Algunas tardes, al dirigirme a la biblioteca, paso por una zona de cafeterías que se encuentran al resguardo de unos soportales, y no resulta raro que en uno de sus veladores me encuentre con la presencia de un ser alrededor del cual acontece un silencio amortiguado por la espuma de un enigma; se trata de un señor resolviendo un crucigrama, junto al que yace un lápiz y un cuaderno, que a veces he visto repleto de amontonadas frases haciendo de una hoja la radiografía de la selva de las letras. Está ahí como la imagen de la calmada intelectualidad típica del bar soñado por los poetas. Es un señor calvo, con gafas de sol y cara ancha, que viste una de esas cazadoras que tienen muchas cremalleras y bolsillos, ideales para ir acumulando retales de la vida y hacer de ellos un almacén ambulante al que acudir cuando no se sabe dónde se ha dejado alguno de esos pequeños e inseparables objetos que forman parte de nuestro equipaje de nómadas urbanos, como un encendedor, un bolígrafo, una agenda, un paquete de pañuelos, las llaves de la vivienda, una dirección, un teléfono anotado que no ha resistido las idas y venidas del recuerdo y el olvido, o los resguardos de los pagos con tarjeta que acabaron por quedar tan arrugados como poco dispuestos a abandonarnos. Sus zapatos contrastan lo suficiente como para pensar que se lo piensa dos veces antes de decidirse por uno u otro modelo; el resto de su indumentaria, a pesar de no destacar por pertenecer a esa poca originalidad de ir a la moda luciendo marcas en boga, es el resultado de ponerse lo que se lleva pero con ropa comprada en un rastro o en una de esas tiendas de segunda mano en la que se pueden encontrar algunos de los testimonios del desbarajuste del consumo. No lleva reloj, debe tenerlo instalado en su cabeza, como los versos que todavía no ha escrito, como el paso de los días que le faltan para montarse de nuevo en el tren que lo acerque a la ciudad más próxima. Fuma con parsimonia, como si el mundo no fuera con él; el humo de sus cigarrillos es demasiado blanco para tratarse de un tabaco convencional, puede que sea una de esas mezclas que ya sólo compran los que siempre se los liaron con Smoking blue: Samson, Drum, a lo sumo Cutter Choice. A pesar de su quietud parece estar muy atento a cuanto pasa a su alrededor, con instintivos gestos, en los que se aprecia la leve tonalidad de los ademanes de un ladrón de guante blanco, que parecen ser la respuesta de un radar, como si no se le escapara ningún ruido sospechoso mientras simula que nada le importa, sin forzar en absoluto la posición en la que se encuentra, como una piedra pensante a la que no se le pueden ver los ojos, y acompañado por un vaso cuyo interior delata las tonalidades de un whisky de malta, ese color entre caramelo y caoba que caracteriza al Glenrothers, aunque en un sitio como este dudo que se lo puedan servir; aquí no suelen pasar del Cardhu, como mucho la contrariedad del Chivas Regal, pero lo ideal sería mojar el pensamiento con un islay, para estos casos nada como un Laphroaig; para sostener la tensión de esa poesía hace falta que el carácter yodado de la turba arda en el estómago, como los retrogustos del cine negro. Me pregunto si será un aficionado a la escritura, o por qué no un policía, o uno de esos jubilados sorprendidos por una carta del ministerio, o un forastero de vacaciones en busca de inspiración; me pregunto si será un profesor al que le gusta el retiro de la soledad acompañada por el paisaje de las calles peatonales visto desde su trono de silla de plástico; me pregunto si será un espía, o un proxeneta aguardando con maldad el revolucionario impuesto de su sucio oficio, o un desde no hace mucho divorciado que trata de encontrar el tiempo perdido entre tanta falta de decisión, me pregunto si será alguien o no será nadie y sólo sea fruto de mi imaginación.
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viernes, 7 de junio de 2013
Me pregunto.
miércoles, 30 de enero de 2013
Más difícil todavía.
Bertol tenía ganas de mostrarle a Fatt lo que había dado de sí su última creación, como él llamaba a aquellas cosas que se le ocurrían para pasar la tarde enfrascado en hacer cualquier cosa con la que entretenerse y salir del abatimiento que encontraba cada día en el trabajo. Bertol era un tío con talento, era polifacético en lo que al arte se refiere a pesar de ganarse la vida en una oficina de la que cada jornada salía con el mismo estado de ánimo con el que Fran Kafka lo hacía en la suya de Praga. Fatt era uno de los compañeros con los que más confianza tenía y casi el único al que podía contarle sus sueños y el desprecio que sentía por la falta de consideración con la que habitualmente se desatendían las habilidades de cada uno de los miembros del equipo, con el consiguiente encasillamiento de las funciones y el inevitable martirio que daba como resultado una turbia rutina que ya solo era capaz de salir viva si era alimentada con chismes y falsos testimonios, con vagas imaginaciones con las que parecía que las cosas eran menos aburridas. Bertol no salía del todo convencido de que sus pláticas hubieran ido a buenos oídos pero al menos le consolaba la paciencia con la que eran recibidas y no descartaba que en alguna ocasión Fatt le aportase algo con lo que enriquecerse y forjar una más sólida amistad, trascendiendo a lo meramente profesional. En aquella ocasión había dibujado una lámina en la que aparecía un castillo junto a unas chabolas y un grupo de personas cada una de las cuales iba vestida de diferente manera, representando la diversidad de la fauna humana y los polos de la ostentación y la miseria. Había utilizado carboncillo y pastel con la pericia que se le podía suponer a un estudiante de bellas artes; se encontraba satisfecho con la obra, sabía que había conseguido más de lo que e principio podía imaginarse, y al mostrársela a Fatt éste le contestó diciendo que no estaba mal, que para ser un aficionado no estaba mal, pero que él había visto otras muchas, de otros amigos suyos que eran unos auténticos expertos en representaciones realmente conseguidas y bellas.
Bertol solía cambiar, debido a sus fervorosas ganas de aprenderlo todo, de entretenimiento y gustaba también de hacer sus pinitos con la música. Tocaba la guitarra y la batería, al estilo de los que solo buscan un rato de distensión, pero con la guitarra últimamente se sentía especialmente inspirado y se encontraba tan a gusto con ella que pasaba horas y horas encerrado en su cuarto ensayando versiones con las que, como a él le gustaba decir, amenizar las celebraciones. De modo que aprovechó que aquel mismo viernes era el aniversario de Fatt y decidió ir acompañado con el instrumento a la fiesta que se organizaba en honor de su compañero. Una vez allí entonó siete temas seguidos en cuerda de blues con toques de jazz con los que las chicas no dejaron de aplaudir y pedirle otra. Después de unos cuantos bises, para los que tuvo que recurrir a las profundidades de su imaginación y convertir en una auténtica jam sesion aquello que había comenzado como una mera dedicación a su compañero, se acercó a Fatt para felicitarle de nuevo y de paso preguntarle que si le había gustado el regalo. Faty asintió y le dio las gracias por el detalle, pero le empezó a hablar de los genios de los años sesenta y setenta, de los bares de Chicago en los que tocaron los más grandes músicos de la historia del blues, y le animó a que continuase ensayando porque aún le quedaba mucho por aprender.
Como en la oficina era frecuente que se confundiera el desdén con el desánimo y que nadie quisiera tener nada que ver con el trabajo de los demás, ni ser molestado, ni las aspiraciones brillaban por su presencia, una vez finalizada una labor determinada el resto del tiempo cada cual lo empleaba en lo que le venía en gana, siempre y cuando no fuese visto por el jefe, y debido a otra de las aficiones de Bertol, la poesía, no dudaba éste en escribir sus ripios e irlos corrigiendo en aquellos huecos favorables para enfrentarse al reto del papel en blanco. Cuando hubo terminado uno de los poemas con cuya lectura se sintió realmente emocionado aguardó a la mañana siguiente para mostrárselo a Fatt; esta vez no le podría poner ninguna excusa, el poema estaba dedicado a la novia de Fatt, escrito para ella por encargo de éste bajo la presunción de que la encubierta originalidad de Bertol causaría sensación en Maloo, la chica de Faty, con motivo del día de San Valentín. Al leerlo Fatt se mostró agradecido y aludió a una serie de razones que le habían llevado a pensar que sería una buena idea hacerle a Maloo entrega de un poema como si de su puño y letra hubiera sido escrito, eso si, sintiéndose en el último momento tentado por regalarle los Veinte poemas de Amor de Pablo Neruda, pero uno vez que estaba allí la creación de Bertol a lo mejor obsequiaba doblemente a su novia, pero que aun no sabía qué hacer.
Bertol era una persona que no le daba mayor importancia a las cosas siempre y cuando le dejasen actuar en paz y con el debido respeto, pero había algo en él que hacía que no dejase ni un instante de pensar en hacer algo original. Esta última semana había armado un mueble para la oficina con una serie de maderas recogidas de un desván de la misma compañía, y el resultado fue que aquel desorden que con cuatro papeles se formaba ahora aparecía como el lugar más atractivo para ponerse manos a la obra sin los agobios que en muchas ocasiones habían dado pie a que la moral estuviese por los suelos. Cuando Fatt contempló el nuevo ingenio no pudo resistirse a comentar que en Ikea venden unos módulos muy funcionales con los que poder hacer algo aun más bonito. A Bertol le traía sin cuidado esta actitud que frecuentemente caracterizaba el comportamiento de Fatt porque él se sentía realizado y no necesitaba del alago, solo pedía que las cosas se tomasen a bien y que cada cual lo hiciera lo mejor que pudiera en beneficio del resto, pero no era necesario que le diesen ningún premio, no era su estilo ni pretendía destacar por encima de nadie; eso si, a los arribistas no podía ni verlos.
Definitivamente una mañana se le ocurrió, a Bertol, que tres de los contenedores, en los que previamente habían recibido una serie de herramientas para la oficina, podrían ser reciclados y utilizados para la clasificación de los matereliales que fuesen teniendo pinta de ser desechados en breve, de forma que a la hora de la entrega todo se hiciese con el debido orden y sin pérdida de tiempo; además alguno de estos recipientes, los más pequeños, también podrían utilizarse como papeleres para cada una de las mesas de trabajo y así dejar de compartir algunas de éstas, y otros, los de mediano volumen quedarían como clasificadores de las carpetas que siempre andaban de allá para acá cada vez que había que indagar en los informes de años anteriores. De esta forma no habría que tirar nada y de paso la oficina se encontraría mejor ordenada. Cuando Fatt vio el resultado a penas le prestó atención al asunto pero en su cara se atisbaba un cierto gesto de reprobación que más bien podría considerarse como una manera de poner en práctica el silencio propio de esas envidias que matan callando. Bertol se le acercó y le insinuó que le diese su opinión y Fatt argumentó que llevaba años pensando en algo igual, en algo así, parecido por no decir lo mismo, pero son tantas y tantas cosas que entre unas y otras ya se sabe, dejándole caer a Bertol que como siguiese así un día de estos se lo encontraría haciendo el pino. Entonces Bertol le comentó: Qué va, se me ocurre proponerte algo más difícil todavía, ¿sabes?, ¿cómo qué? pregunto Fatt, a lo que respondió Bertol: que ni siquiera a tí se te ocurra intentarlo.
sábado, 18 de agosto de 2012
El mar como compañía.
Tenía tantas ganas de sentirse solo que eligió el mar como compañía. Los barcos que desfilaban en el horizonte, debajo de la linea de separación entre el agua y el cielo. La música procedente de un chiringuito cercano, en el que no cesaba de sonar música caribeña. Los nudistas bajo su sombrilla, tan limpios de alma como la desvestida representación de sus cuerpos. La arena, siempre cosquilleante y juguetona. Unos niños levantaban un castillo, con sus palas de arquitectos de la fantasía.
Las olas, y su vaivén arrojado en la terminante espuma que retrocede y se esfuma para convertirse de nuevo en transparente líquido y salado. Un peñón en la lejanía de lo que parece ser un acantilado, una enorme roca desde la que poder tirarse y nadar en las profundidades de la libertad. El faro atento, testigo de batallas y de faenas de pescadores, de noches de niebla, centinela de la costa señalando el acercamiento a tierra.
El sendero por el que se accede, que comienza a formar la imagen del deseado paraíso en el que instalarse por unas horas y la inabarcable cantidad de oxigeno con el que inundarse los pulmones. El mar como compañía y como amparo, como amigo íntimo al que confesarle los pesares y los pecados, los traspiés que no han sido borrados, las reflexiones más profundas, la imaginaria poesía que busca un papel y no lo encuentra, el rescate, la tabla de salvación a la que agarrarse para encontrar el punto de fuga desde el que proyectar la perspectiva.
El mar como compañía, como brújula y testigo, como lienzo en blanco y guión de las paces necesarias para ponerlo todo en orden y empezar de nuevo. Las gaviotas mensajeras de los vientos. La brisa que aproxima la entrada del levante. El sol implacable, bronceador empedernido, hermano de la luna que de noche sembrará de plata las orillas del Atlántico. El mar como compañía, como semilla del huerto de la iniciativa, como germen de la resurrección, como ventana abierta al aire fresco, como rejuvenecedor de las telarañas del cerebro. El mar perdido en la inmensidad en la que encontrarse. El mar como compañía.
martes, 17 de julio de 2012
El pintor de botellas.
Cada mañana ejercía con rigor su ensayo sobre una nueva figura con la instintiva naturalidad con la que se llevan a cabo los actos más cotidianos. Se acercaba a su figura favorita como a un ser querido, como a su ser más querido. El contorno de la misma salía de la mano con la inercia propia de quien lo ha ejecutado miles de veces, aunque todas distintas por vocación y convicción, y en el interior de cada una de ellas depositaba un trozo de su existencia, un latido, un suspiro de satisfacción, un mensaje de esperanza. La dedicación era absoluta en torno a la silueta elegida para conformar, desde un inexacto punto de fuga tras el que generalmente colocaba un sol o una luna, un fogonazo de luz, un estallido cromático en el que los ojos encontrasen un aliado de la alegría, un paisaje material con vida propia. Los pasteles convivían ordenados, en viejas cajas de madera que en otros tiempos albergaron habanos, hasta que uno a uno iban saliendo a la escena para mezclarse en una anarquía sobre la que volaba la imaginación olvidándose del planeta, aislándose del mundanal ruido, escapando de la adversidad del simplismo de las lupas de las cucarachas, sumergiéndose en el incontrolado aliento de la inspiración rodeado de la música clásica del silencio.
El café y las musas del tabaco mezclado con hachís, la luz por la ventana; una mancha de humedad en la que adivinaba algo parecido a lo que andaba buscando, como en esa investigación del autista que ve un mapa de Europa en una pared desconchada. El ensimismamiento sobre las ideas de los particulares cánones de belleza en los que se encerraba día y noche sin querer salir de allí, sin proponerse conocer nada más que aquella locura. La levedad de la sonrisa satisfecha de una sombra con la que la iluminación ahora era perfecta. Todo empezaba y terminaba en esa habitación en la que cabía un universo de ceras, acuarelas y pinceles, de difuminos, algodones y carbones, de partituras de la magia del sonido de una punta arrastrándose sobre una lámina que gemía de placer al sentirse habitada por un huracán de sensibilidad y de ternura. Todo un mundo poblado por trozos de lija, papeles de seda y bocetos de las diferentes posibilidades, por cartulinas y barras de pegamento para el auxilio del collage, por la burbuja del placer de la creación de lo que nunca ha sido visto sino en sueños, en esos paseos por las calles de la fabulación aderezada con cansancio.
Miraba las obras una y otra vez, de lejos y de cerca, desde todos los ángulos del cuarto, y se decía a sí mismo que podría quedarse así, ni una pincelada más. Llamaron a la puerta pero nadie contestó, nadie dijo ya voy, no se oyeron pasos, solo un sosiego cargado de misterio; solo el vuelo de una mariposa posada sobre una vela, más allá de un rayo de luz procedente del amor, y tras mucho mirar, tras mucho buscar algún rastro suyo lo encontraron en el interior de una botella, refugiándose en un sueño con el que mañana volver a crear un mundo nuevo.
sábado, 14 de julio de 2012
El precio de la libertad.
Buscaba algo que llevarse a la boca, cualquier cosa que pudiera aprovechar para levantar el ánimo y ahullentar el infernal aliento de la inanición que marcaba fuerte el paso sobre la nuca. Revolvía todo aquello que encontraba con el único afán del posible descubrimiento de cuanto se encuentra en la frontera de la descomposición o en compañía de lo descompuesto. Una bolsa de plástico y otra más dentro de las que tal vez alguien, con un poco de indiferente mimo, hubiera tenido el detalle de no desmejorar demasiado la presentación de un apetitoso trozo de carne al que acudirían en breve los gusanos. A tientas y desde el exterior, asomado, examinaba lo que percibía su tacto, casi a ciegas, adivinando en una especie de Braille todo lo que tocaba para descartar o dar por bueno el hallazgo de las suposiciones de su tiento. Luego, llegado el momento en el que la superficie ya no daba para más, había que intentarlo en el interior, en las profundidades, donde a pesar de no ser tan recientes se encontraban ejemplares con los que salir del paso. Menos da una piedra se decía siempre que, aunque no se tratara de una gran adquisición, se encontraba cualquier viscosidad parecida a lo deseado, cualquier pedazo de pan empapado en la sangrienta crueldad del despilfarro y el arrollador sentido de la desmesura por la justicia/injusticia. Los versos afloraban en su mente con la naturalidad con la que su memoria, siempre atenta, ejercía de anfitriona de los archivos del recuerdo. El hedor era una coma, las cucarachas alguna cita, el camión de la basura el tío del saco con el que había que tener cuidado.
A esas horas normalmente nadie podía verle, tal vez algún transeúnte despistado o algún trasnochador solitario que vagara por las calles con la esperanza de encontrar un bar abierto en el sitio menos pensado y, mientras en el fondo de ese mar de objetos perdidos unos ojos a oscuras tentaban a la suerte con el olfato, orinaba y escupía la saliva recalentada por el aliento embadurnado de tabaco sin imaginar que muy cerca de él se encontraba un explorador de los abismos de la pobreza, un cerebro despierto que años más tarde no podría borrar de su pensamiento estos paseos por las cavernas de la indigencia más precaria mientras sus dedos rozaban un papel en el que aparecía su nombre. Tal vez aquel miembro del jurado hubiera paseado por sus malolientes cercanías en alguna ocasión; tal vez nunca habría lugar para poner las cosas en su sitio, para equiparar el sufrimiento con un galardón, para hacer como que no había pasado nada más que un cúmulo de versos sacados de las raíces del abatimiento. Tal vez nadie podía imaginar lo difícil que le estaba resultando caminar a lo largo de aquella alfombra roja sin desprenderse del resquemor de la pesadilla, de lo caro que es el precio de la libertad para que ahora vengan unos cuantos dando palmaditas en el hombro e insípidos apretones de manos; tal vez lo mejor sería continuar escribiendo.
martes, 3 de julio de 2012
No somos nadie.
Mucho antes de entrar, desde que venía por la esquina de la iglesia, se le escuchaba decir algo, muchas cosas a la vez, con cierta confusión debido al entramado de diferentes expresiones en el que atropellaba un tema con otro, pero con mucha seguridad. Todos sabían de quien se trataba. Ya está ahí, no le deis cuerda que nos volverá locos, menudo pirado. Su voz se oía cada vez más próxima, cada vez más cercana a las cabezas de todos cuantos nos encontrábamos en el bar, que no nos girábamos por miedo, tras el aviso de Blas el camarero, a que ese desdichado nos fuese a elegir como víctimas de su discurso y su desmedida charlatanería procedente de la locura. Alto y desgarbado, babeando por uno de los extremos de la comisura de sus labios, con un rostro arrugado en el que se perdía la profundidad de las cuencas de sus ojos y un apreciable bulto bajo su axila izquierda. Con el cuello estirado como si su cerebro tratase de encontrar algo en las alturas al modo de la evolución de las jirafas y unas manos encallecidas y abiertas que ejercían efusivos aspavientos sin permitirse un ruido distorsionador ni irrespetuoso. Todo un caballero del trastorno y la posible esquizofrenia, me dije. Un marinero jubilado antes de lo previsto que nunca es pronto, un lobo de mar anclado en tierra vencido por la furia del levante y por la adversidad de la incomprensión, un solitario conversador con las olas de alta mar y la cosida cuadrícula de la almadraba, me dijeron.
Una tras otra las palabras no cesaban de salir de su boca. Hablaba de esto y de aquello con el desmedido aire de naturalidad de quienes saben a ciencia cierta que no serán escuchados por nadie y por eso se permiten el lujo de decir lo que les place y se les ocurre. Después de pedir tres veces disculpas y llenar su vaso de güisqui un par de ellas soltó un billete y no aceptó la vuelta; eso por las molestias, señores, hay que aprender a amar al prójimo, va por ustedes, que dios os bendiga. Y continuaba en su irrefrenable letanía de mensajes propios de la mente de un poeta sonriéndonos y agradeciendo la hospitalidad que le había sido brindada en esta ocasión. Se me venia a la cabeza la imagen del tonto Simón de Santiago Auserón, del loco del pueblo o de la colina, del sabio aburrido de predicar a solas en medio de un montón de gente.
Salió y nadie se dignó mirarle. era demasiado conocida su figura como para ir algo más lejos del típico y tópico comentario de la demencia y la escandalera a pesar de que era un tío muy listo, las cosas como son. Con a penas unos cuantos cruces de miradas volvimos a lo nuestro, a lo de siempre, a la ronda y el hoy pago yo, al hay que ver que calor hace esta noche y todo lo demás, cuando no fue ya su voz abarrotada lo que se escuchó; fue un ruido seco y ensordecedor como el cataclismo de la explosión de una bombona de butano tras el que un señor salido del voluntario cautiverio al que se sometió por unos minutos en el cuarto de baño dijo: "No somos nadie, con lo buena persona que era".
viernes, 6 de abril de 2012
Era una noche oscura.
Era una noche oscura. Solo los gatos negros habitaban la ciudad. Las farolas eran pocas en los callejones, sin salida, sin huida al más allá. El miedo acechaba en las esquinas. El paseo era cuestión de expertos en tener ojos en la nuca. Pesaba el aire. El silencio era denso, negro, abigarrado de dolor y de suspense. Las fachadas mostraban síntomas de la enfermedad de la locura. Los crucigramas de las baldosas se resolvían con la desdicha, con la rabia de las aceras heridas por las manchas. Frío y desolación. Sensación de neblina atravesando las ideas. Ratas de alcantarilla. Camellos, putas, maderos, patrullas, polvos, brown sugar, papel de plata, todo escondido, todo cercano y distante, take a walk on the wild side. Desesperación. Selva de ladrillo y alquitrán. Colchones enredados en miseria. Matones. Tías que eran tíos. Cazadores de la madrugada. Presas del odio. Amanecer en el desierto. Tempestad del diablo. Humor desangelado. Era una noche oscura, era un colmillo afilado. Venas del pecado. Balcones enjaulados. Muertos vivientes. Cataratas. Sobredosis de presente envenenado. Era una noche oscura de un día nublado.
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