lunes, 28 de noviembre de 2016

La palabra


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La palabra que aparece en los libros, en las Santas Escrituras, en las novelas de viajes al centro de la tierra, al corazón de la verdad, al ardor de la bohemia, a la aurora de la piedad; la palabra que rejuvenece en los poemas de amor como la encantada palabra del susurro de los versos, en las abreviaturas del cosmos, en la incertidumbre del tedio del que una palabra te rescata del dinamitado averno por la pólvora de los celos, la palabra salvavidas, la palabra de la huida hacia el frente, hacia la cuenta corriente del enigma cotidiano pretendiente de las manzanas roídas por los gusanos del estraperlo, por los perros rabiosos e indefensos ante su desesperación de malditos, de cautivos del infierno sobre la tierra. La palabra que echa fuego y arde como la tea, de rabia, de frío, de miedo, de tristeza, de melancolía disuelta en el cianuro de las malas ideas, la que se lanza por la espalda, la que trata de sacudir el alma de quienes no se encuentran presentes, palabras malolientes y estrafalarias como el uniforme de un quinqui, como el humo de una cortina de humo de un bar del suburbio, como una valla publicitaria carcomida al lado de una carretera, como el polvo que se acumula en los confines del cerebro saturando el pensamiento hasta convertirlo en la flor del mal del esperpento, en basura, en mugre, en codicia. La palabra que necesita una lupa, como la que se pierde en la memoria del crucigrama que agota la paciencia, palabras que por la inercia acaban en el barro, en el asco de sentirse uno menos humano, demasiado menos humano. La palabra, el dicho, el dime y el direte de marras, el cuento de Caperucita en el que el lobo asume el papel de niño bueno hasta que le propina la primera zarpada a su presa, la palabra en busca de la recompensa del chanchullo, la palabra impotente y cochambrosa, odiosa, hija del agobio, madrastra del acopio de riquezas barriobajeras, doctora Honoris Causa de las ojeras, palabra vacua e indigesta, meretriz de las causas mas innobles. La palabra y el si te lo he dicho no me acuerdo, la palabra del cobarde, la palabra del ausente de este mundo ensimismado en el suyo que se resume en el plano de la avaricia; qué insomnio, qué perdida de esperanza, qué aburrimiento, qué desaliento tan frecuente al que curiosamente nos hemos acostumbrado, sobornando a nuestros principios, anticipándonos a la mentira con otra mentira mas grande, raptando por el suelo como las culebras de este siglo XXI con carbón debajo del brazo, penetrando en las entrañas de los mundos y submundos de la ciénaga de la ignorancia, del conformismo borreguil y chusquero, inventándonos las palabras, hablando por hablar sin entender ni escuchar nada más que a los dictámenes de los huecos y vacíos ombligos como los carcomidos cerebros por la envidia, abriéndonos camino a codazos sin reparar en las señales de la convivencia, embadurnando la transparencia con la coartada del fiasco ejemplar con el que colgarse una medalla, al estilo del matón y del chulo de putas, del truhán y del ladrón, del inmisericorde y del misántropo, del felino y del salvaje vividor que no sabe el precio del aire que respira. La palabra, el lienzo del mensaje, el cuerpo a cuerpo de las sílabas que salen por la boca, el esqueleto de lo que ha barruntado el pensamiento, el aderezo de la dialéctica cosida a base de pespuntes muchas veces cancerígenos como los  tumores de los barrotes del rencor. La palabra, parece mentira, siendo lo único que tenemos, qué bajo hemos caído con la palabra, qué fácil nos resulta volverle la cara a una palabra conocida cuando más nos interesa, qué pobres diablos, que fantoches, qué desechos, qué birrias de hombres que todavía se atreven a vestir con corbata cuando no tienen valor a mantener en pie sus promesas, sus palabras, sus valores de seres vivos de milagro. Lo peor de la palabra es cuando no se cumple, cuando se le echa a un lado, cuando se le da boleto, aire, cuando se camufla con ese tipo de moralinas que hacen vomitar. No hay espejo que muestre mejor a un hombre que su propia palabra, y si ésta no se cumple este hombre se convierte en una sombra, en un cero, en un fantasma, en un títere sin cabeza, en un animal sin alma, en un charlatán, en un tío mierda.

2 comentarios:

  1. Las palabras nos delatan, como los gestos.

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    1. La palabra es el traje a medida que el alma quiere cosernos.

      Salud, Dyhego

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