En una calle en pendiente, con fachadas encaladas y aceras estrechas, con patios andaluces, alguno que otro queda de lo que no ha sido transformado en boutique, bar o relojería, y televisores que transmiten el ruido del hogar a través de unas ventanas en las que se ve a una familia deborando una ensalada y sumamente atenta a la pantalla, con balizas de hierro que separan al caminante del peligro de la colisión contra la descendiente carrera en forma de desbandada, rugir de motores, de quienes piensan que treinta metros de angosto asfalto, se encuentren donde se encuentren, son la escena perfecta para acelerar y poner el corazón en un puño a quienes tranquilamente gozan del paseo, se encuentra la tienda de mis fríos litros de cerveza. No cierra en todo el día. Venticuatro horas de nec ocium, calor sofocado por la leve brisa que, como si de un girasol se tratase en la ceremonia de sus movimientos, un pequeño ventilador, a cuyas rejillas se adhiere una ligera capa de óxido, transmite a lo largo y ancho de sus dos primeros metros cúbicos de alcance en este lugar con tintes de antiguo colmado. No sé si hay algo que aquí no se venda. Todo lo indispensable para salir del paso encontrará en esta tienda su encuentro con la solución. Conservas, bebidas, algo de fruta, congelados, artículos de limpieza, revistas, helados, diferentes tipos de consumibles y lo que no se ve y que habrá que preguntar. ¿No tendría usted, por casualidad...?, espera, hijo, que voy a mirar. Y quién sabe.
En verano el turisteo, a la hora de preparar el equipaje, puede pasar por alto algún detalle, todo eso en lo que a priori no se piensa y, todo lo que puede restarle hueco en la maleta a ese cúmulo de prendas que acabarán sin ser lucidas, que después, en el momento menos pensado se presenta como una necesidad. Un clip, un encendedor, una revista en la que se exponga de forma clara la programación de la telebasura, una simple chincheta, en fin todas esas cosas que en su ausencia y ante nuestra cada vez más dada incompatibilidad para frenar el desmoronamiento de la tierra a causa de este tipo de infortunios sin los que es irremediable un esqueyatelodije. Pero disponiendo de este supermercado de lo superfluo puede andar tranquila la tribu excursionista sin tener que acordarse de Santa barbara cuando se quede sin papel higiénico, sea la hora que sea.
Se encuentra regentado el establecimiento por una familia que, a base de turnos el más duro de los cuales, el de la madrugada, normalmente cae en las espaldas de un muchacho, tiene como insignia a una anciana de unos ochenta años, sorda, medio inválida, derrotada por el paso del tiempo y con cara de muchas incomprensiones, embebida en el sintomático despiste del alzheimer y acurrucada en una hamaca, en la que el muchacho pasa la madrugada, como el faro en mitad de las olas. Todos contribuyen; una linda jovenzuela aprovecha los huecos de las horas de su reemplazo para leer una saga para mi desconocida, en la que vuelan los dragones rescatando de las llamas a los inquilinos de un planeta plagado de fantasías, como cada verano porque ella solo lee en verano. Un par de señoras, las supuestas madres de la nueva generación, compuesta por la jovenzuela y el muchacho, fuman sin tregua en la puerta apartando con desganados puntapiés los papeles que se arremolinan en torno al frontis del comercio, inspirándose en el humo para combatir el aburrimiento.
Pasadas las diez de la noche, hora en la que agostea la claridad sosegando el miedo a la inoportunidad y la tardanza, ya no es posible la provisión de todo cuanto ostente un gramo de etanol, ni una birra, y el servicio comienza a verse adornado por unos focos fluorescentes que penden del techo dándole un toque de quirófano a las operaciones comerciales. Conviene venir con cambio en el bolsillo para no irse de vacío. Aquí no se fía, bueno, no a cualquiera; a mi me ha costado una buena limpieza de riñón a base de zumo de cebada, pero fue solo una vez y con la sensación de haber sido galardonado con la medalla de la honra litronera y las latas de fabada a deshoras, y el paquete de pan Bimbo que el domingo remedia el olvido del pan de ayer. Pasada la medianoche, cuando te cagas en la mar porque te quedan un par de pitillos, las demandas son atendidas, con la debida pulcritud y el consiguiente escruto, a través de una ventanilla por la que asoma la cara del zagal recién despertado por los golpecitos que solicitan piedad, atención y unas lonchas de jamón de york. Y todo es tan casual y tan sencillo, tan familiar y distante; todo es tan abstracto como el desorden de cartones y enbalajes de plástico que representan la escultura del ya vendrá otro a recogerlo. Todo el barrio cabe en la maratoniana senda del guión de la jornada, todas las miradas, todos los chismes, todo el revuelo de olvidadizos forasteros, como yo, que duermen tranquilos porque a su amparo se encuentra la despensa que mitiga la sed sea al medio día, al atardecer, al caer el sol o en plena madrugada, caigan chuzos de punta o se relaje la mar en una marejada, abierto las venticuatro horas luce un cartel en la entrada.
martes, 7 de agosto de 2012
Abierto las 24 horas.
lunes, 6 de agosto de 2012
Chavela, en el último trago nos vamos.
Sucede que la piel me pide un tequila. Sucede que necesito una ranchera, un timbrazo de alegría, una paloma que sobrevuele los tejados de la ignorancia y se pose en el hombro de las buenas voluntades, de los buenos días. Sucede que ando un poco triste, Blas, ponme otro Margarita que esta noche es mía. Sucede que vamos a cantar, a rompernos la garganta, a quitarnos las arrugas, a soltarnos la coleta como tantas madrugadas, pero hoy con más razón y pena que pretenderemos que tal no sea aunque lo sea, con más ahínco y melancolía de verbena, con más sal en el borde de esa copa, con más limón, con tantos puntos suspensivos como necesite deparar la dignidad de esta borrachera.Sucede que la guitarra me promete una cosa, que la voz me dicta otra, que al final se ponen de acuerdo en un susurro de una a otra, que una lágrima brota de una poesía y de un poema y de la fuente de una farra, que una trenza de pelo blanco blanquecina se despide del planeta, que un cometa ha anunciado el canto rebelde de una estrella, en esta noche buena y sangrante del final de una vida. Sucede que siempre habrá quien venga a contar sus batallitas pero nadie lo hará como lo hizo ella; tómate un trago conmigo, un sorbo de delicadeza sin cubitos de hielo, un beso de tornillo en un mar de ginebra. Sucede que una planta de ágabe se ve en un balcón de la Gran Vía, que la Plaza Garibaldi se ha quedado pequeña, que los Mariachis han amainado con sus cantos la tormenta, que las serenatas de este duermevela van en honor de mi Chavela. Sucede que parece que se han dado los pájaros en esta despedida cuerda.Sucede que al otro barrio se ha mudado una maestra, el brillo de un rayo y de unos latidos que no cesan, el algodón de una luna melenuda e iluminadamente llena, el orgasmo de los casi cien primeros años , el manuscrito con el remite de las flores de los magos, la escultura de la lucidez de la belleza; el alma de desamores resurgida, el corazón apaleado y vuelto a las andadas de las promesas incumplidas, el Ada madrina de una Cuernavaca querida. Sucede que se ha despedido y se ha quedado, que al menos a esta noche con ella al cielo bien llegamos, que después de haber y no haber llorado, contigo Chavela, en el último trago nos vamos.Gracias, Chavela.
domingo, 5 de agosto de 2012
Medio siglo sin Norma Jeane.
Dices buenos días, te topas con un amigo, con un vecino por la calle, saludas, compras el periódico, tomas un café mientras a tu alrededor todo continúa en el mismo estado de cotidiana rutina de movimientos en la que lo abandonaste ayer. Pasas por una esquina y no alcanzas a suponer lo que le habrá podido ocurrir, minutos, horas, días o meses después de esa última mirada o encontronazo, después de ese punto suspensivo que no encontró una continuación, a cualquiera de esos conciudadanos con los que te acabas de cruzar con la naturalidad propia de la mañanera caminata al trabajo; de la misma manera que nadie puede adivinar hasta dónde llegará el camino, el recorrido, que tú realices tras un imprevisto no volver a verte nunca más. Quién lo iba a decir, parece increíble. Frecuentemente nos sorprendemos por intempestivos sucesos que dejan muy a las claras la debilidad que nos habita, lo efímero de nuestra existencia que se esfuma con un soplo de aire, y nos amparamos en la fortaleza que nos queda para continuar nadando, lo más decentemente posible, en este mar de circunstancias que hay que procurar saber elegir y esquivar para que el desvarío no nos barnice de derrotismo. Algo perecido debió pensar, tal día como hoy, hace cincuenta años, el periodista a quien Norma Jeane concedió su última entrevista un par de días antes de la tragedia, cuando se enteró de la fatal noticia de la desaparición de la mujer con la que había estado conversando con toda naturalidad. Como por la inercia de una brisa se desvanecieron todas las palabras, todas las confesiones realizadas y en las que, tras haber escuchado decenas de veces la grabación, no se apreciaba el más mínimo atisbo de semejantes supuestas intenciones de abandono que derivaron en su muerte.Después de todo lo que enmascaraba esa trayectoria de modelo, de vulnerable mito sexual y glamour, de mujer objeto para los cálculos de una academia que encontró el filón oportuno en el preciso momento de la flor de su juventud, cayendo en la tacañería de no proporcionarle camerino, para ahorrarse unos dólares, durante el rodaje de su primera película cuyo título era los caballeros las prefieren rubias, sabemos que, por saber, de su padre no se sabe nada y que tal vez heredó de su madre una congénita tendencia a los trastornos psicológicos; o puede que la culpa la tuviera la descomunal falta de afecto con la que creció, o el deambular de un orfanato a una casa de acogida durante el círculo vicioso de su infancia de la que llegó a decir que fue criada como una niña abandonada, sin pelos en la lengua, de la misma forma que afirmaba ver en Clark Gable la imagen del padre en la que poder mirarse, o no se escondía para proclamar su continua queja a cerca del trato que en los estudios de Hollywood le dispensaba a los artistas, a la mercancía con la que especulaban los magnates del celuloide. Es posible que a todo este desajuste de emociones se debiera igualmente su indisciplina en los rodajes, su acumulación de relaciones, su falta de olfato para atisbar las garras de los poderosos que no cuentan con la memoria entre su ramillete de virtudes. Todo una niña deseosa de una simple y sincera caricia, todo un genio que fue capaz de convertir su ligero tartamudeo en una jadeante voz con la que mitificar Happy birthday con sordina en la garganta.Existe un último gesto, un postrero lance con el que se da por concluida nuestra biografía. Ni una palabra mas, como colofón a toda una vida y obra, dejó escrito Cesare Pavese en su diario antes de cerrarlo definitivamente, en ese transcurrir de páginas que después conoceríamos con el título de"El oficio de vivir", y horas mas tarde se despidió del mundo tomando la decisión de suicidarse, quitándose del medio de la siempre terrible manera que supone la ingestión de doce sobres de somníferos, el 28 de Agosto de 1950 en un hotel de Turín, doce años antes de que, supuestamente, Marilyn Monroe cayese en el mismo abismo del sin retorno. En ocasiones vivir cansa y dejan de tener aliciente el canto de los pájaros y la luz de las luciérnagas, tal vez la delirante experiencia de una sobrecogedora intensidad mental que imbuye al cerebro en la más alta de las autodesconsideraciones ha acabado con las ganas de algunos de cuantos se mostraban al mundo como referentes, ídolos y ejemplos, personas admiradas que no resistieron la tentación de abandonar la existencia por decisión propia; que no encontraron ningún motivo a su alcance para extraerle el más mínimo incentivo de continuación a lo que veían; puede que la lucidez juegue estas malas pasadas, que una vez que no se sabe qué hacer con el tiempo, cuando se tiene la completa seguridad del advenimiento, tarde o temprano, de la parca, o tal vez cuando se mercantiliza demasiado y se confunde el alma con un mero cacharro, mejor decidir por uno mismo el justo momento en el que ponerle fin a la agonía del rutinario hábito de respirar entre mentecatos que no entienden ni tratan de indagar en las profundidades de la verdad que no necesita ser filmada para mantener en pie su vigor, o porque no hay un motivo aparente al que poder dedicarle mas atención y no se encuentra una tabla de rescate. Cuanta crueldad. Todo muy complicado, demasiado difícil para verlo desde la barrera. Son tan retorcidos los entresijos del ser humano que resulta excesivo aventurarse a opinar más allá de la tristeza con la que es recibida cualquier pérdida y casi que no nos queda más remedio que respetar en silencio lo acontecido.Llevamos cincuenta años con los Rolling Stone, medio siglo de canciones que Norma Jeane no conoció, diez lustros sin lustre de faldas al vuelo ni cuerpos que duermen desnudos con unas gotas de colonia como acompañamiento. Llevamos mucho tiempo desamparados de la belleza de unos ojos y unos labios anunciando el perfume del edén , suficientes números de calendario como para comprender que aunque nada sea eterno hay miradas que perdurarán a lo largo de la historia.
sábado, 4 de agosto de 2012
Los trasplantes de Gotinga.
Frecuentemente nos preocupa, y mucho mas de un tiempo a esta parte en el que parece ser que una de los mayores desazones dados al insomnio se encuentra en el culto al cuerpo, no sé si tanto por la salud, siguiendo recomendaciones de todo tipo a cerca de mejunjes y derivados con los que poder lucir el tipo, todo lo derivado de una serie de reglas, muchas enfrascadas con esa temible y poco fiable serie de mandamientos procedentes de la leyenda callejera, en las que guarecernos para intentar que nuestra vitalidad, de cabeza para abajo salvo lo concerniente al rostro que ya no se sabe si es el espejo del alma, perviva reluciente a pesar del paso de los años. Dietas con las que mantener un peso equilibrado, advertencias de lo poco recomendable que resulta el consumo habitual de alcohol y de tabaco, tablas de ejercicios y talonarios de gimnasio, expertos en el arte de la relajación para hacerle la vida imposible al estrés mediante rejuvenecedoras clases de yoga; toda una serie de precauciones y llamadas de alerta para no dar al traste con el aspecto de la linea y la figura, para poder exhibir una sonrisa de falsa felicidad que además escora por los terraplenes de la falta de moralidad y la manipulación, en muchos casos, y de la ignorancia con la que son seguidos ciertos dictámenes con los que encontrarle una puerta abierta al callejón sin salida de la apariencia y el miedo al envejecimiento quedándonos aun mucho camino que andar en lo que a conciencia se refiere, hablando del valor real de la vida, aspecto este último en el que algunos doctores de la baja sajonia han demostrado ser unos auténticos expertos.
Vivir es un derecho, y si lográsemos hacerlo en pacifica convivencia alcanzaría los tintes de logro, de más que presumible inesperado éxito por triste que nos pueda resultar esta afirmación. Pero hemos de contribuir, cada cual con su granito de arena a que esto, que se ha convertido en una de las metas a conseguir, no se nos presente tan lejano. La lucha por la igualdad de condiciones y posibilidades en todos los campos debería alentar al espíritu de nuestra sociedad para que como resultado se diese un efecto dominó con el que beneficiarnos todos de la misma manera e incrementar el aumento de gente sana y salva de las injusticias y ayudando a que se produzca el descenso de los índices de anafeltización, depresiones, hambres, y resolución de graves problemas de salud. Lo malo, tras lo que devienen los síntomas de impotencia, es que no se encuentra en nuestras manos una vez que el círculo en el que se pretende realizar semejante utopía va a más allá de nuestro ámbito más cercano. Se siente uno tan imposibilitado como cuando se ven esa imágenes en televisión en las que unos niños, cuyas bocas se atiborran de moscas, miran con ojos salidos de sus órbitas hacía un algo que no nos cabe en la cabeza, y de forma tan frecuentemente que nos hemos acabado por acostumbrar realizando nuestras más cotidianas tareas al tiempo que semejante espectáculo ha llegado a formar parte de lo ordinario, de lo que por ventura no sufrimos y cuya fortuna no nos hemos parado a plantear con seriedad; porque va en aumento la sinrazón por el dinero, el protagonismo del soborno, la impía actitud de los que en primera instancia tendrían que ser faros y espejos en los que mirarse; la masacre de la dignidad caiga quien caiga desforestando el bosque de la honorabilidad.
Las distancias entre los que tienen y los que no, entre los que se baten el cobre y los que andan a la espera del favor mediante el chantaje, entre los que le rezan a la virgen y los que se creen dioses, va en aumento y de que manera, a que velocidad, como si de la representación de lo acontecido en Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, pero a lo cutre y con abusos; con atropellos y extralimitaciones de la legalidad tales como los ofrecidos por uno de los cuerpos médicos de un hospital de Gotinga, en la baja Sajonia alemana, que entre y 2006 y 2008 dieron preferencia, a cambio del maldito dinero, a una serie de pacientes a la hora de acceder al trasplante de órganos con los que poder salvar sus vidas, la de los que tienen, además del indiscutible derecho a la vida, el parné, la pasta, los cuartos, la guita suficiente para hacer que estos doctores de un hospital de Gotinga caigan tan bajo en su condición humana o estrenando una nueva antinatural naturaleza de índole desconocido y cuyo referente más cercano lo podemos encontrar en la estorsión propia del terrorismo.
A buen seguro que muchas de las desafortunadas familias que finalmente no tuvieron acceso al ansiado órgano, llevándose el hígado la palma de este desprovisto de escrúpulos caso, anduvieron por esos pasillos, en los que los trámites de una inútil burocracia marean al ciudadano cuya única fuente de ingresos depende del ánimo y la fortaleza que ostenten sus manos para trabajar, firmando papeles, pagando sellos, solicitando citas para una consulta, acudiendo a ventanillas en las que el trato anticipaba ya lo sucesivo, y posteriormente firmando documentos en los que se mostraban en conformidad con la serie de riesgos que supondría la futura operación que no llegó a tener lugar debido a que se interpuso el poder de la corrupción y el favoritismo que no cuenta con nadie y se olvida de lealtades y milongas de ese tipo. Seguramente esa desesperación fue engañada con falaces argumentos que no escatimaron en recurrir a las cobardes mentiras del lucro y tras las cuales uno se pregunta hasta qué punto somos capaces de arrastrarnos en esta parte del planeta en la que se da por supuesto que somos gente cabal. Puede que sea el alma el órgano que con más apremio deba ser transplantado para no acabar en la encerrona de la putrefacción de la sensibilidad humana cuyo claro ejemplo se nos muestra en un hospital de Gotinga.
viernes, 3 de agosto de 2012
Leer novelas.
Dentro del regocijante hábito de la lectura existen varias posibilidades, todas ellas aptas para el alimento del pensamiento y la imaginación; poesía, teatro, ensayo, artículos periodísticos, biografías, comics, cuentos y todo aquello que mediante una serie de reflexiones, expuestas de una u otra manera, nos induzcan a pasar parte de nuestro tiempo en ese maravilloso paraíso de calma y quietud abonado por las ideas. El mero transcurrir de las lineas, el avance en el texto, le supone al lector ir teniendo constancia de mundos desconocidos y recién descubiertos aspectos teniendo el suyo, el mundo en el que se desenvuelve, que al fin y al cabo es el único del que pueden dar fe los cimientos de la realidad que toca con sus manos, como referencia incrementando así su visión de la realidad, muchas veces a base de la inventiva y la ficción que se nos presenta en determinadas obras, como es el caso de las creadas bajo los parámetros de la novela.En ella, en la novela, a través de un esquema en el que se encuadran el espacio, el tiempo y la voz/voces de la personona/s que hablan/narran se van diluyendo los argumentos con los que el autor ha pretendido incentivar la continuación del hilo de la lectura, el suspense de lo que será o no encontrado párrafos mas adelante describiendo todo aquello cuanto forma parte de la historia y de los pormenores en los que ésta se desenvuelve y se nos presenta como una fantasía que se adapta como un perfecto guante a la realidad. De hecho una de las más gratas experiencias que se tiene al finalizar, o incluso a medida que se va desarrollando la lectura de una obra, es la convergencia existente entre numerosos aspectos que hemos ido encontrando en el interior de esos paisajes y personajes, en esas formas de actuar y de pensar, en las aptitudes adoptadas en determinados casos, con respecto a lo que suponen nuestras más tangibles vivencias.Uno de los aspectos en los que más me gusta fijarme y centrar mi aprendizaje, del que después el olvido se encarga de acordarse, es en la radiografía psicológica con la que, mediante los actos que suponemos inamovibles y ciertos, porque así se nos exponen a lo largo de los capítulos, y aquellos otros que hemos de suponer nosotros, los lectores, que son tal vez los que más importancia tengan ya que ahí reside el papel fundamental que juega el leyente para nutrir aún más el texto con todo aquello que se imagina y que se adapta perfectamente al campo de visión de la atmósfera en la que se encuentra la novela que tiene entre las manos, podemos mas o menos suponer qué encontraríamos en los bolsillos de las chaquetas de los personajes. La maestría con la que en ocasiones algunos autores nos acercan a los protagonistas, con leves descripciones que dependen de lo que nosotros estemos dispuestos a suponer y sumar, en ese precioso juego de indagaciones con el que se complementa el puzzle del cuerpo de la obra, para completar el perfil en cuestión, es un claro ejemplo de lo necesaria que resulta la intuición por parte de quien lee y el consecuente factor añadido de la investigación, en lo que no se encuentra escrito, con el que la lectura de una novela viene a ser de un enriquecimiento muy por encima de lo que a primera vista se pueda pensar.En la novela, a lo largo de todo lo que en ella se vive/vivimos, podemos encontrar y ser testigos de infinidad de matices pertenecientes al suelo que pisamos: Pintores, actores, músicos, poetas, ricos y pobres, vagabundos, artistas de toda índole, costumbres, formas, maneras de vivir, hábitos culturales de un determinado pueblo, creencias, tabúes, leyes, contradicciones y consecuencias; todo un repertorio de datos que actúan como la aguja que se encarga de ir cosiendo retales de diferentes telas con las que finalmente se conforma un traje. Cuando nos instalamos en las misteriosas profundidades de una novela histórica todo nos comienza a resultar familiar a partir del momento en el que hemos caído en las garras de los detalles que sostienen el marco de la narración insertados en un tiempo bajo cuya influencia, mientras estamos leyendo, nos encontramos y a partir de la cual pasamos a ser uno más de los elementos de esa sociedad cuyo único sostén en estos instantes se encuentra en nuestra fabulación. Y de la misma manera podemos decir que sucede lo mismo sea cual sea el ámbito en el que sobrevienen las peripecias de la aventura que se nos muestra en cualquier otro tipo de encuadre temporal en el que se desarrolle la novela. Toda esa información forma parte de nuestro presente por muy lejana que se presuma su procedencia, y ahí radica el poder de combustión que emana de, como diría Mario Vargas llosa, la verdad de las mentiras.Como lectores es recomendable no abandonar este género. No hace mucho tuve una interesante entrevista con un crítico gastronómico que escribe semanalmente en un diario y que goza de bastante reputación, y me dijo que él ya no lee novelas, que eso quedó atrás hace mucho tiempo, que esa costumbre corresponde más a los inicios, a la juventud, pero que ahora solo le gustaba consultar libros de texto y ensayos algo más profundos. Por no hablar del redactor jefe de un reputado periódico del norte de España, con el que tuve la fortuna de colaborar y hacer mis pinitos, que asegura no leer nada, nada de nada, por falta de tiempo. Sin duda, por prudencia y por respeto, en ambos casos quedé sorprendido y no puse el dedo en la llaga de lo fundamental que resulta el acercamiento a nuestro tiempo mediante la lectura de novelas, en ambos casos, y de lo esenciales que, para la mente y el cansancio, incluso para el riego sanguíneo, y con más inri en el campo del periodismo, son las lecturas de unas cuantas páginas diarias de ese universo aparte en el que se ve reflejada la realidad que nos inunda.No sé si lo ha dicho alguien alguna vez pero no quedaría mal decirlo; y es que a saber las artes principales son cinco: Música, pintura, escultura, poesía y arquitectura, la rama principal de la cual son los pilares que sostienen el cuerpo y el argumento de toda buena novela.
jueves, 2 de agosto de 2012
El aroma de mi escuela.
Frecuentemente me da por echar la mirada atrás para acordarme del perfume de las aulas de mi escuela, desde la que acogió mi parvulario hasta la que me despidió de la educación general básica. Hay rincones de cada una de ellas que persisten con firmeza en mi mente, y podría decir que alguno de los olores con los que comencé a cultivar el gusto por el olfato proceden de allí. Lápices y gomas de borrar, sacapuntas de doble orificio, estuches con cremallera y diferentes compartimentos, reglas, escuadras, cartabones y transportadores de ángulos, ceras, cartulinas y papeles de colores, los llamados de seda y de cebolla, mesas y sillas de madera, pupitres, encerados, pizarras. Fuentes a las que acudíamos sedientos después del recreo a beber aquel agua bendita devastados por una sed feroz y mortal de necesidad entre empujones. La tierra del campo de fútbol, las piedras con las que conformábamos las porterías, el cemento de la pista de gimnasia, el oxido de las alambradas y la cal de la fachada. Los árboles que ocupaban algunas de las zonas del recinto y los arriates en los que fácilmente podía perderse una pelota. El pasillo de entrada en el que el conserje, el señor Porras, controlaba los movimientos de la manada de chavales compitiendo por ser los primeros en llegar al interior de la sala, las escaleras que subían hacia las estancias que albergaban los cursos de lo que por entonces era conocido como segunda etapa, las huertas que desde allí se veían, con sus gallinas y sus burros, con sus lechugas y sus tomates y el inconfundible rugir de la moto del hortelano o de la furgoneta del lechero cada mañana a eso de mediada la primera clase.En un jardín, situado junto al pasillo de la entrada y a lo largo del mismo, se cultivaban flores y diferentes plantas que iban marcando el ciclo vegetativo del curso, y no era raro que alguno de nosotros sufriera la mala fortuna de caer en el interior de éste, víctima de una caída provocada por los asiduos choques y atropellos de las bromas en forma de peleilla de turno para atraer la atención de las niñas, y acabase de barro hasta las orejas. Muy cerca se encontraba el gimnasio y su repertorio de cuerdas, anillas, espalderas, potros y barras, y un cuarto de el que como por arte de magia Don José Antonio sacaba tantos balones como le fuesen pedidos.De la pared sobre la que se encontraba la pizarra, en todas las aulas, pendía un crucifijo y una foto de los reyes de España, que en mi tan solo despertaba la infantil emoción de llamarme igual que aquel señor que decían ser el más importante. Al final de las cuatro paredes había un armario en el que se iban almacenando materiales, desechos y retales, destinados a la última clase de la semana, la de todos los viernes por la tarde del primer al quinto curso, destinada a los trabajos manuales que periodicamente, en función de la fecha del año en la que nos encontrásemos, se dedicaban a realizar, por ejemplo, un común ejercicio de marquetería en forma de caballito cuyas alforjas eran dos reciclados envases de flan Danone, todo bien coloreado y envuelto en llamativo papel celofán, que supondría el regalo del día de la madre, o un colorido cuadro, a base de miga de pan mezclada con glicerina, en el que cada cual se lo montaba lo mejor que podía con el paisaje y la capacidad cromática de la témpera, o el dibujo de una flor cuyas diferentes partes iban siendo rellenadas por legumbres, lentejas, alubias, garbanzos y arroz, en forma de collage rematado con un arco iris de acuarela cuya paleta venía guardada en una caja de lata con algún hueco para el agua y un pequeño espacio para los pinceles.El recuerdo en torno a mis profesores procuro mantenerlo sobre las figuras que me enseñaron mucho de lo que no acontecía en aquellos libros de Cosmos, lengua, matemáticas y Naturaleza. No sé porqué pero Don Pedro siempre me atribuía dotes para el escenario; aún hoy, si raramente y por casualidad coincidimos en mis esporádicas visitas al pueblo, me lo continua repitiendo. La ironía con la que después me he ido desenvolviendo para nadar en este mar de incongruencias tuvo su fuente en Don Manuel Romero, que no conformado con darnos lecciones de inglés amenizaba sus clases con chistes difíciles de pillar envueltos por la suficiente dosis de un fluido sarcasmo que pretendía que viésemos algo más allá de lo que había delante de nuestras narices. Don Antonio Sena era el espejo en el que empezar a esculpir nuestros buenos modales sin recurrir a inexplicables y excesivas obligaciones del típico y el tópico, su forma de mantenerse callado cuando más enfadado estaba era el ejemplo del poder del silencio con ausencia de amenazas ni atisbo de castigo ni de venganza en sus posteriores discursos. Don Juan José valoraba mucho el cálculo mental, que yo tenía bastante desarrollado, a pesar de ser un negado para los números, debido a mis primeras experiencias para llevar de cabeza las cuentas de la barra de un bar que cuando se llenaba era un perfecto ejercicio de sumas y multiplicaciones en base al precio de tintos con gaseosa, cortos y cañas, en el que convenía andar rápido para atender las sucesivas peticiones de pagos y rondas pendientes de ser cobradas, y se divertía mucho con mi agilidad para desarrollar las fraccionarias subdivisiones de las pruebas de números quebrados, tanto que creo que solo por eso me acabó concediendo un inesperado aprobado con un cómplice guiño de comprensión hacía mis prematuras jornadas del oficio con el que más tarde acabaría rodando por el mundo.En aquel sitio tuvo cabida el mundo entero, desde los primeros pasos del dibujo con Doña Marisa hasta el cariñoso pezcozón con el que Don Santiago me hizo entrega del diploma de graduado. En aquellos años se forjó el desastre y la maravilla, lo que uno poco a poco, a trancas y barrancas, ha ido dando de si. En aquellos días se encuentra la relación que hoy encuentro entre las ganas por volver a estudiar cada vez que huelo el libro que tengo entre las manos, y ese aroma, el aroma de mi escuela, más que el de cualquiera de los Premier cru classé de Burdeos que después haya catado a ciegas, es el que persiste en mi memoria con el mismo buen sabor de boca que suelen dejar las lecturas en las que uno encuentra parte de lo que dejó por el camino y ahora rememora para agarrarse fuerte a algo muy parecido a lo que luego vino a llamarse la felicidad que nadie sabe dónde encontrar.
miércoles, 1 de agosto de 2012
Las cenizas del olvido.
No sé a dónde irán a parar, dentro de nuestro cerebro, tantas cosas que hacemos casi sin premeditación, como si fuésemos robots programados para una misión, o todo aquello que pensamos que puede ser lo mejor en función de las preestablecidas circunstancias, de cuya creación tanto y finalmente tan poco participamos, que marcan la linde del contrato moral/inmoral en el que nos hemos criado, o esas acciones que planeamos para luego realizarlas o no y terminar por no reparar en ellas, cayendo en un sepulcral olvido del que raramente despertarán al cabo de los años, o puede que tal vez si, nunca se sabe las buenas o malas pasadas que nos puede jugar la mente, y la memoria. En ocasiones son tantos los movimientos entre los que nos desenvolvemos que es posible que la desorientación, debido a las prisas o al despiste o a tener demasiados frentes abiertos y su consecuente embrollo cercano a la locura tras la que aparece el dramatismo que busca un poco de condescendencia y amparo para sentirse refugiada escusando de alguna manera el estoicismo de semejante derroche de energías, entre a formar parte de la escena desvirtuando el proyecto. Nadie es perfecto y quien mucho abarca poco aprieta. Visteme despacio que tengo prisa. Una agenda, papeles en los que vamos depositando ideas y propósitos que creemos interesantes y que nos ayudan a soñar, a sentirnos vivos cuando menos, a pesar de que muchas veces no seamos conscientes de lo mucho que se hace no haciendo nada, de los beneficios que le reportan al alma y al espíritu el descanso y la reflexión, el paseo y la siesta, la contemplación y la dulzura de la tranquilidad como hábito en el que encontrar un poco del sosiego para, como decía Manolo el Pijoaparte, personaje de últimas tardes con Teresa de Juan Marsé, dejar que la cabeza trabaje sola.
Cada día nos encomendamos a muchas ordinarias tareas para mantener limpia nuestra casa y bajo unos imprescindibles mínimos de sustancia la nevera. Los contactos también forman parte de nuestro rutinario oleaje con el que demostrarle al mundo que estamos aquí. Teléfono móvil, e.mail, ipad, wasap y demás elementos de mensajería que mal utilizados son encerronas contra el contacto con la luz del día. Casi que no podemos consentir, porque nos sentiríamos tremendamente desdichados, que no se cuente con nosotros por banal que resulte el asunto a tratar. La cuestión es figurar. El afán de protagonismo va sellado con nuestro código de barras, en mayor o menor medida, y la necesidad de relación nos protege del fuego de la soledad, a la que tan difícil nos resulta acompañar, y la incomprensión. Suele pasar que no logremos conocernos por dedicarle mucho tiempo a esto de andar a buenas con todo por feo que parezca el asunto para que nadie se vaya a pensar que tal oye tú, dejando de lado lo que realmente nos dicta el corazón y ensimismándonos con el sabor a serrín de las menudencias cotidianas que por triste que pueda parecer acaban siendo el alimento de las neuronas del vecindario. Prisas, portazos, ascensores, avenidas, pasillos, semáforos, relojes, cronómetros, citas, horarios, protocolos, todo un cúmulo de indirectas leyes tras las que camina un absurdo ímpetu por encontrar en ellas la vida, o lo que entendemos por vida.
Pero por mucha repercusión que puedan tener todos nuestros actos, útiles o no, algo de esa consideración y empeño está bien que se deje, que se empleé, no digo ya que en una impetuosa nostalgia sin la que no poder tirar adelante, pero sí un poco en el recuerdo y la atención que se merecen otros episodios de lo más común como son la muerte de un ser cercano; y por extensión la dedicación propia hacia los pormenores del asunto llegando hasta el final de lo estrictamente ceremonioso que abarcaría hasta el momento de recoger las cenizas del difunto y depositarlas allá donde su última voluntad nos hubiera sugerido o en el lugar en el que se piense que más le hubiera gustado hacerlo. Hoy he escuchado una, para mi sorprendente, noticia: en la mayoría de los tanatorios hay varias, en algunos de ellos muchas, urnas funerarias a la espera de ser retiradas por los familiares o amigos del fallecido, y entre ellas algunas que se encuentran en semejante estado de paciencia desde hace más de veinticinco años, pertenecientes incluso a célebres personajes de diferentes ámbitos de la sociedad que entre unas cosas y otras, abogados, papeles, acuerdos, primos, hijos, firmas y desbarajustes posteriores a la natural desatención del después del reparto de la herencia han ocupado un hueco en el almacén del tanatorio convirtiéndose en relojes de polvo. Más que de buena memoria conviene disponer de buen olvido, eso ya ha sido dicho aquí en alguna ocasión, pero en su justa medida, no vaya a ser que una mañana, con las prisas, no reparemos en que el que se encuentra al otro lado del espejo no es nuestro hermano gemelo.
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