lunes, 10 de julio de 2017

Música caminada


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Los campos de la imaginación siempre se encuentran abonados para quienes se disponen a explorar los fotogramas de su entorno; cada cosa, cada gesto o mirada o ademán, cada sombra o tonalidad de luz, cada ruido o destello de incertidumbre durante el paseo, pueden suponer la aparición de imágenes que nos transporten a un idílico mundo con la misma facilidad que a la realidad más cercana. Camuflarme disfrazado de estudiante entre la coreografía de cuerpos del Centro de La Ciudad, con los cascos puestos, escuchando a The Notting Hillbillies, me transborda hacía una especie de ensueño capaz de atar los cabos de cuanto observo con las amarras de las fabulaciones de partida más inexactas. Sucede que cuando va uno por la calle, a oídos descubiertos, no quiere perderse nada, no quiere que pase desapercibido el comentario de la señora que acaba de decirle a su acompañante, al que el instinto inventivo le ha dado ya un papel en la secuencia, que lo que es es y lo que no es no es, y de otro modo no quiere uno perderse los detalles de civismo/incivismo reflejados en lo que pasa mientras suena Your own sweet way; no quiere uno desaprovechar la oportunidad de sentirse formar parte del atolondrado rebaño, recibiendo de pleno y a boca llena el impacto del yonqui y del desvencijado por la carcoma del más cruel de los fracasos, asumiendo la responsabilidad de indefenso e inerme, de indolente y cobarde, de aturdido y soberbio, de reflexivo e incauto, de rígido y pasota que llevo dentro, de ciudadano de este mundo loco a la deriva de un sálvese quien pueda.
El plantel de La Ciudad, con sus escenarios en forma de plazas o de calles por las que siente uno la curiosidad de si pasará o no alguien más que él, con sus recoletos bares tan cargados de la sustancia de la tradición, con sus gritos y su dramatismo de usar y tirar, con sus tórridos meses de Julio, con un cuarteto de fondo, se desangra en la contemplación; La Ciudad es un mundo aparte, un parque de atracciones/abstracciones a la altura de los orgullos reforzados por el amor propio, y en ella se baten el cobre las figuras de barro de lo que ha dado de sí el siglo XX. Todo ese conglomerado de fragmentos la mayoría de ellos inéditos es lo que le ofrece el presente a las retinas, para quien lo quiera ver, para quien se atreva a mirarlo, para quien pase por ahí y le huelan a perros muertos los proyectos de los grandes capitanes que no tienen bastante con lo que tienen, pienso mientras me centro en un solo instrumento con cara de aprendiz de melómano, a lo mio, exiliado del posible aviso del claxon de un taxi o de la inminente aparición de un ciclista a mis espaldas en ese planeta ambulante de la música en mis oídos.
 Recuerdo que cuando tenía quince o dieciseis años una de mis aficiones preferidas era la de escuchar música en otro idioma, siempre en inglés, con uno de aquellos auriculares que tanto se parecen a los que hoy suele ponerse la gente por la calle y cuestan/valen un huevo/huevo; entonces yo imaginaba historias, deseos, diseñaba sueños a mi antojo, al antojo de la inocencia de quienes lo tienen todo tan por delante que no saben por dónde tirar; y es eso lo que me lleva a pensar en la incapacidad que tenía aquel joven de saber lo que le acabaría sucediendo en los próximos años. Parece como si fuésemos nadando en un mar en el que ir sorteando olas no es ya sólo a lo que tiene uno que acostumbrarse, sino que representa la autopista a través de la cual ejercer de exploradores en busca de las claves de nuestro anhelo; y a todo ello ayuda la música caminada.


1 comentario:

  1. Escucho poca música la verdad. No me gusta nada llevar auriculares, de hecho no los utilizo. Cada vez me gusta más el silencio.
    Salu2, Clochard.

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