sábado, 30 de enero de 2016

las raíces de la tierra


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Por qué Magritte por qué Picasso
Sartre Bonaparte Bellido Buñuel
por qué brumas de dogmas con codazos
por qué la infinita distancia entre
 el suelo de ahora y el cielo de la infancia
por qué no se puso ayer a llover esta mañana
por qué no sabemos lo que nos pasa
por qué nos adobamos en preponderancia
y en cultivado caldo de cultivo de ignorancia
y esa manera tan cerril de pensar
 que todo lo obvio es evidente
y este maldecir de supervivientes
sin acordarnos siquiera de las plantas
y esos anzuelos callados perplejos
indiferentes tibias llamas de hielo
y esto y aquello y lo otro ya está
abracadabra azul cobalto tocino de cielo
quisiera despegar los pies del suelo.

Por qué Montaigne la soledad
por qué Cortazar bouquins al rescate
por qué Borges otra galaxia biblioteca
la luna la tierra los panes sin peces
los mares de plástico las páginas sin letras
Quevedo alfombras cargadas de cipreses
la maldición de los poetas en ristre
las boca de metro sin coartada
los desechos de inocencia acostumbrada
y lo que sigue y nunca se termina
porque en sí mismo se agota se acaba
entre gritos perplejos y vistas cansadas
con la dudosa esperanza de resucitar
con la dignidad que nunca podrán
tener en su museo los vencedores.

Por qué la bomba atómica los misiles
y un barroquismo de alegría con desconfianza
y el colmo de los colmos del retruécano
y la soberbia y la nostalgia farmaucética
y el brío de caballos asustados por pereza
por qué abrir ventanas cerrando puertas
y asomarse a las esquinas dándonos la espalda
y cubrir con gabardinas códigos de barras
y sólo saber que sabemos mucho
por qué jeroglíficos con señales de alarma
dudas metódicas naturaleza venganzas
que nos quitarán de en medio de un plumazo.

Por qué este ininterrumpido ruido de mazorcas
y estas junglas taladas santos inocentes
y esta desaconsejada clemencia catatónica
eclipse de mal humor y mentiras miopes
al abordaje se afronta el mito de la paz
Por qué

porque hemos movido las raíces de la tierra.



viernes, 29 de enero de 2016

Viernes



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Viernes que te llamas como el Viernes de Defoe, Viernes a lo Crusoe, viernes Robinson urbano, Venus tendida, vespertino reposo deseado; viernes Boticelli, augurio de las horas libres, prólogo de la tregua de no sé cuántas horas gastadas; lecturas pendientes de retomar el hilo que le dé sentido a aquello que quedó entre dos páginas; incertidumbre de la disyuntiva del derroche, todo por delante, todo lo que cabe en las cuarenta y ocho horas siguientes cabe ya en la anticipada imaginación de un viernes. El viernes trae a las espaldas las andanzas de las jornadas que precedieron a la del lunes, cuando una voz salió de debajo de la cama para decirnos Lázaro levántate y anda, y se encarga ahora de atenuar las arritmias del paso de los días en sobresaltos de siestas mal echadas, de los despertadores cuando amanecía muy temprano y la ciudad aún permanecía callada, sola en su desierto de humedad y farolas encendidas, de declaraciones del rocío, de fachadas que bostezan, y ese olor a café con el que resucitan las paredes del hogar y empiezan a desperezarse las alfombras; es con el aroma del café como empieza una casa a sentirse ventilada, lo de después son tareas domésticas, responsabilidades del intensivo cuidado de la domus, pero el perfume, la esencia de mañana y de vida y de choza urbana, de legañas desterradas, se lo da el café. Trae el viernes debajo de su brazo el cuento del fin de semana, la jornada que termina a las tres de la tarde y llena los bares, o los llenaba, de gente ansiosa de decir hasta aquí hemos llegado, ya está bien, a esta convido yo, no te vayas. No te bañarás dos veces en el mismo viernes. No hay viernes que no se acuerde de la noche del jueves, que viene a ser un trozo de viernes impaciente, una manera de acelerarle el pulso al desarrollo de los acontecimientos, y eso es tan dramático como que te cuenten la película antes de entrar en el cine. Los días nos leen las ideas y todavía no se explican nuestra concienzuda manera de querer llegar antes, a dónde hay que llegar, a dónde hemos llegado, sin motivo que sustente las razones que nos empujan al estrépito; hay, por contra, que saborearlos, masticarlos, como el agua en la boca de la manera que recomiendan los doctores, que bastante tenemos ya con eso de que el tiempo es inexorable, tal vez, y por otro lado, y dicho sea de paso, la única verdad universal de la que podamos tener constancia, el resto son migajas más o menos inconscientes de sus propias limitaciones. Escucho las noticias y me digo aquello de al mal viernes buena cara, o me invento otro viernes con propensión a Radio clásica. Uno se inventa un viernes como se inventa una excusa para salir de un conflicto, de un laberinto de horarios, de esa cosa de la que parece que ya no hay quien nos saque ni nos salve. Este viernes de enero soñoliento y deformado por la plaga de las guerras tiene que acorazarse y forjarse como un rebelde para no caer en la tentación de enfadarse con el mundo. Tiro de Bloom y de Juan Ramón y me hago el sordo, miro para otro lado fijándome en las letras, en la ilejible caligrafía con cuerpo de J amontonada en amaneceres moguereños, me convierto en un Beethoven viernestando conciertos para piano. Viernes de bufanda, de carpetazo de estudiante, de atascos camino del retiro con dirección al aire libre; viernes trasnochado de neón y de saliva, de licores inyectados por la vena. Siempre hay un viernes para un descosido, siempre hay una fuga para unas cuantas cervezas que este viernes prometen ser poéticas.

jueves, 28 de enero de 2016

El circo a cuestas



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Hoy me he levantado en forma, hoy me he introducido en el túnel de la chamarilería del Jueves de la calle feria, por los confines de los vendedores ambulantes a los que se les queda el cigarrillo pegado en uno de los lados de la boca, expendedores de joyas literarias a las que ellos no le dan la menor importancia, dos por un euro, tres por un euro. Hoy he vuelto a pasar por la biblioteca de esa misma calle, la biblioteca pública y cínica que cierra su sala de ordenadores aludiendo a la avería de los mismos, siempre en jueves por la mañana, siempre la misma canción, casualidades premeditadas, cosas, intentos de que reine el silencio a costa de no dar más explicaciones que las de un papel impreso, por otro lado falsas, como sus expectativas, como las expectativas del ministerio de cultura; una manera muy impresionista porque impresiona, una manera de decirle al niño eso no se hace eso no se dice eso no se toca, o, por otro lado, una forma de no volver a sentir la fatiga y la condena de los usuarios, que ya se sabe de la impertinencia que gastamos los sedientos ratones de biblioteca; oiga usted, bastante tenemos ya con lo que tenemos, fíjese, si yo le contara, el otro día pasó esto y lo otro, mire señora, vamosaver, vamosanda. Pero a lo que voy, que hoy me he levantado en forma; esta forma de ser partícipe del sueño incoloro de la realidad dándole sustancia de página, de tinta, de horizonte blanco del que se van desprendiendo las figuras esbozadas en contorsionados esqueletos negros, faquires del diccionario, equilibristas de la metáfora. Lo que más me preocupa de la ramplonería es la impunidad a la que creen tener derecho los que lo cubren todo con un velo moralista del que suelen sacar la ventaja necesaria para salirse con la suya, que viene a traducirse en que los dejen en paz para hacer lo menos posible, para que nadie les induzca a una necesaria mejora, esa irremisible puerta tras la que se encuentra la avanzadilla de la vejez, de la falta de entusiasmo. Hay que, eso, ajo y agua. Lo que más detesto de lo público es que deje de ser público por decisiones privadas. Incongruencias, accidentes, casos, gripes mal curadas, refugios ciegos por dentro que todo el mundo ve desde afuera, y de tanto repetirlo acaban formando parte del paisaje de la lírica inversa debido al cáncer de la indolencia; versos indefensos y dolientes, amenazas de una bomba atómica contra las luces de posición de la esperanza; carreteras bifurcadas en multiplicados senderos a uno y otro lado, tú eliges, o te gusta o no te gusta. Lo más difícil, como dice mi amigo y maestro Javier Velázquez, es asumir la realidad; una vez superado el trámite, y pagados los debidos impuestos, siente uno ese airecillo limpio que toda libertad se merece. Camino llevando debajo del brazo una traducción de El Rojo y el negro, Stendhal, Julien Sorel, otros dos tipos que uno ha conocido en la literatura y que han acabado haciéndose de la familia, como Camus y José María Izquierdo, con los que frecuentemente me cruzo al ir a tender la ropa. Con esto de los libros no sólo consigue uno viajar sin moverse del sofá, sino que se entiende con gente de otro tiempo, y eso es magnífico para el aburrimiento y para el riesgo de atolondramiento del que no anda uno a salvo en esta ola de frío que amenaza con arrasar el planeta entero desde que a los grandes capitanes les dio por mover las raíces de la tierra. Cómo me gusta acordarme de Chesterton; conozco a un cura, literato, con el que hubiera hecho buenas migas. Ahora se ha echado la tarde encima, ahora hay que seguir caminando con el circo de la imaginación a cuestas y hacer todo lo posible por no equivocarse uno de camino, y eso me encanta.


miércoles, 27 de enero de 2016

Fotografías


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Ve uno unas cuantas fotos y siente ya la capacidad, el impulso, de trasladarse a otro lugar, a ese lugar que está viendo y en el que se reconoce paseando aunque nunca haya estado allí. La fotografía tiene esa capacidad de expresión que connaturaliza al hombre con su entorno mediante el inmediato reflejo imaginativo que lo lleva de la mano a recrearse en otra época, en otra ciudad, en otro país con otros árboles y otros bosques y otros ríos y otras calles. El rostro de una persona reflejado en una fotografía tiene algo de inerte y de pétreo, de inmóvil y de figura decorativa, pero hay algo en el ser humano de lo que se desprende la sensación vital de la existencia, un rasgo característico que sirve de llave para orientarnos en el estado en el que se encuentra quien es retratado o sencillamente pillado por sorpresa en el momento justo en el que se hizo esa fotografía: los ojos, la mirada, las pupilas.  El ojo que mira a través del objetivo es inconsciente de que es un captador de ideas, no sabe de la trascendencia que pueda tener la instantánea que se dispone a hacer; a veces un mínimo gesto, una escueta postura, una leve variante pueden condicionar la impresión, la expresión, el mensaje, ese heterodoxo manantial que viene a ser la innumerable variedad de lecturas en función del ser que contemple el resultado, de los otros ojos que se atreven a mirar, a desentrañar y traducir, a imaginar, y que solo disponen de una imagen para sacar sus conclusiones, las emanadas de la representación de los otros ojos, los que no son ni de quien hace la foto ni de quien la contempla, sino los ojos de quienes han sido fotografiados. Las miradas de una fotografía hablan desde la cercanía de la distancia, se dirigen a nosotros dándonos detalles de la misma manera que el lector completa la lectura de una novela, nos dicen cosas que hay que saber descifrar en el código interno de la observación, en lo que aparentemente se presenta accesorio pero acaba cumpliendo la función de la pincelada del impresionismo: una pose, unos labios y una barba, unas gafas y una melena, una silla y un balón de baloncesto y unos hombros de esculpido helénico, una bicicleta con una cesta en la parte de atrás apta para transportar en ella libros, frutas y verduras; Un árbol y un río y un bosque frondoso; la fachada de un edificio con aspecto de universidad y un aire de civilización avanzada en el entorno; una aceitera y un cacillo en el que reposan los restos de una infusión, gestos de cotidianos, gotas de agua de la calle y el hogar, vida dentro de una imagen como vida hay todavía en los ojos de La joven de la perla de Vermeer de Delf. Se pone uno delante de una litografía, o un daguerrotipo, no sé muy bien, de Juan Antonio Cavestany, y aún parece que fuese el poeta a recitarnos un poema, o que está pensando en lo que nos quiere decir. Las cosas también nos hablan; hay algo en cada cosa fotografiada que nos lleva a pensar en la persona a quien puede pertenecer, como quien en mitad de un paseo descubre algo en un escaparate que de manera inmediata lo conecta con un ser conocido a quien le haría mucha ilusión tenerlo. Escribo hoy sobre esto porque me han regalado unas cuantas fotografías en las que además he podido descubrir la estupenda atracción que tienen las instantáneas cuando son sacadas de la cámara de un aficionado, de un familiar, y del persuasivo poder a iniciar un viaje que éstas emiten.

martes, 26 de enero de 2016

Biblioteca



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Entre las serenidades de las que más disfruto se encuentra la de la biblioteca, ese sitio colmado de la paz que uno necesita, de la salida de órbita del rumbo fijo de las obligaciones, el rincón predilecto para que pasen las horas sin mirar al reloj nada más que cuando sospecho que debe ser hora de marchar, de salir a la calle con esa sensación de plenitud que tanto ayuda a contemplar la ciudad como mirada por otros ojos, por los ojos de las cosas que en ella se encuentran. La calma, la dicha estudiantil, la didáctica materia del género bibliotecario, el placer que uno a sí mismo se regala y del que disfruta ausentándose del mundo, del mundanal ruido de las bocinas y las alarmas mal programadas, del estrépito ambulante de una ambulancia agonizante, de la quinta marcha y la sexta velocidad de las máquinas modernas, como instalado en una caverna o en un submarino, en una cueva inteligente y prodigiosamente sensata, en la miscelánea de las estanterías, en ese planeta global e incompleto hasta que llega la mirada del lector a rescatar la verdad de los libros; todo está en los libros, todo está en esta cabaña en mitad del bosque que no vemos tapado por la frondosidad de la idiota perversión y del inmaculado tapete del mérito al trabajo. La biblioteca es un manantial de señas de identidad acumuladas, almacenadas y adocenadas, ordenadas, en los anaqueles indestructibles para la imaginación de quienes gozan del privilegio de saberse seguros de sus facultades curativas para el alma, para entender el desastre y la belleza, los cambiantes códigos de una generación agresivamente incauta que no sabe lo que tiene. Los sigilosos pasos que un estudiante da por un pasillo como concentrándose en no hacer ruido es ya el gesto que uno le pide a la humanidad para que sea posible la convivencia, ahí empieza todo, así se empieza, pero cuándo vamos a empezar. La levedad del casi imperceptible sonido de las páginas al pasar, las carpetas en las que el mundo se divide en asignaturas, los ordenadores que le dan a esto un aire de redacción de periódico, esas sombras que duermen iluminadas en las profundidades del depósito en el que se encuentra la tentación de las primeras ediciones, donde descansan Ovidio y Plutarco, James Joyce y Platón, Aristóteles, ética y política, método y estética, diálogos, biografías, ensayos, traducciones, poesía y ciencia, ideología de las letras y el estudio, museo viviente del arte escrito y figurado en las reflexiones de quienes estudiaron antes que nosotros la manera de no volverse locos con tanta mediocridad de por medio; amor por el signo y el borrón; la biblioteca no cesa de emanar aire limpio, de aumentar las posibilidades para encontrar las contraseñas que nos dirijan hacia la libertad, hacia el fondo de la cuestión de nosotros mismos. Conócete a ti mismo, ojalá llegues a ser lo que eres, todo eso se puede intentar y paulatinamente, a medida que el discurso interno del entendimiento va dándose la mano con la disgregación de los conceptos atrapados por la musa de la comprensión, todo eso puede ser alcanzado, puesto de relieve, fundido en la fragua de Vulcano del aprendizaje dejándose enseñar, todo puede ser pulido con el cincel que sobresale en autenticidad dialéctica, en cuidados defensores del cultivo del jardín de la infancia con el que la planta de la madurez no se tuerza, de la pulcritud con la que se meten en su mundo los niños enseñándonos como es el universo de los descubrimientos. La biblioteca sobresale entre los edificios porque de ella emanan las señales de humo que provocan el rechazo de la inconsciencia, y gracias a ello todavía puede uno disfrutar de la biblioteca, de este limbo encontrado y perdido en el horizonte de este ser de cercanías.

lunes, 25 de enero de 2016

Habas contadas


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Lo fundamental es la norma, dice un señor al que le están arreglando el pelo mientras yo espero con mi Beatus Ille entre las manos, con mi dosis de Mágina y de Jacinto Solana, entre Manuel y Mariela y Orlando el pintor y su querido Santiago, con Minaya y Medina y Utrera, con Doña Elvira, con mi manera, con mi fondo y con mi forma de que me conozcan pero no sepan quien soy, mientras finjo que leo y me dedico a escuchar, a aprender del comentario. El oído, siempre el oído, alerta, puesto, sucesivamente puesto, ese fisgón de detrás de la puerta de la conciencia, ese francotirador del comentario que viene al hilo, el verso cazado al aire, el fotógrafo de las palabras que se niega a llevarse el viento; pero como finjo que leo no puedo dejar de leer para decir algo, para meterme en la conversación, para darle la razón a ese señor jubilado que todas las mañanas asiste como oyente a una clase en la Universidad, ese mismo que aboga por la cultura, por meterle en la sesera al ciudadano, al Homo Sapiens que anda y viste y calza y pierde su tiempo preocupándose por si es Messi o es Ronaldo o es la tontería del pan y el circo quien se merece el balón del oro sacado por manos infantiles de minas africanas, de monstruosos y mortuorios y espeluznantes campos de la moderna concentración en mirar para otro lado, de esa batalla contra el olvido que se quita el hambre con las bofetadas cocidas a fuego lento en los despachos, que la libertad no está donde nos induce a buscarla la engañifa comercial de un virus cargado de códigos de barras y de pantallas digitales sino en el conocimiento. Decía Fernando Pessoa que no hay reglas, que todos los hombres son la excepción de una norma que no existe. Pessoa lo tenía claro, lo veía venir, no se andaba por las ramas, descreía de las buenas intenciones confabuladas con la creación del destructivo sistema de la ambición decantada hacia el lado chungo de las cosas con aspecto de caramelo, de atontamiento global mediante absurdos entretenimientos con los que convencernos de que esa es la mejor manera de matar las tardes, matándonos a nosotros mismos mediante ese colectivo suicidio intelectual que consiste en desvincularnos de nuestro propio ser para ponerlo en manos de auténticos perros de presa, de caza y todo eso que le sigue así todo junto; luego vino la pausa del capitalismo liberal, y ahora uno se acuerda de Pessoa. Dice, después, el hombre, continúa, el señor, el jubilado al que le están cortando el pelo, que los políticos se entretienen en discutir sobre la tramas de temas superados, sobre cuestiones que ya casi que no vienen al caso pero de las que se sirven para llenar las urnas de papeletas ignorantes, de tirabuzones de desidia inculta y mal civilizada, de disparates engañados y engañosos en el fuero interno del confort televisivo. Y mientras tanto yo a lo mío, a " la isla de Cuba" y a los guardas de asalto, a la plaza del General Orduña, pero sigo ahí, en la academia de la peluquería, hasta que Basilio, el peluquero con nombre de peluquero de novela, o de película, da en la yema, en el corazón del asunto, en la clave, en la diana, en el centro del punto de mira de Artur Miller, limitándose a decir: Don Antonio, habas contadas, habas contadas. 

domingo, 24 de enero de 2016

Domingo


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El domingo, este domingo más endomingado que de costumbre, este domingo que es una aguja en el pajar de mi horario, sabe a mesa camilla de Umbral, a boina de Baroja y a enaguas de Josep Pla, a papel empapado por el aceite de los churros que se hacen en el quiosco de la esquina, a una televisada misa que me sorprende cuando salgo de la ducha, a zapatillas de paño que se niegan a despojarse de los pies, a chupa de cuero que viste el respaldo de una silla, a planes de silencio y desahogo, al natural abandono filosófico de los perros andaluces contagiados por la literatosis y las musas del humo del tabaco, a sorteo de lotería nacional, ah no, eso es los sábados. El domingo es una piedra angular a partir de la cual se reconcilian todas las desesperaciones juntas, todo el alboroto mental que uno ha ido acumulando a lo largo de la semana, es la fruta de la silenciosa reconciliación con el mundo que madura en veinticuatro horas, es el día que como ningún otro se delata a sí mimo por su luz, por su paz interior de perro labrador. No escribe uno sobre el domingo, es el domingo el que viene a escribirle a uno en cada página que lee, en cada nota que toma, en cada vez que se le pierde el lápiz entre las manos; es el domingo, este domingo, el que le descubre a uno las costumbres que no se deben olvidar, el que me lleva por la senda de la dulce monotonía de Machado que no me canso de escribir; el domingo se resume en las paellas de los domingos y en las lecturas en pijama, en las crónicas deportivas, en la película de la tarde, en nuestro retiro del tráfico y del atasco, en nuestro exilio de las cámaras de gas de las atiborradas avenidas por la lenta y letal arma del  monóxido de carbono. Gracias  a domingos como este uno se acuerda de que existen Ludovico Einaudi y Chopin, de que los árboles también respiran, de que es imposible que el mundo fuera hecho en siete días y de que hay más vida dentro de los rectangulares centímetros cuadrados de un libro que en todo lo alto y ancho del Building Empire. Este domingo, que no es un domingo cualquiera, me retorna al clasicismo de las músicas del hogar, al sonido de locomotora que emite la cafetera y a la manera en la que la plancha le sirve el café a las camisas, a los trompazos de la lavadora al centrifugar, a la música de la música de los vecinos, al ruido de quienes abren la puerta de la calle, al silencio del patio que también sabe que es domingo, que es ese domingo en el que se agudizan los sentidos, en el que la mejor inspiración reside en el buen descanso. Uno no quisiera irse nunca de un día como este y hacer todo lo posible por elevar al cuadrado el tiempo disponible con textura de domingo, con sabor a clorofila ensayística, con aroma al aroma que le faltan a algunos cuadros para ser obras maestras, con la sencilla honradez del menú del día despachado en día festivo, con la pausa en la que hay tiempo para todo, para serlo todo, para ser domingo.