La literatura escrita durante la juventud goza de la frescura de lo fiel a la naturaleza humana, de la sinceridad y del ímpetu por expresarse sin temor a equivocarse guiando las frases por lo que al autor le sale del alma. No hay nada más que leer los poemas de Pablo Neruda en sus Cuadernos de Temuco para darse uno cuenta de la facilidad con la que el lápiz se deslizaba durante sus clases de química y en sus paseos por las zonas verdes más cercanas al corazón, en aquel instituto en el que Neftalí Reyes hacía suyo el lenguaje de la sensibilidad. Fernando Pessoa afirma en el Libro del desasosiego, mientras siente el miedo y la indefensión de no contentarse nunca con lo que escribe, que lo mejor de su escritura está en su adolescencia, como desconociendo nada que haya sido más perfecto en sus papeles que aquellos primeros versos en los que encuentra la más pura autenticidad de quien sólo supo ser él en sus posteriores más de setenta heterónimos. Es difícil hacerse una idea de cómo tanto Carmen Laforet como Carson MCcullers llegaron a tan altas cotas de originalidad y desenvoltura literaria con poco más de veinte años; en la archiconocida Nada de la primera se siente el latido a flor de piel de la instantánea descriptiva de un ambiente muy marcado en una época en la que una mujer apenas podía decir lo que pensaba más allá de las férreas fronteras de lo que se suponía que tenía que hacer y decir, y en los relatos bajo el título de La balada del café triste de la segunda encontramos siempre el gozo del final abierto, esa característica de los buenos textos que hacen que el lector acabe siendo uno de los más importantes protagonistas. La frescura de la juventud, la virginidad de los instintos poéticos de la palabra y la contemplación que comienza a aprender a sorprenderse de todo, son la verdadera metafísica del arte que no se abandonará en toda la vida. Los poemas en prosa que Juan Ramón Jiménez escribió entre 1901 y 1913 bajo el título de Baladas para después son el anticipo de su majestuosidad sensitiva, la puesta en marcha de un tipo de dicción que más tarde nos regalaría Platero y yo y una colosal obra siempre arropada bajo el designio de lo sublime, de la inmensidad de lo pequeño, de la grandeza de lo cotidiano. Indagar en los momentos incipientes de algunos autores nos depara la sorpresa de la más fiel de las consignas literarias: la de la transparencia con la que el agua se deja llevar por los surcos de su naturaleza.
viernes, 6 de abril de 2018
Los surcos de la naturaleza
jueves, 5 de abril de 2018
Fiscalización
La otra tarde me sucedió algo singular, al menos para mí, que voy siempre embelesado y todo me sabe a rancio a partir del momento en el que no dejo de salir de mi asombro cuando compruebo la falta de escrúpulos modernos. Entré en el centro comercial del centro de La Ciudad, ese sitio ocupado por lo que otrora fuese un monumental palacio que fue derribado, con menos escrúpulos todavía por las ansías del álgebra comercial. Tras haber contemplado, con la ilusión con la que los niños huelen los lápices y los cuadernos a principio de curso, la estantería en la que se encuentran las cartulinas y haber elegido unas cuantas, me dispuse a pagar y entonces, tras haberlo hecho se me pidió que por favor dejase allí, sobre el mismo datáfono en el que justo antes había introducido mi tarjeta de descrédito, mi impresión al respecto del trato recibido. Así, al instante, para que no se escape nadie, para que todo el mundo sepa lo mal o lo bien que lo hacen los trabajadores que ya no tienen bastante con ir cada día a cumplir con su obligación. Se le da a uno la opción de elegir entre una serie de símbolos en forma de caras que van desde una amplia sonrisa hasta un patético gesto de enfado. Lo absurdo del asunto rinde honor a eso, a lo ab surdum, a la no escucha, a la no preocupación por parte de los directivos desentendiéndose de cómo se puedan encontrar los empleados, eximiéndose de ver si tienen algún problema para poder ayudarles, para tratar en definitiva de construir un equipo en el que el cliente pueda ver reflejada la esperanza de que no todo el monte es orégano, que es a lo que nos están conduciendo las recalcitrantes puestas en escena de terror de los telediarios y en ese plan. Digo yo que sería bueno que esa fiscalización se hiciese también de puertas para dentro, o sea que se le pudiera dar la posibilidad a cada uno de los empleados de opinar libremente sobre su salario y su horario, sobre sus incentivos y el modo de actuar de sus jefes, sobre las ideas que a cada cual se le ocurran para llevar a cabo su labor de una forma más creativa; pero eso es más raro que aquel verano que no dejó de nevar, además de una locura. Lo cierto es que le dan a uno ganas de llorar de impotencia ante el vendaval de sinrazones y la amalgama de falta de sensibilidad para con las personas, de las que solo se espera que oigan, vean y callen, que trabajen y no se quejen. La falta de libertad actual es aterradora, es descomunal la encerrona, la manipulación, la subliminal amenaza con la que estos sinvergüenzas nos están acorralando. Qué de sinrazón.
jueves, 15 de marzo de 2018
Diario de Marzo LXXIV
Me preocupa la responsabilidad en la escritura, no prestarle la suficiente atención al acto en su totalidad por emanar algunas de las palabras que escribo de esa parte de automatismo dada en todas las inercias, por permanecer más tiempo del acostumbrado en mi idealizado mundo al son de los ruidos domésticos. Demasiadas caras de desgana se ven por la calle; la Realidad no existe, nos la inventamos nosotros. La Plaza sabe cuidarse de las aglomeraciones, y por eso tiene muy bien establecidos los horarios para sus misas y sus besamanos, para sus bodas y sus visitas a la figura de su Cristo y de su Virgen y de sus Iglesia y Basílica. Hay un Masca sentado junto a otras dos personas en una mesa del Bar de La Plaza, una pareja con pinta de instruidos muy atenta a lo que el Masca les dice como si fuesen abogados o especialistas en el enredo de las leyes y en la interpretación de las mismas. Hay confidencias que no se las espera uno, sentado pacientemente a ser atendido, con los cinco sentidos puestos en lo que sucede o pudiera suceder en un bar. Se acaba uno dando cuenta de que a partir del momento en el que alguien nos escucha somos capaces de expresar en forma de descriptivas metáforas lo que llevamos dentro encontrando así una vía para hacerlo. El altruismo está obsoleto, el gusto por hacer las cosas por el amor al arte de hacerlas está en decadencia para la mayoría, es patrimonio de quienes se forjan su andadura escuchando y actuando en consecuencia de unos inamovibles valores de convivencia. Te lo digo como pauta, le dice con aire de mandato el Masca a uno de sus asesores, cosa que tras unos instantes de tránsito cognitivo parece interesarle a ambos. El Masca, como está acostumbrado a dormir como las liebres, me descubre tomando notas en la barra, pero un intercambio de miradas le hace pensar que soy un pobre diablo que a esas horas necesita una cerveza. Es asombrosa la capacidad que tenemos para arreglar las cosas tomando unos vinos y con alguna que otra voz más alta que otra. La cuestión es que tenemos una incertidumbre, acaba resolviendo el Masca; y eso no es irse de vacío.
miércoles, 14 de marzo de 2018
Diario de Marzo LXXIII
Una obra en la calzada de La Campana hace que se muestren distraídas y no tan concentradas en cometer la infracción las figuras del paisaje que cruzan uno de los pasos de cebra menos respetados de La Ciudad; la policía vigila esta zona palmo a palmo desde hace muchos meses, de forma que transigen sobremanera la conducta de los viandantes, de los paseantes despistados, de la gente que va y viene de una amargura o alegría a otra desde sus casas a sus cosas y vuelta a empezar. Los policías posan su miradas en balcones y ventanas, en los salientes de las alcantarillas y en los estereotipos de bolsas y paquetes que levanten la mínima sospecha a tenor de todo lo aprendido durante un periodo de instrucción en el que han tenido la posibilidad de ver atrocidades procedentes de lo desapercibido, en todo lo que sea susceptible de ser o convertirse en una puerta y en el giro extraño de algún coche, en todo lo que se mueva alrededor de esta zona tan estadísticamente amenazada de uno de esos ataques perpetrados con una furgoneta o con un camión llevándose a todo el mundo por delante en nombre de la ignorancia de la deshumanidad. El apremio de la Semana Santa hace que se trabaje en las obras con la urgencia del destajo. No hay plan urbanístico que indemnice a los locales afectados por las reformas que inundan de escombros y polvo y piedras y vallas y martillos perforadores algunas calles del Centro. La lluvia es tan intermitente que ni mediante los dispositivos de última generación se tiene certeza de su llegada; hasta para eso La Ciudad es oportuna a la hora de escribir su diario en función de cómo le venga, por eso se le suele escuchar a los marineros de los bares eso de bueno, pues me voy a ir ahora que parece que no llueve. Los términos Comadre y Compadre gozan en La Ciudad de un inusual vigor en otras partes. Anda uno siempre esperando a que todo le sorprenda, y le sorprende, y se sorprende. Una señora atiende una llamada mediante la que informa de los ingresos considerados recursos fuera de balance durante el día de hoy de las oficinas de La Ciudad pertenecientes a la entidad bancaria para la que trabaja: tal sitio ochenta mil, tal otro veinticinco mil, el de más allá treinta y cuatro mil, y así pormenorizadamente uno a uno, con la normalidad de quien espera en la cola de la confitería. Me deja patidifuso esta declaración de datos como si nadie se enterara de lo que está diciendo; pronuncia recursos fuera de balance con el mismo instinto mecánico de aquellas máquinas expendedoras de tabaco que daban las gracias. Hay un hilo muy sutil que separa el descaro de la creencia en que la gente es tonta, y así se va dejando en manos y cabezas irresponsables la labor de control que de otra manera obtendría unos resultados más acordes con al menos saber cómo estamos para hacernos más o menos una idea de cuándo tendremos que salir corriendo. Escribir de memoria durante el paseo anda entre lo Murakami y lo Baudelaire, entre la cortina de humo y la sensación de vitalidad, entre el ser y el poder llegar a ser de todo lo que se nos muestra delante.
domingo, 11 de marzo de 2018
Diario de Marzo LXXII
Cada vez que despego la mirada del libro me apetecería estar contemplando el paisaje urbano de La Ciudad desde la ventana de un bar. Gracias a Ti he vuelto a recuperar la cajita en la que desde hace tres años llevo tabaco; esa cajita nunca se pierde. Hay un joven en el Barrio que ha ido degenerando a la velocidad de la luz de este presente machacón y maloliente; la primera vez que me fijé en su comportamiento fue mientras comían su padre y él en uno de los bares de La Alameda hace ahora cuatro años; discutían sin orden ni concierto, mezclando diferentes argumentos queriendo por encima de todo llevar ambos la razón, subiendo el tono de voz más de lo habitual estando sentados el uno junto al otro compartiendo el almuerzo. Hoy, difunto el padre, el joven es la defenestración en estado puro, la sordidez y la dejadez y la depresión y el túnel de la bruja y la boca del lobo todo ello junto; admiro la fuerza que lo mantiene vivo y la forma en la que va hablando solo por la calle, pidiendo un cigarrillo o una calada a quienes acaban negándoselo estando ellos con uno encendido entre los dedos, o entre los labios, que es cuando la negativa más indigna a los Clochards. Es espeluznante, no puede dejar uno de sentirse juez y parte. El placer de deslizar la punta de mi bolígrafo Milán de tinta negra sobre el objetivo de una de mis cámaras de fotos es uno de los privilegios de la libertad ostentada por la soberanía personal de poder hacerlo donde a uno más o menos le plazca y pueda. Desde el mostrador del Bar de La Plaza contemplo la salida de rebosantes platos de pescado frito con patatas y pimientos y rodajas de tomate y sobresalientes montones de lechuga que van a parar a mesas rodeadas de seres humanos imantados por el influjo de la creencia en el Misterio, representando el colmo de la suntuosidad para los que optan por comer a buen precio en día festivo, para los que saben cómo saciar su apetito en hora y media o en diez minutos, en una de las mesas de La Plaza, en el corazón mismo de La Ciudad.
sábado, 10 de marzo de 2018
Diario de Marzo LXXI
Tiene la tarde un tono gris procedente de un aglutinado e indefinido manto de nubes, y una templanza cargada de humedad que baña a La Ciudad acicalándola con agua, preparándola para la abundancia de ramos y para las lágrimas de cera. La rebeldía de algunos jóvenes, y no tanto, consiste en ir fumando porros por la calle. Recuerdo recién llegado hace más de veinte años a La Ciudad ser habitual oler el perfume del hachís por las calles del Centro, y que fuese frecuente la pipa de la paz entre las pandillas de estudiantes que después del estricto dictamen de sus familias sabían darle respiro a la época que estaban protagonizando; desde entonces no he dejado de pensar que hubo quienes supieron en aquella época tan convulsa e histriónica y falsamente revolucionaria guardar la medida y no dejar de ser hijos del presente que les inundaba y del futuro que proyectaban; siempre tiene que haber alguien que salve una época. Somos un país de alcohólicos, dice un académico; nos gusta mucho el mollate, la priva, el brindis y el trago. Hace años era frecuente que el personal de los oficios desayunara café y copa, y que hubiera lugar para un tiento a media mañana en una escapada dirección a la ferretería; por las tardes, después de comer, se repetía en las cafeterías la secuencia con la excusa del segundo tiempo; por entonces funcionaban muy bien los bares en Azufaifa, cuando los aceituneros celebraban el final de su jornada tomando cervezas la primera de las cuales les suponía la más fiel y merecida recompensa con la que comenzar el breve descanso del guerrero. Puede que por eso a mi me guste tanto celebrar el final de la jornada bebiéndo una cerveza, a ser posible en un bar en el que no me conozca nadie, tomando nota de algún detalle que me haya parecido oportuno apuntar; pero qué es oportuno, todo es susceptible de ser apuntado, todo vale, todo cuenta, todo se relaciona en la indiferencia y en la importancia, en lo sobresaliente y en lo exiguo.
viernes, 9 de marzo de 2018
Diario de Marzo LXX
Uno de los momentos en los que más ausente/desapegado me siento de la sociedad es cuando la indiferencia es la protagonista al cruzarme con alguien a quien al menos se le supone un saludo. Forma el desdén de estos canallas de medio pelo humanístico parte del aprendizaje para nadar en el lago de la empobrecedora sustancia de la cifra en la que nos acabamos convirtiendo; personas que acuden al restaurante y para las que el oficio es un intercambio comercial cuando para el profesional es una contribución vocacional con tal de que la Tierra siga rotando sobre su propio eje. El sentimiento de vergüenza no es tan habitual, muchas personas no lo tienen, poniendo a cambio en práctica una solvencia propia de la suficiencia, de la superioridad, de la egolatría y la arrogancia y la carcoma que en resumen los esconde en su jaula de oro. Cada uno tiene varios heterónimos, voces que hablan por él, perfumes que lo transportan a una parte y no a otra de su memoria; cada uno en su enredo y en su querer quedar bien anda por la vida de esto o de aquello, buscándose las habichuelas; cada uno tiene un otro al que contarle las verdades del barquero, y ahí es donde se duerme o no se duerme a gusto.
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