miércoles, 15 de febrero de 2017

Señales


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No hay día en el que no piense en la estabilidad personal de los seres con los que me cruzo por la calle a la vez que voy imaginándome sus vidas, buceando en las señales de las que se desprenden los comportamientos del ser humano. Sumido en mi fabulación voy intentando desentrañar las claves de los ademanes de quienes comparten conmigo el paseo sobre un paso de cebra o el raudo vistazo a un escaparate, la paciencia/impaciencia en la cola del supermercado, el arrebato de las prisas de quienes no quieren perder el autobús, la inusual correcta colocación de quienes suben y bajan sobre las escaleras mecánicas de un centro comercial sus sueños estampados del glamour de las etiquetas; las miradas y las ojeras, el quiebro en una esquina, el atronador silencio medicado de los sonámbulos, los cigarrillos del recepcionista que hace guardia en un hotel de la calle Trajano, lo que estarán pensando los camareros del Bar Duque ante ese vendaval de tostadas y churros con chocolate cuando nadie repara en el esfuerzo de su concentración, el semblante impasible de los vagabundos de la calle San Eloy, la bella pose de la señora de la calle Silencio que  a todo el que pasa delante suya le dice guapo y precioso en una demostración de generosidad con tilde de Alzheimer que para sí la quisiera cualquiera de nosotros; el mundo alrededor de uno mientras va en dirección al trabajo o sale a dar un paseo camino del teclado en estas apacibles tardes de invierno soleado, el zigzag de los ciclistas, la cantinela de los vendedores de cupones, las manifestaciones de inquebrantable tesón de los repartidores de butano, la acuarela del cielo al atardecer con cuya luz se ilumina la orilla de ese barrio llamado Triana en el que todavía queda gente que se jacta de no haber cruzado nunca el puente. Pienso en esto porque me siento necesitado de la correspondencia de la realidad de los demás para acoplarme lo mejor posible a lo que pasa, a la cosa, al tema, al trajín, a la historia, al lío, a la literatura de las retinas, intentando desvincularme de la engorrosa hipocresía del quedar bien distanciándome de mi ser, de ese manido hábito tras el que se transparenta que todos guardamos muchas cosas que decir pero parece como si un endémico miedo nos rondara diciéndonos no, eso no lo digas, eso no lo hagas, eso no lo pienses, eso no lo propongas, eso ni se te ocurra, y así, como dicen los gurús del marketing moderno, hasta el infinito y más allá, o más acá, que nunca está uno seguro de si se habrán dado cuenta de lo que están haciendo y diciendo y planificando ni a costa del esfuerzo de quién. Intento salirme así de los parámetros establecidos para no correr el riesgo de olvidarme de mi, para sentirme más en el directo de la calle, en la distancia corta del contacto urbano, aparentemente disfrazado de estudiante, a lo mio, sin hacer ruido pero formando parte del mosaico de figuras de carne y hueso que conforman el reparto de la escena, cogiendo los panfletos que me ofrecen los magos africanos y los testigos de Jehová, las chicas monas de las terraza del Paseo de las Delicias, para no romper la cadena de montaje del papel que a cada uno le ha tocado hoy. De todo ello voy recaudando los detalles que me permitan acometer la tarea del civismo sin desentonar, en esa especie de ejercicio espiritual consistente en plantearme entender a todo el mundo, a cada cual en sus circunstancias, sin pasarme de listo ni haciéndome el tonto, sin darle mi brazo a torcer a la idea de que hay mucha tensión acumulada que no nos deja vivir en paz, algo raro que se acerca a la idea de que puede que se nos esté olvidando el significado de las palabras calma y bienestar, mucho desajuste de energías malogradas, nidos de golondrinas habitados por los cuervos del negocio. Por eso cuando hablo contigo gozo de la libertad de decir lo que pienso sin que se interpongan entre nosotros las trabas del comercio ni los prejuicios del interés, esa letanía de cosas que parece que hay que hacer y decir envolviéndolas de un velo de silenciosa disconformidad para que nadie diga ni piense ni se crea ni vete tú a saber qué de quién; es entonces cuando entiendo que el oficio de vivir es una de las máximas aspiraciones de nuestra civilización.

2 comentarios:

  1. Algunas veces lo hago, imaginarme vida y milagros de la gente que veo en el autobús. ¡Si fuera posible comprobarlo!
    Salu2 callejeros.

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    1. Creo que eso es un sano ejercicio literario, Dyhego.

      Salud.

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