, boyas en el mar de la inseguridad. Me siento perdido, ido, confuso, irresponsable, destartalado. Cuánto desorden. Tenía pensado dedicarle este mes de agosto al borrador de algo que hacía meses que me rondaba la cabeza, algo referente a mi oficio, pero he llegado a la conclusión de que no es lo que me pide el cuerpo, que cada vez que me pongo a pensar en ello me sabe a vino que necesitase de más crianza; y lo dejo ahí, por los aires del subconsciente a la espera del toctoc que venga a decirme que ha llegado el momento de ponerse manos a la obra. Cuántas dudas. Al cuerpo hay que hacerle caso. El cuerpo y el pensamiento, binomios que han de entenderse para dar un paso al frente. De momento es La Ciudad la protagonista, y una melancolía a la que hay que decirle basta; hasta cuándo.
Sondeo los libros de los que dispongo y sale a mi encuentro el Libro del desasosiego. No sé si estoy preparado para meterme de lleno en la voz de Pessoa, pero hay en él algo que me llama; es uno de esos libros/torrente/autores que he ido leyendo muy desordenadamente a la par que he ido trazando una especie de rayuela lectora, abriendo por aquí o por allá, dejando que juegue su papel el azar, sobre algunos de sus libros de poemas y sobre esta biblia de la reflexión interna. El respeto que le tengo a algunos libros está muy cerca del miedo a salir de ellos cambiado, alterado, perturbado, mediante esa desconocida forma que me de con la verdad en las narices. Wake up and walk/ Wake up and read. La lectura es una relación en la que hay que ejercer una cierta dosis de irreverencia para mantenerse a salvo de las profundidades de las mentes más agudas, saboreándola.
domingo, 6 de agosto de 2017
Diario de agosto I
Hace días que no escucho las noticias, ni las veo salvo los destellos de realidad embadurnada de imaginación que recibo mientras paseo; eso también son noticias o nos pueden acercar a pensar qué han dicho las noticias. El mosaico de La Ciudad es como la paleta de colores del pintor al que se le encarga la obra de arte del amanecer contemplado con La Giralda de fondo. Todo el mundo habla del tiempo, del calor, de los números en los termómetros, del lío del gobierno y de los precios del carné de socio para esta temporada, de la muerte de Ángel Nieto y de su astucia para permanecer siete vueltas al rebufo del primero hasta encontrar el momento del hachazo; qué tiempos aquellos los de Tiempo y Marca, plácidos domingos de la infancia a los que yo le ponía color blanco. Todo el mundo va con su novela a cuestas y se saluda con bondad; la gente toma café y se intercambia cuatro datos triviales, contraseñas, dichos, refranes, y la capacidad deductiva se pone en marcha. La inteligencia/suspicacia de los contertulios de una reunión momentánea va tan rápido como el rayo. El trazo largo en la dicción de las sílabas del habla del Sur es ya una pista de la ondulación a la que puede ser expuesto el contexto. Quedo con un amigo para charlar, para darnos las últimas novedades, para ponernos al día, y el hilo conductor de la conversación está impregnado de escucha, cosa que me hace sentir feliz; porque ahora más que nunca, debido al amasijo de derivaciones con aspiraciones a adormilar al rabaño, la escucha es un bien preciado, en alza, minoritario, exquisito, caviar Beluga del día a día. Hay en la escucha que se ejerce sobre nosotros un aposento para la complacencia, en cambio escuchar a los demás como se merecen no siempre nos sale, invadidos por el pensamiento sobre qué decir a continuación; eso es algo que me pasa frecuentemente, y me da rabia no tener la habilidad de la escucha bien sintonizada en muchas ocasiones que se lo merecen.
Esta mañana he leído ocho o nueve páginas de Alejo Carpentier y me he quedado impactado; he cogido un libro al azar del estante de una librería y ha sido como una llamada; la de veces que he visto ese nombre escrito, la de veces que lo encontrado en un artículo o crónica cultural, y nunca me había decidido. Leo ocho o nueve páginas de El acoso y siento la palpitación de una prosa cargada de metáfora, una capacidad descriptiva a base de frases cortas de sublime adjetivación. Me decido a comprarlo y unos cuantos minutos después, al pasar por la puerta de otra librería entro y voy de nuevo en busca de ese nombre; me hago con El siglo de las luces, cuatrocientas páginas de recreo y de reparto de sabiduría, de sutilidad, de lenguaje poético, de color y de una acción detenida en el detalle esbozado por el vocablo exacto; qué envidia.
viernes, 4 de agosto de 2017
La realidad
La realidad y su folio en blanco, y su tinta china y su óleo y su carboncillo, y su subir y bajar de las nubes del tedio a la pasión, y su humo de tabaco y su papel de fumar y sus dunas de arena del desierto del asfalto; la realidad y sus sábanas pegadas y sus ojeras, y su insomnio y su sueño despierto y su viaje astral a la nevera; la realidad y sus luces y sombras y penumbras y claros que iluminan un instante de reposo, y sus acordes y sus voces y sus instrumentos diatónicos a disposición de los oídos, y su cantinela de fondo y sus escombros y sus piedras preciosas; la realidad abarcando lo que no nos cabe en los brazos, con sus noticias y sus demagógicos discursos, con sus yacimientos petrolíferos y sus países enteros muriéndose de hambre, con sus ofertas y sus demandas y su sálvese quien pueda. Ver pasar la vida desde una esquina es un ejercicio apasionante para quienes gustan del vicio de tomar notas, de sentarse a beber una cerveza para enfrascarse del curso del los movimientos del trajín de alrededor al tiempo que el estímulo de los sorbos va aclarando la espuma del cerebro. La realidad es un lío, un cruce de múltiples caminos, un galimatías de imaginaciones entrelazadas, un cúmulo de suposiciones y de amenazas, de historias y fabulaciones que condicionan los comportamientos, de desquites y cautelas, de duermevelas en los que se han puesto de acuerdo unos cuantos pensamientos. La realidad y sus envases al vacío y sus bolsas de la compra, y sus colas y sus turnos y sus recibos de alquiler y sus facturas de la luz; la realidad es espesa y ligera, cruel y angelical, dolorosa y placentera, ardiente y fría, coqueta y dejada; parece como si la realidad estuviese esperando para que la moldeásemos a nuestro antojo; siempre tenemos esa esperanza desde el momento en el que al despertarnos tomamos conciencia del valor de un nuevo día; lo que aún no sabemos es la cantidad de curvas que encontraremos a lo largo de ese efímero sendero de pasos y de miedo, de valentías y arrepentimientos, de palabras no dichas y de mal elaboradas diatribas que nos llevan nada más que al puerto de la abnegación, de decisiones una detrás de otra como una fuente inagotable cuyas aguas van cambiando de color como de tonalidades va cambiando la tarde reflejada en las fachadas de La Ciudad.
miércoles, 2 de agosto de 2017
Telegraph road
Entro en el Coltrane, y con motivo de la inauguración de mis vacaciones me será concedido un deseo. La música es un lenguaje mediante el que pueden comunicarse todas las almas. Hay bares que lo atrapan a uno por razones que no solamente tienen que ver con estar cerca de casa, con ser el bar de la esquina o el abrevadero más a mano. Dentro del sentido de la hospitalidad de La Ciudad hay una tendencia a la convivencia en los bares, esos puertos para los marineros en tierra que desparraman sus versos inspirados por los tragos de la nostalgia de las familias que se han ido conociendo a lo largo y lo estrecho y lo ancho del camino. Siempre necesitamos de alguien a quien contar nuestras historias, alguien con quien hablar sintiéndonos psicosomáticamente escuchados a sabiendas de que la memoria se encargará de seleccionar el contenido y no reparar en más detalles que los precisos para tomarse otra llegado el momento; porque, en realidad, en lo bares parece que se habla de mucho pero no se habla de nada, o muy pocas veces se habla de algo; haberlas haylas y dichosos de aquellos que las sepan apreciar. Las bazas están cotizadas y los cartuchos contados, y todos tan amigos. Un puerto, una familia; mejor o peor, pero una familia con la que compartir las penas y las celebraciones. La predisposición con la que los camareros nos dirigimos después de una larga jornada a tomar una cerveza es comparable al recibimiento de un premio, un poco con esa sensación de empezar a saborear el descanso del guerrero que tanto nos gusta a los que sabemos en primera persona a lo que saben esa serie de binomios que le dan sentido a la escultura de la realidad: los desengaños y las alegrías, el amor y el amor, la plenitud y la frustración; binomios con los que el mosaico de La Ciudad recién contemplada a media noche con música de fondo se lleva bien porque lo entiende todo; intentos por haber hecho lo posible para que la tierra gire sobre su eje, una veces con la sensación de haberlo conseguido, otras acabando por admitir que no es precisamente por nuestra dedicación por lo que este circo ambulante campa a sus anchas en mitad del universo hasta que se acabe estrellando contra uno de esos gigantescos meteoritos que nos pulvericen no dejando ni rastro de nosotros. Esos minutos, esa media hora alargada que puede llegar a dilatarse más de la cuenta, está tan en conexión con la poesía del presente como lo puedan estar los versos de esa canción que cuenta cómo un hombre solitario decidió establecerse en mitad del campo creyendo que allí encontraría el reducto de tranquilidad y de coherencia con el que hallarse así mismo. El hombre llega, se instala en un pedazo de tierra, la huele, introduce sus manos en el suelo para comprobar la humedad, mira al cielo y se promete. El hombre llega pero no sabe que dentro de no mucho llegarán las iglesias, las escuelas, las leyes, los abogados, los trenes, la civilización a comérselo todo. El hombre de la canción me recuerda al protagonista de La Caverna de José Saramago. Aparece el piano como contrapunto, como lívido contrapeso, como si fuese la tilde que aderezase la composición moliendo los granos de pimienta de la precisa y exacta presencia de una nota, con la chispa, con la ondulación lejana de lo indispensable para que aquello acabe convirtiéndose en una obra de arte. Escucho y me deleito con Telegraph road en esta noche de un sueño de verano.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)