sábado, 23 de junio de 2018

A su aire


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Cada mañana, después de hacer que el hogar huela a café, escribo un poema; un poema rápido con lo primero que se me viene a la cabeza, con las sensaciones más dispares, con los lunares sobre la piel de lo fortuito, dejando que aflore el subconsciente, tratando de entenderme, en una mezcla de escritura automática y sonambulismo, en una suerte de rompecabezas, echando mano de lo que tengo alrededor para extraer una metáfora de la colocación de un objeto que como un castillo parece estar puesto en lo alto de una montaña. Esas frases van tomando cuerpo a medida que un hilo se cruza con otro rematando las costuras de un traje, ensamblado el marco de un retrato, colocando en el lugar adecuado las piezas de un collage. Después me olvido, y así se van acumulando los versos hasta que llega el momento de la re lectura, de ese repaso en el que uno se percata de que podrá a lo sumo salvarse el diez por ciento de lo escrito, con profundo respeto sobre los a priori materiales secundarios porque de ellos sale otra luz, otro bodegón, otra lámina, otro paisaje y punto de fuga a la espera de sus luces y sombras, de sus contrastes de gelatina y plomo y mar y pólenes diversos. Es casi más importante borrar que seguir escribiendo; a veces dos palabras tienen la contundencia de una mole de piedra o de un viento huracanado, otras necesitan compañía, bastones, amuletos, boyas en el mar de lo abstracto, flechas en la cartuchera de la puntería, anzuelos que estimulen la llegada de una rima no forzada, natural, a su aire.


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