lunes, 28 de octubre de 2013

Impremeditaciones





Paseo por Úbeda en esta mañana de finales de Septiembre en la que aún se conservan los colores del verano. Detecto la premonición de lo que en breve se convertirá en un caluroso mediodía. Los rayos de luz que atraviesan el trayecto por carretera, plagado de olivos, hasta llegar aquí, delatan las intenciones del veranillo de San Martín. Transcurro por las calles de esta ciudad como quien trata de encontrar un tesoro en cada esquina, fijándome en los detalles de los edificios legado del Renacimiento; aquí, en la cuna y en lo mejor conservado de aquella época que nos queda en España, para goce y disfrute de nuestros ojos y de nuestra imaginación, para que nos podamos hacer una idea de cómo se vivía en aquel tiempo en el que el hombre era el centro de todo. Quién lo diría, si levantaran la cabeza. 
El hospital de Santiago, lugar en el que ahora se encuentra la biblioteca municipal, da la bienvenida con el frescor de las iglesias y resguarda a quienes lo eligen como lugar para hacer pasar de largo durante unas horas la insidiosa amenaza de la rutina moderna. Se palpa algo de lo que aquí hubo, como si el edificio se hubiera encargado de retener la buena costumbre del sigilo y el silencio remotos. Con un poco de la fantasía que se suele derrochar en los paseos que no sabemos a dónde nos conducen se puede aquí oler a cloroformo de la misma manera que si estuviéramos sacando ese aroma de una película basada en otro tiempo; se imagina uno a las monjas atravesando estos patios, yendo de galería en galería para visitar a los enfermos o para rezar en la capilla; este mundo de piedra ha dejado guardado en cada uno de sus poros la esencia de una manera de hacer las cosas.
Me cruzo con gentes que no conozco, con personas a las que tal vez no vuelva a ver nunca más, y en cada una de ellas vuelvo a caer en el vicio de intentar suponer pormenores de vidas basadas en los poco fiables datos de mi imaginación: en sus ojos y en sus gestos, en sus maneras de andar, en todo aquello que le va aportando a mis especulaciones de transeúnte ensimismado el alimento necesario para tirar del hilo del monólogo interior. Cuando uno tiene tiempo para hacer esto parece como si la vida se detuviese a generosamente concederle una quietud tras la que hubiera un puzzle que minuciosamente resolver a base de fabulaciones, a pesar de las prisas que puedan aparecer de fondo, como en un segundo plano, allá donde también llega la mirada. 
Paseo por estas calles y aún no sé que dentro de unos días no estaré en Londres sino en Asturias, en Caleao. Nada es tan impremeditado como la vida misma, como cada uno de los segundos que conforman el tránsito entre cada una de nuestras decisiones. Visito a Tito, el ceramista, y todavía no me puedo imaginar que las siguientes líneas que escriba en este blog salgan de las pulsaciones sobre un teclado de una de esos centros culturales que no visita casi nadie, encontrados en los diminutos pueblos del norte de España; lugares que atesoran tanta conventualidad como el hospital de Santiago de Úbeda. 

4 comentarios:

  1. El sosiego, la tranquilidad, la paz que proporciona el silencio de una biblioteca permiten reflexiones sensatas y vívidas como la tuya.
    Salu2 bables, Clochard.

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    1. Así es, Dyhego, y esa paz no se paga con dinero.

      Salud.

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  2. Un hospital y una biblioteca pueden tener mucho en común si nos referimos a la sanación del cuerpo o de la mente e incluso del alma así que;en Úbeda saben lo que se hacen.
    Asturias es una bonita tierra para abrazar la tranquilidad y la energía positiva de la naturaleza.Buen destino....Un abrazo norteño!!

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    1. Muchas gracias, Amoristad. Haré lo posible por que así sea.

      Mil abrazos.

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