viernes, 12 de mayo de 2017

Una vez que amanece


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Hay una luz que entra por la ventana,
una semana sin fin de semana en el maletín,
un maniquí en mi afeitada tez de porcelana,
una manera de salir del paso para sobrevivir.

Hay un contorno, una cartulina recortada,
una serie de adornos que han venido a parar aquí,
un resurgir de mis cenizas carmesí requemadas,
una almohada que no huele a nada, solamente a ti.

Hay una enredadera en la selva del cerebro,
un hasta luego conmigo a la espera de un sí,
un porvenir del que a penas me acuerdo,
un amuleto para cuando se tercie sufrir.

Hay un lápiz, un soneto, un libro y un café,
una fe que no sé lo que me quiere decir,
un maldecir las desventuras que olvidé,
un antes de ayer con olor a mes de abril.

Hay una nube y un insomnio y un teclado,
un maquillado testimonio de lo que nunca fui,
un colibrí refugiado en en el canalón de mi tejado,
un mago al que le falla el truco si le quitan el bombín.

Hay un borrador y un paquete de Ducados,
un encendedor que  no deja de insistir,
algún souvenir que el pudor ha conservado,
una radio despertador que me ha visto dormir.

Hay un antes y un después y un ahora,
una calculadora que se olvida de sumar,
un bar en la esquina, un sueño en la aurora,
una computadora que  no me deja de dictar.

Hay un trajín y un aguardiente, un ronquido,
un silbido para el quiebro más urgente,
un torrente de latidos buscándole sentido
a los versos que escribo contaminados de presente.

Hay un amigo que lo está pasando mal,
un vendaval de adrenalinas enrevesadas,
una posada resumida en esta ciudad,
una afinidad a las ganas de tener ganas.

Hay un poco de todo y mucho de nada,
una jornada a la que habrá que hincarle el diente,
una bohemia sobresaliente, una costra sin pomada,
una marejada que sortear con los chanchullos de Occidente.

Hay una soledad más o menos acompañada,
una temprana claridad que da ritmo a la poesía,
una rendida pleitesía al sol de la mañana,
un ramillete de canas en la estación de mi tranvía.

Hay un fulano, un vecino y un jefe de sala,
una demorada tendencia a recordar lo que sabía,
una vía de escape, un desplegar las alas
cuando riman las palabras que no lo prometían.

Hay una melancolía, un mundo y un fuero interno,
un infierno que depende del asunto me canta las cuarenta,
una puerta abierta para el olvido de lo eterno,
un cuaderno en el que se apunta y no se cuenta.

Hay un halo de descuido y una tilde de pereza,
una especie de certeza de que se vive de milagro,
un candelabro esquivo a las velas de la tristeza,
una cerveza que sacia la sed de lo que hago.

Hay cinco días libres y un par de ellos de descanso,
un remanso de paz en la música clásica de la lluvia,
una tertulia incluso para lo que no venga al caso,
un frenazo en seco de un jueves con melena rubia.

Hay una guitarra destrenzada y solitaria,
una malaria que le come los pies a los gemidos,
un retenido polizón de onda estrafalaria,
un abracadabra tras el que sucede lo temido.

Hay un patio y una humilde biblioteca,
una enclaustrada discoteca en el confín de Spotify,
un Compay Segundo corrigiéndome las letras,
una receta para asumir que haber es lo que hay.

hay, una vez que amanece, lo que se cuece
en este día en el que  no sé qué va a pasar,
en el que lo mejor es no pensar en un martes y trece
para que estos peces de hielo no dejen de nadar.



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