lunes, 8 de abril de 2013

Modernamente desinformados.







Me paro a pensarlo y muchas de las supuestas noticias que salen en los telediarios son auténticas exhibiciones de tomaduras de pelo que no alcanzan ni la categoría de curiosidad. Con la cantidad de cosas que a cada momento suceden en el mundo, con la que está cayendo y lo que nos queda, con lo que se sabe y no se dice, no me entra en la sesera. Parece mentira, pero es tristemente verdad, que la originalidad y la responsabilidad social y profesional de quienes informan se encuentre tan a la deriva en el interior de los medios de difusión: esos que nos sirven como fuente para estar al día, siendo nuestro cordón umbilical con el exterior, con la lejanía que nos separa de la demagogia y el eufemismo, con la dichosa bolsa en la que se juega con nuestros ahorros, pero de los que solo recibimos la componenda resultante de acuerdos sellados con la rúbrica del interés: banalidades para mantener contenta a la plebe de insensatos que todavía se creen el cuento de Blancanieves y los siete enanitos.
A veces se trata de simulaciones de anuncios publicitarios, de subliminal propaganda en la primera plana de un noticiario, nada encubierta si andas al quite y te fijas bien y compruebas la infamia, el regocijo que deben sentir al tomarnos por tontos. Otras veces es cuestión de sacar a relucir los trapos sucios de otras personas que no tienen nada que ver con la actualidad económica ni política ni social, que nada nos importan ni nada las relaciona con lo esencial en nuestros problemas, con las piedras de toque de todo aquello que nos guíe para saber qué se está cociendo en aquello que concierne a nuestras preocupaciones.
En innumerables ocasiones sale a la palestra el dato de un tanto por ciento sacado de un determinado estudio, de dudosa procedencia, para persuadirnos de que "la cosa" va mejor; qué seríamos los españoles sin "la cosa", o sin el "sobre la marcha" con el que se suele terminar peor de lo que hubiera podido augurar el más pesimista de los pronósticos. Esos datos basados en cifras que nadie controla y difícilmente se explica, pues cada vez nos dura menos el dinero en el bolsillo y la sensación de estar cerca del peligro y de la imposibilidad de un marcha atrás resulta mosqueantemente irremediable, son reflejados en la pantalla como si fueran el catecismo a seguir para considerarse bien informado, y son pronunciados por unos presentadores con cara de que se lo creen, de que eso es cierto y va a misa, de que no se puede poner en duda lo que dice ese canal tan serio, de modo que sospecha uno que además de idiotas se piensen que somos papagayos.
No son pocos los intelectuales que empiezan ya a decirnos que existen noticias inventadas, salidas de los consejos de dirección y de redacción de los periódicos y las emisoras de radio o televisión, por no hablar del anteriormente mencionado material de relleno: esa sarta de idioteces, cada uno de cuyos segundos de emisión cuestan un dineral, con las que distraer al personal.

Si hablamos del reparto de minutos en función de la temática, en ocasiones puede resultar insultante la importancia que se le ofrece a temas cuyo relieve es intrascendente y manido; en cambio a otros parece que nunca le llega el turno de acaparar cierto protagonismo, como ocurre con la cultura. Para el deporte, y más concretamente para el fútbol, para eso que ha pasado de diversión a vehículo para vender muchas camisetas y mantener mansas a las fieras o dejar que ellas solas se maten a insultos, no hay tregua: es uno más de los poderes, al haber tanto empresario detrás de las sociedades anónimas en las que se han convertido todos los clubes, como la verdad misma: anónima y miedosa, comprada y lucrativamente lastrada por el comercio.
Igual de bochornoso resulta escuchar los porcentajes de audiencia de algunos programas que dejan ver muy a las claras el summum del borreguismo y el descarrilamiento de los valores intelectuales, la facilidad con la que nos dejamos inyectar morfina y opio, y por si fuera poco adulterados, y el anhelo de que nos dejen en paz mientras vemos cómo una serie de individuos se tiran desde un trampolín, o cómo unos cuantos aficionados a la cocina son dirigidos por algún reputado chef, al que mejor dedicarle capítulo aparte, repartiendo premios de cien mil euros en una época en la que estamos a punto de llegar a una insostenible situación social provocada por la crisis económica.
Pero si esto es para que nos visiten desde otros planetas y no se crean que podamos estar tan ciegos. Sin duda, una de las imposturas más sobresalientes de nuestro tiempo es aquella que roza la rizada del rizo de la incongruencia: una sociedad que se supone cada vez con mejor y mayor acceso a la información de todo tipo, con los adelantos tecnológicos de más alto nivel jamás manejados con los que conectarse con el mundo entero desde el sillón, y que no es capaz de discernir entre la verdad y la mentira porque ésta y aquélla se encuentran escondidas en mitad de tanta supuesta transparencia que no es sino un dédalo de opacidad. Pero el negocio da resultado, las conciencias andan curiosamente más dormidas que nunca, es como si nos hubiesen hecho adictos a una droga a la que ahora no queremos ni podemos renunciar, en primer lugar porque nos parece cosa de tontos, y en segundo porque consideramos igualmente de necios la dedicación a todo lo relativo al pensamiento, creyéndonos así modernos: modernamente estúpidos y desinformados.

sábado, 6 de abril de 2013

Pero no ahoga.






Hemos perdido demasiado tiempo haciéndonos pasar por quienes no eramos, pero sin saberlo. El disfraz ha sido tan bien trazado por los sastres que el carnaval ha resultado todo un éxito, hasta que se han quedado si ginebra en la barra, y sin pan para bocadillos en la cocina, y sin jabón las señoras de la limpieza, y sin suministro eléctrico, por supuesta falta de pago, todo el establecimiento, por la mera estrategia de la puesta en práctica de la afamada técnica del aburrimiento. La fiesta parece que va a acabar, que le quedan dos telediarios, pero que al mismo tiempo alguien está preparando otra, porque sin fiesta no podemos vivir, sin algarabía y bailes de máscaras que lo camuflen todo no hay quien aguante el chaparrón ni en condiciones normales, es impensable, después de todo lo que nos habían prometido, que ahora nos encontremos así resulta inconcebible, pero no parece que nadie vaya a mover un dedo por arreglar nada, mas bien y según ha llegado a mis oídos, los que mandan, los que tienen la guita, los poderosos que se avergüenzan de nosotros, a los que les costeamos el vicio y el transporte, esa caterva de cara duras y deshechos de la honestidad, los que odian la cultura y temen a aquellos que sienten ganas de saber, están esperando a que el personal se aburra para continuar ellos la juerga a puerta cerrada. Solo tendrán que convencer a alguno de los que nos encontramos pidiendo otra ronda, por cierto Pepe llénate, a sabiendas de que la cosa está tiesa, para que nos quedemos a despacharles el guateque y hacerle los recados, y el resto será cuestión de continuar hasta que todo parezca normal y necesario, cuando la abnegación y el hastío vayan ejecutando, con su letal efecto de la gravedad, a los predispuestos a caer primero mientras el resto se pone las pilas y se lo piensa dos veces. No veas lo bien que hablas, Juan, todavía no me explico que haces aquí cuando podrías estar ahí arriba, en todo lo alto, en la tele por lo menos, pero me da a mi que a ti te gusta más tu barrio, tu casa, tu gente, tus chatitos, tus cositas de toda la vida, Juan, que como eso no hay nada, que luego vas, sales por ahí y no veas lo que te encuentras, que hay que valer para eso, Juan, que para eso no vale cualquiera. ¿Y esto quién te lo ha dicho?. Joder, Paco, parece mentira. Dos y dos son cuatro y no hay más chinches que la manta llena, aquí, en Japón y en Dublín, que no te enteras, que es así. Así cómo. Como que cómo: así, pero no te das cuenta. Bueno, me doy cuenta pero también me doy cuenta de que tú tampoco te das mucha cuenta. Cómo que no, vamos a ver, todo no se puede tener. También es verdad, y después de todo tampoco estamos tan mal, fíjate en África, allí si que esta la cosa jodida, pero aquí, aquí nos quejamos por vicio. Pues no te lo estaba diciendo, que no te enteras. Anda, que quien te conozca que te compre, no sabes tú nada, truhan, qué pícaro. Y no te lo pierdas, que esta noche juega la roja. La qué. La roja, la selección española. Mira, oye, que no todo iban a ser disgustos, que Dios aprieta pero no ahoga. 

viernes, 5 de abril de 2013

Paisaje surrealista.





Siempre es bueno dedicarle unos momentos al pensamiento existencialista, acercarnos a nosotros mismos mediante la contemplación del espectáculo cotidiano, y si éste va acompañado de un paseo suele ser más fructífera la reflexión, al menos más cordial con uno mismo: es como si la oxigenación predispusiese al cuerpo a una mayor racionalidad. Ya decía Nietzsche que los mejores pensamientos son los pensamientos caminados. Con salir a la calle y dejarse llevar por la mirada es suficiente. Hay calles y calles, zonas de cada trayecto en las que solemos tener un encuentro casi programado de antemano, como si supiéramos que por allí vamos a volver a ver algo que nos sorprenda tanto como la última vez lo hizo la aparición de un ser que parecía haber sido sacado de la fantasía, errante y taciturno con el que en última instancia no tuvimos más remedio que identificarnos en sus paralelismos con lo que nos come por dentro, con la debilidad que tanto encubrimos, con el terror al escarmiento, con el afán por no destaparnos de una vez por todas y sentir de verdad lo que nos duele en carne viva.
Esta tarde he visto a uno de los clochards que se ha convertido en un habitual habitante de la calle Asunción de Huelva, por el que siento ese tipo de acercamiento de quienes se hablan sin mediar palabra, reposado sobre el escalón de los derruidos viejos almacenes en el que ha montado su campamento de la paciencia, concentradamente leyendo un libro del que no he podido ver el título, sin negar que he intentado averiguarlo pero, un poco por pudor y otro tanto por respeto a su intimidad, no me he detenido más de lo estrictamente necesario y no me ha sido posible saber de qué libro se trataba, aunque lo más importante es que este señor continua con esa aparente buena salud que, aunque no la quisiéramos para nosotros,  aún no ha sido atacaba por las manchas en la piel y el total deterioro de su imagen al borde de la cataclísmica mirada de la locura.
Él permanece impávido y seguro, observador de cuantos pasamos a su lado, de las señoras que salen de las tiendas colindantes con bolsas cargadas de prendas delicadas; de los trabajadores de los comercios, que todavía conservan el ímpetu propio de las presiones de sus jefes sobre las ventas, que en lugar de andar parece que huyen a paso ligero; de los niños que le miran y no se hacen una idea de lo fácil que es pasar una temporada en ese infierno; él está ahí como dirigiéndose al resto con su silencio, en mitad del paisaje surrealista del casco antiguo de la ciudad cuyos escaparates demuestran, además de una considerable falta de gusto, una escarcha sentimental que no logrará deshacer el sol de este sur señorito, presuntuoso, arrogante, envidioso, supersticioso y macabro, y frío, muy frío de sesera, como si no fuese consciente de la riqueza de su ignorado patrimonio humano, devorado por la pereza y anquilosado en la férula de quienes han asumido el mando sin mas esfuerzo que el de la mentira; esta manada de trozos de carne con ojos enganchados a sus teléfonos móviles que les impiden mirar hacia delante, este aborregamiento constante del sálvese quien pueda y maricón el último, que no se pierde una peregrinación al Rocío, a pesar de poner en peligro el presupuesto del resto del año para lo más imprescindible: para la comida y el alquiler, para lo estrictamente necesario que habrá que cubrir con chaqueta y corbata y con olor a naftalina.
Las ganas del pensamiento existencialista, con las que he salido de mi casa en dirección a la biblioteca, me han acercado a una serie de instantáneas que convierten el paisaje callejero en surrealismo, en contrastes que aparentemente nada tienen que ver pero cuya relación es inmediata, si te paras a pensarlo y tu subconsciente no ha sido hecho papilla por los sueños fracasados de las ideologías corrompidas y las propagandas con efecto placebo: el más y el menos en esta insultante ecuación de la algarabía, el despropósito, la telebasura y el regocijo de la imbecilidad más temeraria, insensata y cruel que se conozca puesta de relieve aquí, como en millones de rincones del mundo, pero aquí delante de mis ojos; el blanco y el negro sin pasar por el gris pero transparentado en el pensamiento de quienes caigan en la ferocidad del esperpento; las islas que pueblan el asfalto; las inteligencias derrotadas por la villanía de los necios: lo inverosímil, la incongruencia, la leche: mejor hacer como mi amigo el clochard y pasar página, que esto no hay quien lo aguante.

 

jueves, 4 de abril de 2013

Comenzar de cero.






No dejo de darle vueltas al asunto de la situación social en la que nos encontramos, en lo que al pensamiento de cada uno de nosotros se refiere con respecto a la cuestión fundamental de la pura existencia. Me gusta pararme a pensar o a subliminalmente preguntar, para ir poco a poco, qué piensa cada cual de la vida, de la realidad, de paso del tiempo, de la muerte, de lo que nos queda y de cómo emplear los años en lo que más o menos nos gusta. Me suelo encontrar con caras de poker que parece que no se enteran o no se quieren enterar, caras de miedo y simultáneamente incrédulas de que semejante cuestión pueda interesarle a nadie, evadiendo la situación y esbozando una sonrisa cómplice de quienes piensan este tío está sonado, loco; teniendo las religiones  tan a mano es como querer complicarse la vida, es como ese tipo de cuestiones que se resuelven más tarde, para las que siempre habrá un rato, cosas accesorias y secundarias que no conviene mezclar con el presente. A quién, estando en su sano juicio, se le ocurre mientras se toma unas cañas sacar a relucir, para amenizar la conversación una vez que se corre el máximo peligro de los árbitros, la meteorología y los chistes machistas o macabros, que él piensa que nuestra misión es ésta o aquélla, y que después puede que haya o no haya. Bueno, no es que sea lo más normal del mundo, atreviéndome a decir que por desgracia, pero tampoco creo que se trate de nada insano, más bien al contrario empiezo a pensar que en esa devaluación de los diálogos esenciales es palpable la inconsistencia de nuestros esfuerzos por sacar provecho del milagroso mecanismo de nuestra razón, y que por ese camino tristemente son explicables muchas de las desgracias a pequeña escala: la envidia, la desidia, los prejuicios, el rencor, la avaricia, el fraude, y todo eso con lo que se ha convertido normal convivir de la misma manera que media Roma no sabe que pasea sobre las bases de la arquitectura moderna, sobre las que tan plácidamente duerme y descansa, situadas justo bajo sus pies; de modo que esto es algo parecido a haber perdido el norte de tal manera que nos manejamos con una serie de incongruencias, a punto de convertirse en algo sólido, que parecen haber enterrado a muchos de los principios, de cualquier concepto de civilización que se precie, con los que aspirar a conseguir que el corto tránsito en el que consiste nuestro ejercicio de seres vivientes contenga visos de plenitud.
Bien es cierto que nunca, jamás en la historia, el hombre ha sido totalmente justo con el uso de sus obligaciones y derechos para con los demás, ni con el respeto de las libertades tras el que se encuentra la posibilidad de hallar lo mejor de cada cual para ser puesto al recíproco servicio de la comunidad, a excepción de alguna gloriosa etapa en la que estuvimos muy cerca de ello, como en la Grecia antigua, aunque sin duda también incurrieron en excesos y defectos nuestros queridos habitantes de la polis, pero con qué maestría ciudadana y sentido de la equidad, salvando las distancias y ateniéndonos a los cánones de entonces: ya sabemos que unos pensaban y otros se encargaban de los trabajos que hacían posible la estabilidad del sistema, pero nadie negará que parece mentira, porque no ha habido racionalista que se precie que no haya atribuido razones de contexto a las verdades de cada época, sin por ello quitarle importancia a lo que significa daño y lo que quiere decir placer, siendo la función del desarrollo de la humanidad alcanzar un grado máximo de concordia para que la satisfacción sea lo más alta posible, con cada grupo en su entorno, y la consecuente riqueza del género derivada de la consecución de semejante meta el goce que nos permita recrearnos en la brevedad que nos atrapa; y muchas de las semillas para que el proyecto de algo así, de lo que parece que definitivamente se han perdido los papeles, fueron puestas en aquellos días por nuestros queridos amantes de la sabiduría. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto trabajo salir del atolladero? ¿ a qué viene tanto miedo?
Como todas las preguntas más o menos filosóficas, derivadas de la misma raíz insistente en encontrar algo de verdad en medio de toda esta selva, no parece que la repuesta sea cosa fácil, a pesar de caer una y otra vez en la misma bizantina retórica de las dificultades que implica poner a tantas diferentes culturas de acuerdo, porque no podemos olvidarnos de que estamos acompañados por miles de costumbres distintas a las nuestras. Pero ¿ no sería posible, solo ateniéndonos a  conceptos básicos y universales, en torno al bien y el mal más sencillos de los que quepa hacerse una idea, comenzar a ponerle la primera piedra a una nueva edificación, si no ya para nosotros al menos para quienes nos sucedan, que nos inmortalice como gente digna de ser recordada por haber dejado sus pensamientos al servicio de la posteridad, siendo el mayor de los logros haber rectificado impidiendo en un momento dado de la historia que todo se vaya a pique? Ganas me dan de hartarme de reír, de verdad y sin arrogancia ni dármelas de nada, pero me temo que no es que nos dé miedo pensar en eso, lo que me temo es que ni se nos ha pasado por la cabeza; y que me perdonen los que crean en la reencarnación, pero parece que ni siquiera para ellos se atempera la cosa dándose una tregua y aguardando otra vida con los parámetros de ésta, porque lo mismo cuando vuelvan ya no hay nada; aunque pensándolo mejor, puede que sea la mejor de las maneras: regresar a un planeta en el que se ofrece la posibilidad de comenzar de cero.

miércoles, 3 de abril de 2013

Taxi Driver.





El taxista saluda, mira a través del retrovisor con una maestría que junto a la de los peluqueros no hay quien iguale a la hora de mantener una conversación mediante el espejo, pregunta con un usted dirá a dónde vamos y pulsa la tecla. El taxista es un ser humano capaz de llevar un GPS instalado en la cabeza como si nada, una brújula sentada al volante, el sentido de la orientación al filo de lo imposible, el más seguro de los kamikaces si la prisa nos aprieta y el diligente servidor del recién llegado al aeropuerto. En un taxi uno se encuentra a salvo de los monstruos de la ciudad y el recorrido de la carrera puede dar para ofrecer las suficientes panorámicas como para decir que se conocen las calles de otra manera, con una textura visual más resumida pero no menos interesante: es como pasar del hiperrealismo caminado a los destellos del expresionismo mediante las luces que se rescatan de los certeros vistazos más allá de una ventanilla. Siempre he preferido el asiento de atrás de los taxis, como si me instalase en la butaca de un cine móvil que te muestra sucesivos fotogramas de los barrios que por precaución menos se frecuentan, y de los que lo que sabemos nos ha llegado de oídas, a no ser que un buen día acabemos por transitarlos sin a penas darnos cuenta, introduciéndonos en ese dédalo de calles prohibidas del que tratamos de salir casi de puntillas y simulando simultaneamente ser conocedores del terreno, interpretando el papel de hombre duro del que nadie pueda sospechar que teme que a la vuelta de una esquina le roben la cartera.

Para esto de los taxis hay ciudades y ciudades; en alguna de ellas hay muchos, más de los necesarios, y no ahora porque la crisis esté haciendo estragos, sino que parece que siempre ha habido demasiados, dando la impresión de una injustificada abundancia que a duras penas consiga sostener su ajetreo, como en Linares, o en el mismo Jaén, o en ciudades de mediana densidad de población en las que si antes no era muy frecuente ahora es un auténtico lujo tomar un taxi, pero cuyas licencias se encuentran ahí viéndolas venir; o en Huelva, donde una retahíla de luces verdes aparcada en la plaza de las Monjas simula más bien una concentración, una protesta que una puesta en escena del oficio, por desgracia. En cambio en Madrid o en Barcelona la cosa cambia, aquí los taxis son indispensables, novelescos, animales de hierro a los que solo les falta hablar, formando parte del paisaje urbano, reservándose el protagonismo de actores secundarios, pero de lo buenos, de esos sin los que no hubieran sido nada los héroes de Vázquez Montalbán o de Eduardo Mendoza, ni los hombres de a pie de Juan Marsé en mitad de una urgencia o el trastabillado verso de Miquel Martí Pol resuelto en cuanto la puerta del taxi se cierra y queda el poeta a merced del recorrido. Hay mucha inspiración fraguada en el interior de estos vehículos, y muchas conversaciones vitales para los intereses de un estado, y mucha tropa en gabardina detectivesca que valen por lo que callan: hay mucho film y teatro, mucha tela que cortar.
La música de los taxis suele variar, va en gustos y en épocas, en edades del conductor también, como las ganas que tenga éste de hablar , alargándose más o menos en las explicaciones que resuelven las dudas del visitante; pero como digo la música de algunos de estos minúsculos universos sorprende, porque excepciones hay en todos los gremios, y para qué hablar de la sutileza al servicio del huésped del asiento -con cuanta frecuencia nos pensamos que muchos oficios están sepultados bajo la losa de la ignorancia, de la incultura y el fatalismo del aborrecido esfuerzo sin descanso-; En una ocasión asistí a una lección de Mozart de parte de un conductor argentino que ejercía de taxista en Sevilla. Mire usted, me decía, desde aquí se ve toda la jungla, más de lo que cualquiera se pueda imaginar, y no puede uno perderse un detalle por la cuenta que le trae y de paso, como de propina, se recibe a cambio un doctorado en esto de la calle; esto es como una película, seguía diciendo, y para las que veo desde aquí yo prefiero Mozart, suaviza, sabe usted, y no se crea, a veces le da contundencia a la verosimilitud de los sucesos, y también, para qué negarlo, hace que pase el tiempo más despacio cuando lo que se ve es bonito, sobre todo en primavera, y más rápido cuando conviene olvidarlo, y eso de momento no me lo ha dado ninguna emisora de radio.
Luego nos encontramos con el mítico sambenito de frescos que acarrean todos los taxistas, que viene a resumirse en que como no te conozcas la ciudad te llevarán siempre por el camino más largo; habrá unos que si, habrá otros que no, tampoco vamos a  dictar sentencia a favor de ninguna de las partes, que de todo hay en la viña del conductor, pero no podrá negar el pasajero que no hay ya una cierta emoción de partida. Para eso nada como conocerse la ciudad e indicar al taxista por dónde queremos que nos lleve, aunque siempre defenderé que esto le quita morbo al asunto, a pesar de que una mínima información nos puede ahorrar algunas monedas. Yo me dejo llevar, me fío, a excepción de en Sevilla, no por nada, sino porque allí tengo un amigo de padre taxista que presumía a boca llena, mi amigo, de conocerse todas las calles, todas, de la ciudad, y en una serie de recitales turísticos a bordo de un antiguo Ford Fiesta pude comprobarlo, a la vez que nos iba indicando a sus discípulos acompañantes qué había que decirle a los taxistas por esta o aquella avenida: un maestro que me ha permitido defenderme a capa y espada desde Santa Justa hasta los últimos rincones de Triana, y por los innombrables y novelescos lugares que encierra esta polis en cualquiera de sus barrios.
Los taxistas saben un poco de todo porque les suceden muchas cosas y prestan bastante atención, como los camareros de la barra de las estaciones de tren. Son muy buenos psicólogos y unos magníficos fotógrafos; a algunos les quita puntos la impaciencia en los semáforos, pero es comprensible, no se puede tener todo. Los hay que llevan el taxi forrado de estampitas de Semana Santa o el salpicadero repleto de sus ídolos taurinos, futbolísticos o mini retratos de cada uno de los miembros de su familia. También los hay quienes cantan por lo bajini para que no se les dé conversación, para desatenderse de la monserga del cliente que siempre pregunta que cómo va la cosa, que si se nota la crisis y otro tipo de impertinencias. Mis taxistas preferidos son esos que al despedirse te desean un buen día, o un que le vaya muy bien señor hasta la próxima, como si sostuviesen alguno de los cimientos de la estabilidad que tú aún no has encontrado para el inminente encuentro o reunión que te espera en cinco minutos. Hay un taxi para cada ocasión y un oficio para cada necesidad, y el de taxista es uno con el que más me identifico, por ese enorme lienzo en blanco con el que se inaugura cada jornada, por ese continuo acontecer algo nuevo, por el capote que hace falta tener para torear a más de uno y a más de dos desagradecidos, por el contacto con el asfalto y el directo, por lo sumido que se encuentra en las huellas dactilares de la realidad y lo poco valorado que resulta, por ser una más y de las mejores aulas de la vida sin pisar la universidad.

 

martes, 2 de abril de 2013

El latido de un día.







Hoy las flores se han disfrazado de metáfora y han batido el merengue de la tarta de un nuevo aniversario. Hay personas a las que el paso de los años les sienta tan bien que disponen de esa maravillosa virtud de parecer cada día más jóvenes, como es el caso de nuestra homenajeada. Hubiera estado bien hacer uso de la ingente cantidad de vocablos que le dan nombre a una planta para con ellos elaborar un poema, o poner en la balanza de las dietas más saludables una buena dosis de imaginación y elaborar una receta con las calorías necesarias, ni una más ni una menos, para soplar las velas de un pastel y celebrar el acontecimiento; tampoco hubiera quedado mal reunir a Delibes, Muñoz Molina, Neruda, Márai, García Márquez, Bergamín, Lorca, Blimunda y compañía y sentarlos en una mesa en la que hablar y hablar de poesía y de esas cosas con las que casi con el ingenio de los juegos la vida se deja llevar sin necesidad de mirar la hora, porque no urge llegar a ningún sitio, porque el tiempo se detiene y se disfruta de esa cualidad de imperecedera frugalidad que tienen las sensaciones más didácticas. Pero a sabiendas de que un poco de todo eso ha pasado por la mente de nuestra poetisa, hoy instalada en la punta de su lápiz, mirando y sintiendo a través de su ventana el tránsito de la creatividad y dejando muestras de ello sobre el papel, transformando sus pensamientos literarios en los muros de su patria asentada en el territorio de los versos, nos queda felicitarle y enviarle desde aquí un sincero deseo de prosperidad personal y literaria, el resto nos ha sido contado sin poder atestiguar si corresponde a la pura realidad o si se ha apoderado la fantasía de la fecha y por fin ha servido para algo.
Cuentan que en un lugar del mundo llamado El sueño de la lagartija, en el que una regadera ha rociado con endecasílabos los pétalos alejandrinos de la métrica dejándose acompañar por el canto de unos pájaros azules, es frecuente encontrar libros en cualquiera de sus habitaciones, y el contenido de cada uno de ellos, la pasada madrugada, como por arte de un huracanado hechizo, se ha reunido en el volumen mágico de las palabras para proponerse hacer entre todas ellas un bizcocho de vocablos cuya levadura viene dada de la mano de la pintura; una cosa bárbara, lo nunca visto, parece imposible imaginar tanto silencio en mitad de semejante trama, pero ha sido posible, según parece, porque nadie se ha enterado ya que no ha sido necesario dar una voz más alta que otra -la gata Maga ha ejercido a la perfección de guardiana, y solo ha permitido a los seres procedentes del limbo y de los sueños del sigilo husmear sin molestar ni despertar a ninguno de los habitantes de esta fantástica morada- : eso es lo bueno de las palabras y de la imaginación cuando concurren inspiradas. Total, que estando en éstas han salido de su cuarto unos seres de trapo, que no querían perderse los preparativos de la fiesta, y pretendiendo aportar su granito de arena se han puesto a coser y a bordar, cada una a lo suyo, hilo por aquí, aguja y dedal por allá, lanas ovilladas en las sonrisas de sus caras, retales en el puzzle del cobijo del invierno, punto de cruz de primavera atravesado por un soneto, y aquello se ha convertido en un efervescente y colorido galimatías de aquí te espero, gracias al cual ha amanecido en ese hogar con la sedosa sensación del trabajo bien hecho y el augurio de una celebración por todo lo alto. Una vez terminada la labor, y revisada por las facultativas Hadas de la quimera y la sorpresa, ha sido envuelta la obra con besos y abrazos, con lazos de azucenas y broches de petunias perfumadas con buenos deseos siendo colocada en un rincón del planeta de los libros, las plantas, las Mariucas y la poesía para desde allí ser enviado al corazón de nuestra querida Blimunda en el que esperamos que lata por un día con toda la fuerza de la dicha de la buena poesía.
FELICIDADES, BLIMUNDA.

lunes, 1 de abril de 2013

La paja y la viga.








A veces quisiera uno ser como ese judío entrevistado el pasado Domingo por Jordi Évole que decía que no disponía de televisión ni de radio, de nada que le conectara con lo que existe más allá del barrio de Jerusalén en el que vive, porque dice que de esa manera se salvaguarda de escuchar lo que otros quieren que escuche, corriendo el riesgo de quedar sometido a unas fuentes de información tras las que se puede encontrar la impuesta y dudosa relación con una realidad manipulada. A veces uno siente que le toman el pelo y que después de haber leído un periódico, escuchado la radio o visto un telediario necesita hacer un esfuerzo de discernimiento que en función del cansancio puede derivar en creerselo todo o preguntarse qué parte de lo que acaba de escuchar es más o menos creíble, y en eso, salvando las distancias, me sentí reflejado en este señor judío.
Quien haya visto la entrevista no dudará de la originalidad de cuanto en ella se dijo. A mí me resultó particularmente curioso que muchas de las razones que dio ese señor tienen una saludable raíz cuya puesta en práctica no vendría mal, en su justa medida, para el resto de la sociedad. Hablo de la dedicación al estudio y del respeto hacia la intimidad de los demás, del sentido vital de esforzarse por sentirse a gusto tratando de alcanzar la autorealizacón personal. Evidentemente hay puntos de confrontación y desacuerdo, algunos que rayan lo primitivo, como el del papel de la mujer en esa sociedad y el hermetismo que subyace en la forma de vivir de los judíos ultraortodoxos: esa sensación que tiene este pueblo de que no le haya servido de nada haber salido al exterior, refiriéndose a lo sucedido durante el exterminio nazi y la Segunda Guerra Mundial,  y creer firmemente en una vida plena en el interior de un pequeño territorio, en el panorama de las cuantas calles que colindan con su vivienda y el frecuente recogimiento en la oración.
Claro que llevar las cosas a sus extremos nos impediría llegar al deseable término medio en el que encontrar lo mejor de cada postura, pero para ello conviene percatarse de que no todo se basa en hacer hincapié en lo que hacen los demás, en ver la paja en el ojo ajeno y no hacer lo propio con la viga en el nuestro, imponiendo nuestra postura como ángulo sagrado a través del cual canalizar todas las miradas; porque bien visto, a pesar de que en lo que llamamos occidente nos las demos de libres y de comunicativos, de desenvueltos con nuestros vecinos y de cordiales ciudadanos, no podemos negar que vivimos igualmete encerrados, en otro tipo de encierro que viene a ser el enclaustramiento en una incierta pesadilla cuya más evidente remedio parece encontrarse en el consumo y en el gasto de una mala leche que espanta; lo digo por aquellos a los que opinan con demasiada gratuidad al respecto de otras culturas, de otras formas de entender la existencia, porque podemos encontrar en nuestras formas muchas razones para no malgastar esfuerzos en continuar siendo tan testarudos, ya que en ellas se halla un buen ejemplo de cómo no hacerlo.