Ayer llegué a casa sobre las ocho de la tarde. Llevaba, además de la mochila que me acompaña a todas partes, una bolsa con la compra, y al entrar no encendí ninguna luz, me valía con los restos de claridad artificial procedentes de una vivienda de al lado a través del patio interior que da a la cocina. Dejé las cosas sobre una encimera en la que se van agrupando las adquisiciones que forman ese mínimo arsenal de latas y paquetes que halla su razón de ser en los por sí acaso con los que poder solventar el trámite de los acechos del apetito de manera rápida. Con el apartamento a oscuras me dirigí a la puerta, para cerrarla, ya que no lo había hecho antes por llevar las manos ocupadas. Después intenté, aun sin ninguna luz encendida y valiéndome de una penumbra menguada por la desaparición de ese pequeño foco de luz que había cuando entré, sacar un vaso del armario que hay sobre el fregadero y ponerme un poco de agua, a tientas, guiándome por el instinto del oído y escuchando como se iba llenando el vaso para suponer cuándo sería el momento exacto en el que dejar de verter líquido. Volví a utilizar el tacto para cerrar la botella y para averiguar dónde se encontraba el vidrio. Bebí y volví a dejarlo en el mismo lugar en el que presuntamente lo había alcanzado, y pensé en qué pasaría si en ese momento, por el retraso en el pago de un recibo, no dispusiese de luz con la que hacer lo que hago cada día: moverme con comodidad, ir de allá para acá con la libertad de la mañana sin tener que pensar qué pasaría si no existiesen bombillas ni focos; e igualmente discurrí en cómo sería la vida en esas fases de la historia cargadas de penumbra en las que las antorchas de aceite o el fuego de una chimenea eran todo lo disponible para alcanzar a verse las caras durante la noche y hacer todo lo que fuera menester a esas horas en las que los estímulos debían ser un reloj habituado a la puntualidad.
Pensé también en qué podría hacer, en qué dedicar el tiempo, que parecía ser inútil en el interior del piso a falta de algo que me alumbrase, ya que no disponía ni de una simple vela con la que poder iluminar un libro y al menos tratar de sentir la emoción interpretada de los momentos de aprendizaje que en esas circunstancias se han dado a lo largo de muchos siglos, casi hasta antes de ayer. Cabía la posibilidad de salir a la calle y pasear hasta encontrarme muy cansado y regresar dispuesto a dormir, sin otro fin que el de esperar a que llegase la luz matinal lo antes posible, como queriendo que durase poco esa franja de tiempo en la que se instalan las horas de sueño de las que en caso contrario desearíamos no despertar tan rápidamente, acurrucados en ese dulce calorcillo de monótona e inofensiva vagancia. Pero, y sí la calle no tuviese ningún atractivo, si fuera tan oscura como mi casa, si todo lo cubriera una opacidad en la que los sentidos se agudizasen tanto como no estamos acostumbrados. Decía Goethe que en todas las cosas cada cual queda, en último extremo, reducido a sí mismo; y eso me sucedió a mí anoche mientras pensaba en todo esto, quedé petrificado, solo conmigo en el interior de esa boca de lobo llamada impertinente oscuridad, como ejemplo de las atrofiadas habilidades por una vida casi mecanizada en la que no se nos pasa por la cabeza qué sucedería si irrumpiese con la fuerza de un ciclón esa inesperada desgracia que tan solo conocemos porque la vemos en televisión, por muy tristemente familiar que nos resulten ya esas imágenes, aunque estemos siendo testigos de que lo que hoy prevalece mañana se desvanece con la facilidad con la que llega una guerra o explota una bomba y lo que era ya no es, y los que estaban ya no se encuentran y donde había claridad ahora se posa un manto de tinieblas que nos ciega y nos arrastra hasta lo peor de nosotros mismos, como en esa obra maestra: Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, en la que ya no vale nada ni nadie, en la que el más puro instinto animal de supervivencia rezuma en cada página con la bravura de un terremoto en el que la lógica y la ficción deparan algo de presagio, de vaticinio de una enfermedad que puede ser contagiada como una maldita peste de la que no se puede escapar en ninguna dirección.
Artur Schopenhauer no cesaba de referir la máxima aristotélica según la cual la felicidad es de quienes se bastan a sí mismos, y pararnos a pensar un poco en el cúmulo de difilcultades que encontraríamos si tuviésemos que prescindir de lo que nos parece tan básico, como la luz eléctrica y el agua corriente, como si todo ello hubiera venido sellado en el paquete de la creación, nos acerca a la reflexión de valernos por nosotros mismos tanto como tal vez no alcancemos imaginar porque estamos tan desacostumbrados a valernos por nosotros mismos que atravesamos la vida bajo una permanente ceguera tan férrea que no nos permite ver la de verdad: la auténtica ceguera que nos imposibilitaría de ser quienes somos y ante la que desfallecería nuestra soberbia con la facilidad con la que se diluye un terrón de azúcar en una taza de agua hirviendo. Porque aún podríamos extendernos más en la falta de posibilidades, si se quiere, y para eso tan solo hay que pensar que la ausencia de agua corriente era usual en los hogares españoles hasta hace algo mas de cincuenta años, mientras hoy es difícil suponer que a cualquiera se le ocurra cerrar un grifo para hacer buen uso de ese bien, común y de la naturaleza, del que tampoco alcanzamos a suponer que no disponen millones de personas que mueren de inanición. Algo así como que el ser humano se siente dentro de una maquinaria de la que no hay escapatoria, en palabras de Jünger, es proporcional a afirmar que si saliésemos de esa maquinaria, en la que hemos sido educados como en una incubadora, en el momento en el que desapareciese el más mínimo rastro de comodidad empezaríamos a volvernos locos de impotencia y nuestra ineficiencia costaría ríos de sangre hasta volver a recomponer la cordura.
viernes, 8 de marzo de 2013
Ceguera.
jueves, 7 de marzo de 2013
Leer por leer.
De un tiempo a esta parte decidí que no continuaría leyendo, fuese lo que fuese, hasta no tener consciencia del significado de las palabras, de las expresiones, del contexto y de los pormenores que iban pasando casi mecánicamente delante de mis ojos; sin exagerar, no pretendiendo hacer del goce de la lectura un martirio sino un pasatiempo lustroso y enriquecedor del que salir con la sensación de que he sido mínimamente partícipe, a pesar del montón de dudas y vocablos que muchas veces van quedando a la espera de un vistazo sobre las misteriosas cavernas del diccionario. Y es que en ocasiones, cuando uno se encuentra enfrascado en la lectura, ocurre que un cierto hilo de desatención puede sostener durante mucho rato el impulso del mero acto de leer, casi instintivo, e ir haciendo pasar las páginas, una detrás de otra, a una vertiginosa velocidad de la que nos damos cuenta cuando reparamos en que no nos hemos estado enterando de nada, por la súbita aparición de un ruido o por el timbrazo del teléfono, por uno de esos sonido propios de una comunidad de vecinos cuyos tabiques son demasiado finos o por la irrupción del sol a través de la ventana en un día de lluvia y nublado.
Quién no ha terminado de leer un libro con la sensación de no haberlo entendido después de haberse perdido varias veces, y lo que puede ser casi peor: no haberlo disfrutado tanto como se las prometía una vez que fue informado por algún amigo de la belleza que encerraba ese relato. Quién no se ha prometido así mismo continuar prestándole atención a un ladrillo de mil páginas cuyo único y exclusivo interés por las mismas radica en terminarlo y en después decirse, con inútil vanidad, lo he leído. No sirve para nada. Lo mejor es dejar que el tiempo y las ganas nos vayan marcando el curso del río de las elecciones, porque libros hay millones e infinidad de buenos autores cuya literatura se puede adaptar a nuestras necesidades de cada momento. Dice Antonio Muñoz Molina que en la escritura hay cierta parte de sonambulismo, de dejarse llevar, y de la misma manera podemos decir que algo parecido sucede en la lectura, y que al igual que el escritor ha de releerse para corregir, pulir, matizar, puntuar y quedarse medianamente satisfecho, el lector ha de aplicar su atención si no quiere ser como esos profesores que evalúan un examen sin haberse detenido meticulosamente en él corriendo el riesgo de puntuar con el mismo tino que imprudencia o insensatez.
Decía Miguel Delibes que una novela es buena cuando al finalizar la lectura de la misma los personajes que habitan en ella han dejado un poso imborrable, y que pasado un tiempo vuelven a estar ahí e incluso descubriéndose de nuevo, de lo contrario, si de difuminan y se mezclan con otros personajes de otras obras, si acaban por confundirse, se trataría de personajes o de novelas mediocres que no han alcanzado el grado de persistencia y autonomía deseable y necesario para que lleguen a ser únicas. Pero para esto, para calarnos hasta los huesos con la humedad que rezuma un texto es preciso meterse en él, no de otra manera podremos convivir con lo que sucede en esas entrañas de la imaginación guiadas por el autor, y mucho menos decir u opinar acerca de lo que hemos encontrado pues nuestras reflexiones estarán tan diluidas como cuando en lugar de una obra se ve la película basada en ella.
Leer por leer o no leer, o leer a medias, o ir saltando de un capítulo a otro, pretendiendo explorar furtivamente a base de picotazos, tratando lo escrito como si fuera una telenovela, son no ya hábitos sino gestos que van más allá de desvirtuar la lectura: suponen una suprema pérdida de tiempo que bien podría emplearse en hacer otras cosas como dirigirse al estante de la librería y elegir otro ejemplar que nos resulte más prometedor, y si no siempre nos queda el recurso basado en la máxima de Andrés Trapiello: Libro que no has de leer déjalo correr.
miércoles, 6 de marzo de 2013
4 años, 11 meses y 2 días.
Llamarse Amaranta o Aureliano, Úrsula o Florentino, Santiago o Fermina debe ser uno de esos privilegios que después se convierten en un irremediable dejarse llevar por la pluma del escritor hacia laberintos en los que la imaginación campa tan a sus anchas como en un desierto lo hacen los granos de arena: en el universo de la belleza en el que todo lo imaginable se convierte en cosa tangible y forzosamente vivible, apta para ser olida y tocada, ideal para la dieta a caballo entre el delirio y la quimera. En la literatura habitan mundos que rodean al del lector con la persuasiva atracción del goce del descubrimiento. Existen lugares en la tierra y en los sueños, en las sospechas y en el miedo, en los cuentos y en los relatos que iban cantando de esquina en esquina los ciegos juglares cuyas historias eran aprendidas de boca en boca y pasaban de una generación a otra como testimonios de tiempos anteriores, y existe una memoria en cada lector en la que con algo de descuido y una buena dosis de embriaguez se pueden confundir unos paraísos con otros: los de la realidad que cada cual se crea para sobrevivir, sin dejar de lado la parte de niño que infatigablemente le acompaña, con los de los capítulos en los que transcurren las aventuras mas fantásticas que podamos suponer y que acoplamos al abanico de posibilidades con las que sentir la libertad en las páginas de una novela.
La palabra, ahí empieza todo, en la palabra. Ayer recibí un mensaje de mi amiga Carmen Ferradas en el que me informaba de que hoy era el ochenta y cinco aniversario de Gabriel García Márquez, e instintivamente pensé en la cantidad de pequeños aspectos que hacen brillante la vida y que se nos olvidan, como las fechas de las románticas y merecidas conmemoraciones. A los pocos minutos intenté sacar una pequeña cartera de uno de los bolsillos de mi abrigo, en la que guardo el carné de la biblioteca, y reparé que en él se encontraba un marcador de páginas que adquirí en una biblioteca de Cantabria en el que aparecen unas palabras de Garcia Marquéz que dicen así: A mis once años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidao! El ciclista cayó a tierra. El cura, sin detenerse, me dijo: ¿Ya vio lo que es el poder de la palabra? Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con todo rigor, que tenían un dios especial para las palabras. Qué hermosa cita y memorable ejemplo de lo que se encuentra detrás de todo nivel expresivo, y en este caso en concreto detrás de la cascada de palabras con la que uno siente la atracción de los imanes de la fabulación al servicio de todas sus energías cuando se pone delante de esos hombres para los que el amor no tiene fronteras, para los que dentro de la vida hay resquicios por los que se cuelan mas vidas sucesivas y la decoración de cualquier parte del planeta adquiere el nivel de practicidad que solo pueden obtener los objetos a los que les ha sido inyectada una buena dosis de magia. En el momento de leer lo que hay en ese pequeño cartón me acordé de Ángela Loij, la última indígena Ona de la tierra del fuego, fallecida el 21 de Frebrero de 1974 dejando un hueco que ya nadie podría rellenar, entre Chile y Argentina, y ese pueblo, del que ella era su última representante, que como los mayas también tenía un dios especial, su dios supremo: Pemaulk, que significa palabra.
Hay nombres de lugares, tierras que se transforman en el centro del cosmos, en los que uno se escabulle de la maloliente rutina, para ampararse en lo que no encuentra en la tierra, tales como la Yoknapatawpha de William Faulkner, la Comala de Juan Rulfo, la Santa María de Juan Carlos Onetti o la Mágina de Muñoz Molina, y el cordón umbilical que une a cada uno de estos universos preferidos para sacudirle el polvo a los rincones del alma e idearse una presencia a medida en uno de ellos se llama Macondo. Allí llovió durante cuatro años, once meses y dos días de manera ininterrumpida, allí un hombre era la sombra de un árbol, allí había peces de oro y alfombras voladoras, y gitanos que venían de otros igualmente misteriosos sitios para ofrecer profecías e inventos asombrosos, allí una niña se comía la cal de las paredes y el incesto se confundía en los entresijos de la ciénaga, la pasión, la guerra y la genealogía. En Macondo apareció un tren con ciento cuarenta vagones y veinte mil hombres al frente de los cuales se encontraba Mr Brown lanzado a implantar la explotación de los platanares y la imposición del ritmo mercantil de la U.F.C. que nos sirve de símbolo para reconocer en ella la siempre molesta intromisión de Estados Unidos en la autonomía e idiosincrasia de los demás pueblos, extrayendo la riqueza bajo cínicos pretextos y retirándose cuando el negocio va dejando de ser rentable hasta que ese comboy de vagones, en obras posteriores, se va quedando en apenas tres de éstos. En Macondo parece que solo falta que aparezca el gran Visir persa Abdul Kassem Ismad con su caravana de cuatrocientos camellos en los que transportaba su biblioteca andante, dividida en grupos de treinta y dos animales, uno por cada una de las letras del alfabeto persa, para que todo en torno a la palabra tuviera el carácter infinito del limbo en el que sobrevuelan los vocablos.
Se dice que fue la obra de Octavio Paz El laberinto de la soledad la que desencadenó la influencia vital para que el realismo mágico empezara a desarrollar la prosa con la que los autores sudamericanos comenzaron a caracterizarse a partir de mediados del siglo pasado, pero en esto de la crítica literaria, así como en la explicación de las razones que llevan a la aparición de tendencias, hay que tener la misma cautela con la que se aborda un libro de historia si no quiere uno ser víctima de algún prejuicio con la facilidad con la que se pilla un resfriado. No sé si fue John Berger o el fotógrafo Richard Nixon quien dijo algo así como que el artista utiliza la mirada mientras que el crítico tan solo se fabrica unas gafas para poder ver; en cualquier caso quedé absorto, en una recopilación que el mesías de la critica literaria mundial, Harold Bloom, en la que se explaya acerca de las mejores obras del siglo XX, cómo al abordar Cien años de soledad literalmente tira la toalla y entrega la cuchara: no hay más señores, le falta decir apenas transcurrida la primera página de las que le dedica al Gabo. Hoy yo no digo nada y lo digo todo no diciéndolo porque se me confunden las ideas al pretender la tarea, que tan grande me queda, de decir algo sobre semejante personalidad, pero si que me dispongo a decirle a voz en cuello que hoy le deseo a esta inteligencia, con la que hemos tenido la suerte de coincidir en la imprevisibilidad del tiempo, un feliz Aniversario, una maravillosa paz, un sigilo tierno y sincero de descanso y sosiego y la mejor de las suertes para el resto de su vida porque con él uno siempre sale con la sensación de formar parte de este mundo por la bendita manía de pretender ir más allá inventándose otro en el que no hace falta estar loco para sentirse vivo. FELICIDADES GABO!!!!!!!
martes, 5 de marzo de 2013
Animal de costumbres.
Tengo costumbre de ir barruntando cosas conmigo mismo a medida que paseo. Es un hábito con el que acompañar la caminata y dejarse llevar, sin más, como quien no tiene papel para apuntar y se ve obligado a ir memorizándo todo lo que al instante se le olvida, como Aleksandr Solzhenitsyn cuando bajo el suplicio de un campo de concentración nazi archivó dieciocho mil versos en su memoria, solo que en mi caso se trata de una versión de aprendiz que no pasa de la primera estrofa. A cada paso, cada vez que doy una vuelta por los mismos lugares, casualmente veo a personas que continúan haciendo lo mismo, como si el tiempo se estuviese entreteniendo en jugar conmigo, como si hubieran quedado ahí para siempre: los mismos gestos y posturas, el mismo quehacer, la misma pose identificativa como si un fogonazo de los que emitían las primeras cámaras fotográficas, de principios del siglo XX, los hubiera grabado en el aire para volver a encontrarse conmigo cada vez que transito por los lugares en los que se encuentran. A todo esto yo lo llamo vertientes de la memoria, conjunto de instantáneas que cada cual recoge en su particular álbum del vaivén por la ciudad.
Existen secuencias de movimientos en cada uno de nosotros sin las que tal vez nos resultaría extraño acceder a cualquiera de los propósitos con los que nos desplazamos. En cierta manera tenemos un poco, afortunadamente solo un poco, del meticuloso rigor rutinario con el que Inmanuel Kant afrontaba las actividades de todas sus jornadas. Se dice que este hombre era un reloj andante, que pasaba todas las tardes por los mismos sitios a las mismas horas en punto sin fallar una sola vez; tanto es así que un joven al que su madre le preguntó la hora respondió diciendo que tendrían que ser exactamente las cinco y veintitrés minutos porque el señor Kant acababa de pasar por la ventana, así de fácil.
Veo a un par de camareros que fuman en la parte de atrás del bar en el que trabajan cada vez que paso por allí a las tres y media de la tarde. Hay una señora, una vecina, que sacude el polvo de las alfombras de su casa, todas las mañanas a las once y diez minutos, mientras yo organizo un poco lo que dará de sí el estudio. Un bedel del ayuntamiento hace ininterrumpidamente guardia en la puerta de la casa consistorial, al mediodía, con el porte de un soldado inglés justo antes de que suene el cambio de guardia. Una chica rubia, con aspecto de haber tenido hasta hace unas semanas una vida muy diferente, acaricia, en el mismo trozo de acera de la misma calle, a un perro que sostiene en brazos como si fuese el bebé que acaba de dar a luz mientras espera a que caigan unas monedas, en la lata que ha colocado junto al cartel en el que aparece el resumen de sus desgracias, con las que superar el terror de la miseria; y así otras muchas caras que me van siendo conocidas aparecen con puntualidad suiza a la vuelta de una esquina tras las que presupongo encontrarlas haciendo lo mismo que estaban haciendo la última vez que las vi.
Echo de menos, además de algún que otro cambio en la tradicional forma de hacer las cosas que carecen de la mayor importancia, las que reportan sus beneficios amenizando el enclaustramiento y la hermeticidad de lo hábitos más triviales a base de leves alteraciones que hacen que parezca diferente aquello en lo que llevamos años encerrados, algo parecido a variantes que dejen de hacer que parezca que la realidad se ha congelado en la estupidez. Hablo por las administraciones y por los políticos, por los programas de televisión y por la inaceptable falta de transparencia de los medios, por la contaminación con la que todas esas inescrupulosas muestras de indiferencia van haciendo mella hasta acabar haciendo estragos en nuestra conducta, por tratarse de espejos en los que muchos se acaban mirando sin llegar a la conclusión de que esos reflejos son una mala guía con la que orientarse, dejando al margen la originalidad que habita en el interior de cada uno de nosotros, y la parte de sentido común que nos ahorraría los prejuicios por culpa de los cuales acabamos por no ponernos de acuerdo.
El hombre es un animal de costumbres, que duda cabe, pero también dispone de la razón para usarla aunque solo sea en el extremo caso de la actualidad, valga como ejemplo, para no condenarse más al sometimiento de la férula de un tren que solo nos ha reservado su vagón de cola. Pienso esto mientras paseo y espero, al mismo tiempo, mantener vivas las diversiones personales que me endulzan la vida sin dejar que se entrometa la tenebrosa compañía de otras prácticas que tengan algo que ver con la moda y su siempre sospechoso hedor a borrego, de modo que la onda expansiva de la repetición de mis más efímeros actos no acabe por traspasar la barrera en al que se encuentran los misteriosos factores que hacen del paso de los años un todo cuya parte de belleza radica en la esencia de lo imprevisible. Decía Joseph Conrad que vivimos de la misma manera que soñamos.
lunes, 4 de marzo de 2013
La velocidad de la luz.
Llueve. El clima desapacible y las ganas de continuar la lectura hacen que sea difícil plantearse salir de casa. La estufa atemperando las inmediaciones del escritorio, un disco de Michael Bublé en el que cada vez que suena Everything es casi obligado subir el volumen y deleitarse ante semejante muestra de delicadeza, y el paisaje de tejados húmedos y serenos, convierten el estudio en uno de los mayores privilegios de la existencia.
En días como hoy apenas quedan ganas de plantearse obligaciones mayores que las que trascienden del dejarse llevar de página en página por cualquiera de los volúmenes dispersos sobre la mesa. La quietud que lo envuelve todo hace que sea más confortable el entendimiento que media entre el silencio y el pensamiento. Solo aparece la tristeza cuando uno es sobresaltado, en algún momento dedicado a encender un cigarrillo y pasear por la reflexión a cerca de la importancia, como si fuese un premio o autodedicación, de ser consciente de la amabilidad con la que pasan las horas en este estado, por una noticia salida de la radio en la que se anuncia una nueva barbaridad, otro crimen u otra confesión manifiesta del impudor con el que a lo largo de los siglos han actuado muchos de los que forman parte de la cúpula de la secta más grande de la historia.
Nos queda la paz y el encantamiento sobre el aprendizaje, la forja esculpida del desarrollo personal que nos hace resistentes ante la insensatez y la desmedida bandada de pájaros de garras afiladas, y nos queda el pan y la verdura, la botella de aceite y el agua que nos quita la sed, la posibilidad de comer tres o cuatro veces al día y el conocimiento de que con algo de disposición se puede ser feliz con muy poco. Por eso salta a la vista la desmesura de las incomprensiones y los antojos, la disconformidad caprichosa y el desplante ante la clarividencia: porque vamos camino de no saber lo que queremos. Eso también me entristece.
No sé si fue Séneca quien dijo que cada día tenía que ser vivido como una vida entera. Aunque una vida no cabe en un día si que es posible que quepan muchas maneras de alargar el confort humilde de ejercer el dichoso hábito de la contemplación de las cosas y la confirmación escrupulosa del sentido estricto de encontrarnos vivos y sanos. Abro un libro y veo un autorretrato de Max Beckmann en el que se representa con un esmoquin que parece haberse puesto para ironizar o pasar desapercibido en aquellos turbulentos años de la primera guerra mundial, en los que se vio obligado a abandonar Alemania para refugiarse en otros lugares en los que no ser visto como un apestado o un traidor, y reparo en la libertad de la desatendida indumentaria con la que voy pensando en estas cosas: apenas me cubren los restos de un pijama y algo parecido a un batín a lo que casi no puedo darle un nombre, porque parece no tener la autonomía ni el derecho de tener el apelativo propio de cualquier prenda, y porque tal vez lo más acertado sea llamarle cobijo y sensación de libertad animada por el sueño de volver a convertirme en un estudiante en cada uno de los ratos en los que me lo permite la velocidad de la luz de la vida.
viernes, 1 de marzo de 2013
Tal vez Lisboa.
Hay personajes de novela que se nos ciñen a la cintura, que se nos cuelan dentro del vaso o se nos meten en la cama, que se nos acercan tanto que nos parece ser posible hablar con ellos, para confesarles algún secreto o para atrevernos a sugerirles lo que en su lugar haríamos nosotros cuando les acucia una duda o le pone puntos suspensivos el suspense a la narración; personajes a los que olemos o con los que alcanzamos una estrecha camaradería llegando a ofrecernos mutuamente tabaco en esos pasajes en los que la emoción se encuentra situada en la barra de un bar, sobre la tapa de un piano, en el mastil de un contrabajo o en la boquilla de una trompeta, en un cuarto de hotel o en una calle con soportales en una de cuyas esquinas hemos quedado con una rubia platino, llámese Lucrecia.
Suele suceder, en algunas primeras lecturas, que uno se marcha de ellas con la sensación de no haber descubierto del todo los misterios encerrados en el laberinto de una trama en la que se encuentran muchos rincones sobre los que pararse a pensar. Después, con las posteriores relecturas, uno se percata de muchos detalles que en la primera ocasión pasaron desapercibidos, incluso en una segunda o tercera, y otras tantas cosas que fueron leídas sin habérseles prestado la necesaria atención, tras las que hallamos el verdadero signo de quienes las dicen y nos hacen adentrarnos en un renovado mundo que parece haber sido reservado para esa posterior ocasión que al cabo de un tiempo hemos decidido acometer con la seguridad de que algo nos estaba esperando. Sucede con cada palabra que Biralbo se pone en la boca, en esa sensacional novela titulada El invierno en Lisboa, de Antonio Muñoz Molina, en cada gesto del sufrimiento acompasado por la bohemia y los tragos de Bourbon que hacen escocer las heridas de sus labios; o con el porte de artística y veterana alcohólica sabiduría con el que nos figuramos a un Billy Swann, al que parece que en cualquier momento le saldrá por la boca eso de que esta música la estamos tocando mañana, como diría Cortazar.
Tendemos a imitar, desde niños, a aquellas personas en las que encontramos los puntos de referencia sobre los que sentirnos orgullosos de nuestros actos. En las películas ocurre a menudo ese poder como de espejo que sostienen algunos personajes reconociéndonos en gestos que salen de la pantalla para instalarse en nosotros. Pero al leer, la imaginación se apoya en la memoria, en lo que se conoce para formar el plano de las calles por las que se mueven los protagonistas de la historia, construyendo un organigrama de imágenes mentales con las que darle sentido a la escena, a los sucesos y sensaciones, a los sentimientos, a las comparaciones y paisajes, a los viajes y al peso de las maletas, a las estaciones y la impaciencia de la espera, al suspense, a todo, material e inmaterial, lo que tiene que ver con la naturaleza de lo que se nos está contando; y existe ese momento de máxima complicidad para el lector en el que uno de los personajes habla con nosotros, repito; a veces desde esa primera persona en la que recae el peso de la narración y otras en una tercera que tiene que ver con alguien que sale a la palestra y siente lo que sentíamos o sentimos nosotros, cuando las circunstancias fueron similares o lo son en este preciso instante, estableciéndose un lazo que va más allá de lo literario, que alcanza lo personal, uniendo dos rostros en el espejo del lavabo, en la mirada a través de una ventana por la que se ve a una mujer perderse entre el trajín de la calle y sus gentes con destino no se sabe si a Lisboa.
miércoles, 27 de febrero de 2013
Un digno indignado.
Una tarde del pasado mes de Octubre, en la biblioteca de Aljaraque, pueblo de la provincia de Huelva en el que se siente la misma aburrida hospitalidad de ciudad dormitorio que en Móstoles, buscando alguna obra de José Luis Sampedro dí con un ensayo, en forma de manifiesto y clara exposición de ideas en clave de un claro despliegue de verdades a las que les hace falta la compañía de la esperanza, cuyo prólogo ha sido escrito por éste: Indignaos, de Stéphane Hessel. Entonces andaba yo con la idea de que toda la simiente del movimiento en torno a la indignación ciudadana que tuvo, y por fortuna continua teniendo, su representación en el 15-M venía del casi omnipresente mensaje que José Saramago dejaba, en forma de indeleble huella que da mucho que pensar, tras la lectura de cualquiera de sus obras. Pero fue entonces, cuando tuve el libro de Hessel en las manos, cuando realmente me enteré de que fue este señor quien incitó a no bajar la guardia en el siempre romántico afán de no tirar la toalla mediante la noble manera en la que el pueblo puede hacerlo: protestando y poniendo en escena una férrea solidaridad y alianza hacía todo tipo de necesario compromiso y con la convincente ilusión de que las cosas pueden mejorar y ser de otra manera.
El primer aspecto que me sorprendió, y con el que sentí una de esas sanas envidias que le hacen a uno pensar que con el tiempo le gustaría ser como ese hombre, fue su edad: pasaba de los noventa, algo en común con el prologuista de la pequeña gran obra que resulta indignaos, con el maestro de la sutileza y el sentido de la justicia, con el economista más cabal e inteligente del que la tierra haya dado muestras de presencia: José Luis Sampedro. Conformaban, pues, un tándem como lo son el tomate y la albahaca, como la manzana y el azafrán, como el pan con queso, como la aceituna negra y el mango o el Sauternes y la miel, un matrimonio de los llamados inseparables en el terreno de las ideas, para el que aún en el final del trayecto quedaron fuerzas con las que manifestarse de tan lúcida y contundente manera, tanto como si tuvieran no más de veinte años: hecho que explica la multitudinaria respuesta y la fácil asimilación de conceptos por parte de quienes se vieron obligados, embaucados por el incentivo de la honradez de los motivos, a llevar a cabo la puesta en marcha de la indignación.
Hoy, a sus noventa y cinco años, Stéphane Hessel se dispone a descansar definitivamente, y a buen seguro que lo hará con la tranquilidad que otorgan los trabajos bien hechos. A partir de hoy no tendrá que rendirle a nadie cuentas sobre la sabiduría de sus pensamientos ni del razonamiento en torno a la equidad humana de sus planes, sencillamente bastará con el recuerdo de su presencia y sus planteamientos para sentir que todavía se encuentra entre nosotros, como todos los que han pasado por el mundo dejando el rastro de una inquebrantable visión de la dignidad regalándonos su más profundo conocimiento. Siempre tendremos el consuelo de la estantería de la biblioteca en la que encontrar su compañía cuando nos asalten las dudas sobre los porqués de esta caída en picado, pero con él pronto encontraremos la solución para saber que merecerá la pena seguir intentándolo reafirmándonos en una serie de valores para los que la justificación es lo más parecido a la inteligencia.
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