Esta tarde, mientras estaba haciendo las maletas para afrontar un nuevo desplazamiento, en esos momentos que se salpican de tristeza, porque uno está siendo testigo del traslado del campamento que durante un tiempo se asentó en una zona especialmente agradable, son también frecuentes los pensamientos en torno al nuevo destino. Me rondan la cabeza caras que todavía no he visto, personas con las que entablaré amistad, lugares que formarán parte del currículo de lo andado, privilegiadas calas a las que poder llevarme un libro para volver a salvarme la vida y costumbres con las que entrar en contacto enriqueciendo los hábitos con gestos que hasta el momento no habían aparecido por mi ser. Se trata de un momento de soledad en el que el ser humano se siente atraído por la sensación de seguridad de que algo acabará por olvidársele. Siempre han tenido los traslados ese matiz de algo inacabado, puede que debido a la no continuidad, y un cierto aire en el que entra la posibilidad del reencuentro quién sabe cuándo.
La mudanza tiene un componente de silencio en cada prenda que se dobla, en cada libro que se embala, en cada percha que se descuelga y en cada recordatorio de lo que siempre se nos escapa del plan inicial de partida; y a medida que el apartamento se va viendo vacío nos entran unas ganas de hablar a solas, en forma de solitaria despedida de esas cuatro paredes que nos han acompañado y soportado durante los últimos meses, con el espacio en el que dentro de unas horas ya no se encontrarán nuestros huesos sobre esa cama, ni nuestra espalda reclinada en ese sofá en el que fueron un lujo los ratos de lectura sin los que no podían terminar los días durante aquellas noches, ni nuestros dedos enfrascados en espuma de jabón frente al espejo del baño, ni nuestras manos agarrando la esponja con la que se friegan los platos, ni nuestro cuerpo entero viéndose reflejado a la hora de probarse la camisa que entona con el pantalón.
A medida que voy repasando el polvo de los huecos que han quedado descubiertos, con motivo del movimiento de todo cuanto forma parte del equipaje, pienso en quién será el próximo inquilino y en si le servirá de algo el halo, la energía que aquí deposité sin otra intención que vivir en paz y continuar soñando. Qué títulos conformarán la próxima biblioteca que aterrice por este apartamento de Triana, qué amigos dirán eso de que esto huele a hogar, qué marca de café acabará refrigerándose en la nevera, que música será escuchada; todo queda a mereced del tiempo que nos trae y nos lleva como motas de polvo por los caminos de un recorrido frecuentemente incierto en el que cada curva es motivo de un descubrimiento, y las despedidas hay que aprender a celebrarlas por tratarse de la ventana que se abrió tras haberse cerrado una puerta. Como la puerta de esta rincón, que mañana será cerrada por mis manos, y como la ventana de aire marinero que me acompañará en el inmediato diario de Conil de la frontera.
lunes, 30 de abril de 2012
Puerta cerrada, ventana abierta.
domingo, 29 de abril de 2012
Vacunando al desamor.
Resulta enormemente bello y conmovedor ver como pasean, juntos de la mano, dos seres humanos cuya edad se puede adivinar sobre los ochenta, con una compenetración tal que parece marcar los pasos de ambos hacia una diligente interpretación de las profundidades del respeto, y del amor. Y puestos a imaginar, y a admirar, la cantidad de días que han compartido el sentimiento de sentirse uno parte del otro me lleva a pensar que, aunque se trate, por incomprensible desgracia, de una aguja en un pajar, es posible la existencia de ese casi imposible e impensable afecto duradero, e intransigente con los asuntos del fraude, al que en algún momento de su vida cualquiera de nosotros se ha propuesto aspirar. Entonces vuelvo a las andadas de la duda a cerca de si es bueno o malo el hombre por naturaleza, o de si no tiene porqué ser ni una cosa ni la otra sino simplemente ser lo que es y soportar su condición lo mejor posible, tratando de no sufrir en demasía en el caso de que le haya tocado la china de la lucidez cuyo corazón es permanentemente atravesado por las flechas de fuego de las injusticias que le rodean.
Pero ese señor y esa señora cuyos ojos habrán visto millones de barbaridades cuentan con el desmesurado tesoro del cariño a la vista de todos. Pero parece que nadie se percate del ejemplo con el que marcar la pauta de un posible efecto dominó que arrollaría a la maldad y la quitaría del medio en un pispás. O tal vez no, tal vez andemos en otras cosas que nos nublen la mirada hacia ese futuro incierto que tan poco se encarga del cultivo de la materia espiritual con la que disfrutar de la infranqueable fuerza de la amistad. Puede que andemos perdidos, seguro, y que, como le escuché decir a alguien, hace unos días en la radio, ahora se haya puesto de moda ser hijo de padres separados; o sea, una palpable muestra del desconcierto generalizado que se encarga también de soltar por la boca todo aquello cuanto se nos ocurra sin pasarlo por el filtro de la lógica. Como si la realidad estuviera superando todas las fantasmagóricas historias que se plantearon hace años tipos del talento de H.G. Wells y por innovar ya nos dé hasta por innovar con los sentimientos.
Les pongo nombre, les imagino un pasado, un maravilloso noviazgo, las vicisitudes de alguna contienda de la que no tuvieron culpa, los otoños y los inviernos, los apagones de muchas velas con el recién estrenado soplido de la tercera o la cuarta juventud. Se lo imagino todo a ese par de seres humanos a los que contemplo y a los que deseo parecerme llegado el momento en el que lo más ansiado debe ser la transparencia de una labrada tranquilidad, y tras ellos detecto un halo de satisfacción que debe ser parecido a la mejor recompensa con la que la existencia ha decidido premiarlos por ser tan sensatos, por no haberse cansado de regar las plantas del apego ninguna de las mañanas de sus vidas. Y me niego a pensar en otro asunto que me separe de esto porque el resto me parece tan superfluo y correoso como para sentirme engañado por los miserables hábitos de nuestra civilización, y corro a guarecerme durante unos instantes bajo la sombra de los más dignos personajes de la decencia ciudadana con los que me he topado hoy, y continuo en mis intentos de imaginarme un mundo diferente, eso sí, vacunándolo contra las peligrosas modas del desamor con las que ahora parece que se perfuma el rebaño.
sábado, 28 de abril de 2012
La madrugada.
La madrugada
levanta el telón
y con él su caparazón
contra las despedidas.
Cualquier esquina es buena
para perder el timón,
para desgastar las ruedas,
para recurrir a la perversión
con la que los labios se queman
y tiembla el corazón en una hoguera.
La madrugada
Cualquier esquina es buena
para perder el timón,
para desgastar las ruedas,
para recurrir a la perversión
con la que los labios se queman
y tiembla el corazón en una hoguera.
La madrugada
entabla conversación
con aquellas almas suicidas
que en las balas perdidas
buscaron su justificación
para huir de la pesadilla,
para refugiarse del desamor,
para ampararse en las cuartillas
en las que el lápiz y la voz
se entregan a la dulce partida
de escribir sin rendición,
de respirar un aire fresco
cargado con diamantes sobre el cielo.
La madrugada
se asoma al balcón,
para refugiarse del desamor,
para ampararse en las cuartillas
en las que el lápiz y la voz
se entregan a la dulce partida
de escribir sin rendición,
de respirar un aire fresco
cargado con diamantes sobre el cielo.
La madrugada
se asoma al balcón,
en ocasiones, acariciando un reloj
de arena y, a veces, una condición
que optó por olvidarse del despertador
a sabiendas del ingreso
de sus huesos en la trena
en ese apagón de las velas
de la posible resurrección,
en la precisa imposición
de las claridades de acuarela.
en ese apagón de las velas
de la posible resurrección,
en la precisa imposición
de las claridades de acuarela.
La madrugada
no repara en leyes matemáticas
ni se propone postponer el subidón,
ni el cuerpo de los dedos en las bocas con resaca,
ni las ojeras cuyas sombras sin amor
con el tacto indeciso de los sueños se delatan.
La madrugada a veces revive,
a veces endulza y a veces mata,
y otras veces da lo que recibe,
llegando a ser proclive
a cambiar ríos de oro
por arroyos de hojalata.
La madrugada
levanta el telón del tugurio y del antro,
La madrugada a veces revive,
a veces endulza y a veces mata,
y otras veces da lo que recibe,
llegando a ser proclive
a cambiar ríos de oro
por arroyos de hojalata.
La madrugada
levanta el telón del tugurio y del antro,
de los suburbios y de los taxis a la espera,
y de los sobresaltos que desesperan
al duermevela de la desesperación
por la maldita tentación
de cuanto llega y no llega.
De aquello que se retrasa
y sobrepasa el morbo y la emoción
como si todo dependiera de una llamada
con la que arreglar la desorientación
del murmullo y el ruido de las serenatas.
De aquello que se retrasa
y sobrepasa el morbo y la emoción
como si todo dependiera de una llamada
con la que arreglar la desorientación
del murmullo y el ruido de las serenatas.
La madrugada
es un óleo y un acordeón,
un borrador y por supuesto una escuela
y un boceto de petróleo en un tirabuzón
con el que ni con las musas hay manera.
jueves, 26 de abril de 2012
El bar de la esquina.
Al fondo se ve una cafetera de uno de cuyos costados cuelgan dos jarras metálicas. Se ven recipientes de mimbre para los azucarillos, la sacarina, los bizcochos y las magdalenas del desayuno. Hay un cartón vertical para las liofilizadas dosis de descafeinado y un clavo del que pende una ristra de cupones para el sorteo de hoy. Los destellos de una máquina de bolas que ya no es la Reina del Caribe acompañan el mosaico de colores de una tragaperras. Las garrafas de lejía, detergente y líquido multiusos habitan a los pies del fregadero, cerca de los barriles que esperan su turno en el cañero. Un dispensador de frutos secos mira de reojo a las sombrillas del verano que invernan sobre unas cajas de refrescos que le sirven de colchón. Las sillas y las mesas de la terraza son torres de plástico rojo bajo el porche de la fachada. Los días son seguidos en un calendario patrocinado por la ferretería más cercana. Un velo de polvo sobre los frascos de la estantería más alta, esa en la que se encuentran desaparecidas marcas, da fe del tiempo transcurrido como le ocurre al tronco del árbol con sus anillos.
Junto a la registradora yacen innumerables monedas de céntimo que van formando una manta metálica después de haber rebosado el vaso de plástico en el que una vez comenzaron a instalarse. Mecheros que no encienden, cajas de cerillas, chinchetas, clips y comprobantes de la compra del supermercado, entre otros, forman parte de la familia de elementos que ahí están porque han venido y acaban conviviendo, en las inmediaciones de los platos de café y el recipiente en el que descansan invertidos, con su lengua hacia arriba, las cucharillas y los tenedores con los que será atacado el pincho de tortilla, junto con un candado, un manojo de llaves y un mando con el que activar el mecanismo necesario para poder comprar tabaco.De tanto en tanto se escucha un ¡shiiiiiips! Indicador de que una mínima cantidad de insecticida ha sido expulsada, por un dispensador, con la rutinaria habilidad con la que un reloj da los cuartos, con la sincronización con la que unos dedos redoblan sobre el mostrador mientras admiran la cantidad de ginebra que cae dentro de un vaso. Inevitablemente, alguna luz de emergencia no trabaja. Los Chichos y Los Chunguitos le dan tarea a una arrinconada mini-cadena junto a la que permanece impasible un expositor de casetes y un trasto del que cuelgan llaveros de los más diferentes aspectos y formatos que se venden por un euro.Amer Picón, Chartreusse o Cynar, Brandy de Jerez con tapón de corcho, anís Las Cadenas, Parfait Amour o Drambuie y Grand Marnier con desgastadas etiquetas son algunos de los tesoros que paradójicamente se pueden encontrar en alguna de las repisas de este sitio. No muy lejos, no preguntes porqué, hay un bote de Cola Cao y un muñequito de plástico. Carteles de épocas pasadas anuncian partidos, corridas, fiestas, conciertos, cursos o circulares del ayuntamiento. Algún anuncio vende o alquila un piso. Algún marco encierra una foto de familia o de peña juerguista, el escudo del equipo de la zona o el busto de un mítico futbolista al que idolatra la concurrencia.El serrín continua siendo un recurso. La Flor, el Tute y el Mus son el póquer del pueblo que ocupa estos asientos de eskay que llegarán a ser históricos. La vida no sería lo mismo sin el bar de la esquina en el que ahora me encuentro y me gustaría seguir describiendo.
lunes, 23 de abril de 2012
Dulce hábito.
Disponer del tiempo necesario para que el hábito de la lectura se convierta en parte de la dieta es un privilegio que, a pesar de la dinámica ordinaria que nos encierra en callejones de prisas comerciales y horarios que parecen no tener suficiente con venticuatro horas, nos conduce al maravilloso abismo de visitar otros lugares sin movernos del sofá y a conocer a muchas otras personas de las que además se nos encarga la responsabilidad de ponerles cara, vestimenta y color de pelo. La imaginación nada a sus anchas por los derroteros del cuento y el relato. La intriga nos hace no dejar pasar la tentación de leer el capítulo siguiente y, lápiz en mano, el encuentro con esa frase carga de sabiduría, que parecía que nos estaba esperando desde hace años, subrayar ese tipo de expresiones que tienen la carga significativa de los proverbios se convierten en actos que se van sumando a las costumbres de quienes se ven inmersos en un mundo aparte del que casi siempre se sale con la sensación de que la vida es vivible y, lo que resulta más seductor todavía, imaginable de una forma mejor.
Leer implica una parte de compromiso con el alma que consiste en ser capaz de hacerlo casi en cualquier lugar. Esa burbuja, en la que se aloja el lector ensimismado en la página, es capaz de mantenerlo concentrado a pesar del frenazo del autobús urbano en el que se encuentra o del bullicio que se forma alrededor del sitio preferido del bar para instalarse en la postura del experto, como ese irreductible leyente, habituado a leer sobre la barra de una cafetería durante horas, que Muñoz Molina nos describe en un artículo cargado de simpatía hacía quienes parecen disponer de una coraza contra las balas perdidas, de esta merienda de negros, formada por el permiso de residencia en los países de la fabulación y el continuo aprendizaje de los libros. Y, ciertamente, resulta agradable contemplar el estado de bienestar de cualquiera de nuestros compañeros de vagón o terraza, de parque o biblioteca, que comparten con nosotros las vitaminas de las letras impresas en ese gesto que nos hace levantar la cabeza para pararnos unos segundos a reflexionar sobre el impacto de lo que acaba de acontecer en el interior de ese puñado de hojas que tenemos entre las manos. Suele ir, ese instante de meditación, acompañado de una leve sonrisa con la que el cerebro experimenta una sacudida de frescor con la que los pájaros en la cabeza se convierten en mariposas engendradas en el capullo de la salud mental.
Hoy que se celebra el día del libro es inevitable la visita a mis libreros favoritos; a Juan, en la calle San Jacinto, que me comenta que Antonio Machado tiene que ser bueno porque lo vende muy bien; a Paco, en la Gran Plaza, que me recomienda, ante la disyuntiva de elegir entre una u otra edición de un mismo título, que me fije en el tamaño de las letras y en el color de la portada; o a ese cubano licenciado en filología hispánica, que se gana unos euros cerca de los jardines de Murillo, que tanto me enseña sobre autores americanos, John Dos passos, Hemingway, Faulkner, Henry Miller, y que, mirándome por encima de sus inclinadas gafas, me dice que estamos acostumbrados a quejarnos por vicio, sin moverse de una silla plegable en la que siempre le acompaña un novelón, con aire de maestro en bermudas que da fe de que en la calle se encuentra una de las mejores aulas de la vida. Resultaría chocante pero enormemente bello que a todos ellos se les diese la oportunidad de disponer de un huequecito en el que vender sus libros, cuyos precios oscilan entre uno y tres euros, en esa arquitectura de casetas que representan las ferias del libro o las conmemoraciones como las de hoy. A buen seguro que Nicanor Parra haría buenas migas con ellos pasando, por desgracia, tan desapercibido como lo hacen todos y cada uno de estos maestros del asfalto.
Leer implica una parte de compromiso con el alma que consiste en ser capaz de hacerlo casi en cualquier lugar. Esa burbuja, en la que se aloja el lector ensimismado en la página, es capaz de mantenerlo concentrado a pesar del frenazo del autobús urbano en el que se encuentra o del bullicio que se forma alrededor del sitio preferido del bar para instalarse en la postura del experto, como ese irreductible leyente, habituado a leer sobre la barra de una cafetería durante horas, que Muñoz Molina nos describe en un artículo cargado de simpatía hacía quienes parecen disponer de una coraza contra las balas perdidas, de esta merienda de negros, formada por el permiso de residencia en los países de la fabulación y el continuo aprendizaje de los libros. Y, ciertamente, resulta agradable contemplar el estado de bienestar de cualquiera de nuestros compañeros de vagón o terraza, de parque o biblioteca, que comparten con nosotros las vitaminas de las letras impresas en ese gesto que nos hace levantar la cabeza para pararnos unos segundos a reflexionar sobre el impacto de lo que acaba de acontecer en el interior de ese puñado de hojas que tenemos entre las manos. Suele ir, ese instante de meditación, acompañado de una leve sonrisa con la que el cerebro experimenta una sacudida de frescor con la que los pájaros en la cabeza se convierten en mariposas engendradas en el capullo de la salud mental.
Hoy que se celebra el día del libro es inevitable la visita a mis libreros favoritos; a Juan, en la calle San Jacinto, que me comenta que Antonio Machado tiene que ser bueno porque lo vende muy bien; a Paco, en la Gran Plaza, que me recomienda, ante la disyuntiva de elegir entre una u otra edición de un mismo título, que me fije en el tamaño de las letras y en el color de la portada; o a ese cubano licenciado en filología hispánica, que se gana unos euros cerca de los jardines de Murillo, que tanto me enseña sobre autores americanos, John Dos passos, Hemingway, Faulkner, Henry Miller, y que, mirándome por encima de sus inclinadas gafas, me dice que estamos acostumbrados a quejarnos por vicio, sin moverse de una silla plegable en la que siempre le acompaña un novelón, con aire de maestro en bermudas que da fe de que en la calle se encuentra una de las mejores aulas de la vida. Resultaría chocante pero enormemente bello que a todos ellos se les diese la oportunidad de disponer de un huequecito en el que vender sus libros, cuyos precios oscilan entre uno y tres euros, en esa arquitectura de casetas que representan las ferias del libro o las conmemoraciones como las de hoy. A buen seguro que Nicanor Parra haría buenas migas con ellos pasando, por desgracia, tan desapercibido como lo hacen todos y cada uno de estos maestros del asfalto.
sábado, 21 de abril de 2012
El Primer Hombre.
El pasado mes de Enero tuve la fortuna de ser obsequiado con una obra en la que la virginidad y el silencio, la parte que aún no ha sido concebida y las notas a pie de página, conformaron en su día el borrador sobre el que un hombre contaba la historia de la búsqueda de su progenitor, del primer hombre. Papel sobre papel, de su puño y letra, en el interior de una carpeta, con infinidad de datos con los que posteriormente completar las ideas originales, era en lo que consistía este tesoro autobiográfico en el fatídico momento en el que un accidente de automovil puso fin a la existencia del orgullo del ejemplar hombre absurdo, cuando a penas habían pasado un par de años desde que le fuese concedido el premio Nobel de literatura, cuando, como él decía, su obra no había hecho nada más que comenzar. Cuando para siempre estaremos con Albert Camus y cuando uno siente tener en las manos, en el caso del Primer Hombre, un documento único y una absoluta sensación de privilegio.A medida que avanza la lectura es palpable, y se contagia, la importancia que Camus le dio al cultivo de la espiritualidad mediante la cultura desde que era niño. Madurez que sorprende y que nos acerca a la persona hasta sentirnos cómplices de quien narra. Y eso que en buena parte de la época sobre la que se centra el relato, su infancia, no le fue precisamente fácil, debido a la profunda pobreza de su familia, tener acceso a los libros de la manera que él anhelaba. Una lámpara de petróleo, una estrecha escalera de madera y un gallinero al que accedía superando el miedo que no se podía permitir tener. Una madre ensimismada en la ventana, como en perpetua espera del primer hombre, como una Úrsula de Macondo soportando el paso del tiempo acatando la soledad, alrededor de la cual no deja de bullir el mundo, como forma de vida, y una abuela legisladora y mandataria junto con su tío y un perro, al que se le acaba teniendo el mismo cariño que al de la Caverna de José Saramago, conforman la parentela y las bases del entorno al que el protagonista se adapta dando muestras de sobresaliente habilidad e inteligencia, y con la que se enfrentaba a la vida a pesar de las dificultades que suponía el nulo bagaje cultural de sus mayores y las dificultades que eso le podía acarrear al mero hecho de la comunicación, del diálogo sobre las incipientes inquietudes que siendo un retoño poseía Camus.El análisis psicológico, mediante la manera de actuar de cada uno de los personajes que van saliendo al paso, desde sus inseparables amigos, pasando por los ya mencionados miembros de su familia, al primer profesor, que llegó a ocupar el lugar de máximo referente en el que verse reflejado con un férreo sentido de la igualdad, hasta los transeúntes de esa ciudad del norte de África desde la que Francia era vista como el paraíso en el que se encontraba la cima de la civilización y del que algunos hablaban como algo perteneciente a otro planeta, nos hace participes de aquellos días, de aquellas calles y tranvías y de la manera en al que se vivía en el argelino distrito de Belcourt.La sensibilidad de la ciudadanía con los animales, las normas morales de la lucha por la vida de los pobres, los trabajos de verano con los que unos cuantos francos suponía algo del ansiado oxigeno y el trascendente y emocionante momento de la aprobación, por parte de la abuela, para que el joven pudiera seguir estudiando, a pesar de ser necesaria la aportación de su esfuerzo, ponen el corazón en un puño y atestiguan cuales fueron los cimientos de los razonamientos con los que se forjaría una de las consciencias más firmes del siglo XX.Un paseo final por los cursos del Liceo, por la sensación de diferencia de la que no podía desprenderse y de la que se sentía orgulloso, por un año tras otro demostrando genio y destreza, entereza y una estudiosa y combativa templanza reflexiva le llevarán a ganarse los elogios del profesorado y a recibir premios de fin de curso ante la impávida y emocionada mirada de sus congéneres, junto con alguna alusión a un viaje posterior, cuando ya habían pasado aquellos años, van haciendo que cada vez queden menos páginas de lectura y que el encuentro con el Primer Hombre sea el más emotivo de todos cuantos hayan sido imaginados, de todos cuantos se desprenden del cúmulo de luces y sombras empapadas de la humilde sabiduría de Albert Camus.
viernes, 20 de abril de 2012
Destellos de óleo fresco.
Ese primer instante del despertar, ese abrir los ojos y encontrarse ante esa panorámica que nos expone el mundo limpio y con destellos de óleo fresco, es una de las sensaciones que ningún ser humano debe pasar por alto, siempre y cuando disponga de la posibilidad y la mínima capacidad de reflexión para valorar la fortuna que supone disponer aún de buena parte del tintero, lleno, y acariciar la certeza de que el papel en blanco, que en muchos lugares se imprime con las letras de la guerra y las pesadillas de las hambrunas más crueles, para él es uno más de los regalos por haber nacido de este lado pudiendo permitirse el lujo de echar algún borrón sin que parezca tener demasiada importancia. Las luces que van habitando el cuarto nos van avisando poco a poco, en compañía de la filarmónica de los pájaros, de la entrega de un nuevo capítulo de esta novela de la vida en la que cada cual va escribiendo a ratos, llamados tiempo, todo lo vivido para que más tarde la memoria se encargue de hacer uso del buen olvido.
Como un pan recién salido del horno se despereza nuestro cuerpo de la temperatura del camastro y del recuerdo de los sueños inmediatos que tan profundamente se encuentran en las autopistas del subconsciente y, mientras el agua de la ducha cae en nuestra cara y enjabonamos el cuerpo, empezamos a ser participes de los planes de un inminente futuro que contará con la ayuda de un placentero desayuno, aromatizado con el silbato de esa cafetera que tanto se encarga de evocarnos escenas de películas en las que este momento encierra algo de nostalgia. Y un pasillo nos recibe con los brazos abiertos para que la aventura del zumo de naranja nos estimule tanto como el aroma de las tostadas y la escurridiza pulpa de las rodajas de tomate con las que poder seguir diciéndole al presente que hay vida todavía.
El vecindario comienza asimismo a dar muestras de salud y, entre besos de niños que marchan al colegio y asiduos al portazo, el monótono salpicar del agua saliendo de las macetas, procedente de un patio sevillano, se convierte en otra forma de silencio. La mirada queda fija en esa hoja en la que, para que la retentiva no nos falle, se han ido apuntando los recados y las accesorias obligaciones que tantos minutos nos roban y de las que nos sentimos presos advirtiendo lo mucho que nos gustaría dedicarnos en cuerpo y alma a lo que tanto nos gusta, mientras se apura la calada del pitillo más glorioso del día y, entre el humo que se desprende formando una efímera niebla muy apta para los versos, a penas reparamos en que puede que este sea nuestro último momento de calma porque nos sentimos seguros y plenos a pesar de que nos aplasten las dudas de lo que nos encontraremos en la calle. A partir de ahí, minutos después, nos enredaremos en el torbellino de miles de vidas desperdiciadas en este incesante álgebra de la oferta y la demanda, y algunos afortunados volverán a prometerse un desayuno como el de esta mañana.
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