miércoles, 13 de diciembre de 2017

Diario de Diciembre XLII


Resultado de imagen de bohemia

En la tele, por lo que veo, siguen emitiendo esas crueles imágenes de niños famélicos y de presidentes que creen ser los dueños del mundo, que se creen ser los grandes capitanes del monopolio posmoderno, de bombas y guerrillas y odio y diabólica maldad de enfurecidos por decreto, de lo poco que acaba calando el mensaje de la algarabía del hambre en la raigambre del sentido de justicia. Unos tanto y otros tan poco. Se trata de sobrevivir; y una paradoja: quien vive soñando no es capaz de despegar sus pies del asfalto. Somos de aquí, y ha sido dicho ya por activa y por pasiva que la tierra tira; la tierra tira y La Tierra gira sobre su eje viendo pasar los ciclos lunares, jugando a los bolos con los meteoritos, llevándonos en volandas aunque nos movamos menos que la ceja de un Santo. Le he escuchado decir a un señor en una conversación que él trabaja en un bar aunque ojalá trabajase en el campo. En el bar de La Plaza se puede aprender de pesca si uno sabe por dónde entrar al trapo, si sabe uno cómo pelear la dorada. Las aceitunas son un inmejorable acompañamiento de la cerveza, y los cacahuetes también. Me llama la atención el influjo que sobre el intelecto ejerce la música Barroca, es tan bonita la sensación de libertad que no mira uno ni la hora. Según me acabo de enterar han echado a un camarero de un sitio de por aquí al lado por robar propinas; cómo estaba el jefe, me ha dado la corazonada de que no decía toda la verdad, pero a los acomplejados de inferioridad les sucede como a las cucarachas, que sólo van a la mierda; vete tú a saber. Se para uno a pelar la cebolla y se da cuenta de que en la bolsa de abajo hay más pescado. Ahora ando entre Fernán Gómez y Umbral, y el Manual Thinking de Luki Huber y Gerrit Jan Veldman. Hacía mucho tiempo que no salía a la calle sin teléfono, y ha sido toda una experiencia; se escucha, se huele, se atisba, se imagina y se da las buenas tardes y se saluda a los vecinos mejor sin teléfono, y se palpa en la piel y en los huesos y en el cerebro mejor la humedad de La Ciudad por estas fechas así, sin teléfono.

martes, 12 de diciembre de 2017

Diario de Diciembre XLI


Resultado de imagen de curiosidad

Una pareja de extranjeros espera la salida de su autobús, con paciencia, hasta el punto de que el señor acaba reclamándole con un muy amable gesto un brandy al camarero, a pesar de haberse de haberlo podido quedado allí sintiendo las vibraciones de lo que da de si La Ciudad en un aledaño cuchitril a la Estación. Sorry; La buena pronunciación de esa palabra deja de tener importancia a partir del momento en el que se vuelve excusa acostumbrada; la cortesía es un jarrón de porcelana que puede tener innumerables imitaciones. He visto a un joven tirando de un cargado carro de cachivaches, con una guitarra al hombro, que me ha parecido ser un profundo admirador de los payasos, vestido con el colorismo propio del Circo y con un sombrero agujereado por los roces del camino de los navegantes en tierra firme de la fantasía, como si en sus oídos sonase Grover Washington Jr. La calma es lo más difícil de conseguir. Hay que hilar muy fino para encontrar placer en la inconsciencia, hay que tener mucho talento. Depende de la zona de La Ciudad se ven más o menos banderas de España pendiendo de ventanas y balcones; esta tarde ondeaba una en la calle Mármol a la que le faltaba muy poco para tocar la fachada de en frente; los signos y los símbolos, hay un libro por ahí que desde hace unos días me atrae en torno a eso, a los símbolos. Cuando escucho Blues, o Rock, cedo siempre a la tentación de imaginarme ser el baterísta de los No Name de L´Ampordá, el lugar en el que por kilómetro cuadrado más artistas he conocido hasta ahora. Ando dándole vueltas a los conceptos Líder y Referente y, llamémoslo como lo queramos llamar, no existen más recursos humanos que los humanos con recursos. Avanti con la guaracha, sólo por la curiosidad de saber qué pasará.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Diario de Diciembre XL



Resultado de imagen de melancolía

Quedé tan embobado y enfrascado de Noviembre que se me ha ido el santo al cielo, y acabo de corregirle el título a cuatro o cinco de las de este blog últimas entradas, somnolientas todavía bajo el influjo de ese mes tan hermoso, tan flor del torso del verano. Los olvidos dan pie a que se escriba sobre ellos, o sea que no nos olvidan, que están con nosotros. He visto unas imágenes en la tele del bar de La Plaza viniendo a decir que ya están  encareciendo los precios de los manjares más cotizados por Navidad; quien avisa no es traidor. En el cruce de caminos del final de La Calle he escuchado cómo un hombre le deía a un policía que, partiendo de la base de que él no es racista, se había percatado de la presencia de un negro con muy mala pinta en la Plaza Nueva; es obligatorio el punto y coma para pararse a pensar en lo que estaba pensando este señor. Cada tarde soy testigo del vuelo de un avión dibujando la perspectiva del horizonte a la altura de las nubes entre dos de los edificios del final de La Calle. Una cerveza le da a uno un empujón, un arranque, unas ganas de echar mano de la cámara de fotos. En el bar de La Plaza, lugar en el que no se puede consumir nada que proceda de afuera, me muero de ganas por comerme el cartucho de almendras que me has regalado. La FIFA debería otorgar el dichoso Balón de oro cada año a un jugador diferente, como se entrega un Cervantes o un Princesa de Asturias o un Nobel, no esta monserga de estrellas acostumbradas a que jueguen para ellos. Qué insustancial es nuestra presencia en el mundo y cómo nos ponemos. Sale la doce más uno, dice el cocinero en el pase; la superstición está entre nosotros, forma parte del traje de luces de la faena diaria. El ser más civilizado con el que me he encontrado hoy ha sido una joven oriental. Ya hay quien nutre sus conversaciones con lo que van a pedirle a los Reyes Magos. Si tú fueras mi tío ya te habría cambiado, le dice a un asiduo e impaciente cliente un camarero. La gracia de la impertinente pertinencia de La Ciudad es un arte al que se accede, o bien a través de una educación de un buen en si mismo entorno cargado de experiencia, o con muchos tiros dados y una paciencia de d/Duna. La melancolía toca el violín y el trombón, lo que le eches.

Diario de Diciembre XXXIX


Resultado de imagen de mapamundi

Hace un rato La Alameda estaba hasta la bandera. He parado en el Coltrane a escuchar unos temas y a saludar al personal. El Jazz estimula. El Coltrane es mi sótano de Chicago, mi Birdland. En La Ciudad no se bebe buen café, no se tiene cultura cafetera, mucho hábito si, pero gusto ninguno, las cosas como son; la vida en la calle va de la tostada al botellín pasando por la caña y la Manzanilla, por el Fino y el Oloroso de las mariposas del triángulo de las Bermudas donde se produce el milagro del vino. Suena Matt Bianco, entre la Bossa Nova y su Latino sofisticado. Los melómanos son una especie a la que conviene arrimarse. Se habla tan alto en los bares que nos e da cuenta nadie de que acaba de pasar por la esquina un bicho emitiendo su bramido de motor receloso y obsceno, incongruente, desproporcionado. El Festina que me regaló mi padre funciona como un reloj. Estoy a punto de completar una Moleskine, va a ser la primera vez en mi vida; empezar he empezado muchas, algunas de ellas de ese tamaño que viene a ser la cámara de fotos de quienes gustan tomar el apunte veloz de los fotogramas de la vida, pero terminar ninguna, sólo esta de la que he disfrutado como de la más fiel compañera durante los últimos infinitos e inclasificables e imponderables meses. La Calle es una fiesta de fantasmas. Sobre los surcos de las uniones de los adoquines del asfalto de El Barrio se aprecian los destellos de los minúsculos charcos que se han formado tras la lluvia emanada de los cubos que han volcado las amas de callejones como el Rubens. Ahora parece que lo de nombrar a una ciudad capital de un país es algo que puede sacárselo uno de la manga, de hecho todos disponemos de nuestro propio mapamundi en el que ir tejiendo la cercanía de nuestras lejanías, en función del reparto que nuestra memoria geográfica conserve. No dejo de asombrarme.  

domingo, 10 de diciembre de 2017

Diario de Diciembre XXXVIII


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Al atardecer me he cruzado con unos tipos que lucían gafas de sol; parecían detectives, lo mismo hasta lo son. Hay un bar en la calle Tarifa que ofrece a sus clientes la posibilidad de hacer ellos mismos el pedido mediante una carta que hay que rellenar, como quien va a unas elecciones del Senado, junto a un bolígrafo por una cuerda a un servilletero atado. Acaba de pasar un nigeriano vendiendo bolsos que tiene cara de Santo. Creo que los Vagabundos son Santos, que los Músicos callejeros son Santos, que los Arquitectos y los Pintores y los Taberneros son Santos, que los artistas son Santos evangelizando el ambiente con su presencia, untando la tostada con la mantequilla de la generosidad y con la dulce mermelada del saber estar. Los escaparates se han vestido de color navideño. Hace días que se encendieron las bombillas. Algunos negocios han optado por pasar del tema. Le he escuchado decir a un camarero: "Me cago en todo lo cagable", toda una obra de arte en el desafío que supone abarcar la inmensidad de las cosas que a uno le puedan molestar. Se da uno cuenta de que se encuentra al principio del camino del aprendizaje cuando le cuesta asimilar las reacciones que a sí mismo se provoca. Hay un bebé entretenido con el diapasón de una tablet, de su tablet, de la tablet del bebé para que no se mueva ni haga ruido ni nos moleste, para que se quede ahí sentadito y en su mundo, en un mundo inundado de referencias sensitivas procedentes de la tecnología, en un mundo en el que los demás nos podemos tomar las cañas y las gambas con gabardina tan ricamente y sin el prejuicio de desatender al ser indefenso que se encuentra en el carricoche. Una pareja de flamencos acompasa la mirada de los viandantes con un quejido atroz de melancolía. Los bucólicos suelen enterrarse en su asombro, por eso son los más conscientes de no tener nada, de no ser nadie, de no pertenecer a este mundo.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Diario de Diciembre XXXVII


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Escuchar un piano es una delicia comparable a la de contemplar la simetría de los ejercicios de los trapecistas del Circo del Sol. Hay unos dedos que acompasan el silencio acariciándolo con dulzura, con esmero cotidiano de artista involucrado, de alma esfumadiza entre las notas de una melodía sutilmente afín, improvisada en los aderezos de un sólo y de un nada más, y de uno de esos mensajes que la armonía le lanza al presente continuo de lo que nos traigamos entre manos. Chopin. Los renglones de una partitura parten de la base de la hermosura acorde con la proporción de un dibujo de sonidos imaginados. El piano aflora la sed de la naturaleza auditiva, la hace cónyuge de la fabulación y entonces ya está, ya es cuestión de que haga acto de presencia la intuición, alineando y desviando la estrategia premeditada, saliendo como debajo de una piedra plagada de puntos suspensivos puestos ahí de una forma deliberada, perfectamente encuadrada en el enfoque de la sinergia, en la condición sine qua non coser esos pedazos de pespuntes magistrales. Creo que el Jazz comenzó con Bach.

Diario de Diciembre XXXVI


Resultado de imagen de sueños

Me acompañan los libros que me ven llegar con cara de incrédulo. La mañana ha sido productiva. El mediodía lo he visto desde la ventana; ya luce Diciembre. Esta tarde La Calle estaba atiborrada de gente, no se podía dar un paso sin ir esquivando cuerpos y bolsas y carros e indecisos pasos aburridos de llevar corbata. El entrenador del Betis ayer era un prodigio, un talento, un tío que había entendido cómo juega el equipo, y hoy es un demagogo y un político que hace el ridículo; con razón en la sombra te hielas y en el sol te asas; en La Ciudad pasa uno del trono a la alcantarilla en un suspiro. No entra dentro del ramillete de virtudes del personal el agradecimiento. Me paro a pensar en lo que se le estará pasando por la cabeza al presidente del Gobierno e imagino a un equipo de consultores dando el callo, exprimiendo su intelecto, aportando ideas, sugiriendo alternativas, pensando en verde, sintiéndose en cierta forma poseedores del germen de las decisiones, y me pregunto cuál será el sentido que le encuentren a su trabajo. No es fácil hacer amigos. Cada vez es más frecuente recurrir a vaciar el monedero para pagar un café o un tinto de verano. El otro día le escuché decir a una camarera de la estación de El Prado: "Dígame, señor..."; quedé estupefacto ante la consideración que aquel anciano acababa de recibir, lo compartí y lo celebré, me sentí reconciliado con el mundo, no me lo esperaba. Todas las caras me suenan, todos los rostros me transportan a un momento indefinido. Hago esfuerzos por entender mi caligrafía y no siempre lo consigo; el caso es que hay más belleza en una hoja en blanco que en un cuaderno cerrado. llevo unos días escuchando música Barroca camino al y de vuelta del trabajo, y la cosa funciona; sale uno de la audición enfrascado de conexión con el suelo que pisa, a lo Neil Amstrong despegando de Conde de Barajas para aterrizar en la calle Florentín, alunizando en la Avenida de Málaga.

Diario de Diciembre XXXV


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Escucho hablar al personal, y sabe de todo, de todo sabe a pesar de que quod Natura non dat Salamantica non praestat. Cómo me gustaría alargar las frases sin equivocarme. Ayer pasé por la Academia y había partido. La Academia los días de partido es un palco de la Bombonera. Me gusta visitar bares porque me crié en uno de ellos, y eso es como el gato salvaje al que tratan de adiestrar en casa. El murmullo de iglesia que se apodera del bar de La Plaza tiene algo de conventual, y algo también de ese justito subir el tono tras el resarcimiento del deber cumplido de la cita con la que ya se ha hecho algo por la vida; una textura particular y muy de barrio, de círculo, de cosa que no se sabe qué es pero que adereza con soltura costumbrista el retrato de La Plaza. Mirando a la calle desde la barra se ven los gorros, boinas, gorras y sombreros con tendencia a lo perenne dentro de lo efímero de la belleza del invierno del otoño. El Salmorejo es uno de los platos que se pueden tomar, bien hechos, durante todo el año en La Ciudad. La tranquilidad de una tarde de Jueves, con su aire de antesala de día festivo, con su prólogo de lo que en la imaginación da de sí el fin de semana, tan efímero y tan eterno, tan sostenido en el recuerdo de un cuenco de garbanzos con arroz, lleva en volandas a los espejos del deseo hasta desembarcar en el puerto del placer, ese estar uno en la cama hasta las tantas. Hay qué ver lo que da de si el comportamiento humano. Los décimos de la Lotería de Navidad cada año se venden más rápido; el desasosiego por el sosiego nos persigue y en esas estamos viéndolas venir a ver si cae la breva. Sigo redactando sobre mi oficio y eso me complace y me reconforta; se aprende mucho.  

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Diario de Diciembre XXXIV


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Yendo uno a ejercer esa sana costumbre de tomar unas cervezas puede encontrarse con el inconveniente de la impertinencia; esas cosas pasan por ser uno tan valiente, por pensar que la paz consiste en estar uno tranquilo. Las situaciones incómodas son un sopor a no ser que a uno le vaya la marcha; pero para eso hay que tener cuerda, guita, manga ancha y mano izquierda, ganas de querer perder  el tiempo con los encuadres de los que tanto le cuesta salir al personal, en fin seguir llenando la taza recreándose uno en contemplar cómo rebosa la infusión de la paciencia. Hay que vaciar la taza de tanto en tanto, hay que limpiarle el fondo y supervisar el estado de su asa, ver en la porosidad de su cáliz hasta qué punto han calado las escurridizas gotas de café que cada mañana tatúan el rostro del  a esas horas recipiente más deseado. He pasado por la librería de la calle Tarifa que tan buenos momentos me aporta, que tanto bienestar despierta en mi mente acelerada por muy pensando en las musarañas que vaya, inmiscuyéndome en esa atmósfera de abundancia como un buzo en busca de corales. La temperatura ha bajado diez grados como mínimo, centígrados, retrógrados, analgésicos, estornúdicos, tosíticos y moqueantes, bufandíticos. Se las regalo. El ambiente es de incertidumbre, nadie da nada por supuesto por mucho que se le vaya la boca en una conversación con ese tipo de opiniones cargadas de un categorismo inculcado de desde la infancia, puede que desde la lactancia. Eso te lo digo yo. Por ahí ni se te ocurra. Lo llevas claro. Pero vamos a ver. Hasta aquí hemos llegado. Es de cajón. No hay más chinches que la manta llena ni vuelta de hoja. El hogar transmite bienestar solitario, que depende cuándo viene muy bien. Tomar notas en el bar de La Plaza puede resultar sospechoso; La Ciudad es cerrada en sí misma, en sus círculos concéntricos, en sus portales y zaguanes y cancelas de forja, en sus cofradías y hermandades, en sus conciliábulos de descafeinado con churros. Esta tarde huele a otoño cargado de invierno, a brasero de cisco y a tortas con chocolate; esta tarde se viste de franela a cuadros y de lana, de algodón condensado, de plástico y plumas. Hay pan para hoy.
 

Diario de Diciembre XXXIII


Resultado de imagen de memoria

Ando por La Ciudad como quien no quiere enterarse de nada. La Ciudad tiene su Plaza y su Academia, su Calle, su Avenida, su Parque y su Rotonda, su Quisco y sus Churros y su Parada, su Pasaje y su Taberna y su Tasca, su Hotel y su Tienda y sus Jardines, sus Esquinas, su Centro y su Muralla, su Jueves chamarilero y su Viernes Santo, su Portada y su Farol, su Fachada y su Virgen y su Cristo y su Santo y su Cardenal, su andar por casa de la curiosidad, su esquela en el diario y su adrenalina en los semáforos que casi nadie respeta. La Ciudad es un tema, con mayúsculas. Esto de no saber nada le da a uno cierta tranquilidad, indefensión también, ese tipo de madurez cargada de vulnerabilidad con aire de cautela, de sostenimiento de una melodía acorde con las circunstancias, aguantando esto y lo otro, lo que viene siendo el motor Diesel de canalizar el pensamiento hacia el lado de la indolencia, amodorrado contra la almohada, perfumado por tu piel entre las sábanas. El ruido del presente se acompasa con la música clásica de los morfemas amorosos, y eso es algo; bienestar, ritmo, colapso de ideas, platonismo en vena, cirujanos del corazón, incienso y mirra y todo lo que desprenda buen olor, almíbar y pan de centeno, aguacates y chorros de aceite de oliva. Siempre escribe uno sobre lo mismo, sobre el paisaje con figuras de sus figuraciones. Los lapsos de ocurrencia no tienen la menor importancia; hay que apuntarlo todo en un cuaderno. Ya lo dijo el Gabo: quien no tiene buena memoria se hace una de papel.

sábado, 2 de diciembre de 2017

Diario de Diciembre XXXII


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La primera vez que pisé La Ciudad fue una mañana de finales de Septiembre del 96. Había viajado en autocar durante algo más de tres horas. El viaje empezó de noche y fui testigo de la claridad del día llegando a Córdoba; iba con ganas de descubrir el Mundo y el mundo de todo lo concerniente a lo que de momento viene siendo mi profesión, y venía también con ganas de descubrir el mundo mundo, lo que para mi resultaría ser Nueva York, Dublín, Moraira, Moralzarzal, Marbella, Ibiza, Donosti, Mallorca, Huesca, Lladó, Murcia, Madrid, L´ampordá, Cantabria, Huelva, Cádiz, Asturias, Igualda, La Carolina, eso: el M/mundo, La Ciudad; la gente, las apariencias, las luces y las sombras, las calles atestadas, los escaparates diseñados a la última, los músicos ambulantes, el murmullo de las plazas y los árboles salpicando de naranja la mirada, la festividad de un apartamento compartido por estudiantes, la idiosincrasia de lo que se resumía en la célebre y bella palabra Duende, las formas y maneras de muchas personas juntas cruzando esquinas de un casco antiguo religioso como él solo. Esperando en los semáforos aposté por la corrección que aquí resulta insulsa a no ser que se lleve al terreno de la proximidad conseguida y conquistada y reconquistada. El aire que tiene aquí la lengua castellana es de Maestros: las vidas de Luis Cernuda y de los hermanos Machado, de José María Izquierdo y de Joaquín Romero Murube, de Manuel Cháves Nogales y de Bécquer, de Blanco White y de Alfonso Grosso. Vine a descubrir el nombre de muchos lugares y eso, en fin, el mundo así muy someramente resumido. Llegamos a La Ciudad y yo estaba dormido; alguien me movió el hombro para despertarme. La luz era tenue y clara, difuminada en la incomparable atmósfera de los andenes de  la estación de El Prado de San Sebastián. Esta mañana, desde una de las ventanas de la Avenida de Málaga, he podido comprobar que era esa la luz que lucía aquel día de finales de Septiembre del 96.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Diario de Noviembre XXXI


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A eso de las seis y media pasadas, en la calle Sierpes, me he encontrado con Leonard Cohen, ahí, en su sitio de artista con cartel en ristre, con sombrero de invierno indeciso y malhumorado, viendo pasar a la gente, insinuando el frío que no hace con una gabardina y una bufanda acorde con él, con su sustancia, con sus arrugas y con el aire de su cigarrillo, con su pose de caballero taciturno, con su escueta incertidumbre, con su andar por casa de la tristeza sostenida a base de un desconocido caramelo para el común de los mortales. He parado en la librería San Pablo solo por el gusto de ver impreso el nombre de Henri Nouwen en la portada de un libro; qué buen tío. La señora de  setenta en chandal de La Campana cada vez mira más a los ojos. He visto un rostro de espaldas conocido, un pantalón vaquero a unas irresistibles caderas ceñido, una oreja, una ceja, la punta de una nariz, un contorno policromado, un perfil de ganas de vivir, un cabello rubio y rizado que me han llevado a ti. Parece mentira a estas horas y la de gente que hay por la calle, más que nada por el desasosiego. Ese tipo que toca el saxo regular se ha parado en la calle Tarifa mientras yo saboreaba la cerveza del qué bueno; ha habido quien se ha molestado, gesticulando como quien le quiere cortar el cuello a alguien. He estado toda la mañana escribiendo sobre el oficio; todavía no me lo creo. Hay libros sobre el gremio que merecen la pena. Cada día me gusta más la psicología, y eso que no tengo ni idea. Casi todas las terrazas se mantienen montadas, abiertas, acondicionadas, climatizadas, refugiadas con uno de esos toldos desmontables con aspecto de tienda de campaña. Todas las caras me suenan, me instalan en un contexto determinado por el recuerdo. Un día más pero no un día menos.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Diario de Noviembre XXX


Resultado de imagen de mundo imaginario

Qué sería de nosotros sin nuestros desconocidos puntos de apoyo, sin esas boyas que flotan en el mar de los recursos con los que se va formando el mundo propio, esas señas de identidad que pasan desapercibidas a sabiendas sólo de quienes mejor nos conocen. Nadie sabe nada de nadie, nadie sabe dónde se encuentra la piedra angular que describe la trayectoria de los pensamientos de quien se encuentra enfrente pensando en lo que va a decir mientras le hablamos, y viceversa, y al contrario y a la inversa. Pero siempre fue así hasta que ha dejado de serlo; a ver, Querido Watson, esto cómo se come. Mire usted, para empezar debería usted usar los signos de interrogación. Y  el contexto, es que/qué no da pie el contexto a la locución interrogativa. Antes de lo de la locución interrogativa y sus milongas, porque no son nada más que milongas su costumbre de andar por ahí escribiendo así, mire usted en el diccionario, busque en las enciclopedias, indague en los libros de texto, subraye los ensayos, copie las frases que le interesen/interesen o más le interesen en un cuaderno, saque un minuto de donde no lo hay para leer, cómprese algún manual de ortografía, lea como si no hubiese un mañana, toque el piano del teclado y el violín afinado de la punta del lápiz sobre el papel, y cárguese de humildad y de sueños sin caer en la resignación; le digo, contemple La Ciudad como si se tratase de Macondo, de Comala, de Mágina, de Santa Marta, de Azufaifa.

Diario de Noviembre XIX


Resultado de imagen de punto de partida

Cada punto de partida tiene un horizonte, una diana, un sitio al que dirigir la mira telescópica de la intuición, un símil con los espejos, una contrapartida, un porvenir con pan duro en el cajón, o no, y un telón de fondo; y una sacudida de esperanza cuando te enteras, así por las buenas, de que piensas luego existes. Iniciar una andadura, por escueta que sea, trae consigo arañar el caparazón del intelecto, probar con las llaves de la curiosidad, darle vueltas a las cosas, razonar sobre lo que si y lo que no en cada momento, con sus cómos y sus cuándos, con su por qué si y su  porque no y su aire de bóveda del Metro. Abrirse paso entre la inmensidad, rescatar un rayo de la luz del día, nadie lo diría, tan joven y tan viejo, tan asustadizo y tan perplejo, tan de vuelta de nada, tan insustancial como asombrado, absorto, ido, camuflado bajo la apariencia de otro que es el otro de otros cuantos, de otros muchos u otros pocos que depende y según se mire a veces está muy claro quién es quien, es un privilegio accesible de la vida siempre y cuando no te llamen loco encontrado; he ahí el contrario, he ahí la Poesía. Los puntos de partida tienen eso, que se los da por supuestos y salen inesperados. El azar maneja a su antojo el piano del trajín sonámbulo de La Ciudad. Tarde de Domingo de andar por casa, escuchando Rock en honor de Malcolm Young, haciendo los deberes, acariciando el perfil de una puerta, luciendo el brillo del cuarto de baño, tendiendo la colada, pasando el tacto enguantado sobre las superficies que acogen a los libros, que los ven dormir, que los ven callar, que los ven reír y llorar de alegría, que los ven aguantar el chaparrón, que todavía se preguntan cómo vinieron a parar aquí, a estas cuatro paredes dentro de La Ciudad.

viernes, 24 de noviembre de 2017

Diario de Noviembre XXVIII


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Esta tarde he visto un helicóptero sobrevolando La Ciudad; La Ciudad siempre contemplativa en su ambiente y en su forma de pensar, tan niña mimada y dueña del azar/azahar; hay partido. Desde Liverpool se han desplazado, así a bulto, unos cinco mil aficionados ingleses; si salimos de ésta como hemos salido es que algo hay, que hay mecha, cuerda, tango, compás, sabiduría, gramática parda como diría Juan José. La plaza de San Francisco se ha convertido en un hervidero, toques de balón y gritos, alaridos defendiendo los colores de la pertenencia por hache o por be, religiones al uso con tal de no pegarse un cabezazo contra la pared, camisetas rojas y pancartas, cerveza por la vena y por la boca y por la nariz; la ciudadanía los contempla como se contempla a un grupo de ovejas que están jugando a invadir por unas horas un pasto cercano; porque en el fondo lo que se siente es una profunda incertidumbre difícil de compartir, y en esas estamos. La Policía está al tanto, aquí no tiene por qué pasar nada, vamos, sería muy raro; hay furgonetas y agentes posicionados en su escultura de radares con pinganillo, ya digo, al quite. La señora sin brazos ni piernas de la calle Tetuán todavía estaba ahí a las seis de la tarde desde por lo menos las diez de la mañana; cuál será su concepto del tiempo. Los asadores de castañas ponen fácil que se acuerde uno de Londres si mira al horizonte de la Puerta de Jerez desde la Avenida de la Constitución justo antes de llegar a la esquina con la calle Alemanes. Las heladerías siguen vendiendo. Donde antes había un Horno de San Buenaventura han abierto ahora lo mismo pero diferente, claro; algo más puesto al día con las levaduras y con los polvos y con los colores de las paredes y con las maderas de las estanterías y con ese tipo de diseño que se ha tomado en serio lo de la globalización, algo más a lo que vamos, que a mi me entristece hasta que me acostumbre. Hay un restaurante en La Ciudad en cuyo cartel de entrada se puede leer Barra costumbrista, todo un detalle que me ha llevado a Galdós; en ese lugar se come de maravilla, para chuparse los dedos, o de rechupete que es como se decía cuando éramos niños y nos estaban enseñando a expresar lo mucho que nos había gustado una comida o  uno de aquellos helados de vainilla que eran el súmmum del sibaritismo. Hay un palacete en la calle Zaragoza al que le están arreglando la fachada, y allá donde estuvo nuestro querido Trinity un local adaptándose a lo que se da a entender que es el siglo XXI; aquel bar irlandés de los bajos del hotel Inglaterra en el que podía uno ir a leer por las tardes entre turno y turno ya no existe. El Tiempo y el Aire están emparentados, como los perfumes y el recuerdo.

domingo, 19 de noviembre de 2017

You shook me all night long


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Siempre hay alguien en segunda fila ocupándose del más ínfimo de los detalles, del oportuno contrapunto, de la extensión, de las normas que no se pueden infringir si uno sabe lo que quiere; siempre hay quien persiste más en el ensayo y en la programación, en la disciplina tras la que se obtiene la libertad necesaria en el escenario, siendo consciente de todo lo habido y por haber en esos metros de autopista hacia el infierno, en esos kilómetros de carreteras y de cielos y de noches y de mansiones y de aquí te espero, en esas tablas fuera de las tablas, que en la continua improvisación de un a verlas venir sin alma ni concierto. Verdad; parece mentira. Siempre hay alguien dispuesto a darlo todo por intentarlo de nuevo, uno de esos irascibles bichos raros que necesitan la soledad pero que son enormemente amables. Todas las/los Figuras necesitan de otro que les guíe y les diga y les cuestione y les aconseje, de ese ser de quien parece incomprensible que formando parte del equipo no ambicione algo más, no aspire a nada más, más protagonismo, más salir en primera plana diciendo esta obra es mía. La música, el rock en concreto, se mueve bajo las coordenadas y los parámetros del ritmo, eso si, cuanto más expresivo y alternativo salvaguardando el buen guiso de las notas en su sitio mejor. Ha habido en los últimos cuarenta años Bandas y bandas, formaciones en serie y en Serio, grupos que lo han y que lo van haciendo unos lo mejor que saben y otros lo mejor que Pueden, de todo un poco como en botica, mejores y peores y mire usted los que más le gusten y paremos de contar, y Corriente Alterna Corriente Continua. Siempre hay uno que dice me quiero parar en este detalle, en esta cuestión, en este compás inexpresivo del que parece que nos vamos aburriendo. Siempre hay uno que se queda insatisfecho después de una comprobación; siempre hay un alma inquieta y poseída por los demonios del perfeccionismo, por lo enredos del saber que se sabe lo que se quiere pero hay que definirlo hasta la saciedad como condición sine que non irse a dormir tranquilo. Siempre hay un tipo que parece que está ahí como que no queriéndose dejar ver más de lo que se tercie, disfrutando de lo que se trae la peña entre manos al son que armoniza pensamientos en busca de la piedra filosofal del proyecto, indagando en las posibilidades. Siempre hay un escritor entre nosotros, sea cual sea el lenguaje; siempre hay un poeta de las imágenes y de los sonidos proyectando lo que da de si su mirada sobre los acordes de una canción en la que cabe una novela, una panorámica, una perspectiva, un recuerdo, un mundo caminado, una fantasía, un oficio.  Ese era Malcolm Young, un virtuoso a la chita callando, un ser capacitado del pensamiento abstracto, un Maestro, un Clásico.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Diario de Noviembre XXVII


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Se nos despierta en Noviembre el apetito por lo que se pega al riñón; este mes huele a  caldereta y a higaditos, a riñones al jerez y a guiso de lentejas, a manzanas asadas con azafrán y a puesto de hortalizas mezcladas con legumbres, a carros de la compra con pan de centeno y a desayunos con aceite de oliva y café humeante; este mes huele a periódico doblado con elegancia, a artículo escrito con una pipa en los labios, a bufanda en la que se guardan las chuletas, a incienso de armonía, a dedo en la barbilla. Parece como si los datos necesarios con los que darle forma al crucigrama de las costumbres se encerrasen en treinta días, pero el caso es que cada mes tiene lo suyo como cada uno tenemos lo nuestro; cada mes se desenvuelve en su desierto y en su república planeta de la Naturaleza, en su albarán y en su factura, en su recibo de la luz y en su hueso de cereza; y luego las quincenas y su posibilidad de achicar los espacios por los que se escabulle la memoria, organizándonos tratando de ponerle orden al tiempo; la de veces que en esas conversaciones de besugos en las que hay que aguantar el chaparrón se trata de justificar el mal estado de un negocio aludiendo a las quincenas; las quincenas se visten de comodín y los presupuestos de seda; vamos, que posibilidades hay; en cambio, si acotamos más el cerco, haciendo de nuestro álbum de fotos un recordatorio más extenso, llevándolo al límite de la división en semanas, no nos resultaría tan fácil archivar cuándo y cómo sucedió aquello que dio pie a lo otro sin lo cual no hubiese sido posible tal o tal otro guorever. Un ejercicio de memoria encauzado a la recopilación de fotogramas basados en momentos de felicidad no sería mala receta para ir recordando que no nos podemos olvidar de nosotros mismos, de lo poco/tanto/bastante/mucho que somos, del aire que respiramos y de las calles por las que se gastan las suelas de nuestros zapatos. Noviembre tiene ese aire de sin enchufe en el concierto básico de la caída de las hojas de los árboles. En La Ciudad todos los meses tienen su guiso de Primavera.

Diario de Noviembre XXVI


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Hay edificios que parecen estar encantados, casas que soportan el paso del tiempo con pétrea calma de esqueleto. Las líneas de una fachada hablan de su época; los perfiles de los entrantes y salientes se encallan a pesar de los siglos, y eso les da la potestad de la experiencia y el volumen de la historia, los tatuajes del temporal y no sé por qué una apariencia incólume. La permanencia de tanta belleza junta, la cotidiana presencia de la misma, nos lleva a un tipo de costumbrismo que le resta interés a la intención de querer saber más a cerca de nuestro entorno, porque la tenemos tan en nuestras narices que nos acaba por pasar desapercibida, transformándonos en figurantes de su paisaje: la naturaleza, en todos sus órdenes, es sabia y no hace las cosas al tuntún. Los negocios que se abren en los locales del Centro de La Ciudad cada vez se solapan con más facilidad; además de europeos somos americanos, eso es una globalización como Dios manda, chapuzas las precisas que se trata de una cosa muy seria; dónde va a parar, ese aroma a pizza y a burguerquín, ese efluvio de color en la exuberancia de los helados y los algodones de caramelo y lo comestible e incomestible policromado hasta la saciedad de la sed insaciable de esta cosa que pasa, ese sensacionalismo de aquí te espero, ese casting en el que los guapos ganan a los feos, esos carteles que son la delicia de la impostura cotidiana de las marcas y lo que no son las marcas y dale Perico al tormo hasta que no haya más madera que cortar. A todo se acostumbra uno, dicen; y no está mal planteárselo; estar hay que estar, digo yo, solo que, solo que, solo que... me acabo de concentrar en un sólo de acompañada guitarra por una casi desapercibida batería. Tenemos de todo pero lo jodido es que no nos podemos quejar. Saturación, quimera, enchufe, chanchullo, engaño, farsa, patrimonio, juzgados, abogados, papeles, lo de siempre. Los dos últimos días me ha decepcionado la calidad de la Prensa escrita.

martes, 14 de noviembre de 2017

Diario de Noviembre XXV


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Hoy, esta tarde de siglo XXI cargado de incertidumbre, he mantenido una conversación en la que ha salido a relucir varias veces la palabra ambición. Ese vocablo, en función de quien lo pronuncie, tiene ya implícito en su fonética el cariz devorador; hay qué ver cómo cambia el sentido de lo que escuchamos en función hasta de la postura en la que nos encontremos cuando hablamos; por eso nunca viene mal, en caso de duda, preguntar qué es lo que se quiere decir con algo en concreto. Como ando por la vida sorprendiéndome del mecanismo de un lápiz suelo pararme a pensar con cierto apego semántico en las variantes de cada cosa que me dicen, porque pienso que en ese ejercicio aprende uno a saber lo que tiene que decir para que se le entienda. El pensamiento, la voz, las cuerdas vocales, las ideas, la palabra, la suposición, la explicación y el contexto, el mensaje y el sonido que lo transporta, las imágenes que conectan la dicción con la escucha, todo ello me resulta apasionante. Ahora que tengo un poco más de tiempo libre me he decantado por el ensayo y mi última adquisición ha sido un libro de Arnold Hauser: Historia, Arte, Literatura, sociedad, costumbres, tendencias, formas, señales, estética en base a, ilusiones, estudios, análisis. A las canciones les pasa lo mismo que a la lengua porque son lenguaje. Escucho The Doors y descubro las bases del romanticismo de un estilo cercano y con un punto en el horizonte del que han bebido el ciento y la madre. Noviembre se despliega a sus anchas por el calendario; debido a una tendencia a acotar la existencia en fechas que parcelan el almanaque cada vez se les va viendo el pelo con más anticipación a los aromas navideños; en breve pondrán las bombillas y dentro de nada nos estaremos comiendo el turrón y andaremos con lo de la Lotería y todo eso; pero antes aún quedan un mundo y varias vidas, muchas bibliotecas e idílicos parajes para el gozo, sonrisas, compañías y paseos a los que nunca se les sacie el apetito de la contemplación.

Diario de Noviembre XXIV


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Hoy el día ha tenido esa parte interesante que suelen suponer los puntos de partida. La sangre camina a sus anchas por la senda de la conciencia; menos da una piedra. Sol y sombra a muy diferentes temperaturas; cambios de tercio en el ajetreo de las calles; abrigos y mangas, atisbados pañuelos que no llegan a bufandas; almendras garrapiñadas y castañas asadas; una vida detrás de cada mirada, un disfraz para cada pose, como siempre, en eso no hemos cambiado, seguimos en nuestras trece y de ahí no hay quien nos saque. Ya no sé cuántas Españas hay, si una, si dos, si tres, todas ellas indefinidas e indefensas ante la hecatombe que suponga la falta de criterio de esos cuantos que lo resuelven todo a su manera, en sus sitios, en sus despachos, en sus restaurantes, en sus reservados en los que está reservado el derecho de admisión. He vuelto a encontrar en las calles de La Ciudad a esa señora en silla de ruedas que pide constantemente ayuda, al abuelo con gorra de béisbol reiterando con precisión de pentágrama medaspauncafé....medaspauncafé, y a un grupo de cinco jóvenes sentados sobre el tranco de un escaparate luciendo a sus pies la hoja de un cuaderno en la que ponía Estudiantes perdidos; me he sumado a un grupo de turistas para recorrer Agua y Vida hasta acabar en los Alcázares y,  a las espaldas de la Catedral, me he bañado en sol. Las reinonas de la mañana urbana lucen sus tacones y sus faldas cortas, sus pantalones ajustados, sus ceñidas chaquetas de secretarias, de visionarias del filón, sus labios hinchados de gel espesante, sus pómulos y sus pechos a prueba de bomba, sus gafas escondiendo los cristales de la madrugada que acabó en cada uno por su lado pero esto no puede quedar aquí; los hombres de la ejecución visten a lo que marque la moda (les pasa lo mismo con las mujeres) aunque les quede/queden mal; hay qué ver que mal gusto tienen para los zapatos, de lo del sombrero podré opinar si cumplo los cincuenta. He amado, he tomado café y tostadas y cerveza, he paseado y visto y olido, he leído y fumado y escrito; es decir he vivido.

lunes, 13 de noviembre de 2017

No me entero de nada


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El asombro está a la vuelta de la esquina. No dejo de asombrarme de lo poco que nos escuchamos, de cómo damos por supuesto lo que pasa, no tanto lo que nos pasa, y eso, pienso, nos trae de culo, cuesta abajo y sin frenos; o qué sé yo dónde empieza la madeja a enredarse. La incompetencia del ser humano, esa especie fallida por muchas vueltas que le demos al asunto, es supina y, nunca mejor dicho, absurda. La mañana es plácida, ella, mañana de paseo y de sol de invierno, de acordeón y de libros sobre la acera de la Puerta de Jerez, de vistazos a los escaparates de las librerías en las que a uno algún día le gustaría trabajar; la mañana se deja atravesar los puentes que salvan el río, se deja escuchar la canción del movimiento de los pies sobre las baldosas de diferentes colores, mañana de contagio romántico y de Paseo de Las Delicias inundado de coches y de peatones encomendados a su labor de hormigas minuciosas; de modo que no voy a detenerme demasiado en vulgaridades reales que de una u otra forma hay que aceptar aunque me permita el siguiente apunte. Ahora resulta que la alcaldesa de Barcelona dice que andavants (o como se escriba). Debido a mi tendencia a la indolencia de la mayoría de los aspectos que tengan que ver con la actualidad (esa palabra que ha perdido su belleza de instante informativo en pos de un cariz comercial que lo inunda todo de esa indeleble sustancia que aborrega a los borregos más de lo que son) suelen sorprenderme casi todas las noticias. No me entero de nada; uno todavía pensando en la poesía y en vivir más o menos tranquilo, uno pensando en el menos común de los sentidos y en las puertas que de par en par se abran a la concordia, uno a lo suyo pero dándose cuenta, viéndolo venir, callado, asustado, intrigado. No me entero de nada.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Te cagas


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Leo un artículo, que no tiene desperdicio, de Rubén Darío Vallés Montes titulado BIUNIC 2017, a cerca de una bienal sobre lo mejor del arte actual emanado de los mejores alumnos de las escuelas andaluzas, y se me vienen a la cabeza mis visitas a ARCO en las que siempre había un hueco reservado para la más atroz de las desilusiones en torno al Arte: esa presencia de dos papeles arrugados en un rincón sobre el que se proyectaba la luz de un aparato que había sido colocado allí por el Mesías de la iluminación del momento; pues si, te cagas; o esa otra imagen de dos vasos y un poco de agua sobre el suelo junto a un montoncito de arena queriendo decir guorever; te cagas. El Arte es cuestión de sensibilidad, de mensaje estéticamente trabajado por el aval que supone la dedicación, la técnica, el estudio, la armonía, el conjunto, el conocimiento, la cultura, el estilo, la geometría mental, la ilusión provocada, las líneas que nos dicen algo confluyendo en el punto al que va dirigida la expresión, el rumor que nos sacude por dentro cuando contemplando una obra de Arte nos conmocionarmos, nos cuestionamos, nos hacemos ciudadanos; el Arte necesita de un orden en torno a los parámetros que en cada caso corresponda partiendo de la base de la libertad, y ha de nacer como impulso generador de emoción, no de dudas procedentes de ridículas muestras de engañabobos. El Arte es una cosa muy seria pero, como todo, va perdiendo fuelle a medida que la avalancha comercial arrasa con el panorama imponiendo su estaca y tratando de hacernos ver al rey vestido cuando va desnudo. Lo que peor llevo de todo esto que tiene que ver con la estafa y con el mal gusto es la cantidad de verdaderos Artistas que se están quedando fuera de las bienales y certámenes y exposiciones y así todo seguido hasta el final, por no tener padrino, por no estar en el candelero al que se llega pasando por los aros de la mafia, prostituyendo el sentido de la dedicación y haciendo caer muy bajo el concepto de todo lo relevante a la belleza y su significado; Artistas que están trabajando duro, jóvenes que saben lo que hacen y lo que quieren, que verdaderamente aman el Arte, repito, se están quedando fuera o buscándose la vida en la calle, en una de esas aceras en las que a uno se le van los ojos detrás de las láminas y dibujos en los que hay más Amor que en todas las bienales y certámenes y pitos y flautas que no suenan juntos. Te cagas.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Diario de Noviembre XXIII


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Cada despertar tiene algo de inauguración. Una ducha es un ejercicio de escultura y de autoreconocimiento. Por las mañanas, cuando el cuerpo se dispone a moverse con la intención de encontrar las zapatillas, con la idea de preparar un café, sin atreverse todavía el rostro a mirarse al espejo, cuando el pensamiento propone y no siempre dispone, hay un momento para la reflexión en el que a casi todos se nos pasa por la cabeza cuestionarnos qué estamos haciendo aquí, en medio de este circo ambulante, de este desierto de arena con tan mal gusto para los oasis, en este entuerto cargado de presunta indulgencia, en este galimatías de porcentajes, en este enredo burocrático con el que se nos olvida la esencia de nuestro ser. Llegar con fuerzas suficientes para emprender la jornada después de una noche durmiendo es algo a lo que nos vamos acostumbrando y cuya importancia obviamos; el descanso es el polen que recogen las abejas de la agenda para que salga a flote el tarro de miel del día a día, tan viéndonos pasar, tan sin saber nada de nosotros, tan en su mundo como nosotros en el nuestro; los días se preguntan hasta dónde llega nuestra estupidez pero aún no han dado en la tecla, se les va de las manos la ecuación del desastre. El barrio de Santa Cruz, a eso de las diez y algo, es un paraíso para la contemplación, un Liceo para aquellos que gustan de ir mirando lo que hay grabado sobre las placas de mármol con las que en algunas casas se reseña la vivencia, el nacimiento o la muerte, la estancia o el pasar por allí, de alguien célebre. Siempre que voy a La Academia salgo de ella con deberes; siempre hay algo que investigar en torno a La Ciudad; por eso esta mañana he estado buscando en el callejón de el Agua una de esas placas viniéndome a decir aquí vivió el gran poeta Luis Cernuda, así como una ventana de la Plaza de Alfaro cuyo misterio artesano aún está sin resolver. Cuánta historia en el suelo que pisamos.

 

Diario de Noviembre XXII


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Conozco a algunos camareros que lo son porque lo tienen que ser, porque no tienen más remedio, porque las cosas les han venido así; muchos de ellos tienen un poso de clarividencia, de sentido común, de ganas de alcanzar el paraíso soñado de su tranquilidad, de afán por seguir cultivándose, que le hacen a uno pensar en la diversidad de caminos existentes en la vida, en la cantidad de vidas posibles, en el Friday night in San Francisco que supone la orquesta mental de un ser humano en busca de lo que realmente quiere. Hoy, esta noche, hace algunas noches, tras veinte años de andadura nocturna, de ires y venires y sinsabores y madrugones a precio de saldo, Marcel ha dejado el bar de la esquina, el bar al que recién llegado a Sevilla me acerqué por primera vez un poco con cara de cliente inocente y a verlas venir con un punto de nostalgia asertiva, un poco intuyendo lo que allí se cocía, un poco como siempre con ganas de meterme en un sitio en el que poder disfrutar de la gente más o menos atenta y a sus anchas sobre el tapìz auditivo del Jazz, escuchando música en directo y quedándonos después hasta las tantas hablando de esto y de lo otro y sobre todo de música, de todos esos discos que nos han dejado la huella del gusto por la melodía imaginativa y acorde.
Trabajar en un bar es un ejercicio que necesita unas dotes específicas de paciencia; no lo hace cualquiera. Aguantar el chaparrón de cuatro garrulos a las tantas y jugarte con ellos el pellejo porque te han salido rana y a punto has estado de nunca se sabrá, no se lo deseo a nadie. Muchas veces, mientras observaba cómo iba transcurriendo la parte de la noche a la que yo me acababa de acoplar tratando de imaginar lo que había sonado durante el rato de concierto que me había perdido, me sorprendía el ingenioso comentario y la manera en la que Marcel le decía a uno de esos pesados y recalcitrantes asiduos a las artes de la impertinencia que por favor tenía que largarse de allí, que no se le podía atender, que no le iba a atender; aire, humo, agua. Siempre han sido los buenos modales el principio sobre el que se sustenta la sinceridad más impactante, creo, y la más inesperada por frívola y sensata. 
Escucho a Tony Joe White mientras escribo; el baterista se asemeja a uno de esos relojes suizos al que le han dado cuerda las manos de Charly Waits; la escritura seintroduce en los senderos de la dicción del reino de las voces en el que uno habita convirtiéndolo en uno más de la banda; el bajo no da puntada sin hilo y eso es ya una premonición de que puede que en el momento menos pensado se suelte la melena la guitarra; hay un piano, un órgano, un teclado, un algo que aparece tintineando en los instantes en los que parece que necesitase el oído un flotador, una boya en la que fijar las coordenadas de cuanto suena, con esa casi imperceptible manera que solo se atisba cuando se escucha la música muy atentamente. Hay una correspondencia directa entre los buenos músicos de los últimos cuarenta años con su tendencia a lo experimental dentro de los caminos de lo alternativo sin menoscabo de su maestría como instrumentistas; algo así admiro de aquellos que le dan un aire particular a lo que hacen manteniéndose firmes en la coherencia de sus valores. Veo a Tony JoeWhite en uno de sus directos de los ochenta y es como si viese al Marc Veyrat del blues rockero capaz de sobrevivir al siglo XX, solo que dando el callo en el escenario, tan ensimismado en su tarea como lo pueda hacer un  recién empleado en algo que le pueda suponer el vértice a parir del cual proyectar la parte de  restringida libertad que por fin ha alcanzado; como Marcel, que a pesar de haberse mantenido en la brecha de la barra durante los últimos veinte años ahora parece que volviese a nacer cada vez que habla de su próxima dedicación en cuerpo y alma, lo que tanto tiempo llevaba esperando, poder dedicarse de lleno a la osteopatía y dejar de hacerlo de forma alternativa como le sucedía hasta ahora. No dejo de asombrarme de la capacidad del ser humano para perseguir sus sueños, del tesón y de la fortaleza de algunas personas para saber esperar; siempre he admirado a los pacientes de largo recorrido, a los que saben que un día les llegará el momento, conscientes de la larga travesía del desierto y no por ello derrotistas de su fe.



Diario de Novirembre XXI

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Desabrochar una cremallera es un gesto que puede llevar implícito el matiz de la provocación, de la persuasión, de la emoción anticipada del encuentro con los poros de una piel deseada, de lo que en definitiva supone la vocación por el pro del bocado, por el pre diseño de la caricia imaginada instantes antes de producirse, de la entretela en la que se envuelve el terciopelo del erotismo, de ese acercamiento que poco a poco, paulatinamente, se introduce en los vasos sanguíneos mejorando el riego del cerebro; musas y musarañas despiertas sobre los tejidos de dos cuerpos enroscados, enlazados, coleando, impulsados por la inercia de la textura de los cabellos que se pierden sobre el mapamundi de la piel, recorriendo a pasos cortos un pasillo, tropezando con alguna silla, empujando una puerta, deslizándose sobre el horizonte de las sábanas; lentes que analizan el minúsculo gramo de sensibilidad que pueda permanecer en las huellas de los destellos y reflejos y en la esfumadiza y persistente estela del orgasmo, edenes para sordos perdidos, para locos de atar, para cuerdos de amar. Un dedo, dos dedos, tres dedos, una pierna y un escote y un horizonte con dos molinos de viento mitigando la sed, un paisaje por debajo de las nubes y por encima de la almohada, entre la colcha y el somier, en la cama de las ramas de ese árbol perdido en mitad del bosque, erizándose los pelos hasta ponerse de punta en cada jirón de tacto bisílabo. Se tiene todo a partir del momento en el que se siente. La saliva engomina el flequillo del gemido. Los aires de paz se han concentrado en un punto de la tierra, en este punto en el que la velocidad del planeta se detiene y el tiempo queda suspendido a merced del impulso respiratorio del contacto sobre el hilo telefónico de los besos de tornillo.


martes, 7 de noviembre de 2017

Diario de Noviembre XX





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Esta mañana, tras haber estado tomando el aire del interior de los Cafés del Centro de La Ciudad, leyendo a Virginia Woolf, a Benedetti, a Bertrand Russell, leyendo los carteles publicitarios del costado de las furgonetas, los anuncios de compra y venta y alquiler expuestos en los balcones que se ven a través de las ventanas de las cafeterías junto a las que los fotogramas del presente son interminables, descripciones del marqueting que al parecer no se me da bien escribir, he retomado la sensación de profundidad que la observación genera a partir del momento en el que las pupilas, estando a su merced los otro cuatro sentidos, se ponen en marcha en común, al unísono, en comunión, encadenadas, persistentes en el recuerdo de las risas que invitan a soñar. La danza de los sentidos, esa es la coreografía que acompasa el pisar de las suelas de los zapatos mientras se recopilan versos extraídos de los comentarios de la gente. La Ciudad es tan ella y tan bella que cuando está húmeda se pone el delantal de las amas de casa y nos ofrece su cara más hogareña; La Ciudad es tan bella que son como antojos cuando llueve los dibujos en las fachadas después del chaparrón; La Ciudad nos arropa con humedad y con alegre melancolía los días de agua, los días con sabor a bienestar vespertino y mañanero y viceversa, inundándolo todo de algodón calado de poesía, gracias al aroma a tierra mojada, al inconfundible aroma a tierra mojada e imaginada por el recuerdo que en las tardes de este noviembre se paladea con el olfato de la memoria en La Ciudad. Conectar con el tiempo, a nivel meteorológico, es un ejercicio respiratorio semejante al Yoga; uno se acopla al calor o al frío encontrando un hábitat emocional que le resguarde de las demagógicas inclemencias de un presente continuo político desamparado de razón, no haciendo ni caso, pasando, desatendiendo los torrentes de embustes que salen de las bocas de los acomodados en los sillones del Congreso y del Senado y de vete tú a saber la parte: paraísos artificiales para la clase pudiente, oasis, arenes, cielos a medida que no dejan de ser cárceles. El ser humano se encarcela en la persecución del dinero sin que el tiempo del que dispone le importe demasiado; el objetivo está muy claro. Esta mañana tiene una textura de sosiego que me adapta con facilidad a la indolencia de no preocuparme por el orden de los cacharros, dejando en libertad provisional todo aquello que nos rodea, despejando las tensiones de uso ordinario mediante la puesta en práctica del bienestar; la verdad es que, así cualquiera.

Diario de Noviembre XIX


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Alabo el trabajo de todos aquellos que limpian las calles, que nos quitan la mierda, que echan a un lado los residuos de nuestros chicles y malolientes alientos a tabaco, a bilis por la boca, a desencanto del circo ambulante de la moda, a  moneda de cambio sin cheque al portador. Alabo la generosidad de quienes se disponen a enfangarse, a recluirse por unas horas en la sanidad de la que nos beneficiaremos quienes salgamos a la calle horas más tarde sin siquiera pensar en que aquello haya podido o no caer del cielo, que las calles se inventaron así, que ese es su formato de serie, de toda la vida. Muchas noches, de vuelta a casa, me cruzo con los funcionarios del servicio municipal de limpieza viendo en su trabajo una parte de la vida de La Ciudad, a esas horas en las que las calles descansan del trajín ordinario, y se me viene a la cabeza la cadena de montaje de la realidad, lo que no se ve, todo eso que damos por supuesto. La Ciudad se limpia de madrugada, se adecenta, para que podamos pasearla y gozarla en su esplendor de niña coqueta. Hay qué ver que denostados están los oficios más pertinentes, eficientes, útiles, necesarios.Y todavía hay quien dice que ser barrendero es un lujo, que no veas cómo viven, que esos sí que se lo han montado bien. Es realmente ridículo, esperpéntico, caduco, aborrecible, retrógrado, insustancial en los que al tacto con la vida se refiere, que aún haya quien se atreva a decir semejantes barbaridades. La calles de La Ciudad son agradecidas, íntimas y concurridas, enrevesadas y lineales, llanas y sencillas en su rostro artístico, amigas de quienes se paren a hablar con ellas, agradecidas con los cuidados que se les brinden; y es un gusto comprobar de qué ardua manera, con ápice vocacional, se dedican a limpiar las calles de La Ciudad esos hombres y mujeres con los que rara es la noche que no coincida. Muchas Gracias.

Diario de Noviembre XVIII


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Ser libres es una obligación que no podemos permitir que se nos arrebate por miedo a perder una identidad ficticia que se nos ha ido cosiendo como un traje a medida a lo largo de los años, con ese afán de seguridad que determina una cierta dosis de quietismo y de aquiescencia envuelta en prejuicio, con ese aire de convicción sostenido por el influjo de una parte de conservadurismo conveniente, haciéndonos mirar para otro lado, fulminando la empatía, desatendiendo el impulso del sentido común, yendo a lo nuestro o a lo que devenga en interés. Tiende el hombre a desplazarse hacia la orilla de la calma pero esperando la oportunidad del desquite; no deja de ansiar cosas que andan ahí agazapadas en el subconsciente esperando su turno, dedicándose mientras tanto a mirar crecer la hierba en las aceras hasta que llegue el momento oportuno. A veces me viene a la cabeza la última secuencia de La lengua de las mariposas, en la que el niño que tanto cariño le tenía a su maestro acaba por insultarlo públicamente a la salida de la camioneta en la que iban a darle el paseo a los hombres que serían fusilados, tirándole incluso alguna piedra, la última de las cuales se plasma en la pantalla como un tatuaje que se incrusta en el alma del espectador. Ser libres es una condición que nos pertenece, que nos es inherente, que va con nosotros, para decir que si o que no, para decantarnos por la parte de la verdad que consideremos más justa; pero todos acaban siendo conceptos relativos una vez que sabemos que nuestro radio de acción abarca poco y que conviene salvaguardar nuestro entorno para que la epidemia social no cale en él. La calle es amplia, las visiones sobre ella se suceden, los versos afortunadamente no han desaparecido, el rumor de la incertidumbre cesa poco a poco, se acopla como se acoplan dos cuerpos que se entienden a la perfección haciendo el Amor.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Y entonces, qué


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Esta mañana, camino de mi encuentro con el día, iba cobijándome del sol en la sombra y viceversa, jugando con la temperatura, buscando un poco de claridad y cambiándome de acera a los pocos minutos, dudando de si habría hecho bien en salir a la calle vistiendo una cazadora, cuando en una de las esquinas de La Puerta de Jerez, siendo amenizada la voz de las pupilas por el Rock,  he sido irrumpido por la presencia de unos cuantos libros sobre el suelo, junto a un banco a cuyas espaldas hay un pequeño jardín acotado. Los libros reposaban en una tela con pinta de sábana, no sabría decir; entre ellos había alguno de esos manuales de filosofía que tratan de explicarlo todo en doscientas páginas; también una o dos novelas de autor para mí desconocido,  qué sé yo a cerca de qué, y una obra de Bertrand Russell titulada Elogio de la ociosidad. No había nadie atendiendo en el ambulante puesto situado en el Centro de uno de los destinos turísticos más importantes del mundo, de forma que inclinándome me he acercado hasta obtener el ensayo en mis manos y, sin querer levantarme por miedo a parecer uno de esos ladrones inseguros pero deseosos de llevarse algo minúsculo, al poco tiempo se me ha acercado un joven preguntándome si me gusta el libro, continuando con que, si quiero, me puede proporcionar más del mismo autor; me ha preguntado si estoy interesado en las escuelas de Frankfurt y Viena, comentándome que me puede proporcionar algún otro libro de esa colección que aún no haya encontrado, para, acariciando el ejemplar de Bertrand Russell, hojeándolo, mirándolo y sugiriéndome que me fijase en la curiosidad de estar firmado por su padre, acabar por pedirme, que no es lo mismo que pidiéndome, tres euros. ¿Y ahora, qué? So, what?

Ordenar una biblioteca


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Ordenar una biblioteca tiene algo de estudio en sus movimientos, en la cara que se pone al leer el nombre de un autor desconocido hasta el momento, en ese instante en el que pasar un paño por los cuatro puntos cardinales de cada ejemplar es una terapia de origen oriental. Cada libro que transcurre por las manos de quien se dispone a la labor de la clasificación guarda el silencio de los exámenes, y el placer de las caricias sobre los lomos de los textos cuyo magnetismo es una de las fuerzas de atracción comparables a la de la gravedad. Los libros son como seres activos que con su presencia atestiguaran el respeto que le debemos a quienes se han esforzado por dejar negro sobre blanco las huellas de su pensamiento, del pensamiento humano, de la historia, de las reflexiones a cerca del comportamiento de las diferentes sociedades, de la Sociedad, de lo que somos a partir de lo que fuimos, de lo que seremos como sigamos así, de lo que no se sabe y menos mal, de eso en exceso y así todo seguido hasta el final, como diría Umbral. Cada volumen de una colección confraterniza con sus semejantes en la aleación propia de los buenos equipos. Títulos y nombres de escritores y de ciudades, de personas y paisajes, de fechas y paraísos por encontrar en la lectura; editoriales, dedicatorias, notas que el lector interesado dejó como fruto del alimento recibido; espacios cóncavos y convexos, maderas que sostienen el edificio en el que se hospeda la sabiduría, el peso del conocimiento, la receta para quienes aspiren a poetas, a filósofos, a pensadores, a escritores que sepan estar en su sitio. Todo está en los libros. La paciencia con la que se disfruta del ejercicio de ordenar una biblioteca no es paciencia, es otras cosa, es estado de plenitud concedida/concebida, es oportunidad de involucrarse uno en lo que ama.