martes, 8 de noviembre de 2016

Inter frecuencias literarias


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Existen en cada uno de nosotros, sobre todo si somos lectores, lugares frecuentados por nuestro alma y nuestro cuerpo que nos llevan a lugares literarios, a películas inventadas por nosotros mismos en base a lo vivido en una novela, a cuentos que transcurren por nuestra mente y nuestros pasos cada vez que tratamos de hacer nuestras las ideas de un ensayo, a través de todo aquello que somos en lo que hacemos y vemos y oímos y pensamos y perseguimos en esa forma de vivir más vidas dentro de ésta en la que consiste el hábito de la lectura; en lo que imaginamos mientras escuchamos una canción o la hacemos llegar a nuestros oídos de memoria, contraatacando las interferencias de los pitidos de las sirenas y el chasquido de los malolientes cañones a una pólvora confusa y difusa como la melodía de una serpiente de cascabel, como el veneno de las víboras del hambre, acorazados bajo la burbuja de un bienestar creado a la medida de nuestros sueños despiertos. En mi caso los lugares literarios frecuentados a los que recurren mis ganas por tirar del hilo de Ariadna de mi día a día con el propósito de acercar pasado y presente inmiscuyéndolos en un futuro que consiste en el tiempo que será habitado dentro de unos minutos, cuando salga a la calle a pasear y a refrescar mis pensamientos con ese aspecto de estudiante que tanto me gusta adoptar para sentirme arropado por la muchedumbre del centro de la ciudad, cuando a la vez que atravieso plazas y avenidas voy escribiendo instalado en el reino de la voz interior, son el universo de Mágina de Muñoz Molina, con sus aceituneros y su balcón con vistas a un valle plagado de olivos, con su Jinete polaco al que yo pongo a lomos de aquel Clavileño con el que me inicié en la lectura; con sus pinturas rurales y sus rascacielos de Manhattan, con ese virtuosismo literario en el que la conciencia y el estilo de la frase larga, en la que la subordinación de los sujetos y los predicados han bebido de la fuente de Faulkner, hacen que los ojos no se separen del acontecer de la lectura; con sus adjetivos en el momento preciso, con sus descargas eléctricas de inteligencia, con esa manera tan sutil y directa de describir las cosas atreviéndose a mirar, a contemplar con la calma necesaria el paisaje con figuras de la sociedad, los desajustes de la injusticia, las lecciones de la Segunda Guerra Mundial en la que se encuentra toda la historia del sigloXX, y esa llamada a la transigencia y la tolerancia que muy pocos saben poner de manifiesto en la literatura novelando el sentido común trufándolo de inventiva, haciendo partícipe al lector de la culminación de la obra; en sus escritos en un instante y en sus idas y vueltas por los mundos de Babelia, en el visto y no visto de unas cuantas líneas caídas como agua de mayo cada vez que las encuentro en la pantalla. También frecuento a Benedetti, en su taller de chapa y pintura poética, en su carpintería de versos acoplados al amor por las cosas frágiles y sencillas, en su exilio y en su eterno optimismo del que tanto he aprendido a soportar las derrotas, en su condición de ciudadano de un mundo encerrado en los cuentos que siempre llevaba guardados y a medio empezar en su cartera de mano; en la ausencia de mayúsculas y comas dentro de muchos de sus poemas, en su primera persona compartida con la generosidad de quienes entienden la génesis y el gen de la humanidad, los sentimientos compartidos, la súplica de los desprovistos de Democracia; en la Tregua de un diario que le destapa el corazón a un jubilado, en el significado de la palabra dignidad convencida de que la prosa cura y hace más vivible la vida, la alarga, la extiende, la estira, la hace moldeable a los sufrimientos rescatando de ellos el gozo de estar vivo. Frecuento a José Saramago con una facilidad inusitada, abriendo sus obras por cualquier página, que casi en ningún otro autor encuentro; me fascina esa forma en la que se desarrollan los diálogos de sus novelas recurriendo a un punto y seguido en el que se adivinan los interlocutores, en el que la voz del autor es un médium que une a una humanidad puesta de acuerdo en las bases del fracaso de la civilización mediante hipotéticas situaciones que rezuman una arquitectura diferente a la de George Orwell, por estar envueltas de un halo de fantasía sin la anestesia del quirófano, aludiendo a los problemas principales de la convivencia de los hombres haciendo muy visible un absurdo que puede acabar siendo tan conmovedor como esa historia de amor entre Siete Soles y Blimunda. Frecuento a García Márquez cada vez que necesito una dosis de magia, de alegría narrativa, de acercamiento a la riqueza de la lengua española hablada en otros países, despojándome del frío penetrando en Macondo, yendo detrás de Fermina Daza, tumbándome en una hamaca a escuchar la letanía de un loro que se las sabe todas, regocijándome con el colorido, con la incesante dinámica de su maestría en el punto y coma, deleitándome en el recorrido de una gota de sangre que atraviesa una a una las estancias de una casa, asistiendo al espectáculo de las alfombras voladoras y de los gitanos que muestran el milagro del hielo, curándome del espanto de la rutina poniendo los pies en el cielo de su desbordante cromatismo expresivo. Me dejo en el tintero, preparado para la próxima ocasión, a Francisco Umbral y a Henri Nouwen, a Albert Camus y a Marcel Proust y a algunos otros amigos que uno se ha ido encontrando en la literatura para los que no siento nada más que gratitud, fortuna, dicha, suerte, fascinación y encanto y el sabor de una amistad forjada en horas repletas del atronador silencio de las soledades mejor concebidas que me he ido encontrando por el camino, por esa manera de ordenar el pensamiento, entre taza y taza, entre Samson y Samson, entre el humo de las musas del sigiloso acontecimiento de la concentración en la lectura.

4 comentarios:

  1. Y que dure por muchos años...Un abrazo fielector!!

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    1. Que dure todas las vidas que nos dé tiempo a leer.

      Mil abrazos.

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  2. Es muy divertido fantasear con esos lugares literarios. Me gustaría mucho vivir en Macondo, visitar Comala, acompañar a Sandonkán , bajar al centro de la Tierra, vivir en Egipto o incluso hacer une breve incursión el el planeta de los simios.
    Salu2 literios, Clochard.

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    1. Pues para vivir en Macondo lo único que hace falta es imaginárselo, o coger Cine años de soledad para acompañarse de colorido literario por un rato. Ánimo, y a disfrutar de tus paraisos literarios.

      Salud, Dyhego.

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