lunes, 18 de marzo de 2013

Emisarios de la calma.






El paisaje urbano, habitado por estatuas y carteles, por edificios y animales domésticos que hacen sus necesidades en cualquier recoveco, por quioscos de prensa y salas de juego, bares, tabernas y hoteles cuyas plantas se encuentran a medio concurrir, se adereza con la presencia de esas almas errantes que se mueven de un lado a otro del planeta y como por arte de magia acaban aterrizando en esta ciudad, por una de esas casualidades que no tiene nombre y que convierte el devenir del ajetreo de la zona peatonal en algo más noble y digno de ser disfrutado, apartando el resquemor de las miradas que no pueden permitirse la adquisición de una inalcanzable pieza expuesta en el muestrario de un escaparate hacia un rayito de luz que contiene tintes de esperanza, sonoros tintes de esperanza emanados de una armónica o de un saxo, de una trompeta o de un contrabajo, de un acordeón o de una flauta, de un clarinete o de una darbuka, de instrumentos aliados con el beneplácito de lo efímero sobre el banco de un parque o las escaleras de una catedral, sobre la barandilla de unos jardines o el porche de un antiguo edificio público junto a una plaza por la que transita mucha gente, en el dédalo del cruce de caminos entre el ocio, el trabajo y el abandono de las suelas de los zapatos para distraer el aburrimiento. Como si no hubiera otras miles de ciudades, otras tantas en las que perderse por sus aceras y sus sombras, este par de jóvenes ha aterrizado aquí y su presencia pasa tan desapercibida como la de dos fantasmas a salvo de la codicia, cuando bien pensado son un regalo caído del cielo que viene a desatascar la sordera de cuantos zigzagueamos con el pensamiento puesto en otra parte, que nunca es la tendencia a la seguridad sino más bien una desaprobación de las circunstancias para la que no encontramos argumentos que sostengan nuestras muestras de disconformidad.
Casi de imprevisto uno es testigo de la aparición de estos dos muchachos, una pareja formada por una violinista y un guitarrista, de músicos ambulantes con trazas de hippies: descalzos y vestidos con trapos ligeros y caídos, con los cabellos muy largos y la cara muy limpia, acomodados a sus instrumentos con el ademán profesional de componentes de una filarmónica. No hacen ruido al colocarse, sus movimientos son como los de un par de gatos que se adaptan el uno al otro al trozo de tierra que les ha tocado en suerte y se acurrucan aprovechando el último resquicio de pavimento disponible. Se miran con camaradería, aproximándose en el compás de las notas y surcando en el aire un espacio en el que los oídos toman pronto el acomodo de la belleza. Suena algo parecido a una obra de Mozart de la cual sería incapaz de dar el nombre, pero que amablemente me transporta a una de esas tardes lluviosas en las que la paz de fondo de la melodía envolviendo el seguimiento de la lectura es comparable al sentimiento de serenidad que se percibe en esta esquina de esta ciudad en la que fortuitamente se han parado este par de seres independientes que parecen no pedir nada a cambio; parecen emisarios de la calma.

La guitarra, a pesar de no ser un característico instrumento en las lides de la orquesta clásica, aquí se acopla sumiendo en una nube de originalidad sus acordes a lo que de pieza ensayada pasa a ser algo muy similar a una improvisación en la que a uno se le vienen a la cabeza muchos nombres de muchos Robinsones del asfalto musical que parecen haber caído del cielo muchas veces antes, alguno de los cuales ha podido repetirse en el recorrido sin que haya sido retenido en el álbum de la distraída memoria. Siempre me pregunto lo mismo. Un cartón de vino y una mochila, un gorro sobre el suelo, nada de partituras y mucho sosiego; parece que el mundo no va con ellos, ante lo que yo siento una enorme envidia, unas irrefrenables ganas de ser capaz de no sobresaltarme con nada y permanecer tan inmune a las desgracias como este par de ángeles que aterciopelan el sentido del paseo. Casi nadie se detiene, ya no queda ni un gramo de paciencia, si es que alguna vez la hubo, para apreciar la ofrenda de este impulso de generosidad anticancerígena con el que hoy todo se convierte en algo más dócil y alcanzable en este reguero de baldosas atestadas de comercios. Por momentos pienso que vamos para atrás, que retrocedemos al hábitat de la primitiva ignorancia, sobre todo si me paro a contemplar la simpleza de la apabullante muestra de sabiduría con la que se nos enseña el misterio de uno de los reinos de la felicidad de la mano de este par de genios que necesitan tan poco para permanecer en trance sin que parezca inmutarles que la mayoría no entiende nada.

sábado, 16 de marzo de 2013

Nuestro peso en oro






De una u otra manera nos hemos de ganar el alma, trabajar para ello mediante cualquiera de las vías de las que dispongamos, utilizando las herramientas que más a mano tengamos y siendo plenamente conscientes de la importancia que tiene dedicarle tiempo a esto: a alcanzar la necesaria serenidad que nos devuelva algo de lo perdido en el engañado intento de la carrera de galgos de la competencia. Hallar una mínima paz con uno mismo es una tarea que empieza a ser necesaria a partir del momento en el que la juventud nos viene a decir aquí estoy yo con mis primeros desengaños, y de ahí en adelante, con mas o menos fortuna, comienza el camino de subir y bajar, de creer o no creer, de preferir y escoger y aspirar a que la resignación no nos ponga una venda en los ojos. Esa tarea, la de tratar de encontrar el equilibrio de las piedras que nos sostienen, es una de las mejores maneras de emplear el tiempo y ofrece una recompensa que debe parecerse a la felicidad, a la plenitud con la que un hortelano cuida de sus tomates sin pensar en otra cosa, a la libertad de expresión que no se siente menguada por avisos de castigos ni amenazas. Sé que lo que digo puede parecer pedirle peras al olmo, y aviso de antemano que las moralinas me hacen vomitar no pretendiendo que estas líneas se tomen por algo parecido a un catálogo de recetas y buenas intenciones, estando las cosas como están y andando el mundo tan descarriado, en unos momentos de máxima tensión e incertidumbre que jamás antes se habían vivido en estas circunstancias, muy parecidos a una guerra fría, en los que comienzan a ser muy frecuentes los ojos por la espalda, el resquemor, la desconfianza, la trampa, el sospechoso silencio, las estratagemas de los cobardes incapaces de hacer algo sin mancharse las manos, la desigualdad basada en los trámites de la lentitud de la burocracia, pero no puedo convencerme de que sea imposible.
Bien es cierto que todo puede pasar, hasta la más inverosímil, lo inaudito e impensable, e incluso que lo que ya ha pasado una vez, por atroz que haya sido, puede ser una firme prueba de que pueda volver a suceder, como apuntó Primo Levi. Decía Fernando Pessoa: espérate lo mejor y prepárate para lo peor. No es mala manera de afrontar esa búsqueda de lo que al principio llamé alma, llámese también inteligencia para aquellos que lo prefieran, o espíritu, o creencia en uno mismo a partir del momento en el que se toma clara consciencia de una sola cosa: de la humilde y simple y sana y sencilla sensación de bienestar que supone afrontar la existencia en un tono de civilizado afán por mirar dentro de nosotros mismos y dejarnos de una vez de recurrir al cuento de lo que hagan o deshagan los demás, de aferrarnos a una impúdica imitación que parece no tener remedio en la que peligran las bases de la originalidad y la misma convivencia. Puede que de esa manera, cuando llegue lo peor, tengamos algún as en la manga de la tranquilidad: el reposo de saber que todo es posible. Este es un razonamiento al que llegamos todos, un camino en el que encontrarnos la mas fácil de las maneras de no tener la mente ocupada en disparates y presunciones de culpabilidad o inocencia que acentúan la presión arterial a cambio de una irreparable pérdida de tiempo. Pero parece no haber manera que concilie tantos intereses y faltas de atención.

Marcel Proust confesaba ganarse el alma en los libros que escribía, como sin en ese ejercicio encontrara una senda hacia la purificación, hacia la verdad de la consciencia, hacia la esencia de las cosas mismas, empezando por el entorno del que formaba parte hasta concluir en cada uno de sus gestos, hasta dar pelos y señales llegando a los insospechados límites de lo que puede encerrar la reflexión en torno a una taza de café con leche y una magdalena que se desmigaja. Hay religiones, como el budismo, en las que la capacidad meditativa de sus miembros alcanza cotas admirables y envidiables si uno se para a pensar en las toneladas de pastillas antidepresivas que se consumen cada año en este planeta al que ya solo le falta cambiar el sentido de su rotación. Existen maestros de yoga que son capaces de quedarse con la mente en blanco, sin pensar en nada, como queriendo alcanzar un nirvana que les repare del sufrimiento, durante un largo rato. El sencillo acto de respirar correctamente nos puede llevar a la relajación sin más esfuerzo que concentrarnos en la manera de coger aire y expulsarlo de nuestros pulmones. La admiración de obras de arte, el refugio del estudio limpio y sosegado, sin más pretensiones que aprender algo más para no perderse demasiado en esas infructuosas explicaciones de las que rescatar la manera en la que tratan de engañarnos, da como resultado una capacidad de alcanzar la calma de una diferente manera a la que conocíamos antes de habernos parado a pensar, normalmente después de un estrepitoso fracaso o desengaño, evolucionando y sabiendo que no sabemos nada y encontrando en ello el refugio necesario para una libertad merecida. Ver, oír, escuchar, contemplar, opinar tranquilamente, vivir de forma inquieta pero civilizada: ¿Es eso tan difícil?
Me pregunto con frecuencia, cada vez que hojeo un libro en el que se habla de la Grecia Clásica y de las grandes virtudes intelectuales de sus más representativos protagonistas, si tan malo es pretender hacer las cosas con algo de sentido del reparto de beneficios sin esperar a cambio nada más que la sencilla tranquilidad con la que poder atender a otras cuestiones como el mero tránsito de la vida, pero puede que esté ahí el problema, en lo de esperar algo a cambio. Claro está que la respuesta es que no, pues somos animales racionales que se distinguen por eso, por su capacidad de discernimiento y de asimilación, por saber cómo adaptarse al medio y encontrar el equilibrio en el que hombre y naturaleza convivan sirviéndose el uno al otro sin hacerse daño. Pero ese equilibrio, esa necesidad de sentir el bien parece no ser tan sencilla, incluso me atrevería a decir que viable podría ser un término que ya se pone en tela de juicio, porque el negocio naufragaría, y a las pruebas me remito, y la cuestión parece que reside en reinventarse, en hacernos otros afines a los tiempos por negros que éstos sean. Ya lo sé, no voy ahora a descubrir la pólvora, pero un pequeño reordenamiento individual ayudaría algo: hay que mover una montaña, y cada cual es un granito que vale muchas veces multiplicado su peso en oro.

viernes, 15 de marzo de 2013

Con la sesera refrescada.





No todos los días se tiene la posibilidad de asistir a un acto cultural consistente en una conferencia sobre narrativa o a la presentación de un libro, en esta ciudad del sur de España en la que la literatura se sostiene de las patas del banco de Juan Ramón Jiménez y poco más, con todo lo que hay a pesar de andar en la cuerda floja de lo desconocido. La velocidad de la luz de la vida hace que cada vez con mayor insistencia dejemos de lado lo sucedido ayer y nos apresuremos a dar cuenta del presente de una manera voraz y sin el romanticismo del carpe diem sino más bien bajo las desenfrenadas acciones de la intolerancia y el desconocimiento de la inmensidad que acapara cualquier detalle: poca quietud y mucha prisa hacia ninguna parte. Por eso resulta atractiva la comparecencia de un escritor en la pequeña sala de una biblioteca reservada para el momento, en cuyo vacío se presagian los atisbos de una sabiduría que aún no nos ha sido regalada, en la que escuchar y poder preguntar algo al respecto de las inquietudes que uno tiene, y que se imagina poder tener en relación con esa deseable parte en común con cualquier autor, en esa admirativa mirada que se le dirige a quienes han logrado abordar una historia, página tras página, y dos y tres y en este caso hasta dieciséis.

 Ayer en Huelva, Francisco Díaz Valladares presentó su última novela: Antares. No he leído ni ésta ni ninguna otra obra de este autor, pero me pareció atractivo asistir a dicho acto para escuchar sus palabras, las palabras de un escritor, lo que con ellas dice una mente creativa e inquieta, uno de esos hombres que pasan parte de su jornada rascándose la cabeza en busca de ideas y poniéndole nombre a los personajes, inventando historias, sacando a flote argumentos y emocionándose a lo largo del camino de la escritura. Parece ser que su obra está escrita para ser leída por todos los públicos pero fundamentalmente destinada a saciar el hambre lectora de los jóvenes. Qué envidia dan estas personas cuando hablan de sus horarios preferidos para ponerse manos a la obra cada día, emanando de sus reflexiones una pulcritud de entusiasmo con la que el oyente aficionado siente un primer empujón para lanzarse a proponerse un mínimo rigor disciplinario y hacer algo parecido.

Me gustan ese tipo de libros en los que se encuentran datos sobre la vida de los escritores: preferencias y anécdotas, hábitos del oficio, manías, formas de trabajar y de comportarse, aficiones y ritos afines a la época que les tocó vivir, en fin esa serie de cosas que forman más bien parte del fetichismo y de la tendencia a venerar, casi siempre desproporcionada, a nuestros referentes literarios y que poco o nada nos inducen a satisfacer nuestro apetito intelectual en torno al estilo y a lo que es realmente la literatura: los mecanismos para contar y persuadir, la forma de hacer que los lectores disfruten y se sientan atrapados por la suerte en la que transcurre una historia, por su contenido y por la fuente de conocimientos inmersos en el engranaje del relato, para que la sigan y la escudriñen y se sientan, en cierto modo, partícipes. Precisamente ayer, mientras terminábamos de acomodarnos las diez o doce personas que asistimos al acto, me entretuve en hojear un libro recién adquirido que habla de eso, de las vidas de los escritores: Vidas escritas de Javier Marías, en el que aparecen la póstuma salida a la luz del diario de Thomas Mann, la severidad protocolaria de Henry Miller, la tortuosa y enfermiza existencia de Joseph Conrad, el hermetismo del carácter de Wiliam Faulkner, la distancia entre el olvido y la memoria de Vladimir Nabokov o el nagativismo de Ivan Turgueniev, entre otros, con los que uno se siente como inmerso en esos días que vieron a estos genios andar por el mundo y se imagina aspectos en todo caso accesorios con los que enriquecer su visión sobre los autores y las diferentes circunstancias en las que llevaron a cabo su obra.

Francisco Díaz insiste en que en primer lugar hay que escribir para uno mismo, para disfrutar del mero acto del ejercicio, sin contemplaciones, dejándose llevar por los personajes y el paisaje:  por esos seres misteriosos que tienen vida propia y a los que parece que a lo más que llega el autor es a bautizarlos porque después se les va de las manos todo cuanto les tenía preparado, porque adquieren impulsos que van más allá de la voluntad del escritor y actúan por ellos mismos, desvinculándose de lo prefigurado -  hasta que de repente llegas una mañana, te pones delante del teclado, y unos minutos antes, cuando estás repasando el punto en el que ayer dejaste el relato - dice Francisco Díaz- te das cuenta que uno de los personajes ya tiene dos hijos después de haberse casado, como si no lo hubieras escrito tú y tuvieses que ponerte al corriente de la historia para no equivocarte, no vaya a ser que uno de ellos te eche en cara algo, como si fueran los personajes los que van y vienen diciéndole a la mano que agarra el lápiz o a los dedos que pasean sobre el teclado qué es lo que tienen que contar sobre ellos y por dónde han de continuar los pormenores de cada acontecimiento-.
Es mágico. Escuchar a alguien así, que asegura que eso que cuenta de los personajes y de la inspiración ocurre de verdad, hace mantener ciertas esperanzas en que hay vida detrás de esas puertas que se niegan a abrir los surcos de tinta sobre los papeles en blanco en los que no hay quien escriba nada, y además reconforta el alma ver como hay espíritus que invocan a los chavales a que se introduzcan en el mundo de la creatividad, en el arco iris de las palabras, en la paleta de colores de las aventuras y en el conocimiento de los universos de la literatura, pero eso si, ante todo disfrutando; y entre lo que nos dijo Francisco y lo que sigo leyendo en el libro de Marías me voy haciendo, una vez más, a la idea de la cantidad de novelas que hay detrás de cada una de las que hay escritas, y después de la charla me voy a casa como un niño con zapatos nuevos, con la sesera refrescada.

jueves, 14 de marzo de 2013

Sólo entonces.









Ayer, al recibir la noticia del nombramiento del nuevo Papa Francisco I, instintivamente me acordé de un amigo muy devoto que, teniendo en cuenta el tiempo que empleó mi teléfono en enviarle un mensaje, no es de extrañar que fuera uno de los miles que se congregaron en la plaza de San Pedro para celebrar la resolución del cónclave. Ni pincho ni corto, no me interesa nada de lo que tenga que ver con la iglesia católica cuando se asoma a un balcón a cuyas espaldas hay un edificio cargado de obras de arte, construido con mármoles extraídos del antiguo coliseo romano, y repleto de joyas y símbolos de ostentación que traslucen una estética contraria a su misiva principal de caridad, cooperación, paz y fraternidad amparada en el calor de los buenos sentimientos y la sobriedad. No me seduce nada esa imagen. En cambio en cuanto a las repercusiones que pueda tener la elección de uno u otro candidato, en lo concerniente al significado histórico que algunos santos padres han tenido, en la fuerza de la onda expansiva de las decisiones que se tomen ahí dentro, en el Vaticano, me gusta informarme al menos para no andar muy perdido, y cada vez que lo hago no dejo de pensar en el referente ineludible que supone esta institución para con el mundo, la vital importancia de los acuerdos, del contenido de los concilios, las encíclicas y los edictos con respecto a la forma en la que giró, gira o vaya a girar el planeta. Desde niños estudiábamos en los libros de Sociedad del colegio, aquella E.G.B., que uno de los máximos poderes, y en algunas épocas el que más, era el de la iglesia: la religión, la fe y la creencia en algo intangible, espiritual, que condiciona la marcha del mundo entero; y a base de años uno va atravesando la andadura del desierto de la vida casi sin darse cuenta de lo poco que hemos evolucionado: de la necesidad que tiene la humanidad de que le cuenten un cuento, de la facilidad con la que lo dejamos todo en manos de la esperanza y la divina providencia a la suerte de la cual ha habido incluso ministros que se han entregado para resolver problemas como el del paro: habemus poca vergüenza.

Salgo a la calle y me cruzo con decenas de personas que creen, hacia los que confieso una cierta envidia sana difícil de explicar, como mi amigo el de la plaza de San Pedro, o como otro antiguo compañero de fatigas profesionales que en un libro que me regaló en mi despedida de un lugar de trabajo escribió que yo me llevaría muy bien con Jesucristo: gente de buena fe a la que merece la pena escuchar y ver actuar, como a esos misioneros que no permiten que la impotencia y la fatiga les derrote en mitad de su camino hacia la salvación de un par de niños, aunque vean como otros cientos se les han quedado en la senda de sus intentos; gente que colabora y contribuye, ya digo, no solo con sus palabras sino con sus actos, y en lo poco o mucho que puedan te echan un cable, aunque seas ateo confeso y sin remedio, o agnóstico que no lo tiene claro. Entonces salta a la vista esa gran incongruencia, ese desajuste sin límites entre los postulados, los mandamientos y las consignas que otorgan al asunto un velo de bondad, misericordia, humildad, entrega, lucha, silencio, amor, compasión, piedad y convicción de hacer el bien de manera austera y sin esperar nada a cambio frente a la gigantesca ampulosidad de las sedes, la intervención en los negocios, la colaboración con regímenes dictatoriales y las vueltas de tuerca que incluso a alguna guerra mundial se les haya podido dar desde las instancias que sirven de referentes para personas como este par de amigos míos o esos millones de ciudadanos que habitan chabolas, favelas o suburbios construidos de retazos de chapa oxidada, cartones, maderas podridas y alambradas.
Me pregunto si el cardenal Jorge María Bergoglio pensó ayer en esto, cuando se asomó ante la multitud expectante que coreaba mensajes de bienvenida en su honor; me pregunto si este señor del que sabemos que se ha caracterizado por una andadura sencilla a más no poder habilitó un lugar en sus pensamientos para preguntarse así mismo a ver cómo lo hago a partir de ahora, a ver cómo les cuento yo a todos estos, venidos desde, como dijo refiriéndose a su nombramiento, casi del fin del mundo, desde todos los rincones de la tierra, para que entiendan que una cosa es una cosa y otra es otra. Él, que siempre viajó en autobús o en metro y rechazó la posibilidad de alojarse en una vivienda con más comodidades que las de su rudimentario apartamento, que se hacía diariamente la comida, que cogía un micrófono y predicaba en las calles de Buenos Aires, que besaba los pies de los enfermos y acudía a ayudar a todos los desamparados, que cantaba los goles de su equipo de siempre y saludaba a los vecinos, que caminaba con el mismo aire desapercibido que un parado, ahora se encuentra en el lugar al que hace ocho años no accedió porque se retiró en la tercera votación, justo antes de la definitiva, en la que se vio demasiado cerca y prefirió darle paso al favorito Ratzinger, a quien apuntaban todas las quinielas, aunque suene a blasfemia esto último que me parece bochornoso cuando lo escucho de la boca de algún profesional de la comunicación; ahora tendrá que intentar parecerse a ese par de amigos míos que lo celebran y veneran y aplauden y ponen en un altar, para que las campanas del corazón de todos los fieles suenen sin interferencias ni asonancias del cinismo: solo entonces podremos decir que la iglesia ha tomado un nuevo camino.

miércoles, 13 de marzo de 2013

El mundo al revés.









Con el gusto de disponer de una habitación propia, a lo Virginia Woolf, en la que poder estudiar y tener los libros sobre la mesa, unos encima de otros, arremolinados, en grupos de dos o tres que fácilmente se olvidan y quedan dispersos a la espera de una consulta que justifique su amontonamiento, en esas ansias que llevan muchas veces al autodidacta a querer abarcar mucho más de lo que puede, miro a través de la ventana y veo un cielo por fin despejado tras muchos días en los que la lluvia ha sido un factor de riesgo intermitente para la claridad y los rayos de sol no salían de su misteriosa indecisión climatológica. Ahora parece que por fin tendremos una Semana Santa tranquila y sin riesgo de aguacero, podrán exhibirse los santos y las vírgenes y podrán los fieles llorar y quemar cera, rezar sus plegarias y llevar a cabo las prometidas penitencias con las que lograr algo parecido a un milagro. Todos sentimos la necesidad de contar con alguien o con algo a lo que agarrarnos en casos extremos, ante una desgracia o ante el inminente retroceso de nuestros proyectos, cuando la debilidad parece que se apodera de nuestras decisiones, cuando no es suficiente con nuestro ímpetu y hemos de solicitar refuerzos, municiones para el ánimo, sacar fuerzas de flaqueza y acompañarlas con la presumible omnipotencia de un icono que nos consuele. Me pregunto que pensarán los vagabundos de todo esto, sobre todo después de escuchar las declaraciones del abogado defensor de la idea de que tanto éstos como los parados, los que no trabajan, los vagos y desdichados, los perezosos, los holgazanes que solo piensan en robar y en tirarse a la Bartola, los mugrientos que no colaboran, son cánceres sociales a los que hay que apartar. Pido disculpas porque no me acuerdo del nombre de este señor, mayor, por cierto, con cara de anciano franquista y de llevar un arma en el bolsillo y un crucifijo de oro en el pecho, al que hoy he visto en televisión y del cual me ha dado literalmente asco. Qué pensarán los necesitados y despojados de hogar y de alimento, los que literalmente no tienen donde caerse muertos, cuando escuchan hablar así a un individuo creyente al que le huele el aliento a nacismo que se queda con las ganas de decir que se tendrían que volver a instaurar los mecanismos de las cámaras de gas.

El mundo al revés, la solidaridad atascada por los conflictos del interés, el reclamo de la justicia convirtiéndose en monotonía, los noticiarios utilizando las penurias para acaparar niveles de audiencia de los que luego se jactan proclamándose vencedores, los políticos acudiendo a debates televisados por cadenas partidistas, los diarios preocupándose más por demostrar quién fue el primero en denunciar un caso que por el caso en sí, las calles llenas de manifestaciones que parecen no alterar ni un ápice el pulso de los responsables, el mundo al revés y tan solo medianamente transparente a través de mi ventana los días que no llueve. Tres niños salen de España con su padre, al que el juez le ha otorgado la custodia de éstos, sin dejar de declarar que siempre han sido mal tratados por él, y nadie se lo explica. El dinero negro, los sobres, los sobresueldos, no solo está en los políticos: cualquier trabajador cobra una parte de su remuneración mensual en B. La banca recibe una ayuda europea y la utiliza en beneficio propio olvidándose de miles de ancianos a los que ha estafado con el conocido asunto de las preferentes. Alemania es el país modelo, el espejo en el que se quieren mirar el resto de estados miembro del mercado común, y de buenas a primeras un periodista español pisa tierras germanas, habla con la gente de la calle, con los trabajadores y los jubilados, y descubre que allí las cosas están muy crudas, que los fallos que aquí se están cometiendo allí ya han pasado factura porque los conocen muy bien, porque hace tiempo que los pusieron en práctica y ahora en lugar de recomendar el camino a seguir facilitando la información correspondiente a los tropezones en los que conviene, en beneficio de todos, no volver a caer, no se dice nada, se deja que cuatro naciones como España, Grecia, Italia y Portugal anden con la soga al cuello. Como necesitamos una sociedad poco espabilada se sube todo lo posible el porcentaje de IVA para las actividades culturales y lo que a éstas rodea. Como el poder es tan mezquino no se escatima en pactar con acosadores sexuales para acaparar el mandato de un ayuntamiento, por Dios, de un ayuntamiento, si da, además del asco que le da Juan José Millás, vergüenza de comprobar adonde se colocan el listón estos buitres carroñeros y lo métodos utilizados para conseguirlo.
Y así podríamos estar hasta mañana, hasta después de que la fogata blanca anuncie que el Espíritu Santo, tras haber volcado todo su ingenio en una serie de votaciones en las manos y las mentes de cuyos votantes se encuentra la mismísima providencia de lo divino para acertar al cien por cien en la mejor y más conveniente elección, ha decidido quien será el próximo representante de Dios en la tierra, el mismo que tal vez continué justificando lo que pasa bajo el pretexto de que se trata de una misiva para que nos demos cuenta de lo mal que estamos haciendo las cosas: justificaciones hilvanadas en la demagogia de siempre, en la palabrería del opio del pueblo, en el colapso mental de los millones de fieles, los que si saben de verdad lo que supone el ejercicio de la caridad, que todavía se creen que los purpurados hacen algo por el amor que se les supone deben derrochar para que las circunstancias cambien en los lugares mas desfavorecidos, al menos intentarlo. Pura contradicción, el mundo al revés, el nuevo Papa debería ser uno de esos sacerdotes que anda en África con la muerte pisándole los talones y viendo lo que es el hambre y la enfermedad, la miseria de la que nadie se quiere hacer cargo. Han vuelto a caer una gotas.




lunes, 11 de marzo de 2013

Venga ya.






Parece mentira que hayamos llegado a estas alturas de la historia, en pleno siglo XXI, sin saber todavía comportarnos como personas adultas delante de nuestros hijos. Muchas veces tengo la sensación de sentirme raro y fuera de lugar, no ya por no comulgar con muchos de los gestos con los que veo que algún conocido educa a sus retoños, aspecto en el que dada mi condición de soltero no tengo demasiado que opinar, pero sí en el tono empleado para la comunicación y en las palabras con las que se les trata de decir algo a los pequeños: en las expresiones, en los gritos, en el desafuero comunicativo digno de las bestias, en la pura confusión indigna de todo proceso civilizador.
Recuerdo, al comienzo de mi adolescencia, que un amigo de mi padre me dijo que había personas que llegaban a los cuarenta y a los cincuenta años de edad y todavía no habían madurado, y que probablemente no lo harían nunca. Cada día, al escuchar el ruido de una pareja de vecinos y el llanto intermitente de una niña que desgraciadamente vive con ellos, me acuerdo de lo que me comentó aquel señor.  Otra de las cosas que me pasa por la cabeza con relativa asiduidad, muy a menudo ya que cada día hay bronca en ese apartamento en el que reina la discordia, es si estas personas sabían lo que estaban haciendo cuando decidieron tener a esa niña que no se merece esta sucesión de barbaridades domésticas y que está pagando todas las consecuencias, porque ahora parece que el arrepentimiento es tal que la gresca se confunde con cualquier hábito ordinario de la vida en esa casa que se encuentra justo debajo de mis pies: una casa de locos indomados que no andan bien de la cabeza, en la que los alaridos inspiran tanto malestar como pánico sugirió el cielo entre el pueblo y la bahía en el que Edvard Munch fue sorprendido por la sensación de aquel paisaje.

Es terrible, el terror se encuentra en todas las esquinas, y entre los mayores parece ser más frecuente que entre los chavales. Los niños son piezas de oro macizo, perlas en el interior de una concha, diamantes que el tiempo y la buena educación se irán encargando de pulir hasta hacer de ellos una de las máximas aspiraciones a las que puede optar un ser humano: ser una persona consciente de que todo cuanto hace repercute de una u otra manera en aquellos que le rodean: en el bienestar y la armonía, en la convivencia y el uso de las corrientes normas del civismo, en el goce de los días con la naturalidad con la que no se le puede pedir mucho más a una vida para sentirse a gusto; y hay que saber que traspasar la raya de esa frontera, en la que se encuentran enfrentadas las libertades de uno u otro lado, la nuestra y la de los demás y viceversa, supone comenzar a poner difícil el estado de calma propicio para poder empezar cualquier discusión en el tono deseable para llegar a un acuerdo, no a conquistar América ni a descubrir una nueva tumba faraónica, sencillamente a ponernos de acuerdo en facilitarnos el sosiego de la existencia sin que ésto suponga un reto con el que quedarnos sin oxígeno. Pero parece que resultaría impensable, habida cuenta del punto de partida basado en un estado de desesperación, azoramiento e incongruencia nerviosa en el que algunos se empeñan en llevarse el gato al agua utilizando una jerga fuera de lugar y dando muestras de un animalismo a la altura de las fieras campestres que habitan el bosque, y sin ir más lejos en su propia casa.

Pero no me extraña, sinceramente, no me extraña, todo me parece lo más normal del mundo, no podría ser de otra manera. Si salgo a la calle compruebo la falsedad y la condescendencia con la que, en la panadería por poner un ejemplo, los vecinos se saludan y alagan mutuamente para después, a la espalda y cuando uno de ellos se ha ido, lanzarse puñaladas sin pudor ni prudencia en sus comentarios de víboras venenosas e insatisfechas. Pero no me extraña, no me extraña porque llevamos años, muchos años, siendo enseñados a no ser libres, a no decir lo que pensamos, a engañarnos y recalentar continuamente la pantomima del teatro que representamos en la vida cotidiana, que huele a comida de bote pasada por el tamiz del microondas. Además, habría que decir que somos muy cobardes, muy tramposos, muy miserables, tanto como en esa cara de perrillos falderos que se nos pone cuando hablamos con un médico, un banquero o un abogado, o como cuando acudimos a una ventanilla de una administración y sonreímos porque nos sentimos los más indefensos del mundo, por mucho que se nos vaya la lengua diciendo tonterías a destiempo y seamos expertos en preguntas capciosas y malignas que se ajustan a nuestra más fiel radiografía: eso también es muy nuestro, hemos nacido en un pueblo cotilla y acomplejado y envidioso, y ahora queremos ser competentes cuando ni siquiera somos educados ni sentimos ningún respeto ni admiración por el esfuerzo intelectual y pacifista de aquellos pocos que se muestran voluntarios a hacer por donde remar en otra dirección, cuando somos el hazmerreir de Europa entera. Venga ya.


sábado, 9 de marzo de 2013

Buen tiempo.






Después de una semana de lluvia, de un viento extraño que deshabitaba las calles antes de lo habitual, la ciudad vuelve a su usual estado de calima, con el que parece haber permanecido desde que fuera fundada, resplandeciendo bajo los rayos de un sol que ha pillado desprevenido a la mayoría; gente que sale a llevar a cabo sus obligaciones y apenas andados unos metros ve como les sobra el abrigo y el jersey: esa sensación de agobio que otorgan las prendas puestas a destiempo y la incomodidad de no poder despojarse de ellas hasta dentro de un rato y observar cómo a casi todos le ha pasado lo mismo, por miedo a coger un resfriado o sencillamente no haberse puesto de acuerdo con los repentinos cambios de un clima que cada día es más imprevisible, tanto como lo que ni siquiera alcanzamos a suponer que nos pueda suceder dentro de un instante. Ayer, antes de ir a dormir, parecía que amanecería con el mismo aire y los mismos chorros de agua que hasta justo entonces ofrecían esa música que desprenden los canalones, no había nada que incitase a pensar que las fachadas mostrarían este brillo propio de primavera que aquí, en el sur, pronto se convierte en el bochorno del verano, como si una vez pasados los dos primeros meses del año las estaciones tuvieran prisa por disputarse el puesto en lo alto del termómetro.

Como la sensación ha sido de contrariedad era inevitable un cierto intento de adaptación como el que se realiza cuando uno viaja a otro lugar en el que se vive de otra manera, y una de las mejores maneras de introducirme en ese mundo regalado que nos ha cogido de improviso ha sido refugiarme en la música, en las melodías alegres de un disco que lleva acompañándome muchos años, un unplugged de Bryan Adams en el que se escuchan con nitidez los golpes del batería y los punteos de una guitarra que armoniza perfectamente con el buen tiempo y con ese dejarse llevar por los sueños de las cosas que a uno le gustaría que estuvieran pasando.

Junto a las canciones que nos han emocionado, de las que cada cual tiene su propia selección archivada en la memoria como se tiene todo aquello que no conviene olvidar, esas tablas de salvación que algunas veces son meros pensamientos o nostalgias fundadas en creencias o quijotadas con las que caminamos siendo más nosotros mismos, se encuentra un álbum de fotografías mentales, de postales de sitios y parajes ideales, de movimientos y aficiones no consumadas, de planteamientos oníricos que difícilmente podemos contarle a nadie porque son la materia con la que se organiza el diálogo con nuestro otro yo: ese que cuando es preguntado por qué es en lo que está pensando responde que en nada. Y entre las canciones y los fotogramas del pensamiento se fragua la alegría de poder vivir en otro mundo que en apariencia es igual a éste en el que nos encontramos. Puede que no seamos lo que nos pasa sino lo que hacemos con lo que nos pasa, y cualquier oportunidad ha de ser tenida en cuenta como punto de partida de un nuevo surco en el que labrar la sencillez del tránsito de las horas, la observación del panorama que nos rodea, como en este día soleado en el que todo parece haber sido pintado por un pintor vanguardista.