Desde luego que haciendo uso del más estricto sentido de la coherencia me niego a pensar que lo que acaban de hacer Irene Montero y Pablo Iglesias guarde alguna relación con el discurso que durante los tres últimos años han llevado por bandera. Comprarse un chalé de 600.000 euros a estas alturas y con lo que está cayendo, y aunque no cayera, no pega ni con cola con la prédica hasta ahora ensaltada, se le ven las costuras al traje de la demagogia. Hace tiempo que no es raro encontrar dentro de la militancia de Podemos opiniones de escepticismo en torno a su líder; muchos afiliados no las tienen todas consigo, algo les huele mal, desde la manera de gestionar el partido hasta sus afinidades ideológicas con políticos del estilo de Nicolás Maduro. Todo lo que sea decisiones políticas puede ser puesto en tela de juicio y sometido a la opinión de la asamblea, discutido y llevado al consenso, observado por cada participante y mejorado, en fin resuelto de una forma democrática, o lo más democráticamente posible; todo lo que suceda dentro de un partido ha de compartirse y desarrollarse con la ayuda de todos, de forma que la unión haga la fuerza, que el ejercicio dialéctico del grupo surta sus frutos y la línea de continuidad hacia algo mejor sea la esencia misma del debate; ahora bien, someter a votación si es lícita o no una decisión personal, concretamente la de la compra del chalé de marras, para seguir ejerciendo el liderazgo, me parece una equivocación ya que en cierta forma supone dejar en manos de la militancia la resolución de la continuidad de los implicados al frente del partido que, con la debida coherencia y dignidad, es ni más ni menos asunto de quienes han incurrido en semejante desajuste, es decir es exclusivamente asunto suyo, de su conciencia política. Esto es cuestión de principios y no de si les gusta o no les gusta a los militantes lo que hayan hecho sus líderes, que supongo que no; esto es cuestión de valores personales y de mirarse uno al espejo; de lo contrario, tal y como se pretende solucionar el asunto, se convierte en un "lo tomas o lo dejas" que no se corresponde con la política, y mucho menos con la democracia, una de cuyas bases es la coherencia.
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miércoles, 23 de mayo de 2018
Lo tomas o lo dejas
lunes, 21 de mayo de 2018
Obtusa hipérbole
Transcribir los límites del pensamiento en estado de ira, para darles relieve en la realidad que nos circunscribe y nos atañe y nos abarca en un determinado momento, no es conveniente, porque tiende siempre uno a lo que comúnmente se entiende por equivocarse, despedazándose, valga el gerundio que acusan los críticos ignorantes como recurso de los principiantes, en un mar de dudas que no es ni más ni menos que la obtusa hipérbole de los que buscan el éxito local a base de entender el mundo como una sucursal de la bolsa. Andamos amordazados de pies y manos y la lámpara que pende sobre nuestras cabezas es de plomo, de ese metal que entroniza a la memoria selectiva y la pone de relieve junto a un acantilado, motivo por el que parece ser que merece la pena guardarse continuamente ases en la manga, mentir como un bellaco, ennoblecer el discurso, hacerlo heroico y al mismo tiempo pasajero, como si fuésemos Ulises e Itaca fuera una isla reservada para lo que estamos contando, para nuestro cinismo de tres al cuarto, y he sido generoso. Mentimos más que cagamos y guardar las apariencias huele por los cuatro costados a comida recalentada, a poco que uno atisbe el olor/hedor del dinero. Rasques por donde rasques todo son dinero e interés, todo es mugre envenenada, demagogia de reptiles. Quedar bien, seguir escuchando, hacerse el loco, o el tonto, o el indócil o el marioneta o el condescendiente mordiéndose la lengua ya no va con mi estilo, no sé si por los años o por delicadeza conmigo mismo, ya no sé si por instinto repentino o por el aleluya que viene a salvarme y a decir basta, hasta aquí hemos llegado. Nunca una sociedad que haya tenido el privilegio de recibir una educación se ha jactado de no leer ni un libro; nunca se ha visto tan desamparado el individuo ante la prefabricada escena de estímulos arbitrarios. Pongo las noticias y sale una recién casada pareja de la familia real inglesa copando parte del informativo al que uno más esperanza le tenía, el de la sexta, que pasa por el aro, que habla del pasado de la novia y del futuro de los condes, que se para en detalles de los modelos elegidos por este o por esta o por aquella o por el otro o por la otra, a cual más golfo y ladrón, que comulga con ruedas de molino por mucho que nos vengan a decir misa. Asco con mayúsculas celebrando que la palabra sea esdrújula. Profundizas algo en una conversación y te quedas más solo que la una, porque de eso ya no habla nadie, porque vale más una palmadita en la espalda que desenterrar a los muertos de las cunetas, porque se nos tendría que caer la cara de vergüenza de ser tan hipócritas y tan farfulleros. Parece que la experiencia no nos sirve de nada, y vamos por la vida como Sénecas dictando sentencias de una sabiduría respaldada por el engrudo de nuestro comportamiento. Hablamos para mirarnos al ombligo, para persuadir a quienes tenemos delante de que somos de tal o de cual manera y de que hemos conquistado el infierno haciéndolo pasar por el paraíso. Váyanse a paseo quienes después de sus andanzas sólo sacan en claro que hay que alabarlos por sus conquistas mercantiles a costa del lomo de los demás.
martes, 15 de mayo de 2018
El precio de la indiferencia
La libertad de expresión no está precisamente pasando por su mejor momento, y su misma descomposición se confunde entre palos y empujones, entre fanáticas exclamaciones de irracionalidad por parte de acérrimos fieles al dictamen de la ceguera ideológica que acaban incurriendo en la posición de los demás sin la más mínima muestra de respeto. Todo fanatismo lleva debajo del brazo el hedor de la imposición, y si a eso se le pretende llamar libertad de expresión tenemos un problema, un problema de educación que sale a la palestra tanto en las calles como en el Congreso, tanto en las aulas como en los hogares, tanto en los estadios como en las banderas, un fanatismo sin más sentido que el de la identificación mal instruida que lleva a la sociedad por la calle de la amargura. La libertad de expresión, como sustento de la voz de la ciudadanía, se ha trasnformado en una aparente posibilidad de ejercicio que una vez llevada a cabo deja todo tal como estaba, mordiéndose la cola en un sospechoso inmovilismo de las circunstancias generador de impotencia y contrariedades, cosa que cansa y aburre y decepciona y desespera. Todos lo días hay manifestaciones, protestas, proclamas, recogidas de firmas y en ese plan, todo muy bien escoltado por las fuerzas de orden público, para que se vea que miran por nosotros al mismo tiempo que nos dejan ejercer nuestro más íntimo derecho, pero a cambio de tener que pagar el precio de la indiferencia. Sale uno enfrascado de una cierta dosis de esperanza cuando ve en televisión algún programa cuyo objetivo es informar de lo que no se suele hablar, de lo que no se sabe, de lo que suponemos que es, como es el caso de El Intermedio o de Salvados; sale uno de ellos sintiendo que no se encuentra solo, que existe una tendencia crítica y razonable, sin pelos en la lengua; ahora bien, pasan los días y las semanas y seguimos en las mismas, más o menos objetivamente informados pero tan indefensos y con la misma cara de lelos que antes. Siento miedo, siento que algo está pasando o va a pasar, cuando veo cómo los padres de los niños de siete años de edad que disputan la final de un torneo alevín de fútbol se enzarzan en una trifulca dándose puñetazos, queriéndose matar, matándose si pudieran; siento mucha vergüenza ajena al contemplar el rostro de triunfo y las posteriores declaraciones cargadas de cinismo del recién investido presidente de la Generalitat de Cataluña; me dan asco los comentarios de algunos de los tertulianos de esos programas en los que no se sabe medir la distancia entre el sensacionalismo y el diálogo, que se ríen a la cara de los pensionistas, que riman contra corriente los versos de sus descabellados discursos. Parecía que nunca como ahora, cuando se supone que estamos más y mejor informados, podríamos ponernos más fácilmente de acuerdo; parecía que llegaría el día en el que entendiésemos que de una vez por todas había que empezar a hacer algo para aprender a sopesar las consecuencias de los actos, pero es como si debido a todo este engorro y disparate, a toda esta ola frenética de estímulos y de futilidades por doquier, de todo este engañabobos en el que cada vez hay que trabajar más a cambio de menos dinero y mayor insatisfacción, nos estuvieran enterrando en el estiércol de una descarada mediocridad que riza el rizo de la insolencia.
miércoles, 9 de mayo de 2018
Migajas
En una noticia aparecida antes de ayer en el diario El País se informa de la detención y posterior encarcelamiento de Ursula Haverbeck, la abuela nazi de 89 años que, unas veces en forma de cartas a los periódicos y otras en misivas a un alcalde, reiteradamente ha negado lo sucedido en Auschwitz, motivo por el que ya fue condenada hace dos años, aunque debido a que las sentencias fueron recurridas aún no había ingresado en prisión. Ursula Haverbeck defiende que "el Holocausto es la mayor mentira de la historia" y que los campos de concentración tan solo fueron campos de trabajo y nunca de exterminio. El caso de la abuela nazi me recuerda al del general Pinochet, que anduvo de rositas riéndose del mundo entero hasta que se topó con la valentía y las agallas de un juez dispuesto a hacerle rendir cuentas, un juez dispuesto a que las aberraciones sucedidas en Chile no cayesen en el saco roto del olvido; un juez por un lado dispuesto a que quienes sufrieron el martirio del asesinato y la tortura pensaran que aún se podía tener fe en la justicia, y por otro a que quienes no vivimos aquella masacre tuviésemos constancia del sentido de la probidad jurídica y de la importancia de la conciencia histórica, tan válida para no caer en los mismos errores; un juez como Baltasar Garzón al que ya sabemos cómo le ha ido por llamar al pan, pan y al vino, vino; Pinochet fue repatriado a su país por considerar Jack Straw, entonces ministro de interior británico, que el estado de salud del dictador no era el indicado para ser juzgado, con lo cual, y a pesar de todo, murió sin castigo. Leo la noticia de la abuela nazi y siento que esa falta de objetividad, ese ver y no mirar, se encuentra, en potencia, en la incoherencia de quienes toman el relevo de las principales formaciones políticas del plantel actual, y en los nuevos jueces que no se atreven a aplicar la ley con la deseada equidad que ponga las cosas en su sitio; o sea que aún estamos a tiempo de ver cómo alguien sale en defensa de Ursula Haverbeck haciéndole escapar por la tangente trazada por el tejemaneje, el chanchullo y la inmoralidad. Todavía hoy son legalizados partidos de rotundo carácter nazi no sólo en Alemania sino en toda Europa; todavía hoy nos hacen creer que el rey va vestido, y quienes se atreven a afirmar lo contrario son tachados de locos o de aguafiestas; todavía hoy los partidos políticos que se jactan de enarbolar la bandera de la democracia siguen consintiendo la corrupción en sus filas; todavía hoy, o más que nunca, se camufla la verdad de los hechos con cortinas de humo en forma de noticias secundarias presentadas como cobardes justificaciones; todavía hoy la Omertá es el caldo de cultivo que cala hasta las más profundas raíces de una ciudadanía sobornada a cambio de las sobrantes migajas del banquete de los grandes capitanes al mando de las sectas que sin escrúpulos gobiernan, hacen y deshacen y les importa un pimiento que al día siguiente de haberse muerto ellos se funda la tierra. Lo de la abuela nazi, como todo lo concerniente a los estomagantes protagonistas de las noticias con las que parece que se va arreglando algo cada vez que se nos da a entender que se actúa con justicia, es tan solo la punta del iceberg de la mugre congelada que con su peso entierra a la verdad, migajas con las que se nos pretende dar a entender que vamos por el buen camino.
miércoles, 2 de mayo de 2018
Para quitarse el sombrero
Lo triste de los ejemplos de coherencia y dignidad llevados a sus últimas consecuencias es que son fáciles de recordar por lo poco frecuentes que resultan, por su pura y dura rareza. En 1964 Jean Paul Sartre, que veía venir la tendencia por arrimar su lúcida ascua a la sardina del partidismo por parte de uno de los dos bloques de la Guerra Fría, cuando su ambición era en realidad el entendimiento entre ambos, dijo que un escritor que adopte posiciones políticas, sociales o literarias, debe actuar solo con sus propios medios, esto es, el mundo escrito, y que todos los honores que éste pueda recibir exponen a sus lectores a una presión indeseable; fue este uno de los principales argumentos con los que rechazó el premio Nobel de literatura de aquel año. La libertad personal es el arma con la que los grandes pensadores sortean las amenazas de las adulaciones de quienes van buscando que la balanza se incline de su lado, tomando como pretexto la inteligencia de intelectuales que en el fondo nada tienen que ver con las indecorosas intenciones de los malversadores de la razón, es decir la clase política que justifica los medios tergiversando el mensaje y tomando como excusa la aparición de determinadas personalidades del mundo de la cultura para fines poco nobles. Manuel Chaves Nogales salió de España asqueado, aburrido, cansado del contrasentido de lo que era y de lo que no era la Guerra incivil; llegó a Francia, donde poco después fue sorprendido, durante otra Guerra con visos de ser la continuación de la anterior, por la invasión alemana, y desde allí, asqueado de nuevo, partió hacia Inglaterra en busca de un lugar en el que poder hacer lo que más le gustaba, un lugar en el que poder escribir e informar con objetividad y sin el acecho ni de la conminación ni de la hipocresía del aplauso ramplón e interesado, tan solo buscando ejercer su profesión de forma honesta y clara. En el 399 a. C. Sócrates, condenado a muerte, durante su última noche tuvo el ofrecimiento de su amigo y discípulo Critón de preparar una fuga que le permitiese salir de Atenas, y se negó porque entendía que debía acatar la pena que le había sido impuesta. Poco después, sobre el 275 a. C. Fabricio, eximio general romano, célebre por su austeridad, rechazó los regalos de los samnitas tras firmar con ellos la paz, y los del rey Pirro de Egipto por pretender conseguir su amistad mediante bellos obsequios; más tarde fue nombrado censor y lucho sin tregua contra el excesivo lujo de los gobernantes, y fiel a sus principios y valores, orgulloso de si mismo, murió en la más estricta pobreza. En estos días estamos siendo testigos de otro gran ejemplo de esa libertad personal que ostentan los grandes hombres; Emilio Lledó, uno de los máximos exponentes del pensamiento actual, ínclito habitante de la razón, hijo predilecto del silencio de la escritura, sobresaliente filósofo más reconocido fuera que dentro de España, ha rechazado la medalla de oro de la Comunidad de Madrid porque ha visto cómo uno de sus grandes amores, la Universidad, ha salido muy mal parada con el consentimiento de quienes tienen el poder. Para alguien que todavía piensa, como se creía en la antigua Grecia, que la política es la más arquitectónica de las ciencias es bochornoso contemplar el estado de degradación al que tal ciencia está siendo sometida, y por lo tanto dice NO; NO porque la degeneración ideológica de los políticos es una absoluta felonía, y porque considera inexplicable que todavía se esté votando a corruptos, punto en el que me viene a la cabeza el magistral Ensayo sobre la lucidez de José Saramago. Decía Immanuel Kant que el ser humano es lo que la educación hace de él, y Emilo Lledó apuesta por una educación que aporte libertad a la mente, libertad de contemplación y de entendimiento, libertad de vivir y de creer y de crecer y de prosperar y de aprender asombrándose, y por eso siente una mezcla de indignación y aburrimiento ante lo que sucede en la mente de los políticos que, como apuntaba Nietzsche, emiten ese sonido hueco que revela una entrañas llenas de aire. Con Emilio LLedó hay que quitarse el sombrero.
domingo, 29 de abril de 2018
Cuando quieran los buitres
Acerca de la interpretación de los hechos saben mucho algunos magistrados especializados en detenerse en cada una de las comas de un informe, en la colocación de las palabras a lo largo y ancho de un texto que vendrá a decir lo contrario de lo que suponíamos una vez leído bajo la transparente traición del lenguaje, y en la lectura extraída de unas imágenes que, en el caso que nos ocupa, no parecen ser lo suficientemente evidentes como para interpretar que cinco desalmados, a los que tal apelativo les queda corto, no solo abusaron sino que violaron a una joven de dieciocho años. Cualquiera de nosotros podría ponerse o no de acuerdo en depende qué cuestión, echando mano de lo que el instinto y la intuición le sugiera, de su código ético, de su forma de interpretar lo ocurrido amparándose en el sentido común y en la experiencia. Lo curioso es que, en el caso de la manada de cafres, que es la fiel representación de la tan por desgracia arraigada cobardía machista en España, todos pensamos lo mismo menos uno de los jueces encargados de llevar el caso; sus propios compañeros de terna no han llegado al extremo de negarlo, pero visto lo visto una vez conocida la sentencia salta a la vista que hay alguien por medio; no nos olvidemos de que dos de estos mal nacidos forman parte del Ejercito y de la Guardia Civil, y que, por cierto, están cobrando el 75% del sueldo base desde que están encarcelados, o sea desde hace dos años. Todos los vecinos tanto de la víctima como de los violadores, toda Pamplona y toda Sevilla y todo Madrid y así todo seguido hasta el final de cualquier rincón de España, toda la sociedad piensa lo mismo menos los subalternos de la justicia que con sus provocaciones están abonando el terreno para que las consecuencias derivadas de la indignación social sean lo que no nos hubiésemos nunca imaginado que podría llegar a suceder; hay gente para todo, y como esto siga así veremos a ver por donde sale el sol; al tiempo. Las declaraciones del abogado defensor aludiendo a ese fino hilo que determina el dictamen de lo sucedido son vergonzosas, tanto como atreverse a defender a semejante calaña de criminales. Cada vez que escucho de boca del juez Ricardo González lo del presunto "ambiente de jolgorio" apreciado en los hechos se me revuelven las tripas. Entre tanto, y como siempre que hay que dar la cara, el Gobierno dice que hay que respetar las decisiones judiciales, eso si prevaleciendo el mensaje de que está en contra de la violencia de género y de que se está luchando contra ello. La postura del Gobierno cuando hay que dar la cara me recuerda a ese verso de Pablo Neruda en España en el corazón: "hasta que el ruiseñor se calle cuando quieran los buitres". Entre tanto, y a la espera de que la acusación recurra la sentencia, nos encontramos con una víctima que ha declarado no creer en la justicia y que está pensándose no recurrir, tirar la toalla, darse por vencida; además, en los diez próximos días, plazo disponible para la recurrencia, cabe la posibilidad de dejar en libertad condicional a los acusados, y una vez vuelto a ser resuelto el juicio, en caso de que así sea, dos de las opciones que se contemplan son tan escalofriantes como insultantes para la ciudadanía: que disminuya la pena de los acusados, o que sean exculpados. Esta recua de salvajes lleva dos años en prisión, eso quiere decir que si han de cumplir, parece ser que en el peor de los casos, nueve en total, una vez que hayan cubierto la cuarta parte de éstos dispondrán de permisos temporales y de un grado de internamiento favorable; si a eso le sumamos otro tipo de beneficios penitenciarios a los que se acogerán nos encontramos con que los tendremos en la calle en dos días, y vuelta a empezar. Pero qué justicia es ésta, pero esto qué es. Qué bochorno.
viernes, 27 de abril de 2018
Cuestión de civismo
En 1964, mientras escribía La autopista, Julio Cortázar no sabía que meses más tarde se vería envuelto en un gran atasco que lo mantuvo retenido durante horas, precisamente en mitad de una autopista, transformándose justamente así en el personaje que él mismo había inventado, como si a Julio Verne, poco después de haber publicado lo que entonces era el súmmum de la ficción, le hubieran sorprendido con la noticia de que ya era posible viajar a la luna. En el relato de Cortázar se trasluce el mensaje de hasta qué punto algunos avances pueden convertirse en una enredadera, cómo lo que se supone que nos ha de facilitar la vida acaba por invadirnos dificultando nuestros movimientos. A las novedades les pasa lo que a la tecnología, que son aquello que queramos hacer con ellas, de modo que conviene cierta dosis de prudencia para que su utilidad sea realmente provechosa, para no caer en la rápida sustitución de todo lo aprendido a cambio de la última innovación que nos pongan delante de las narices, cayendo en el absurdo. Parte de nuestro desarrollo personal se encuentra en lo que hacemos y en cómo lo hacemos, en la manera que tenemos de resolver nuestras cuestiones diarias, en el uso de la razón y en el trabajo manual, en la puesta en práctica de nuestras habilidades, en lo que somos capaces de hacer con dos manos, dos piernas y una cabeza, en saber que nunca es caro el precio que hay que pagar por ser nosotros mismos. Hace días que pienso en esto, cada vez que me veo en la tesitura de no saber por dónde tirar, dónde ponerme, al ser asaltado en cada esquina, o en mitad de la acera, por vehículos, generalmente de dos ruedas, de reciente diseño; modelos inspirados en bicicletas o ciclomotores, unos propulsados por una batería, movidos otros por el pedaleo de intrépidos ciclistas que no respetan las normas de circulación; patinetes que no hacen ruido y se deslizan serpenteando entre los bordillos y las fachadas; biciclos a los que en su parte delantera se les ha incorporado una bañera; máquinas con aspecto de atril y ruedas grandes, de todo un poco. Un paseo en bicicleta es tan sano y recomendable como una caminata por la ciudad o por el campo, además de una magnífica manera de contribuir a no aumentar la polución que nos ensucia las manos nada más salir a la calle; alabo las iniciativas a favor de los medios de transporte "ecológicos" en contra de la abundancia de motores que a diario embadurnan los pulmones de la atmósfera, pero me molesta la facilidad con la que del uso pasamos al abuso, a la compra directa del cacharro de marras para poblar La Ciudad de vehículos que encuentran su espacio quitándoselo al transeúnte, a los peatones que, dicho sea de paso, tampoco se ponen de acuerdo a la hora de compartir el espacio de las aceras. Es asombroso el pésimo nivel de civismo que en estas cuestiones tenemos en pleno siglo XXI.
domingo, 22 de abril de 2018
Claroscuro
Con la Feria las calles de La Ciudad se presentan con una tonalidad de semi abandono digna de ser aprovechada para el deleite del inusual silencio de las zonas normalmente más concurridas. El aspecto de tranquilo y apaciguador desamparo de los callejones del caso antiguo amortigua la voz interior en un susurro manso y delicado que memoriza sin esfuerzo dos, tres, cuatro versos, historias que salen al paso, retazos de prosa caminada, sótanos del subconsciente armonizados a pie de asfalto por el encargado ritmo de los zapatos de la puntuación. La gente de La Ciudad, tan dada a la exclamación, a la voz alta, al comentario lanzado al aire rescatado por el oído de los poetas, estruendosa y exasperada hasta lo hiperbólico, deja el rastro de su desaparición como si sus voces estuvieran ligadas al paisaje del recuerdo, como esos fantasmas cuya presencia se intuye pero no se palpa. Las mujeres, con sus coloridos vestidos de flamenca, con sus mantillas y peinetas y collares, con sus lunares y sus ojos rebosantes de la inconfundible luz de estos lares, hermosean la escena cotidiana alelando a los rayos del sol, incrustándolos sobre la instantánea de esos rostros llenos de la genuina belleza del Sur; eso si, van dejando de ser habituales los tacones, viéndose en los pies de algunas damas ese tipo de calzado con suelas como de grosor de corcho que parece taponarlas al suelo. Los cocheros visten de blanco y negro luciendo sombreros de copa que salpican de siglo XIX la Puerta de Jerez y la Plaza del triunfo; y ante ese repertorio de folclore intuido, nítido en el proyecto de la futura escena, reina el contraste de una cada vez mayor nómina de vagabundos que me lleva a pensar que cualquiera puede ser un clochard, que todos lo somos en potencia, que nadie se encuentra a salvo del cariz pendular de nuestra historia. Un señor de unos setenta años, más o menos bien arreglado, luce frente a una pequeña cesta de apócrifo mimbre el rostro del pedigüeño que no contaba con esto, del que no se lo esperaba, del que aún conserva el recelo y el pudor higiénico del inexperto en el trance del derrumbe no explicado; un joven de rasgos escandinavos con uñas largas y mugrientas yace sobre una acera del Centro mientras a su lado hay otro que le implora y le echa en cara haberle quitado el sitio; la señora sin piernas y sin brazos de la calle Tetuán, depositada ahí por algún hijo de mala madre que caída la tarde vendrá a recogerla, parece ya tan de piedra, tan huidiza, tan absorta en una plomiza lejanía, que no mira ni su sombra. A las puertas del ayuntamiento se reunen unos cuantos operarios del servicio municipal de limpieza que por enésima vez piden lo suyo, y a las tres treinta dos gorilas posarán reglamentariamente junto al coche del alcalde. Como decía José Bergamín, existe la luz, y existe la sombra, pero no el claroscuro, que es una trampa sentimental, un ilusionismo, porque el claroscuro es miedo a la verdad luminosa y sombría.
miércoles, 18 de abril de 2018
Cajón desastre
La consigna está muy clara, insisto: que no sepamos hacer la o con un canuto. En la biblioteca de mi barrio no hay ni rastro del diccionario de la RAE; eso sí, allí mismo me han prometido que lo incluirán en el próximo pedido, en cuanto les sea concedido el presupuesto que andan esperando, y que mientras tanto, si lo deseo, puedo hacer uso de un ejemplar propiedad de uno de los funcionarios que allí ejerce, una versión resumida del original que, una vez utilizado, ha de serle devuelto de inmediato. Sorprende, por otro lado, en las grandes superficies comerciales, en las que su personal rota de una sección a otra de improviso, ver cómo cuando realizas alguna pregunta acerca del artículo que andas buscando son frecuentes las dudas y aún más las salidas por la tangente, por parte de personas que tratan dignamente de ganarse el jornal, personas expuestas a hacer el ridículo delante del cliente, mientras en los despachos no cesan de trazarse las líneas maestras del ahorro en recursos humanos, encargándose de ello unos cuantos humanos sin recursos osando creer que la marca que dicen defender es eterna, cuando bien saben que cambiarán de aires a la mínima oferta que les ofrezca unos cuantos euros más; pero como la caja sigue sonando al ritmo del Money de Pink Floyd pues, como diría Benedetti, saquen ustedes sus conclusiones. En algunos centros culturales está sucediendo lo mismo: preguntas por la localización de los libros de ensayo y la cara del funcionario que te atiende es la de quien piensa que le estás preguntando por la capital de una remota isla oceánica. Ni unos ni otros, más allá de su mayor o menor curiosidad por informarse lo mejor posible en tiempo récord sobre cómo desempeñar bien su trabajo en posiciones que desconocen, que sería una deseable aunque ciertamente poco probable forma de salir del paso, tienen la culpa, porque se hace uso de las personas para cubrir huecos, para rellenar el cuadrante sin que importen nada ni la función, ni la motivación, ni el mérito del esfuerzo, ni la preparación, ni la utilidad implícita en el valor de haber alcanzado una licenciatura, ni mucho menos los usuarios y los clientes. Los responsables de que esto se esté convirtiendo en un cajón desastre en el que las churras se mezclan con las merinas, acelerando el paso de cangrejo al que avanza el porvenir, se lavan las manos porque tristemente ni se les pasa por la cabeza la posibilidad de que las cosas puedan funcionar mejor de otra manera, porque eso supondría que ellos tuvieran que estar mejor preparados de lo que están, amenazados así por quienes saben y si no saben tienen ganas de aprender. Cualquier individuo con aspiraciones a ocupar un puesto de dirección que cuente con un nivel cultural aceptable supone una molestia, porque su sensibilidad le hará incurrir en un ejercicio de mejora continua, y eso no se lo permitirán los tiburones bien instalados en el maloliente confort del cinismo. Una estrategia socio laboral basada el interés sobre las buenas consecuencias del compromiso social, dándole al trabajo de cada cual la importancia que se merece, poniendo a cada uno en su sitio para fomentar el desarrollo personal, favoreciendo la mejora de la convivencia, no tiene cabida en el maquiavélico proyecto ni de los políticos ni de los altos directivos, porque en sus rifirrafes de malos acuerdos entienden la política o el trabajo como algo consistente en hacer concesiones en lo accesorio pero no hacerlas en lo esencial, escamoteando beneficios mal repartidos sin conciencia alguna. Demasiadas pocas cosas pasan, la verdad, porque el día que se rompa la cadena no servirá la excusa de que se ha roto por el eslabón más débil, porque por donde en realidad se rompe una cadena es por el eslabón que más tensión soporta.
domingo, 15 de abril de 2018
Luces de bohemia
Decía Max Weber que no hay nada éticamente más abyecto que practicar una ética espuria que sólo busca tener razón. En la descripción de un recibo de la luz se percibe de inmediato que Endesa, a base de una retahíla de datos, trata de justificar los medios del abuso al que somos sometidos los ciudadanos, pretendiendo con ello tener razón. Pagamos por la potencia contratada, por la energía consumida, por el alquiler de equipos de medida y de control, por el impuesto de electricidad, que también lo tenemos que pagar nosotros, y por algo sospechosamente denominado "regularización y otros conceptos", otros conceptos que deben ser los pertenecientes a la partida de gastos de dicha empresa para abastecerse del cemento con el que arma las caras de quienes consienten todo esto. Corre por ahí el malentendido de que los pensionistas se quejan porque no suben sus pensiones, cosa que nos es cierto, ya que lo que realmente están solicitando es que no les quiten más, que no les roben, que no les hagan tiritar de impotencia. Los sueldos no se mueven y la bolsa de la compra sube, la luz sube, el agua sube, el butano sube, los alquileres suben, y hasta la madre que los parió sube; todo sube mientras Cristobal Montoro, ministro de Hacienda, se permite decir que tiene varias zanahorias fiscales preparadas pero que todavía no es momento de informar sobre ello, como si fuésemos borricos que van detrás del reclamo que, por mucho que se lo propongan, jamás conseguirán alcanzar. Las zanahorias a las que se refiere el señor Montoro son la cantidad de embustes y embelecos típicos del trápala en el que estaba Max Weber pensando al escribir su frase. He ahí la firme prueba de la consideración que se tiene para con el ciudadano contribuyente: la misma que se le tiene a un asno del que sólo se espera que siga cargándoselo todo a sus espaldas sin abrir la boca. Pero a lo que vamos: la luz. Durante la última semana se han producido tres apagones de más de dos horas en la calle Conde de Barajas de La Ciudad, restringiendo así el suministro necesario para que durante la crucial franja horaria del mediodía funcionen los negocios con los que cada cual se gana la vida como buenamente puede, e interviniendo en las consecuentes molestias del orden de los hogares de esta zona que, a pesar de su belleza tiene las tripas de sus instalaciones podridas. No es la primera vez ni será la última, las quejas y reclamaciones me constan que son frecuentes, pero nadie de Endesa se digna pedir disculpas ni a acelerar el proceso de reforma, junto con el ayuntamiento, de la red eléctrica de esta calle. El último de los apagones mencionados ha sido hoy, tras el que la potencia ha bajado y a penas puede usarse ningún electrodoméstico hasta no se sabe cuándo; eso sí, las más de doscientas mil, ojo: ¡más de "200.000"!, bombillas que adornan el Real de la Feria lucen engalanando la fiesta de una ciudad en algunas de cuyas viviendas los frigoríficos agonizan con respiración asistida. Qué aburrimiento.
sábado, 14 de abril de 2018
Las bibliotecas y sus horarios
El ambiente de las bibliotecas lo envuelve a uno en una paz interior similar a la que se puede disfrutar escuchando la overtura a Ifginie en Aulide de Gluck, acompañando la lectura con el silencio con el que las manos pasan las páginas de La arboleda perdida de Rafel Alberti, sin percepción del paso del tiempo, en un conventual recogimiento que sosiega el alma y da de beber al espíritu. Las bibliotecas son templos del estudio para quienes disponen de un rato en el que cobijarse de la tragicomedia del presente, ayudando a soportar el envite de las noticias sin noticia, de los asesinatos perpetrados en nombre de sea cual sea el fundamentalismo, de los planes de Donald Trump pasándose por el arco del triunfo la Declaración de los Derechos Fundamentales desatendiendo las misivas de la ONU; la ley de la Estaca hace su aparición removiendo Roma con Santiago mientras las retransmisiones en directo de la barbarie nos apoltronan en lo que, sin que nos tiemble el pulso al sostener la cuchara, se da por inevitable. Esta birria de democracia está alcanzando unas cotas de pan y circo que ni en tiempos de Lucio Aurelio Cómodo. Las bibliotecas suponen el edén para quienes quieren refugiarse y desatender el nefando perogrullo del electoralismo de tres al cuarto con el que se nos despacha a diario; las bibliotecas representan algo así como los lagos de agua fresca en los que darse un chapuzón de ensayo filosófico para quitarle las telarañas a las sacudidas de este torbellino de favoritismos y componendas, con el que se aliña la ensalada del chanchullo. Goza uno del privilegio de disponer de varias bibliotecas repartidas a lo largo y ancho de La Ciudad, hasta que, debido al calendario, se amoldan lo horarios de una manera tan poco ecuánime como lo que sucede de puertas para afuera de ellas. Durante la pasada Semana Santa, en la que nuestro ministro de cultura, en el trance de un poco espiritual cántico, se declaró novio de la muerte, estos centros a penas estuvieron abiertos tres de sus mañanas, con lo cual la supuesta aconfesionalidad del Estado no se limita, debido a la excluyente posibilidad del laicismo, a buenamente colaborar con las distintas confesiones y particularmente con la Iglesia Católica, sino que disminuye las posibilidades de acceso a las bibliotecas de aquellos ciudadanos que no practiquen religión alguna. Lo mismo sucederá durante la próxima Feria de Abril, disponiendo el usuario de a penas tres jornadas matinales de 9:00h a 14:00h, cuando lo razonable sería que sólo permanecieran cerradas el día señalado como festivo en el almanaque de La Ciudad, es decir el miércoles. Y puestos a cerrar, digo yo que lo suyo sería hacerlo precisamente durante las mañanas, para poder recuperarse así de la resaca de la noche anterior. Limitar el uso de estos lugares dice mucho de la desatención sobre lo que realmente importa, hasta conseguir, como con todos los casos de corrupción, que sea lo más normal del mundo, abonando así aún más el terreno para lo que se pretende: que no sepamos hacer la o con un canuto, tachando de paso la parte asignada a vaselina que ya no es necesario incluir en los presupuestos.
jueves, 12 de abril de 2018
Pedir un imperio
Sabemos que el atlas de la historia nos sitúa en una injusticia detrás de otra, y así hasta el infinito, sea cual sea la página que miremos. Según las leyes de la naturaleza, de la que hemos tomado un sobresaliente ejemplo para poner en práctica las más abominables argucias y seguir haciendo caja a base de la cobardía escudada en la costumbre, el pez grande se come al pequeño. Hablas con un empresario que mantiene al setenta por ciento de su plantilla bajo la férula de su fraudulenta filosofía laboral - trabajando cada uno de sus empleados cincuenta horas o más semanales, con un contrato de media jornada - y te dice que eso es lo que hace todo el mundo, además de, sin el menor atisbo de escrúpulos, afirmar que es tan alta la cantidad que se ha de pagar por los seguros sociales de cada trabajador que de mantener todas sus obligaciones fiscales en regla le resultaría imposible mantener tantos restaurantes abiertos. No se puede caer más bajo. Lo que más me inquieta de estos empresarios es que son jóvenes que siguen las pautas de la explotación que ellos sufrieron y de la que ahora no quieren saber nada; o sea que una de las cosas que sacaron en claro durante su periodo de instrucción profesional era que en cuanto pudieran se independizarían haciéndose autónomos, para ganar dinero a costa de las espaldas de quienes les sacan las castañas del fuego en primera línea de batalla, en el terreno de la más pura y dura producción llevada a cabo por equipos en los que se genera una competencia caníbal por conseguir el beneplácito de los jefes a base de rastreras opiniones a cerca de sus compañeros, siempre dando vueltas a la recancanilla, haciendo de chivatos y diciendo ni más ni menos lo que se espera que los jefes tienen que escuchar. Nadie mejor para trepar por esta cuerda que los bien adiestrados jefes de departamento, entre los que destacan los directores de recursos humanos, que paradójicamente durante las entrevistas de trabajo, cual pobres diablos rebozados en cinismo, se dedican a ofrecer condiciones laborales que ellos mismos no aceptarían; resaltan también, de entre esta caterva de reptiles acorazados en su miedo, los encargados poco versados, siendo tan solo duchos en el maléfico arte del patético y pusilánime peloteo que comulga con las ruedas de los molinos de viento de la tropelía. Lo jodido es que quienes se atreven a tirar la primera piedra son rápidamente estigmatizados por el sambenito moderno de sindicalistas, vamos, por pedir lo suyo, acorralados por el silencio de sus propios compañeros. Hace poco se me instó a que no ejerciera de Robin Hood al pedir unas condiciones ni más ni menos que justas para todos mis colegas, a los que se les había propuesto lo mismo que a mi y no se atrevían a abrir la boca, tras negarme a impartir clases en la reputada escuela superior de hostelería a la que pertenece el restaurante en el que trabajado como primer mâitre durante los últimos tres años, a cambio de no cobrar nada. Esa fue una de las gotas que colmó el vaso de mi indignación y claro, días después decidí abandonar uno de los trabajos del que más he disfrutado en mi vida. Me da mucho coraje cuando escucho a uno de esos leguleyos de la mediocridad decir que gracias a Dios tienen un trabajo, y que eso no lo puede decir todo el mundo. Claro que no lo puede decir todo el mundo, porque no todo el mundo es tan miserable como para no mover un dedo ni abrir la boca a favor de lo que corresponde, de lo equitativo, que aunque parezca mentira parece tratarse ya de pedir un imperio.
miércoles, 11 de abril de 2018
Estrellas borrosas
Debido a que llevo toda mi vida en el oficio me niego a ver uno de esos programas en los que algunos chefs muestran su amenazante porte de brazos cruzados dando una pésima imagen de dureza deteriorando sobremanera la belleza implícita en todo lo relevante a la creatividad culinaria. Lo cierto es que, por desgracia, esa dureza, plagada de rabia y de arrebatos de soberbia, es lo que ha y sigue caracterizando a los consagrados personajes del panorama gastronómico. Habla aquí la voz de la experiencia: durante años he formado parte de equipos en lo más alto de esas guías atiborradas de estrellas y de signos con los que se justifica la disciplina cuartelaria plagada de brutalidad a la que son sometidos muchos jóvenes con ganas de aprender. Da vergüenza escuchar todavía hoy, en pleno siglo XXI, eso de que la hostelería siempre ha sido así, para argumentar que hay que pasar por el aro del salvajismo legionario, y del más puro escarnio, si lo que se quiere es avanzar en el camino con el que se obtendrá el merecido éxito de animal moribundo de intelecto. Prácticamente todos los restaurantes de élite cuentan con una numerosa brigada nutrida de alumnos en prácticas, simbólicamente remunerados o ni siquiera eso, que comparten pisos patera consistentes en dos o tres habitaciones, en cada una de las cuales duermen seis o siete personas, un cuarto de baño y una sala de estar que durante la noche también será ocupada habilitando ésta con otros tantos colchones en los que estirar el cuerpo después de doce o catorce horas de intenso trabajo bajo presión. Después, en el directo del servicio, son frecuentes las reprimendas alcanzando en muchas ocasiones el tono de bárbaro insulto, el agravio con el que los sabuesos al mando de la máquina imponen la ley del más fuerte, que casi siempre corresponde a aquellos que han alcanzado un puesto tras haber estado tragando quina durante mucho tiempo, resarciéndose así de las fatigas pasadas, y de los complejos de inferioridad adquiridos, llevándose por delante a quien haga falta. A partir de ahí se genera un ambiente de competencia interna que determina la selección, y aparecen los atenazadores síntomas del síndrome de Estocolmo encargado de convencer a la mente de que no se puede perder la oportunidad, ya que la consabida opinión general es que esos sitios son los mejores, y el que no aguante es porque es débil o flojo o cobarde o sencillamente no sirve para esto. A todo ello hay que sumarle el alto grado de incultura que se respira en el gremio; no se me podrá olvidar nunca que siendo yo maître de un importante restaurante del norte de España tuve que sufrir el consejo del jefe alentándome a que no leyese tanto; pocas veces he sentido tanta vergüenza ajena. Otro dato: muchos aspirantes a la gloria de la ferocidad ejercen bajo el efecto de las drogas, aspecto que carece de importancia siempre y cuando se saque bien el trabajo, que es lo que cuenta. A la hora de la comida gozará el indefenso recluso de veinte minutos para disfrutar del todo incluido de un plato de bazofia, café, cigarrillo y una visita al lavabo. Las consecuencias de toda esta calamidad de desarrollo humano pronto se ven reflejadas en una serie de fracasos tatuados con la impronta del trauma. Esta estomagante melodía me revuelve las tripas, y se las revolvería a muchos clientes si supieran todo lo que sucede antes de que su manjar llegue a la mesa; o no, porque lo más triste del asunto es que la esclavitud sigue formando parte de una sociedad que sin ese componente no se entendería. Qué asco.
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