viernes, 13 de octubre de 2017

Cumplir años

 

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Cumplir años es una dedicación
ordinaria a la que nos sometemos
queriéndolo y sin querer,
viéndonos pasar y suceder,
viéndonos en el reflejo de los gestos
que se han hecho tan nuestros
como nada de lo que nos pertenece.

Amen de la inexorable cualidad
del paso del tiempo todo fluye
sin detenernos en la contundencia
de lo minúsculo llamándolo superfluo;
es decir que le restamos trascendencia
pero no dejamos de tenerlo en cuenta
arrinconando ese material en un desván
al que acudir cuando la recapitulación
quiera pasarnos a limpio su diario.
Lo más duro es enfrentarse al final
de la primavera que uno creía eterna,
como si tener veinticinco fuese
tan fácil por el mero hecho
de que se le hubiese ocurrido
a Oscar Wilde, a Peter Pan,
a Robin Hood, a Dorian Gray.

Hacerse el sueco a sabiendas de que
lo más probable es que salgan al paso
las secuelas de la memoria que
nunca se desprende del olvido
es hacer de tripas corazón,
ingeniárselas para reconciliarse
con uno mismo y con el mundo,
porque al fin y al cabo
aquí estamos vivos y coleando,
sorteando las curvas y los relojes,
los apuntes de la pubertad,
los juegos de la infancia,
las maletas de los traslados,
los diccionarios del pecado,
las fronteras de las revoluciones,
el idealismo de la caverna,
el paisaje de la escuela,
los porros de la Universidad,
las madrugadas rompeolas,
las fragancias que nos impulsan
al precipicio no sin
pensárnoslo dos veces,
el recuerdo que miente
más que un epitafio.

Cumplir años es lo que viene a ser
el ritmo cotidiano y sonámbulo
de una rutina más bien peligrosa
a no ser que se disponga de
un chaleco salvavidas
y de otro antibalas,
y de una de esas barras por las que
descienden los bomberos
tras haberse jugado el pellejo.
Hay quien tiene vocación de joven
y hay quien prefiere llegar a viejo
antes de lo prescrito
por los prospectos de la costumbre;
hay quien se asoma al balcón
para contemplar el paisaje urbano
y hay quien no sale de casa;
hay quien desmiente lo que fue
mientras otros se inventan su pasado
y su presente y su futuro;
cumplir años no tiene la menor importancia
si en cada día cabe una vida entera.



martes, 10 de octubre de 2017

Cuánto


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Cuánto diluvio y espanto,
cuánta inercia de mal vivir,
de escribir y no escribir
o sentir que no es uno el que escribe;
cuánta certeza contenida,
cuánta inclemencia sostenida 
en los páramos del esperpento
detenido por falta de voz,
por no saber decir que no,
por no vaya a ser que.
Cuánto instrumento enmudecido,
decencia mal ejercida,
creatividad por los suelos,
algarabía de medio pelo,
dimes y diretes mal enunciados,
insurrecciones que dicen adiós
te pongas como te pongas,
justo ahora,
sin pelos en la lengua;
y qué hacer después.
Cuánto de todo junto,
abundancia que nos sale
por las orejas, y por 
los ojos estando ciegos,
por las piernas estando
lisiados perdidos del corazón.
Cuánto que decir y ya ves,
si no hay cómo llegar a 
las avenidas del desierto
en el que encontrar un oasis
y una frase de gratitud,
una llama que encienda el silencio,
un ascua que recobre el fuego,
un maniquí que se ponga en marcha.
Cuánto que celebrar
a causa de la derrota,
sin la cual no hubiésemos sabido
a lo que saben las a penas 
sostenidas palabras
del hilo telefónico.


lunes, 9 de octubre de 2017

Un crucigrama


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 La vida es un sendero
un valle de vivencias encadenadas
una montaña rusa de sensaciones
una patria un libro un encuentro
un beso con los brazos abiertos
un antes y un después
una manera de ser y no ser
he ahí la cuestión.
La vida se resuelve en crucigramas
palabras que conectan detenidas
la fragancia de dos cuerpos
haciendo posible lo supremo
lo  deseado la conquista
la almohada que no duerme sola
acariciando los sueños con desvelos.
La vida  es un orden y un desorden
una armonía y un arrebato
una tendencia un oficio un poema
grabado en los confines del alma
un ensayo y un error un medio
en si misma para vivir
despejando dudas
adquiriendo certezas
excavando las minas de la riqueza
explorando algodones y clavos ardiendo
resumiendo en un suspiro la eternidad.
La vida nos devuelve ella sola
lo que le damos y le negamos
como por el arte de la inercia
de un sentido para el que todavía
no hemos encontrado solución.

viernes, 6 de octubre de 2017

Escuchar tu voz


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Siento devoción por los Nocturnos de Chopin desde que leí el diario de Wladyslaw Szpilam, el pianista del Gueto de Varsovia. Son pocas las mañanas en las que, junto a la taza de café humeante y el primer cigarrillo del día, no aparece Chopin para alegrarme esos estiramientos del despertar que consisten en ir poniéndole a uno a tono con el presente recién pintado. Hay qué ver cómo se nos escapa el tiempo. El tiempo en la música lo es todo, y el silencio la culminación de su esfera. Sale uno al paso de la escritura como medio para resarcirse, para encontrarse mejor, para sentirse vivo en esta época de intempestivas algarabías vocingueras. Como más o menos todos, o digamos que una inmensa mayoría, hago de mi capa un sayo, me adormezco sin quererlo, me narcotizo con fantasías. La música clásica es una de las fantasías más productivas para el desarrollo del intelecto que hayan existido nunca; y ahí voy, sin acordarme si quiera de lo que acabo de escuchar, sin pararme a pensar en el momento de la creación de esa melodía que me hace mejor de lo que fuese si no fuera por Chopin, nadando entre libros que se adocenan y no se leen, y se miran y se tocan y se dejan hojear, acariciar, en este acantilado de ensoñaciones diarias desde que tenía catorce. La fragancia de las teclas de un piano es comparable a la mejor de las valerianas con las que sucumbir al esfuerzo diario yéndose uno a dormir tranquilo, en paz con los vivos y con los difuntos, con las autopistas del desenfreno y con la calma del hogar, con todo lo que tenga que ver con seguir teniendo ganas de escribir gracias a una voz. La voz, la música, el presente; parémosnos a pensar. Una de las cosas que se aprenden de la lectura de la buena literatura es a responsabilizarse uno de lo que dice; otra cosa es lo que escribe. Qué lindo escuchar tu voz.

jueves, 5 de octubre de 2017

El veranillo del membrillo


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Podríamos decir, con el calendario en la mano, que el verano ha terminado, pero se extiende a lo largo de unos cuantos días más en los calores de San Miguel, en las calles soleadas de La Ciudad. Parece como si en esta época anduviésemos a la espera del ansiado frescor del otoño, una vez que han pasado cuatro tórridos meses de desesperación mercuriana, de oleadas de lágrimas de San Lorenzo, de pieles resecas y cuerpos anhelantes de la humedad por fuera y por dentro. Esta etapa del año, con aroma a comienzos de curso, es el comienzo también de una nueva organización de los hábitos que se nos irán pegando al cuerpo con esa indolente tendencia a la que se acoplan los gestos al menguar de las tardes; pero de momento seguimos en el camino del melón y la sandía, del melocotón y la sangría, de la cerveza y las camisas de manga corta, en esa celebración del júbilo de la claridad que nos da la vida, que nos la muestra en la textura del resplandor tardío del verano. En La Ciudad todos los cambios de estación tienen algo de primavera, algo de renacer y despertar, algo de místico porque somos conscientes de la fuerza que las tonalidades de las fachadas desprenderán como adaptándose al cuadro al óleo del paso del tiempo. Hoy, ayer, cuando comencé a escribir estas líneas, curiosamente nos hemos encontrado con un día gris en el que hasta han caído unas cuantas gotas; se han visto los primeros paraguas que ya no están. Poco a poco tarda menos en enfriarse el café; ya no hay que dormir con las ventanas abiertas de par en par toda la noche, ni con el ventilador del techo dándole un aspecto de helicóptero al apartamento. Ahora todo tiene un halo de fuga, de traspaso, de frontera, de linde con el líquido venidero, y en su templanza se acurruca el ánimo desentrañando las claves de la poesía urbana, de la vida de las esquinas, de la inclinación de las ramas de los árboles, de la algodonosa presencia de las nubes que se atreven y no se atreven. El veranillo de San Miguel, amarillo y frugal como el de la canción, nos predispone al viaje sobre un cascarón de nuez por el mar de la distancia, por los horizontes de la utopía de Eduardo Galeano que nos sirven para ir hacia delante.

martes, 3 de octubre de 2017

No tenemos arreglo


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Con el país que tenemos, con la variedad de recetas de y de cánticos, de himnos de fraternidad y de odas a la alegría, de invenciones y originalidades, de gramática parda y de sentido de la subsistencia; con la cantidad de dialectos y de costumbres, de sombras y de ensayos, de lugares comunes y de edificios, de escritores y de intelectuales de toda índole, perdón por el uso esquemático; con la de profesores y de currantes y de obreros y de hormigas sabias conocedoras de la parte noble de su naturaleza, de religiosos y de ateos, de agnósticos y de clérigos progresistas; con la cantidad de cruces de caminos que el tiempo nos ha ido poniendo sobre el plantel de la historia, con la de escarmientos que nos hemos llevado y lo difícil que nos resulta no caer de nuevo en la misma piedra, en el anzuelo, en la manzana contaminada de fundamentalismo; con la de hábitos e inocencias, de disparates y de aciertos, de chistes y de murmuraciones, de signos de fe y de contradicciones, de campeonatos y de asaltos a mano armada; con la de insultos al prójimo que nos han salido caros y la de insurrecciones fallidas por falta de coraje. Con la de reyes y princesas y políticos de tres al cuarto, con la carcoma de un pasado que se doctora en presente dividiendo en partes desiguales un territorio formado por el anhelo de la libertad. Con lo que da de sí y de no la convivencia en la que parece como si se nos olvidase el todo por el todo que cada cual lleva en sus genes desde que la cosa empezó con los aires de la competencia; con el arbitrio mal conquistado por las conciencias, con la supervivencia por bandera que tan poco nos cuesta colgarnos de la solapa, porque somos así, porque está en nuestro código de barras y en nuestro adeene. Con lo que significa la palabra humano, con el destrozo de racimos de uvas que hemos visto destrozar delante de nuestros ojos, con la de funerales mal celebrados, mal compuestos, mal diseñados por las ansías del relleno, de lo que se utiliza como a escombros con los que tapar el agujero de la locura más contumaz y paranoica. No tenernos arreglo, somos tercermundistas, querámoslo o no, pensemos lo que pensemos si es que pensamos algo. Con la de canciones y proverbios y poesías, y alirones visca el Barça, y viva er Beti manque pierda, y la de chabolas y de rascacielos que le hacen sombra a la necesidad. Con la de listos y de tontos que hemos sido, con la de dios y por la virgen y por todos los santos. Con la de frágiles que somos y la importancia que nos damos, que vete tú a saber de dónde viene. Con la de heridas e insensateces y de cabos sueltos y de reproches y de trabajo que tenemos por delante, pero nada, no hay manera, somos así.

jueves, 28 de septiembre de 2017

Vocerío


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La calma es lo más difícil de mantener; ¿cómo callarse, mordiéndose uno la lengua mientras se lo piensa, ante una conducta réproba y locuaz a la que le salen los gritos por los sobacos? El vocerío me incomoda de tal manera que quiero salir, quiero correr, irme a otra parte, eso sí no sin antes haber dejado constancia de mi testimonio de vergüenza ajena para el que solo vale con un gesto. No aguanto a la gente que chilla, que se expresa con el atronador decibelio de su garganta diciendo pulmonías, gazmoñerías, insultos al intelecto. Ver cómo unos cuantos adultos se divierten sentados a una mesa a base de alaridos propios de almas en pena/ alegría confundida con depravación, beodos hasta la saciedad de esa forma tan ruin en la que consiste la vía de escape del consumo charlatán, es un espectáculo dantesco. Algunos salen de su casa y ancha es Castilla, parecen perros furiosos a los que les hubiesen quitado el bozal. El alarido es la firme prueba de la encrucijada mental, el signo revelador de la insatisfacción, el detonante de que venga otro alarido mayor a suplantarlo o a acompañarlo en el quite de la sinrazón dialéctica de la voz en alto como muestra de lo bajo que hemos caído. El grito en el estadio y en la plaza, en el Congreso y en el semáforo y en el bar, en la calle y en las casas en las que los niños crecen bajo el velo de la cultura del por mis cojones. El grito como medio de comunicación es la sustancia misma del fracaso, el ente reproductor de la contienda como mecanismo de defensa, el germen de la arrogancia y el desplante. El ruido y la furia de la voz en cuello, la perseverancia en querer llevar la razón ladrando, la impertinencia de ese estridente sonido, la contumacia de fealdad expuesta sobre el guión del vocerío perverso y sin domar, ineducado. Si quiere usted gritar váyase al campo y no moleste a los demás, haga el favor; si quiere usted gritar hágalo de felicidad previo convencimiento al resto de que merecerá la pena ser escuchado, y si hace falta le aplaudiremos, pero déjese de insensateces y de entonaciones malolientes a vino mal bebido. Qué no es para tanto, qué no hay que ponerse así, qué no pasa nada. Cómo. Miren ustedes, su ausencia será muy bien recibida a partir de ahora, pero antes, por favor, paguen la factura y aquí paz y después gloria. Y así fue.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Después del verano


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Entra el otoño y con él la hoja caída del árbol, y los anocheceres que oscurecen antes, y la tinta ocre y marrón trufada de amarillo. Se va el verano pero se queda remoloneando en las siestas y extendiendo los coletazos de su calor de tanto en tanto, en un mediodía o una de esas tardes en las que nos sobrará la manga larga. El otoño huele a sala de cine y a lectura hasta las tantas, a brasa en la chimenea de una casa de campo, a amaneceres con el frescor de la colonia del relente de la madrugada. Hay un tono de violín en esta estación y una trompeta con sordina, una voz pausada y un soniquete de dulce melancolía; hay una sonata y un acorde en clave de sol menguante. El otoño nos predispone a la contemplación de las nubes que insinúan lluvia y al guiso de lentejas, a revolver los armarios en busca de un pijama. La luz, siempre la luz, en La Ciudad se va encargando de recordarnos a otros otoños en el hábito de sus gentes y en el reconocimiento de la belleza del cuadro al óleo de los parques, con esa pincelada extendida sobre la que se adivina el rojo fugaz del cometa del azúcar. Con octubre a la vuelta de la esquina se saborea el  café de la escritura y se fuma el cigarrillo de la indispensable poesía de esta estación, ralentizando el giro de la rima hacía los confines del ala de un sombrero. Hay una pipa y un puñado de frutos secos, un membrillo y una castaña asada que desprende el bienestar de la humildad y las huellas de los aromas que nos conectan con la edad de la inocencia. Hay libros que se adaptan mejor al otoño porque de ellos rezuma un tono de serenidad con el que el cuerpo se adapta mejor al respaldo del sillón. El lápiz y el otoño van de la mano, se conquistan el uno al otro como dos amantes en la ebullición del verso y en el paréntesis del borrón meditativo, en la sinergia de la estrofa del desayuno, en la puesta de sol acompañada por la ventisca que acaricia los cabellos, en la frondosidad de los dibujos de las bufandas y en la seda de los pañuelos. Desde el otoño se vislumbra la Navidad y se instala la emoción anticipada de tener por delante tres meses de un clima propicio a la planificación de proyectos de puertas para adentro del alma.

domingo, 24 de septiembre de 2017

La marea


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La política, que se ha convertido en un juego dialéctico de eufemismos, ya no sirve nada más que para confrontar a quienes ansían el poder dejando de lado el interés popular, desvinculándose de su verdadera función que es la de trabajar para el progreso en común de una sociedad cada vez más sacrificada a los castillos del entretenimiento. El ciudadano se aburre, descree, no le encuentra aliciente, se desprende de todo lo político centrándose en su supervivencia, en el anhelo de su infancia que lo devuelve al confort de la ensoñación; el ciudadano tiene pan y circo y los políticos barajan las cartas del presente con decisiones de última hora que van aumentando el curriculum de su ejercicio a base de chapuzas no dando su brazo a torcer, caiga quien caiga que no demuestre entusiasmo por la codicia; el ciudadano no cree y el político no escucha porque se ha aislado, porque no vive a pie de calle lo que sucede, a lo sumo se lo imagina diciéndose que las cosas son como son sin dejar de excusarse desmintiendo el palmario fracaso de sus operaciones. La ideología también ha muerto, tanto da un partido de derechas que de centro que de izquierdas; tanto monta monta tanto, la cuestión es llevarse el gato al agua sin haberle puesto el cascabel. Hay tanta mentira encerrada y tanta verdad sin descubrir, veladas ambas de discursos que desvían la atención hacia el error del contrincante, que no saliendo de ahí cada vez son más los problemas que se aglutinan extendiendo la metástasis de un tumor que cala en la sociedad hasta dejarla muda y al amparo del desaguisado del Congreso. El pueblo tiene sus preocupaciones, sus telenovelas y sus gangas en el escaparate, sus días de rebajas y su derby del domingo, sus impuestos y sus quejas, su dramatismo instalado en la costumbre, su la vida es así; el pueblo come y calza, viste y va a la peluquería, se amodorra en la inapetencia de la preocupación sobre los problemas capitales del país con el convencimiento de que no podrá hacer nada para solucionar nada, porque no se siente formar parte de ningún parecer salvo la posibilidad de introducir una vez cada cuatro años una papeleta en la urna de cristal de la clase dirigente. Al ciudadano se le confunde haciéndole pensar que sus tribulaciones para estar al día se encuentran en disponer del nuevo modelo de teléfono mientras se le exime de toda responsabilidad; la única responsabilidad que acaba teniendo el ciudadano es la de trabajar para que con los resultados obtenidos los políticos hagan y deshagan a su antojo mirándose el ombligo dándose empujones para salir en la foto. Cuanta más incultura más posibilidades de manejar el cotarro desde un sillón; cuanta más ignorancia más peligro de desmoronamiento, más salidas de tono y más incongruencias cargadas de esa valentía tan dañina para el entorno que se resumen en lamentos sin el respaldo de la filosofía práctica de la experiencia; porque de lo que ahora se habla tanto, de Cataluña, nadie tiene ni idea, ni los mismos catalanes convencidos de su causa saben hasta qué punto llega la proporción del rédito de quienes dicen luchar en nombre del pueblo. El mundo de la política es un crucigrama de grifos que se abren y se cierran en el que nadie vende duros a cuatro pesetas, un mundo de estrategias que justifican el fin sin reparar en el desgaste y la ética de los medios. Más de lo mismo sin final feliz. Somos como peces arrastrados por la marea a los que se nos ha olvidado ser nosotros mismos, influenciados por el éxtasis del papanatismo mediocre de una presunta comodidad que nos está saliendo muy cara, tan cara que no tiene precio el despropósito. Estamos pasando de títeres a mártires sin darnos cuenta de nuestro papel en cada momento. Qué pena.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Pensar


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Pensar, he ahí la cuestión. Pensar en el amor y en el trabajo,  en la dedicación diaria, en la compra y en los libros de cuya lectura uno siente el recuerdo de la realidad. No dejamos de pensar. Pensar en escribir, en la dieta diaria del nulle die sine linea, en el borrón y cuenta nueva, en atenuar el agobio de las incomprensibles prisas por llegar a ninguna parte. Esta mañana no sé de lo que escribir y echo un vistazo a la derecha de mi escritorio; allí se encuentran apilados decenas de ejemplares adquiridos por el impulso de la literatosis; crecen, se acumulan, me miran; uno de ellos se titula Piensa. Pensar, querido Hamlet que acaricias la calavera del tiempo con tus manos de escultor de fantasías. Pensar dónde poner el pie derecho para no caer, dónde acoplar los codos para encontrar la comodidad de la postura que nos haga olvidarnos del dolor, dónde colocar los objetos que nos acompañan para darle un aire de hogar a nuestro entorno, dónde dirigirnos cada día sobre la autopista de nuestro interior, dónde clavar la mirada para encontrar el dibujo que la imaginación anda buscando en las manchas de las paredes. Pensar y dejarse llevar por el guión fortuito de la fabulación, por el instinto creativo de la existencia, por el pan nuestro de cada día del incesante movimiento de nuestro pensamiento. Pensar en quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos, de qué materia estamos hechos y cuáles son los hilos de nuestra conciencia, el mecanismo de la intuición, la puesta en marcha del motor de nuestro cerebro. Pensar en dejar de fumar, en no trasnochar, en prevenirse contra el infarto, en poner en orden las tres o cuatro ideas que  a uno se le ocurren; pensar en el olvido y en su almohada pasajera. Pensar en el dinero, en las facturas y en los impuestos, en los caprichos y los regalos, en las compras que no nos atiborren de la cualidad de lo superfluo; pensar en el sentido práctico del consumo, maldecir la obsolescencia programada de la pasión. Pensar en lo que se dice y no se dice, en lo que se hace y se deja de hacer, en lo un poco de todo que todos somos, en el egoísmo y la traición del subconsciente, en el repiqueteo de la tentación, en la libertad deseada desde que uno nace. Pensar en la soledad y en la tristeza, en la alegría de volver a disponer de voz, de gestos, de palabras, de sanas intenciones, de proyectos sutiles y aromáticos con cariz de partitura para piano. Pensar en lo que nos queda por descubrir, en las posibilidades de decir que no y que si, en el recuento de las experiencias que nos han hecho llegar donde estamos; pensar en las vías de escape de la globalización que pronto inaugurará un Burguer King en cada catedral, en la ristra de empeños a medio empezar, en la letanía de versos que la escritura automática nos concede por piedad. Pensar en la pacífica marcha verde en contra del deterioro intelectual, en el cambio de vida al que tenerse que adaptar para no morir en el intento, en este siglo XXI tan tecnologizado, tan cruel con su sopa espesa de sangre y cuchillos afilados, tan zafio en contingencias nucleares, tan nutrido de botones con los que acabar haciendo estallar el planeta. Pensar en lo que no nos atrevemos a pensar, en la osadía de ser políticamente incorrectos, en la virtud inherente en todo acto de integridad. Pensar hasta el final de nuestros días que cada día puede ser una magnífica oportunidad de vivir, de contemplar y de guardar el silencio necesario para que no dejar de pensar no nos vuelva más locos de lo que estamos. Pensar a pecho descubierto, a pleno pulmón, a sangre caliente, a rayo de luz, a tono de azul transparente, a violín para sonata, a lección de filosofía, a pomada contra el picor del desgaste de la vida. Pensar en el camino sin dejar de pensar en el instante, querido Hamlet, he ahí la cuestión.



viernes, 22 de septiembre de 2017

Cobardía


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Me comenta un compañero del oficio que hace falta que se escriba algo a cerca de la vida de los camareros, pero algo sin lo que sea necesario dar a entender que uno se encuentra opinando, sin meterse en camisas de once varas. Hay que ver qué concepto de la literatura tienen quienes tienen muchas cosas que contar pero les da miedo a hacerlo en primera persona. Se nos está olvidando que una de las herramientas que tenemos de corregir el mundo es la literatura, que los buenos escritores se caracterizan por la libertad en contra del servilismo, y que con un alter ego bien nombrado puede uno tirar del hilo de la memoria y describir todo lo que le escueza por dentro y todo lo que más contento le ponga. Es curioso el retraimiento a la hora de formular opiniones a la que nos vemos expuestos hoy en día; nos envuelve un velo de miedo a perder lo que tenemos o a quedar mal con alguien, o a que se nos tome por lo que no queremos que nos tomen por el sencillo acto de decir lo que pensamos; de ahí el hilvanado de muchas respuestas poliédricas y binarias, de muchos discursos plagados de eufemismos con los que no dejamos de adensar la mermelada de una dialéctica para besugos, del tira y afloja del eterno retorno al deseado punto de partida de una concordia confundida con entendimiento. Resulta de un aburrimiento interminable el hecho de que pronunciarse pueda salir caro, motivo por el que lo mejor es pensar que la virgencita nos deje como estamos, eso si sin dejar de hablar por los pasillos ni de murmurar en mezquinos conciliábulos autocomplaciéndonos de contar con personas a las que les va la cuerda del cotilleo tanto como para sentirnos acompañandos en el camino de la mediocridad que tanto nos satisface. Es un lío. Por otro lado, cada vez que uno se dispone a abordar un tema concatenando ideas y tratando de poner un método en marcha, ante esa serie de ocurrencias nos encontramos con el típico interlocutor que viene a aconsejarnos que no nos estresemos, que la vida hay que tomársela con calma, cuando precisamente es la calma lo que caracteriza a quienes la utilizan para que aflore el pasto del pensamiento en sus cerebros; o sea que se tergiversa la razón de las ganas con una especie de presión a la que se ven sometidos quienes prefieren no calentarse la cabeza con disquisiciones y análisis entendidos como un ataque. Lo peor de todo esto es que al final quienes se aprovechan del discurso creativo y sincero de los que apuestan por la transparencia son aquellos que han estado mucho tiempo callados y como a la espera de que alguien viniera a poner la primera piedra del edificio del progreso; suele corresponder este modelo con el de quienes están deseosos de salir en la foto, los típicos elementos que hacen suyas las propuestas de los demás. En el terreno laboral muchos silencios son el indicio del cultivo del oportunismo. Dejar que los demás arriesguen viendo venir los resultados para después tomar una u otra posición es un claro síntoma de cobardía.




jueves, 21 de septiembre de 2017

Estudiantes


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Hay una serie de libros que son el comienzo de la verdadera afición a la lectura, libros que leímos uno detrás de otro sin orden ni concierto y que nos instalaron el el placer de habitar mundos paralelos a nuestra realidad. De niño tuve la suerte de contar en casa con una no extensa pero si bien nutrida biblioteca en la que no faltaba ese elemental diccionario enciclopédico que curiosamente solía decorar el mueble bar de muchos hogares españoles de los setenta y ochenta; en otra habitación, en la que Blimunda y yo solíamos hacer los deberes, había una colección de ejemplares que se compraban por correo al Círculo de lectores; entre ellos estaba El expreso de media noche , El invierno en Lisboa, La familia de Pascual Duarte, El Camino, Los cipreses creen en dios, Papillon, El árbol de la ciencia, y así todo seguido hasta conformar el perfecto desorden de un material del que se iba abasteciendo nuestra curiosidad junto a Daniel Defoe y Michael Ende. Las primeras lecturas de las que tengo constancia que causasen emoción en Blimunda, cuyo contagio se me fue pegando al cuerpo tras varias explicaciones de aquella niña a cerca de los beneficios del hábito de leer, fueron Robinson Crusoe y La historia interminable. Por otro lado se encontraban las revistas de divulgación científica que tenían la virtud de aproximarnos al conocimiento de una forma sencilla, como Muy interesante, en las que aprendíamos por qué nos crece el pelo o a qué se debe que haga calor en verano y frío en invierno, y en las que se informaba de los nuevos avances que ponían en práctica un  nuevo modelo de energía solar o de medio de transporte. La imagen y la letra al unísono son el binomio de la magia del aprendizaje para las mentes despiertas y deseosas de descubrimientos. Con la música pasaba lo mismo que con los libros, sin saber uno qué era lo que tenía delante, cuando se ponía a mirar en la estantería en la que se encontraban los vinilos quedaba prendado del diseño de algunas portadas y hacía sus primeros ejercicios de inocente traducción leyendo las letras que venían escritas en el interior. El niño mira a su alrededor y trata de explicarse el mundo, que empieza en su entorno más cercano, abriendo puertas y cajones, leyendo etiquetas y oliendo objetos, investigando la razón de ser de lo que tiene delante de sus ojos. Hay un momento de la adolescencia en el que el joven se empieza a crear su círculo interno de aficiones literarias, y ese momento corresponde con la elección de libros que se dispone a leer por la curiosidad de querer saber más sobre un tema amén de las recomendaciones del profesor; ese suele ser el signo de los buenos estudiantes, aprueben o no, porque lo de estudiante es algo que todos los buenos lectores llevan grabado en su frente; estudiante es aquel que con cincuenta años no ha dejado de ir a la biblioteca, el que una vez jubilado sigue escribiendo frases en un cuaderno; estudiante es el que no deja de explicarse el mundo con un libro o un periódico en la mano; estudiante es aquel que como Abraham Lilcoln contestaba cuando lo veían a leyendo de niño a la sombra de un árbol, a falta de escuela a la que asistir, que estaba estudiando.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Interpretar el mundo


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La página en blanco, el mar ante los ojos que no se detienen a contemplar las manos que sostienen un lápiz o un bolígrafo o una pluma, la historia sin contar que se va a tejer poco a poco bajo el incesante impulso de la dicción solitaria que un hombre encuentra en sí mismo, en su querencia a escribir explorando los senderos del alma, a ver las palabras dibujadas sobre un papel que lo incita a descubrirse, a indagarse, a meterse de lleno en el interior de su conciencia mediante la voz que la va dictando la partitura del argumento, conociendo a ese otro que habita junto a él, a ese otro sin el que no sería posible la certeza ni la refutación, el diálogo y la discusión del empleo o no de un vocablo o un signo de puntuación, de la definición que no tiene definición, de los burocráticos trámites del punto y final que siempre sabe a poco. Cuando tomo en mis manos un ejemplar voluminoso, una de esas novelas extensas como el océano, me asombro y pienso en el acto de la ininterrumpida creación durante meses, años, durante toda una vida, y pienso también en la cantidad de cosas que se han quedado sin decir; me imagino a su autor envuelto en esa soledad de la que se extraen los datos que se le han ido acumulando en la memoria, visiones, escenas, fotogramas, detalles, pesquisas, suposiciones, hilos de los que se desprende la longitud de una idea expresada pormenorizando causas y consecuencias que dan como resultado la verdad implícita en toda ficción, la verdad de las mentiras, el juego latente del significado preciso de cuanto se inventa, el cuerpo de un contexto y de una atmósfera diseñada al antojo de lo que ha ido dando de sí la experiencia. Una taza de café y un cigarrillo, un fondo de música clásica en la que se superponen adagios y sonatas, melodías que conducen, sonidos que acompañan, formas al fin y al cabo de la tranquilidad necesaria. Yo creo que de lo primero que se asombra un escritor es de comprobar que sigue estando vivo, cada mañana, cada vez que despierta y sintiendo su cuerpo tendido sobre la cama trata de recordar los sueños que le han dejado un poso de existencia más allá del suelo que pisa y sobre el que tendrá que luchar con los demás para que sus rastreos en torno a lo que palpa y respira pasen desapercibidos confundiéndose con su timidez. El hábito de la escritura es el alimento con el que se sustenta el intelecto viéndose reflejado en lo que ni siquiera sabe que sabía puliendo el bloque de mármol de una idea, excavando en la montaña de piedra de la disputa por la identificación y el reconocimiento de su rostro sobre el esbozo de una acuarela vital llamada página. El papel en blanco y su famoso reto no es más que uno más de los miedos a los que hay que enfrentarse cada día, como quien va al trabajo, con el beneficio de la vocación que se encargará de justificar el intento. De qué escribir, da igual, la cuestión es hacerlo, corregir y cambiar términos de sitio buscando el cariz poético, tachar y suprimir párrafos enteros, alargar razonamientos, interpretar el mundo.


sábado, 16 de septiembre de 2017

La deshumanización del arte


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Hay algo en mi oficio que lo convierte en obra de arte: la afasia en la que se envuelve la escena al son de los múltiples movimientos de cuantos se encuentran en pleno directo generando un estado de bienestar que posibilita que los clientes sentados a una mesa disfruten de sus cinco sentidos no solo en función del plato que tienen delante, sino también a través de la sincronización de las manos y los codos, de las miradas y los pasos precisos que alcanzan su objetivo con el sigilo de los gatos. Uno de los aspectos que más me gusta de mi trabajo es el cuidado de todos los objetos que formarán parte del servicio. La disposición de esa serie de pequeños elementos que se encuentran en los aparadores, al conjunto de los cuales llamamos, con el frecuente uso de vocablos franceses en la restauración clásica, petite menage, es ya un indicativo del pensamiento que precede a su utilización. Admirar el brillo de un carro en el que se encuentran alineadas decenas de copas y varios decantadores es predisponerse al gusto por el trato con quienes nos visitarán esperando lo mejor de nosotros. Durante la puesta a punto de la sala, denominada mise en place, el camarero se siente parte de ella recreándose en el mimo con el tacto. Una habitación en la que hay unas cuantas mesas es un lienzo tan dado a la creatividad como un papel en blanco. Todo cobra vida en un restaurante a partir del momento en el que le prestamos un poco de atención a lo que nos quieren decir el tamaño, la forma y el fin de cuantos entes materiales nos rodean; todo tiene un diseño, un ángulo, un pliegue, una curva o una recta, una esquina, una etiqueta o un tapón, todo se encuentra esperando a ser puesto en relación con el entorno, nada se deshecha, cada cosa tiene su función, desde una botella de acetite hasta un salero, desde una lámina anti goteo a aquello que hemos dispuesto en cada uno de los dos cajones de un guéridon y en la superficie inferior del mismo. Hoy en día es raro ver cómo se trincha una carne o desespina un pescado delante del comensal; ya no corren los tiempos del banana flambé ni del steak tartar, ni de esos solomillos Wellington o a la pimienta con los que los jefes de sala deleitaban con su destreza a la concurrencia; hoy lo que prima es la observación, mantener las necesidades del cliente cubiertas y anticiparse a cada una de ellas. De la habilidad que se desarrolle en este último aspecto depende la estabilidad de la sala; a partir del momento en el que hay desatención sube el tono de voz de los clientes y empieza en sus rostros a sembrarse la impaciencia. El orden y el silencio transmiten confianza y le abonan el terreno a la creatividad mediante la armonía, y en esa belleza se puede comprobar cómo la elegancia con la que un camarero actúa es uno de los impulsos que permiten que la tierra siga girando sobre su eje. De la misma forma que escribir es ordenar el pensamiento moverse con la delicadeza de un mayordomo es darle sentido a la dedicación del servicio, de este oficio tan denostado y de cuyas virtudes tan poco se habla a nos ser que salga por ahí alguno de esos que se las dan de intelectuales diciendo que vivimos en un país de camareros de saldo sin mencionar las condiciones en las que muchos de ellos trabajan, uno de esos que no tienen ni idea de la fortuna que les ha tocado en suerte por poder escribir cobrando en un periódico, uno de esos que cuando va a un restaurante seguro que lo hace tan de vuelta de todo que su propia atrofiada observación no le permite darse cuenta del poso de humanidad que rezuma la destreza de un camarero. Por eso insto continuamente a los jóvenes que forman parte de mi equipo a que lean, a que se instruyan y viajen y trabajen no dejando de lado su  mundo interior, porque de nuestra cultura dependerá que este oficio se convierta en un atractivo y no en un cajón desastre. En manos de estos jóvenes, que son los futuros directivos, está la posibilidad de una atmósfera mejor mediante el conocimiento dentro de este gremio. El silencio en el trabajo nos conecta con la coherencia de la reflexión y con la creencia en nosotros mismos. Me da mucho coraje que debido a la gran afluencia de turismo en nuestro país los empresarios se aprovechen maltratando la dignidad del oficio a costa de la cuenta de resultados, porque a esta profesión, cuyo punto de partida es el cuidado sobre los demás, se le está dando un tono carcelario que nada tiene que ver con la esencia de una vocación cargada de valores, y que por desgracia en estos momentos una vez que se encuentra no halla espejos en los que mirarse debido a la pésima calidad de los referentes sociales, a no ser todo lo que tenga que ver con el dinero. En las escuelas de hostelería se deberían dar clases de lengua y literatura, de filosofía e historia, de modo que quienes se dispongan a ejercer el sano oficio del servicio tengan más constancia del valor de la humanidad para no caer en el atropello de equiparar su ejercicio con una pelea de gallos, para que nunca dejen de celebrar que son camareros de la misma forma que William Faulkner decía que él era granjero.
 

jueves, 14 de septiembre de 2017

Mandados a distancia


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Si nos planteásemos hasta qué punto afecta cualquiera de nuestros movimientos y decisiones a los demás, estaríamos más al tanto de la naturaleza del ser humano, adquiriríamos más conocimiento de cuanto nos sucede y le sucede al resto, y tendríamos más posibilidades de actuar con libertad, con la debida libertad. A la libertad le pasa lo que le pasa a los proyectos, que no se puede llevar a cabo en solitario; se necesita de alguien para que nuestra libertad tenga sentido, de lo contrario se convierte en un continuo mirarse al ombligo, en una fabulación, en una empresa sin sentido de comunicación y falsamente creativa. Sabemos del mal porque conocemos el bien y viceversa. Voy paseando y no dejo de reparar en los movimientos de las personas con las que me cruzo por la calle, en sus miradas, y me pregunto cómo ha sido posible llegar a este punto de desorientación, a este olvido sobre quien tenemos enfrente, y la única respuesta que hallo es la de que la manipulación a la que estamos sometidos, desde la creación de tendencias hasta la implantación de una cultura de ficción con la que entretener al personal pasando por la veneración del dinero como único dios verdadero, ha sido el arma de los grandes capitanes que dirigen el mundo debatiéndose entre amigos y enemigos que han sabido muy bien tejer la tela de sus propios intereses a pesar de saber de las funestas consecuencias de desarrollo de esta civilización que está llegando a su final. La fuerza con la que se ha desembocado en la crisis de valores es avasalladora, nos ha convertido en seres inapetentes de ciencia y en perseguidores de poder, enquistándosenos el virus de la vanidad hasta los huesos. La incertidumbre es la moneda de cambio sobre la que se sostiene la realidad; el hecho de que existan una bomba atómica preparada para ser lanzada en el momento menos pensado es ya un fiel indicativo de esa permanente sospecha de que hay algo que nos acecha y no sabemos por dónde nos puede venir, pero parece como si no pensásemos en ello de tan evidente que es. Cada cual hace su vida lo mejor que puede; a la vida le pasa lo que le pasa al arte, que uno hace las cosas lo mejor que puede y no lo mejor que sabe, solo que a ese hacerlo lo mejor que podemos se le están poniendo las insanas trabas de los condicionantes del miedo, de la duda y la inseguridad, de la sospecha y el desasosiego, amenizando por otro lado el cotarro con el cuento chino del espectáculo; tal vez por eso estamos en una etapa en la que es más necesario que nunca el espíritu crítico para tratar de discernir hasta dónde llegan nuestras aspiraciones de libertad y de qué manera podemos resolver el entuerto de nuestro entorno contribuyendo así a la mejora del círculo en el que se encuentran nuestras relaciones. Habitamos en nuestra mente y suponemos lo que piensan los demás, pero en ese suponer se abren tantas bifurcaciones que si tratamos de ser objetivos llegamos a la conclusión de que es algo así como matar moscas a cañonazos. La dispersión del pensamiento, que se fija en el océano de estímulos sobre el que se nos incita continuamente a nadar, deja desamparados los ángulos de la reflexión, porque esa receta está muy bien nutrida del azúcar de la falsa autodeterminación y conocimiento de nosotros mismos representada en los ansiados cuatro minutos de fama que pronosticaba Andy Wharhol; todo es apariencia dirigida, todo es un engaño disfrazado de seda. Parémonos a pensar en la insensibilidad generada a raíz de la saturación de imágenes cada vez más crueles que nos han hecho percibir la dantesca realidad de las guerras y los atentados, y así todo seguido hasta el final, con una espantosa naturalidad que nos aparta sin remedio del cabal análisis de unas circunstancias que de tan frecuentes han acabado formando parte de la información sin la que ya es impensable el día a día; nos sentimos informados cuando en realidad lo que estamos es amenazados, pero sin darnos cuenta de tan delante de nuestros ojos que se encuentra el desastre.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Los nombres


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Todo tiene una definición con la que poderlo comprender  e identificarnos en sus luces y sombras y azules y marrones, en sus ocres y grises y opacidades y transparencias; en lo traslúcido y cristalino y oscuro, en lo grumoso y aterciopelado y suave como la noche de Scott Fitzgerald; en lo húmedo y lo seco y lo arrugado, en lo de memoria aprendido y en lo por descuido olvidado; en los recuerdos con los que los aromas someten al tejemaneje de los cinco sentidos centrados al unísono en el olfato; en lo que sin haberlo percibido nos ha salido de carambola, de pura chiripa, de chamba, de churro, por los pelos y en ese plan. Todos tenemos nombre y apellidos y motes y apodos, pseudónimos artísticos y apelativos sobre la macedonia del encubrimiento, sobre las arenas del desierto de las avenidas con semáforos y los quirófanos con resplandores de emergencia. El nombre y los nombres y todas las etiquetas se concretan bajo los cimientos del sonido de unas cuantas sílabas seguidas: géneros, adjetivos, objetos, países, ciudades, continentes, pueblos, arrabales plagados de chabolas, aldeas, islas, regiones, comarcas, condados, artilugios y cachivaches, artículos de lujo y menudencias que a la chita callando nos van perteneciendo hasta convertirnos en súbditos y siervos de su estática hacienda, en esclavos y lacayos y cómplices, en testigos directos del capitalismo de ficción que tan bien describe Vicente Verdú en sus ensayos sobre el tema. Un nombre es un código de barras y un impacto, un sello y un tatuaje, un signo y una señal para toda la vida. Tú te llamarás Viernes, se le dice el indígena al que pertenecen las huellas que  Robinson Crusoe encontró sobre la arena de la playa de una isla que suponía deshabitada. Llamadme Ismael, leemos en uno de los comienzos más impresionistas y personales de la literatura, dice quien se dispone a contarnos Moby Dick. Llámalo equis, decimos para darle aire a nuestro presuntuoso discurso, se ponga el ejemplo que se ponga, lo diga quien lo diga, pase lo que pase, impulsados por las ganas de decir esta boca es mía de una vez por todas. Mi nombre es Bon, James Bon, escuchamos con la imposición de una patente de corso o de una contraseña que salvaguardase de todo peligro de sospecha al agente secreto mejor vestido de la historia del cine. Hay nombres de personajes literarios que acaban formando parte de la familia, adaptándose a las mudanzas y a las largas estancias sobre el mueble en el que se empezó a engendrar nuestra biblioteca, como el de Ignacio Abel en La noche de los tiempos, que  nos predisponen a encauzar la lectura con la intuición de tener delante a una buena persona, a una persona que se ha ganado a pulso lo que es y no se imagina lo que le espera; u otros como el de Lorencito Quesada en Los misterios de Madrid, en la pronunciación del cual se atisba ya la inocencia y el carácter soñador y bonachón de quien vive en su fantasía de reportero. Cogemos un ejemplar de Lolita y sentimos como si Nabokov no se lo hubiera pensado dos veces a la hora de titular así una de las más controvertidas novelas del siglo XX. Solo con leer la palabra Zaratustra adivinamos la severidad y el rigor de quien se dispone a diseminarnos con ecos de profecía las entrañas del pensamiento de un humano, demasiado humano, a base de campanadas que no paran de redoblar con la impronta de la letra mayúscula y en negrita de las mentes solitarias, taciturnas y reflexivas hasta la saciedad. El nombre, la voz, la palabra, el sonido que los emparenta con el significado va quedando en el mapa de nuestra memoria y en las coordenadas de nuestro presente.

domingo, 10 de septiembre de 2017

El espejo del alma


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Cada día estoy más convencido de que la cara es el espejo del alma, y a la estrategia de pretender  disimularlo, tan frecuente en estos tiempos en los que parece que hay una cierta negación de la sinceridad más palmaria, se le ve el plumero por su no sostenibilidad, por la endeblez de sus cimientos, por la trivialidad de la voz que no sintoniza con la imagen del rostro. Se está implantando en nuestra cultura occidental, muy influenciada por la equivocadamente llamada psicología del coaching, que de psicología no tiene nada, la tendencia a querer incesantemente aparentar un estado de ánimo predispuesto a la acción positiva desatendiendo las ecuaciones de las evidentes consecuencias que el entorno genera en el interior de las personas, perturbándose así el juicio de valoración de lo que realmente importa, que es mantener firme la conciencia de que la tristeza no solo es que sea buena, sino que además es tan necesaria como el júbilo para entre unas cosas y otras disponer de una más completa visión del asunto, de la cosa, de la cuestión, del todo en el que tan difícil por momentos nos parece mantener la coherencia entre lo que hacemos y lo que pensamos; de otro modo lo único que conseguimos es un falsificado retrato de cuanto somos, en cuyas luces se halla la perversión del parcial y sesgado análisis de las circunstancias. A través del dibujo de nuestra faz podemos denotar un estado de ánimo o se nos puede adivinar el pensamiento, la preocupación y la alegría, el bienestar, la tranquilidad, la relajación, la sorpresa. La profundidad de la mirada está íntimamente relacionada con la lejanía de lo que vamos barruntando en el permanente acto de pensar, que es lo que, bien o mal, no dejamos de hacer ni cuando dormimos. Se dice que alrededor del setenta por ciento de nuestro lenguaje es corporal, poco más o menos, aunque nos parezca una exageración; y es que podemos decir tantas cosas con los ojos y las cejas y las pestañas, con la frente y los labios, con el mentón o la mandíbula, que rápidamente se incorporan al diálogo con la contundencia de un aplastante argumento; de la intensidad con la que nos rasquemos el cogote o nos acariciemos el pelo depende el grado de inquietud al que estemos sometidos en ese momento. Estoy pensando en lo mío, dice el otro o la otra, cuando ante nuestro interés les preguntamos qué les pasa, porque la recepción está en primera instancia tan alerta o más de lo que se ve que de lo que se escucha; no hay nada más que verle la cara, decimos cuando tratamos de explicar de un plumazo las suposiciones de las que tan solo tenemos el dato de la instantánea del alma serigrafiada en unas ojeras o en una mueca desordenada. Nos contemplamos en un espejo y deducimos cómo nos encontramos más allá de lo que podamos sentir sin pretender contárselo a nadie, existiendo ahí una relación directa entre nosotros y nuestro interior, muchas veces entre lo que nos habita y el reflejo que transmitimos; y es inevitable, ya que debido al cable que conecta la vehemencia de nuestras preocupaciones, a no ser que se tenga una sobresaliente capacidad de autocontrol, comprobamos cómo se alimentan las corrientes alterna y continua de la electricidad del raciocinio dando lugar a la configuración del semblante. La conexión entre cuerpo y alma representa la conjunción del binomio humano en cada uno de nuestros movimientos. En la cara se advierte el madrugón y la resaca, la ilusión y la duda, la admiración y la pregunta, el cansancio y el descanso, el aburrimiento y las prisas, la desesperanza y el optimismo, el abatimiento y la renuncia y las ganas de seguir intentándolo; en la cara se advierte la decepción y el buen sabor de boca, la apatía y la desgana y el compromiso y el repertorio de puntos suspensivos de la meditación que en ocasiones nos sobrepasa. Lo dicho, que la cara es el espejo del alma.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Somos


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Somos el pie que cada mañana primero ponemos sobre el suelo, la música que nos entra por los oídos, las palabras que nos salen de la boca, el aliento de nuestros ronquidos confundido con el abrir y cerrar de las puertas de la cercanía y la distancia,  la mermelada con cuyos grumos el desayuno nos puebla la tostada, el café que nos quita las legañas, la toalla con la que nos secamos la humedad de las entrañas de los sueños sacudidos, la manera de coger una taza, la forma de decir ya basta, los sorbos de los que extraemos los versos del  empezar de nuevo a caminar por la senda de las obligaciones y del instinto de conservación, el mito de Tántalo y de la caverna, la hipótesis de llegar donde queremos; el libro en el que nos encontramos con las vidas del más acá, la novela de la trashumancia de nuestro cuerpo, el relato corto de la jornada, el poema del duermevela engatusado en el país de las musarañas, el ensayo que razona por nosotros, el artículo que arrancamos de una página del periódico. Somos la inercia y la rutina y la avalancha y el arrebato y los contagios de tristeza y felicidad, el movimiento de las exprimidas naranjas en nuestro cerebro al son del cálculo de la raíz cuadrada de la tenacidad, el poema que no sale de su ensimismamiento en nosotros mismos y en los demás, la agonía y la sospecha, la dicha y la fortuna de vernos sanos y salvos a estas alturas del partido, cuando todavía queda la esperanza de la prórroga y la continuación del impulso por mantenernos en la brecha de la efímera eternidad. Somos caligrafía y dicción, gesto y quietud, palabra y voz, soniquete y silencio, amparo y desconsuelo, memoria y olvido, carne y hueso, todo ello metido en el mismo saco, en el cajón desastre de la existencia. Somos la difuminada acuarela de nuestro pensamiento por las calles de La Ciudad, el óleo impresionista del vistazo, el bodegón a pastel de la tranquilidad doméstica y la desleída lámina del carboncillo de la curiosidad; la duda y la seguridad de pertenecer al rebaño, el espíritu de la libertad que nos lleva a decir que si o que no, que tal vez o que ya se verá, que puede que de vez en cuando o que por nada del mundo, que nunca jamás. Somos la papilla de la infancia y la ensalada de la pubertad, el resquemor de la adolescencia y la decisión apresurada de elegir una carrera cuando no sabemos lo que queremos, cuando lo tenemos todo tan por delante que nos ahogamos en un mar de elecciones y en su pluralidad. Somos diferido y directo, asco y escrúpulo, discípulos de un Maestro, hijos de la guerra y huérfanos de la paz, aspirantes al sosiego, opositores de la calma, parientes de las prisas de los malos toreros, bloques de mármol y estatuas de sal; Quijotes y Sanchos, Robinsones y Viernes pecadores y santos, amagos de infarto y regueros de sangre sana por las venas de las mentiras piadosas y del crucigrama de la bondad. Somos horarios y proyectos, anotaciones sobre el papel en blanco del presente continuo de nuestra respiración, argumentos con los que ir del hilo de Ariadna  tirando en pos de la continuidad, de un no parar quedándonos de piedra y saltando, callados y gritando, riendo y llorando, vistiéndonos y desnudándonos frente al espejo de la realidad. Somos culos inquietos y amantes de la velocidad, raudos inexpertos atosigados por el qué dirán. Somos, en definitiva, un poco de todo y seres que necesitamos más tiempo del que disponemos para descubrirnos de verdad.


viernes, 8 de septiembre de 2017

Lo que no es


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El otro día me preguntaron que si me quitaba el sombrero con alguien de mi oficio, y conteste que si, que con quien me lo quito es con esas personas que trabajan detrás de una barra durante muchas horas al día  tiza en la oreja, indumentados con una camisa blanca y un delantal sobre el que se van dibujando las manchas del trajín, haciendo uso de una prodigiosa memoria en bares atestados de una impaciente clientela que no deja de pedir por su boca; y además, y por si fuera poco, sonriendo, dándole a cada uno lo suyo. Ahora no tanto, pero hubo una época en la que solía frecuentar tabernas cuyo ritmo de trabajo me impresiona, lugares cuyo suelo se encuentra sembrado de servilletas arrugadas y en cuyos mostradores la concurrencia se agolpa tratando de encontrar un hueco; sitios que se caracterizan por ese aroma a chacina y a guiso y a aceite recalentado tan común de las tascas del casco antiguo, en los que se puede ver cómo los camareros son capaces de llevar a cabo la empresa del marcha y pasa a la velocidad del rayo que no cesa de la hostelería menos técnicamente valorada. Cada vez que tengo ocasión de meterme en uno de esos mundos no dejo de observar lo movimientos y comentarios de mis colegas, embobándome con la espontaneidad que no les hace perder la concentración sino generar un singular ambiente sobre el que se sostiene la partitura del choque de los vasos y del ruido de los platos, de los regueros de humedad de las cañas de cerveza sobre la madera de las mesas, sin más guión que una pizarra en la que se exponen las tapas del día. Como debido a los brotes de literatosis que padezco tiendo a imaginarme la vida de los demás, cuando veo a estos señores trabajando les supongo una familia y una casa que sacar adelante, con lo que ello implica dedicándose a lo que se dedican; porque uno de los aspectos que más me molesta del agravio comparativo al que mi oficio se somete a diario es lo poco o nada ponderado que está el aspecto intelectual en el sentido de que hay que tener la cabeza muy en su sitio para organizar mentalmente el cúmulo de datos y de situaciones que se presentan en una taberna, y compaginar luego todo eso con las circunstancias personales. Se me podrá decir que todos los oficios tienen lo suyo, no lo dudo, solo que no conozco otro gremio en el que la manga ancha de los horarios y las impertinencias de quienes se creen con derecho a avasallar sea tan frecuente.
Por otra parte, y a lo que voy, nos encontramos con ese otro tipo de establecimientos, generalmente de mala calidad, que vienen a formar parte de algo así como una cadena; cafeterías repartidas bajo un mismo nombre a lo largo y ancho de La Ciudad, en las que es fácil darse cuenta de la apatía que inunda el afán de sus empleados, y en las que con más exactitud se atisba el papel del pelotas que traga con todo, que suele ser el encargado, ese infeliz al que le suelen dejar el pastel de convencer, a los aspirantes a formar parte de su equipo, de que después de todo no está tan mal lo que les propone; suele corresponder este perfil con el de aquellos que más tarde resultan insoportables a la hora de ser atendidos: quien nunca ha sido cosa y luego cosa lo hacen, quien nunca ha sido cosa, Jesús las cosas que hace, decía mi abuelo. Curiosamente, ese mismo día, un amigo me vino a contar las condiciones laborales que le habían ofrecido en un bar del que podemos deducir la total falta de escrúpulos de su dueño: un mínimo de diez horas seguidas con derecho a una sola comida, un día de descanso a la semana, el uniforme lo ha de poner el asalariado, imposibilidad de consumir nada puesto que hay cámaras por todas partes, y mil euros de sueldo; lo más parecido a las lentejas, si quieres las comes y si no las dejas. Habrase visto insolencia, cinismo y alevosía, con esto de la crisis se ensañan con los camareros las faltas de ortografía de la dignidad. Normal que se vea al personal como se le ve, más quemados que la pipa de un indio; normal que cunda la desgana; normal que la profesionalidad reine por su ausencia; normal que la perversión laboral desemboque en la locura; normal que muchos locales sean un foco de infecciones; normal que la imagen que damos sea patética y desastrosa. Qué vergüenza, qué sinvergüenzas, qué inhumanos son tanto los que imponen esas condiciones como quienes lo consienten; que sabuesos y arrastrados son los que están haciendo de este gremio lo que no es.

jueves, 7 de septiembre de 2017

La naturaleza del entorno


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Hay lugares de cuyo recuerdo ostentamos en nuestra memoria las imágenes grabadas de mucho de lo bueno que nos han ido pasando en la vida, como si el aura de su duende hubiera estado ya predispuesto al acontecimiento de un grado de íntimo confort y desarrollo personal a partir del momento que pusimos un pie en ellos. Sucede con ciertas calles o viviendas o pueblos o ciudades, que la impresión que a primera vista recibimos de ellos es la lanzadera de futuros sucesos que comienzan en el mismo acto de su contemplación, envolviéndonos en la seguridad de la pertenencia, de la afiliación a una atmósfera proclive para desplegarnos a nuestras anchas física, química y psíquicamente. Cada vez estoy más convencido de la relación que todo tiene con todo, de que no hay nada que pueda ser desechado en el plano general de la realidad ni en el devenir de la historia de la que cada uno de nuestros actos forma parte; se trata de una suerte de vasos comunicantes que va enlazando cuanto nos rodea con el impulso creativo de nuestra existencia, haciéndonos con ello ser indiscutibles partícipes del cosmos desde el primero hasta el último de sus átomos. Esa emoción percibida nada más abrir la puerta de una casa y notar que algo nos llama es comparable al comienzo de una lectura de la que desde su primera frase sabemos que seremos sujeto de la mágica absorción de la correspondencia, estableciéndose así un vínculo que trasciende al aprendizaje llegando a la relación directa con nuestro fuero más interno. Hacer un esfuerzo por alcanzar la máxima del templo de Apolo en Delfos, Conócete a ti mismo, acarrea el beneficio de la inmediata identidad con muchas de las aparentemente superfluas cosas que con frecuencia aparecen delante de nuestros ojos, a pesar de lo desapercibidas que puedan pasar en ese continuo vaivén de la irrefrenable acción de las obligaciones digestivas. Mediante las situaciones más insignificantes nos inmiscuimos en el lenguaje del alma a través del subconsciente, en esa sana querencia a querer descubrirnos sin saber que lo estamos haciendo. Sólo cuando nos paramos a pensar en la importancia que tienen los más mínimos gestos alcanzamos a discernir entre lo que suponen  materiales de gran valor para el espíritu y los que se abigarran condensando la espuma del cerebro aturdiendo nuestros cinco sentidos. La naturaleza del entorno está ahí para que hagamos uso de ella como lienzo en blanco de nuestros propósitos de índole más humanos, aproximándonos al objetivo de ser quienes somos compartiéndolo con ese Todo cuya belleza puede ser encontrada en el leve resquicio por el que se cuela una mirada o una letra, un rayo de luz o una dibujada nube en el firmamento a la que le damos forma de algo conocido; es entonces cuando nos sentimos ser, respirar, habitar, estar, pensar, haciendo uso de nuestra libertad, de nuestra verdadera libertad.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Salirnos con la nuestra


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Llega uno a la conclusión de que lo más difícil de mantener es la calma. A diario tenemos ocasión de vernos envueltos en el trance de la discusión, por pequeño que sea el motivo que la provoque; la discusión tanto con matices de cierta disputa por querer llevar la razón como la que aparece como gran oportunidad para contrastar y enfrentar interesantes opiniones que den como resultado el milagro del aprendizaje. La dialéctica, como método de razonamiento desarrollado a partir de unos principios, alcanza un relativo grado de pureza tendente a extraer de ella sanas conclusiones cuando está reforzada por la apertura de la mente hacia otros horizontes que nada tengan que ver con mirarse reiteradamente el ombligo, siendo así necesaria la capacidad de escucha activa más allá de ese frecuente habito conversacional, muy dado en nuestra cultura, consistente en prestar atención no con la intención de entender sino con la de responder, en ese trámite acelerado de querer tomar la palabra para vaciar nuestro ego sin importarnos el ejercicio intelectual de quien tengamos enfrente. Mantener la calma a la que me refería al comienzo no entraña mayor dificultad cuando uno se encuentra relajado y con una cerveza en la mano, cuando independientemente del cariz del diálogo se sabe que no trascenderá a nuestra situación, por ejemplo cuando alguien dice el nombre completo de un artista y hay otro que viene a corregirle diciendo que no es así exactamente, o cuando estando entre amigos se habla a cerca de una época y en tono de broma se recurre a la mínima apuesta para envidar a favor de un dato; pero la cuestión se complica cuando alguien trata de salirse con la suya abogando por sus derechos apelando a la costumbre basada en el asentamiento de algún desafortunado precedente del que se extrae la conclusión de que si ha sido así una vez lo puede ser siempre. Es curioso cómo nos acomodamos al discurso del complaciente hábito del interés propio sin valorar la situación en la que se puedan encontrar los demás, o sin reparar en las líneas que marcan un proyecto del que aún formando parte nos desinteresamos inclinándonos a enfocar nuestro análisis única y exclusivamente sobre la coyuntura que nos concierne a título individual; esto ocurre con frecuencia en los equipos de trabajo. Para resolver este tipo de entuertos no hay nada como armarse de paciencia y aportarle al asunto una buena dosis de sensatez, dejando hablar sin interrumpir a quienes a lo largo de su muchas veces corta de miras exposición es posible que, debido a la debilidad de su discurso, incurran en la contradicción de la que pretenderán salir por la tangente haciendo que se desmorone la solidez de sus premisas, momento a partir de cual lo más importante no será la resolución del conflicto sino la puesta en práctica del menos común de los sentidos sin que haya sido necesario incendiar las gargantas ni doctorarse en peteneras. Teniendo en cuenta que hoy en día el capitalismo de ficción y de consumo es el paradigma que conduce nuestras inclinaciones no es de extrañar que en nuestros planteamientos desvariemos hacia la perversión del personalismo, del sujeto transformado en objeto, perdiendo así fuelle la perspectiva del romanticismo de acción de proporciones más colaborativas. Por lo tanto, en estas aguas hemos de nadar y en éstas nos encontramos, y ahí de aquel que pretenda darle la espalda a la realidad si lo que se propone es conseguir algo en conjunto; por eso nunca como ahora resulta de tanta importancia la cultura, que no solo se encuentra en los libros sino en la observación y en la escucha.

martes, 5 de septiembre de 2017

Las flechas de la sensibilidad


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Leer es el placer de en primera instancia ver las letras dibujadas sobre una página, la milagrosa grafía que constituye el recipiente del significado, formando palabras, frases, párrafos, capítulos e historias enteras dotadas de la imaginación sobre las que la ficción campa tan a sus anchas como para hacernos pertenecer al presente mediante las bifurcaciones de las comparaciones; y después esas señales que se encargan de orientar el tráfico de la dicción: la puntuación que hace posible el fluir de la expresión acotando en pequeñas parcelas la explanada del argumento. La tela sobre la que se tejen unos versos es comparable a un lienzo en el que con unas cuantas pinceladas el artista ha dejado el sello de sus impresiones, y las del lector, porque el lector se escribe y describe así mismo en la lectura de la poesía, encontrándose, disfrutando del instante de la identificación independientemente de que en la mente del poeta las flechas de su sensibilidad fuesen dirigidas a otros paisajes del alma. Qué importante es leer poesía para aprender a escribir, para alcanzar un mínimo grado de condensación en la alegoría, para crear un código de símbolos y de imágenes, para que las figuras de un relato adquieran cuerpo propio más allá de su primera acepción en el diccionario, abriéndole así paso a la inmensidad de la metáfora; en literatura todo es metáfora, todo cobra el ilusionista protagonismo de la pluralidad semántica. El mundo interior del escritor a veces se confunde con el nuestro en un juego de relaciones que ponen de manifiesto la conexión del ser humano en lo que a sus sensaciones vitales se refiere, y en ese manantial se desenvuelven las aguas del íntimo vínculo existente entre los arroyos del lector que van a parar al cauce principal del río que lo lleva a explicarse las cosas mediante la voz de quien escribe. Sucede con los ensayos que tira uno de lápiz para subrayar los eléctricos chispazos de lucidez que le hacen retirar los ojos del libro clavando la punta de carbón en la sien parándose un momento a pensar en la contundencia de lo leído. Quien lee una novela es testigo de cuanto sucede en ella enriqueciendo sus circunstancias reales con lo que está viviendo en esa otra vida que es la de los personajes, abriéndole los ojos al paseo por La Ciudad, teniendo más posibilidades de avanzar en el inabarcable proyecto que supone conocer al ser humano, explicándose las señales de su entorno más próximo mediante la profundidad de las reflexiones de los habitantes del libro que se tiene en las manos. Nos quedamos cortos si afirmamos que la vida es más vida con la lectura, porque trasciende al presente complementándolo, interrogándolo, cuestionando hasta qué punto lo palpable y tangible rinde honor a la evidencia, escrutando en las costuras del chaleco de la obviedad sacando de ellas los hilos de los que se desprenden las conclusiones con las que poder seguir sorprendiéndonos de todo; y esa riqueza no tiene precio.