Vuelve uno a lo mismo, asaltándole las mismas cuestiones, los mismos temas que sin la necesidad de la recurrencia se asoman por la ventana de la mera realidad y se envuelven en ella como una tela de araña sobre la que las circunstancias y el destino de muchas familias quedan atrapadas; vuelve uno a los mismos pensamientos que lo arrastran hacia un sentimiento de culpabilidad y de conmiseración, de pena y de fracaso, con el que le da vergüenza propia y ajena pertenecer a este mundo tan lejano del que soñaba cuando era un niño, cuando el único motivo posible para un largo viaje, a uno de esos lugares de nombre exótico por no haber sido nunca escuchado, era la persecución de un descubrimiento, la tentación de la aventura, el sentido mismo de la vida. Vuelve uno a una pegajosa rutina de la que se contagia en cuanto se despista, atrapado por una serie de hábitos consumistamente absurdos que desembocan en la irracionalidad de la pérdida de tiempo y de dinero, en el insensato entretenimiento del despilfarro, mirando para otro lado, acostumbrado, impasible ante la instantánea de miles de emigrantes con cara de asustados. Vuelve uno a la misma panorámica cada vez que vuelve a disponer de la posibilidad de poner un pie en la calle, en su calle, con ese matiz posesivo con el que parece que nos sentimos más seguros, más en nuestro sitio, y vuelve a los mismos destellos del ordinario espectáculo del lado oscuro de la vida, a la presencia de olores y de sonidos conocidos, a una preocupante naturalidad en la observación de algunas aberraciones que le ponen a uno en guardia y le avisan a cerca del peligro de esa comunicación directa con el detrimento de la capacidad de asombro, tan necesaria para captar el continuo cambio de la existencia, para lo bueno y para lo malo, y sin la que de manera irrefrenable aparecen los primeros y sospechosos síntomas de la falta de conciencia. Vuelvo, asiduamente a la misma imagen de hombres y mujeres separados que mantienen una conversación mediante una de las pantallas de ordenador de un locutorio: mujeres que toman en brazos a un niño y se lo enseñan a un padre amargado por las inclemencias de la realidad en un país que no es el suyo y al que ha venido a buscarse la vida, a buscarles la vida a distancia a sus seres queridos. Imágenes que delatan la desolación, la falta de criterio en la toma de decisiones por parte de los gobernantes, el desamparado límite de la actual situación de miles de refugiados y de exiliados políticos y de padres o madres de familia que atraviesan Europa en autobús; miles de ciudadanos abocados a trasladarse a miles de kilómetros de distancia con miles de miedos y de recuerdos, con miles de propósitos y de incertidumbres y de esperanzas fundadas en la creencia de un dios que se encuentre de su lado; miles de personas que, sin previo conocimiento del idioma del lugar al que se dirigen, abandonan sus hogares porque no les queda otra, salvo darlo todo por perdido, y salen de sus países sin noticias ni conocimiento, sin una mínima idea de lo que les espera, sin más argumentos que esa huida hacia delante que forja el corazón de los valientes.
sábado, 18 de octubre de 2014
El corazón de los valientes
viernes, 17 de octubre de 2014
Espíritu de resistencia
Dice Pedro Sorela, en su magistral obra Dibujando la tormenta, que en los días de la invasión alemana durante la Segunda Guerra Mundial era frecuente ver con un ejemplar de Faulkner debajo del brazo a quienes se sentían contrarios a ésta. Yo, debido a un cierto espíritu de recuperación anímica, durante el que, siempre la misma medicina de la literatura, me lo estoy pasando en grande de página en página, ahora paseo con el machadiano Juan de Mairena a todos lados. Asistir a las clases del profesor Mairena, además de alegrarle a uno el alma con sus ingeniosos e inteligentes comentarios, le abre también la esperanza de seguir encontrando amigos en los libros, como a Borges le pasaba con Stevenson; y son de agradecer dichos encuentros para poder combatir con algo más de paciencia la barbaridad ordinaria de las esquinas meadas, del ruido de los acelerones y frenazos de los conductores suicidas y de los gritos de aquellos que a voz en cuello no dejan de decir tonterías con dos copas de más en el cuerpo. La calle, esa selva de piedra y asfalto en la que, como buena selva, la animalidad es frecuente, da para mucho, pero también para disfrutar de los lujos accesibles que la realidad nos ofrece, como el de pararse de vez en cuando a tomar un café acompañado de un rato de buena lectura en el que ésta se encarga de alimentar la conciencia aportándole el tesón suficiente para no tener que llamar gilipollas a cualquiera de esos que, con sus lecciones de una aparente oposición al civismo y al respeto por los demás, dejan la condición humana a ras de suelo. Para eso también sirve la lectura, para no sentirse atraído por la idea de adoptar la estupidez como pasatiempos. Claro que habrá quien me diga que depende de lo que se lea: bueno si, pero partiendo de la base de la cabal racionalidad es de suponer que elegiremos leer aquello que beneficie nuestro crecimiento; de ustedes, como de los veinte o treinta lectores que Sthendal pudiera tener en vida, no lo dudo; de modo que me resulta un grato placer felicitarles por sus inquietudes, de verdad, porque solo con ese contrapeso ante la más recalcitrante imbecilidad seremos capaces de hacerles a cuantos nos rodean la vida menos insidiosa a lo largo y ancho de los metros cuadrados que abarca nuestro entorno.
jueves, 16 de octubre de 2014
Luego existo
Siente uno que le tiembla el pulso, que no le cabe el corazón en el pecho, cada vez que con en el pespunte de un verso de Benedetti se engarzan los retazos que de si mismo había perdido; cuando algo le hace cosquillas por dentro después de haber bebido de la fuente del talento del creador del literario mundo de Mágina, viéndose reflejado en sus pasos, en su curiosidad, sintiendo el privilegio de sus lecciones de conciencia y humanidad. Se siente uno en el mundo cuando algo serio y fundado, algo secundado por el sentimiento, por la empatía de mantenerse despierto, deja su marca en los senderos del mínimo crecimiento; cuando tras haber escuchado una melodía me vienen a la memoria recuerdos que con la música se funden en esa película mental en la que me encuentro con mi otro yo sin ser siniestro, sencillamente sano y salvo, vivo, coleando y con los ojos abiertos. Siente uno ganas de salir volando cuando escribe insistentemente, sin parar, con la paleta de colores que al presente le ofrece la realidad, como queriéndolo tocar todo desde esa cercana distancia de la curiosidad, desde ese bis a bis con lo más próximamente desconocido, a cerca de todo aquello que se va viendo al otear los movimientos del universo en el que su barco se encuentra varado, en ese estado de bienestar parecido a la levitación, al transcurrir de calle en calle sin hartazgo, yendo y viniendo de la tienda al mercado, de la plaza al callejón y de la avenida a la barandilla del infinito puente tendido entre dos puntos del cielo, de la buhardilla a la habitación, desde el pasillo del aula de la vida a la biblioteca. Siente uno, luego existe. Siente uno el confort de irse a dormir con el convencimiento de que soñará, otra vez, una más, de nuevo.
lunes, 13 de octubre de 2014
El señor de la bolsa
Hay personas con las que uno se cruza en diferentes lugares a lo largo de su vida, como atraído por un misterioso magnetismo que le va dando las pistas para la composición de un relato, andando siempre atrapado por el confesable vicio de ir imaginándose los pormenores de la existencia de los seres con los que se topa en cada esquina. Hace unos cinco o seis años vi por primera vez al señor de la bolsa. Se encontraba sentado junto a la mesa central del locutorio de la calle San Fernando, el más cosmopolita de Sevilla, desplegando una serie de papeles que iba sacando de una especie de saco, una de esos macutos a cuadros que venden en los hiperbaratos establecimientos regentados por familias orientales; unos eran como planos de edificios, líneas que configuraban en mi imaginación las labores de un arquitecto, otros tenían el aspecto de viejos manuscritos, de misivas enviadas desde un otro mundo perteneciente a lo lejano, a lo pasado, a lo quedado en el tintero; pero su aspecto, más bien desaliñado, no daba pie, siempre las apariencias, las malditas apariencias, a pensar en un profesional en activo del diseño o de la historia sino más bien en la de un buscador de tesoros, en uno de esos seres curiosos que andan siempre tras la huella de determinados detalles para saciar su curiosidad en torno a un tema. Meses después volví a coincidir con él, en la biblioteca Infanta Elena, la del Chile sevillano, donde continuaba enfrascado en las mismas cuestiones, rascándose la cabeza cada vez que despegaba su mirada de aquella encrucijada de líneas que para mi ya empezaban a ser las de un castillo lleno de fantasmas. Salí de esta ciudad y, al regresar al cabo de un año, encontré de nuevo su figura en el corazón de esas arterias callejeras llamadas Sierpes, Velázquez, Tetuán, Rioja, San Eloy e Imagen: en la Campana; con su bolsa, esta vez transportada en un carrito como los que utilizan los músicos del asfalto para llevar sus amplificadores, y con su rubicundo y fornido semblante, con la opulencia de los hombres alemanes que han bebido mucha cerveza a lo largo de sus vidas. A pesar de ser invierno parecía no haber abandonado aún su indumentaria veraniega, parecía no preocuparle el frío ni la humedad, debían de ser otras sus cavilaciones, su mirada seguía incesantemente clavada en el mar de dudas de sus asuntos, dirigida a los tejados y a los adornos de la parte inferior de los balcones. Meses más tarde tuve la ocasión de coincidir con él en la biblioteca provincial de Huelva, en una etapa de mi vida en la que la literatosis me tenía comido hasta los huesos, y entonces empecé a tomarlo como algo normal; tanto fue así que me acerque para fisgonear cuáles eran los libros con los que compaginaba sus averiguaciones: manuales de arte de diferentes épocas y códigos legales formando una torre junto a la que ahora reposaba su lupa. Salí de allí en dirección a Asturias, y en cada sala de estudio a la que acudía iba sospechando que cualquier momento era bueno para presenciarlo de nuevo afanado en el despliegue de sus cartuchos repletos de planos y en la minuciosa lectura de la letra pequeña de aquellos ejemplares cargados de leyes. Ayer, mientras Trajano abajo me dirigía a mi casa, con la más que probable posibilidad de pararme a tomar unas cervezas en Casa Joaquín, fui sorprendido por la imagen del hombre de la bolsa abriendo la puerta principal de un majestuoso edificio situado en esta misma calle; corría la gran puerta de la entrada sin apenas esfuerzo, deslizándola como si sus bisagras hubieran sido engrasadas con el más depurado de los aceites para tales fines, y entró con el sigilo de los gatos que saben que obtendrán la recompensa de la caricia en el cogote, como con muchas ganas de ver a alguien. Una de las primeras cosas que me he propuesto hacer hoy nada más levantarme ha sido pasear por las inmediaciones de la casa del señor de la bolsa, y lo que me he encontrado ha sido la fachada en ruinas de un antiguo edificio con aspecto de sala de fiestas de los años treinta o cuarenta: lo que siendo en aquella época el Salón de Variedades Lido fue, al segundo día del alzamiento militar, transformado en centro de detención y en dependencias comisariales durante los años de la incivil guerra española.
domingo, 12 de octubre de 2014
Octubre, Octubre
Una de las cosas que más me gusta del otoño es el olor que desprenden las calles después de haber llovido; otra el barniz de ocre que acompaña a los pensamientos caminados, y lo pausadamente que los días van haciéndose más cortos. El otoño es el recuerdo de los inicios de curso, el aroma a cuaderno sin estrenar y a goma de borrar intacta. La escena de los colegiales con sus carteras a hombros, junto con la de los escaparates de las librerías, ahora policromados por ejemplares de diferentes asignaturas, forma parte del compás de la obra de arte que nos trae el otoño: esa especie de incitación al estudio, a la lectura sosegada acompañada de un bloc de notas, al privilegio del café y la charla con buen verbo de la sobremesa en la que a través de las ventanas del comedor se comprueba cómo, minuto a minuto, se echa la tarde encima. Con la llegada de Octubre parece como si algunos de los hábitos que han sido frecuentes durante la canícula se vieran ahora abocados a una cierta hibernación, como cuando se guardan las prendas de una temporada a causa de la llegada de otra, y son metidos en el ropero de las costumbres que de callejeras pasan a ser más hogareñas. La música clásica de la lluvia, el soniquete del chisporroteo con el que se acompaña la llegada del sueño cobijado entre las sábanas, y el algodonado dibujo gris de nubes entre las que se rescata la instantánea de un rayo de luz son secuencias que pertenecen a los placeres de la contemplación: fotogramas del presente con hojas caídas en el suelo. El reflejo de las fachadas en los charcos próximos a las aceras dilata la perspectiva de los edificios, y es fácil ver en ellos el amplio brillo de la vida, el resurgir de la humedad con el que parece que las paredes sacian la sed contenida durante el verano. Es esta la época que más carga poética me sugiere, porque cada acto se acompaña de una inclinación hacia el refugio del alma, allá donde las ideas saborean la textura de la templanza: ni frío ni calor, un estado perfecto para pararse a hacer planes, para recomponerse por dentro, para sacarle punta al lápiz y escribir en una página en blanco los proyectos, las cosas que no se pueden olvidar, acompañado por el agradable vientecillo tras el que caen unas gotas de romanticismo. No hay nada como un mes de Octubre recién sacado del horno.
sábado, 11 de octubre de 2014
Criticando
No anda uno a salvo de las críticas ni aún siendo un humilde camarero. Hoy en día, en nuestro afán de protagonismo, mediante esos comentarios que aparecen en la red en los que cada cual describe cómo le ha parecido su experiencia en un bar o en un restaurante, todo el mundo encuentra a mano la herramienta perfecta para la distracción y para satisfacer las ansias de su maltrecho ego viendo así su nombre, seudónimo en la mayoría de los casos, escrito en un pequeño recuadro, y atemperada su mala leche a base de un descomunal desgaste de ésta. Hace unos años, cuando internet no estaba a la orden del día, ni tanto papel cuché andaba plagando los quioscos de prensa, ni existía el daño propinado por los sensacionalistas programas actuales en torno a la cocina, que nada tienen que ver con el oficio ni con el amor por el mismo, lo bien o lo mal que lo hiciera cada casa, cada restaurante, lo iban diciendo lo gurús mediáticos de entonces, llámense Rafael García Santos, Carmen Casas, Philippe Regol, José Carlos Capel o Raimundo García del Moral, por poner unos cuantos ejemplos; gente que al fin y al cabo cobraba por ello, y que unas veces bien y otras no tanto cumplían una función crítico informativa en ocasiones necesaria para separar el grano de la paja; pero ahora, en esta incierta época en la que es patente el grado de alfabetización de cuantos colaboran aumentando el desconcierto sin criterio en el que se ha convertido cualquiera de esos foros, en los que difícilmente pueden ser leídas frases que concuerden con regularidad la premisa gramatical del sujeto, el verbo y el predicado, el menos pintado sale opinando una barbaridad detrás de otra; hasta el punto de que, y se me ha dado el caso, los hay quienes nada más entrar en el restaurante tienen la poca vergüenza de decirte que ellos son de los que luego escriben tal o cual reseña aquí o allá. Entiendo la crítica, profesional siempre que sea posible, como algo necesario para que determinados cánones se ajusten al precio cobrado, para que la calidad de lo que se espera de un establecimiento no mengue por capricho, para que se haga bien el trabajo. En cambio nunca he estado de acuerdo con la poca mano izquierda que en algún momento tuvieron algunos de los antes mencionados maestros con respecto a la realidad de alguna casa de comidas, ya que no siempre se tuvo en cuenta que de esas opiniones dependía la estabilidad económica de un equipo de trabajo entero, que pudo verse resentida precisamente por eso: por una mala crítica. Pero en lo tocante a la actualidad, al maremagno de simplezas e idioteces que unos amiguetes se escriben a otros, a la cantidad de puñaladas por la espalda recibidas de mano de la envidia, mi única opinión es que resulta descorazonador vernos envueltos en semejante desajuste de impropiedades, todas las cuales acaban resultando un fiel reflejo de uno de los males dominantes: la pura y dura incultura y sinrazón, lo mal educados que somos y estamos y el poco comedido sentido de la responsabilidad que tenemos. Qué aburrimiento.
viernes, 10 de octubre de 2014
Mala reputación
Ando enfrascado en la lectura de un ensayo de Manuel Chaves Nogales sobre la ciudad, sobre Sevilla. La prosa de Chaves Nogales es tan lírica, tan descriptiva, que hace que uno se transporte con facilidad a los lugares que describe como si estuviera paseando por ellos ahora mismo. Sevilla ha cambiado mucho en los últimos cien años, pero hay cosas que persisten con la insistencia de la autenticidad más pegada al suelo y al hábito de sus gentes: en Sevilla no se envejece, por ejemplo; en Sevilla no hay quien se desprenda del duende de sus calles, de la idiosincrasia de cada uno de sus barrios, que como a principios del siglo pasado, cuando cualquier paseante podía ver las diferencias de cada una de las zonas que atravesaba mientras transcurría por el Paseo de las Delicias, ahora es palpable en cada entrada que uno haga a los diferentes lugares por los que camina desde San Lorenzo a la Alfalfa pasando por Santa Cruz hasta llegar a la Puerta de la Carne; o como cuando los acentos de Triana se difuminan a partir del instante en el que uno llega al mercado de San Gonzalo. La verdad, la autenticidad, es de agradecer porque es riqueza compartida siempre y cuando se comparta con el debido respeto y nadie trate de convencer a nadie de la legitimidad de sus conductas más bien bajas. He empezado escribiendo sobre Chaves Nogales por ser éste uno de los más fundados ejemplos de equidad y de ciudadanía, de respeto hacía la integridad de las personas y de coherencia argumentativa en cada cosa que dejó escrita. A Chaves Nogales ahora se lo quieren llevar a su terreno, haciéndolo uno de los suyos, tanto los de un bando como los del otro, tanto los del PP como los del PSOE, fundamentalmente por sus alardes de inteligencia y por la puridad de sus comentarios periodísticos, en aquella siniestra época de la que data la peor versión que se recuerde de las dos Españas, que trajo consigo una macabra e incivil guerra; y se lo quieren llevar a su terreno precisamente porque no se casó con nadie, por la gallardía de una imparcialidad que, parece mentira, le llevó a Londres pasando por París, siendo en primer lugar perseguido por la envidia de los que parecían ser los suyos y después por quienes, con motivo de la entrada de las tropas Alemanas en Francia, no podían consentir la presencia de semejante tipo entre ellos. Y mientras me doy el lujo accesible de leer a Chaves Nogales me doy cuenta de que hay otras cosas que no han cambiado entre quienes no nos queremos casar con nadie: no ha cambiado la mala reputación que nos podemos forjar, a base de desengaños, quienes sólo queremos que nos den lo nuestro y que nos dejen en paz cuando se nos acercan a contarnos historias con razones basadas en inadmisibles triquiñuelas sobre las que se amparan los planes que favorecen a los mismos: a los que están consiguiendo hacer comulgar con ruedas de molino a la clase trabajadora. Y en eso se basa el riesgo que corro de forjarme una mala reputación, señores, según el último de mis jefes: en que no puedo durar tan poco tiempo trabajando para una empresa que, curiosamente, parece no disponer de mala fama alguna después de ofrecerles, a aquellos de sus empleados que han superado el periodo de contratación tras el cual habrán de ser fijos, un contrato de media jornada de regalo y como compensación al esfuerzo realizado; y como propina, y por si fuera poco, el deleznable comentario con visos de defensa autoritaria y poco leída: en mi empresa, mengano, zutano y yo somos los únicos inamovibles, el resto es gente que entra y sale. Si no nos quedaran ejemplos como el de Chaves Nogales acabaría uno por pensar, como apunta Joaquín Sabina, en cómo huir cuando no quedan islas para naufragar.
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