viernes, 11 de enero de 2013

Cita con Marbella.




Sorprende ver un sitio tan bello como Marbella, si nos referimos a su casco antiguo y a la parte montañosa que rodea a esta ciudad, cuyo encanto queda supeditado a la celebridad de los ladrones y rateros que literalmente no saben hacer la o con un canuto, cuyas bocas no cesan de decir barbaridades y desajustes semánticos con los que queda demostrada la preparación de quienes han ostentado el poder para desembocarlo en el mezquino y traumático enredo de la corrupción, que de puertas hacia fuera tenga tan mala fama como los peores mafiosos que haya dado la historia resultándonos familiar su nombre por los desfalcos ocurridos, a costa de la ciudadanía engañada, en los últimos años, basicamente desde que Jesús Gil iniciase el proceso de vapuleo contra la dignidad de este lugar, y no por la parte correspondiente a la cultura popular que expresan esas calles repletas de macetas y encaladas con el sempiterno estilo andaluz que armoniza con los rayos del sol. Eran ya casi cinco años sin que mis huesos se dieran cita en este pueblo y, a pesar de la brevedad de la visita, creo que he sabido aprovechar la ocasión para disfrutar de todo cuanto se me ha puesto por delante con sabor a Marbella.

Aquí estuve durante un periodo en el que se encuentra uno de los inviernos más felices de mi vida. La literatura protagonizaba gran parte del tiempo disponible fuera del trabajo: las tardes de biblioteca, en un edificio cuyo encanto refugiaba el pensamiento sedándolo en las páginas, las mañanas húmedas y yodadas, ese par de horas de lectura que antes de dormir le dejan a uno el sabor de boca al dente para enfrentarse a los sueños y lo novelescos que se vuelven los desayunos entre papel de periódico y saludos que desean los buenos días con acentos mezclados, todo ello me volvía a visitar ahora y el recuerdo de gentes como el Susi: un marroquí instalado en esta zona desde hace mas de veinte años y que regenta un bar en el que la poesía le arrima el hombro a los tragos que se encargan de juntar a los habitantes de la noche como si de una red de pescar se tratara; o el bar de Paco el limpio, inigualable templo de los boquerones en vinagre y claro ejemplo de permanencia de principios y forma de hacer las cosas, situado en la calle Aduar, siempre con la bayeta en la mano, en el que se pueden encontrar los mejores ejemplares del Jurásico contemporáneo formado por una parroquia de toda la vida a la que aún le apasionan las sencillas cosas que no necesitan de incomprensibles necesidades  basadas en adelantos repletos de manuales de instrucciones en los que destaca la aglomeración de la letra pequeña; obreros que toman uno tras otro vasos de ligaillo, moscatel con blanco, o botellines de cerveza a morro hablando de lo de siempre.

He vuelto a quedar impresionado por el fantasmal aspecto del hotel Don Miguel, cuya mole puede ser vista imponentemente de frente desde la estación de autobuses, coronando la ciudad allá en lo alto, enhiesto y fuerte, con aspecto de portentoso edificio, rodeado por un cerco de ladrillo y alambrada que delimita el espacio de lo que fue un establecimiento de lujo y ahora es pose y silencio y nada más. Me paro a pensar qué se podría sentir si me dejasen pasar ahí dentro una noche, pasear por esos pasillos en los que ahora no trabaja nadie, meterme en esas cocinas y en esos comedores por los que los chefs y los camareros, los comics y los maitrês ejercían el noble oficio del reparto de felicidad. Marbella tiene este tipo de contrastes provocados por el injustificado ejercicio del derroche. También tiene hostales modestos como El Gallo, en el que la sopa de picadillo y el calamar a la plancha bordan el papel estelar de los carruseles del mercado, cuyo precio se encuentra al alcance del currante y del bohemio, en el que rememoré tantas veces que repuse mis fuerzas junto a la chimenea de su comedor.

Existen, hoy en día que el libro de imprenta va camino de la extinción, bastantes tiendas de saldo en las que se pueden encontrar ejemplares de obras maestras de la literatura universal por el módico precio de un euro, o de dos si sus pastas son duras -el baremo utilizado habla por sí solo de otras cosas-, que usan un porcentaje de su recaudación para benéficas causas como la investigación médica. Aún se conserva la salud de la librería que más frecuentaba, la del Zoco, en la que descubrí a Italo Calvino y a Luis Sepulveda, a Don DeLillo y a Jostein Gardeer, en cuyos pasillos ojeé tomos y descubrí una vez mas que uno solo sabe que no sabe nada. Todo esto me transporta a un tiempo pasado del que conservo un rejuvenecedior recuerdo que se encarga de incentivar los traslados, las idas y venidas, la inigualable sensación de saber que cabe la posibilidad de que dentro de poco exista un nuevo destino, otra tierra por explorar, otras gentes con las que hablar, otras costumbres con las que convivir y continuar creciendo.

 Para todo esto, y para volver a contemplar la fachada de The Tavern, bar inglés de clientela inglesa, en el que solo se habla inglés, cuyo dueño es inglés y al que uno se puede acercar si quiere saber los que es la pasión futbolística que este pueblo, el inglés, siente por los colores de cada uno de los equipos de sus ciudades, y para ver el aspecto invernal, como contagiados por un velo de polvo, de esos sitios a la espera de que vuelva el verano para reiniciar su actividad, y para pasar junto a la casa en la que viví durante más de un año, y para volver a observar cómo se desenvuelven esas personas con aspecto de alemanes o escandinavos que han elegido esta zona para afincarse en ella, y para comprobar que el local de El Chiqui ha sido sustituido por una barra moderna en la que se da cita el pijerío marbellí en lugar de la tropa que a capa y espada brindábamos con nuestros vasos de barro congelados y llenos de cerveza, y para constatar que la desproporción de apariencias entre las calles del casco antiguo y todo lo que engulle la avenida Ricardo Soriano no responde a la esencia que aquí se encuentra, y para tristemente volver a ser testigo de las consecuencias de la crisis, de cuya melancolía se encuentra todo empapado, y para entender que Jorge el chileno ya no se encuentra entre nosotros, y que Antonio sigue en Perú, y que este lugar sigue guardando su magia, he contado con la inestimable colaboración de un maestro del que hablaremos a parte.

Ahora que toca partir, que salgo en dirección a Granada, me encomiendo a las rayas pintadas sobre el asfalto para que el recuerdo de cuanto he recogido en Marbella me acompañe a lo largo del trayecto.

jueves, 10 de enero de 2013

Sevilla - Marbella.





Durante el trayecto entre Sevilla y Marbella, al mando de mi bala roja, he sido testigo de la belleza de los campos andaluces, de la lozanía de los cultivos resarciéndose del frío durante este día del mes de enero en el que luce el sol y los colores se mezclan con la claridad dando fe de las posibilidades de estas tierras en el buen estado de salud que muestran los arados, los árboles y las superficies que serán motivo de la siega, augurando una buena nueva cosecha, con esa virginidad propia de los papeles en blanco del escritor cuando son contemplados por éste de pie junto al escritorio y en sus ojos ya se atisba el orden y la simetría de lo hermoso, o la del lienzo recién embadurnado sobre el que se dispone el pensamiento del pintor, imaginando, mientras espera a que seque el horizonte de la cola sobre la superficie, panorámicas fugaces, como la de estas campiñas del recorrido que suponen la sala de espera de la definitiva creación que la naturaleza nos regala cada temporada, como un reloj al que le ha dado cuerda la mano de los cuidados del hombre y ritmo los dioses del sol, la luna, las nubes, el agua y el viento.
El alto en el camino ha tenido sede en Osuna, monumental e histórica, andaluza hasta los huesos y encofrada con piedra y cal, hija de la teja y el arco, morada de duques y gentes de corte en aquella época en la que la riqueza entraba a borbotones procedente del puerto sevillano. Sus calles envueltas en la tranquila monumentalidad de lo inconfundiblemente sureño y el sosegado paseo de sus gentes me han llevado en a penas una hora a disfrutar de un lugar privilegiado para reponer las fuerzas de la observación.

La ruta continua camino de Málaga y, a medida que progreso en la digestión de los kilómetros que me separan hasta alcanzar la meta de la capital de la costa del sol, cuatro ruedas me conducen hasta Marinaleda, donde el pensamiento nos lleva siempre a la esperanza aquella en la que un pueblo se refugia en su solitario y solidario sentido común y se nos presenta casi como una república independiente, como una isla dentro de tanto desencanto de obreros y jornaleros indignados por la hecatombe de derechos en la que nos están enterrando, como la imagen que vale más que mil palabras o la rendija en el muro a través de la cual aparece ese rayo de luz que nos ilumina y nos endulza el sueño. Es esta una zona en la que los pueblos se suceden con las lomas, con los montes deslizados suavemente sobre el paisaje, y al fondo la siempre imponente figura del Torcal de Antequera, la cima de la piedra esculpida por el aire y la brisa, el semblante orográfico sobre el que las nubes descargan su leve rocío como si su único motivo fuese ver brillar el conjunto. Antequera está a la vuelta de la esquina, a unas cuantas curvas, en unos minutos veré lo que en su día tuvo todas las papeletas para ser sede del parlamento de esta región, por razones históricas, y uno de los más bellos y considerables pueblos de esta tierra nuestra. El invierno es clemente y no castiga con la furia de sus hielos, el viaje transcurre tranquilo y risueño, templado, participando de la visión, en esos momentos en los que uno va pensando en desear ver a su izquierda, allí abajo, el mar, la capital malagueña y el resplandor de las aguas en la lejanía entre la que se confunde alguna que otra popa.
Hacía como cinco años, casi, que no me pasaba por Marbella. Allí me esperaba la siempre culta y humorística charla con algún amigo, lugares importantes para el recuerdo, esquinas en las que una rá !@#$%^&* de aire chocó contra mi frente, y todo lo ligado al recuerdo de esa manera en la que lo hacen los sitios en los que uno se ha sentido parte del mundo. Ahora he conocido, mejor que en los momentos en los que vivía en ella, lo que es esta ciudad, a pesar de la brevedad de la visita, y ante todo su casco antiguo, la parte del pueblo que escapa de la marabunta de hoteles y bloques de hormigón que nada tienen que ver con lo que trataremos de explicar.

martes, 8 de enero de 2013

Dos clochards.




Recién llegado a Huelva, hace ahora cuatro meses, tuve un fortuito encuentro con una mujer, a la vuelta de una esquina, casi un encontronazo, desaliñada y fugitiva, con la expresión de sus ojos perdida pero todavía conectada con algún lugar, con algo parecido a un hilo de esperanza, y a pesar de que mi sobresalto fue tristemente nulo, tal vez por la costumbre de observar los rostros y los gestos de quienes se cruzan conmigo, no puedo negar que sentí que algo había de novelesco en todo aquello; era como una historia que encontraría sucesivos capítulos. Todo, esos tres segundos de admiración, daba píe a pensar que sabría más cosas de ella, que me la volvería a encontrar, mejor o peor aún no lo sabía, pero un presentimiento se encargaba de recordarme que volvería a ser testigo de sus andanzas. En esos momentos recordé a un señor con pinta de anglosajón, rubio y bien peinado, correctamente vestido y casi recién afeitado, al que vi estrenar su sitio de vagabundo pedigüeño en un rincón de Sevilla situado en la zona de Reyes Católicos, muy cerca de la calle Zaragoza. Recuerdo aquel instante en el que dejaba sus pertenencias, resumidas en una bolsa de viaje y lo que llevaba puesto, sobre la acera, y como se reclinaba apoyando su espalda sobre la pared, dos puertas mas abajo del hostal El Cairo. En aquella ocasión tuve la impresión de estar siendo testigo de un memorable acontecimiento: la decisión de alguien que manda el mundo al carajo y decide no hacer caso de nada como diciendo hasta aquí hemos llegado, rey de su silencio, desertor de la selva de cemento en la que se convierte la calle pero sin abandonarla, estando ahí como dándonos en la cara con nuestra propia vergüenza. A partir de aquel instante pasó a ser uno de mis héroes.

Años más tarde, tres concretamente, después de un inusual periplo de ausencia por la capital andaluza, pues se viene comportando esta ciudad como un imán conmigo desde que la descubriera, decidí, sin acordarme de nada ni de nadie, queriéndome perder por sus calles, dar un maratoniano paseo con el fin de reencontrarme con el azahar y el adoquín, con la gamba blanca y el jamón, con la cerveza bien fría y el montadito de pringá, con el aroma a incienso del barrio de Santa Cruz y con el olor a pescado del mercado del Arenal, con muchos lugares en los que me sucedieron cosas y a los que iba echando de menos, cuando de pronto, como un fogonazo que te pone al día de lo que ocurre, en el mismo sitio y en la misma posición encorvada, encontré a aquel hombre que debutó como vagabundo delante de mis narices tiempo ha, y no tuve más remedio que pararme a pensar, a mirar detenidamente su rostro gastado, sus arrugas surcando una frente roída por eccemas provocadas por el desajuste vitamínico; su barba larga, muy larga, tanto que era como un calendario de cabello en el que se veían representados los años de solitario calvario, sus ojos penetrados en las cuencas como muy lejanos, como idos a otra parte parecida al infierno; Era como si tuviese delante mía a los dos al mismo tiempo, al que era joven y bien parecido y a este sucedáneo suyo ajado por la soledad y el infortunio, por el desbarajuste de los inimaginables destrozos que puedan acontecer en las fraguas del pensamiento que no encuentra consuelo. Volví a permanecer por momentos contemplando semejante situación, como quien admira una obra de arte que necesita ser restaurada, y la sensación de ruindad, de culpabilidad y de egoismo que me invadío fue suficiente para darme cuenta de que el circo de la vida se sustenta a base de la colaboración de todos, como yo, los que disponemos de la suficiente fuerza y falta de escrúpulos para pasar por los aros necesarios con tal de no destaparnos demasiado y acabar así, en la calle del olvido, como aquella chica de la canción.

La dama de Huelva, esa señora carcomida por la desesperanza, a vuelto a aparecer en mi vida esta misma mañana y, no habiendo pasado tres años sino cuatro meses, el efecto de la erosión en su rostro ha sido literalmente devastador. Ahora cojea y anda con los brazos caídos, no se inmuta, va sonámbula, como un zombie recien salido de su tumba, con el aspecto que tienen esas personas que acaban de inyectarse un chute de heroína o que acaban de ingerir barbitúricos de manera desmesurada, dejando un rastro de melancolía a su paso, un aroma a carcoma resultante del cálculo del álgebra de la vida moderna en el que los guarismos suspenden eso que venimos más de cien años llamando progreso. Aquel hombre y esta mujer son sin duda dos clochards, dos despojos mutilados y harapientos, dos olvidados con cara de posesos, dos claros ejemplos de nuestros sótanos, de lo que muchas pieles de zorro y de visón camuflan por miedo y cobardía, de lo que muchos zapatos de cocodrilo y corbatas de seda niegan con cinismo, y uno anda suelto por esta enjundia con la sensación de tener todavía la suerte, la egoista suerte, de no haber caído en la tentación de acompañarles en la desesperación.

lunes, 7 de enero de 2013

Cita con Sevilla.





Acabo de llegar a Sevilla. La cita durará un día, tiempo en el que visitaré a algunos amigos y en el que tendré la oportunidad de volver a pasear brevemente por lugares en los que se recoge mucho pensamiento caminado. Nada más llegar he vuelto a sentir la hospitalaria comodidad de las calles que rodean la Gran Plaza, por las que uno se siente al mismo tiempo ciudadano del mundo y de esta zona de la capital, de este barrio entre San Pablo y Ciudad Jardín, como si de un pueblo se tratara. Venía con la idea fija de pasar por el callejero puesto de libros en el que Paco expone ordinariamente sus ejemplares a la espera de recaudar algunos euros, cobrando infaliblemente a bulto, que le ayuden a soportar el invierno y el monótono transcurrir de las estaciones vistas desde esa posición de observador que tan bien ejerce. La alegría ha sido inmensa al contemplar que continua ahí, hacía casi un año que no me dejaba caer por aquí, con su pelo blanco y largo al estilo Jesucristo, con su mejilla hinchada y su cerveza refrescada al sol, con sus uñas largas y su bigote alquitranado, con su saber estar tan amable y agradecido. Luego el café de la bodega La Pitarra y la cerveza en el Prieto, donde el camarero José Antonio me continua recordando anécdotas rescatadas de los anales de la historia del fútbol, y más tarde, y con el desinteresado desdén con el que uno se imagina un mundo más feliz, el transcurrir del paseo en busca de alguna cara conocida a la que saludar y poner al día del bienestar de mis huesos de momento. De aquí extraje lecciones en tono mayor referidas a la vida común llevada con decencia, aquí se encuentra gran parte del Robinson urbano que me acompaña en las entrañas del pensamiento. Aquí vengo como el que va a una tierra en la que sabe que encontrará el sosiego necesario para sentirse parte del mundo sin echar mano de la resignación del abatimiento.

Resulta, para mí, condición esencial un viaje en metro en el que hojear las recientes adquisiciones literarias y enfrascarme en el tumulto silencioso de los cuerpos a la vez que mis ojos no se separan de las lineas y mis pies se balancean de uno a otro lado cuando el tren entra en las pronunciadas curvas entre Nervión y San Bernardo. Hay tanta vida en el subterráneo de la que uno se empapa aún estando en otra cosa, desatendiendo el panorama, ya digo leyendo, pero con la certeza de que es acompañado por la presencia de las sombras de cuantos suben y bajan, por el roce de los cuerpos, por las conversaciones que se mezclan, por las miradas furtivas que los señores le lanzan a las jovencitas bien arregladas, fabulando lo que debe estar pasando, siendo y no siendo testigo, dejándose llevar por la inercia de las masas que desfilan por la ciudad sobre este gusano de hierro que se desliza por las venas que comunican los órganos vitales del plano urbanístico. Nunca se baña uno en el mismo río, decía Heráclito, e igualmente podemos decir que nunca transita uno por las mismas calles ni avenidas, por los mismos soportales ni jardines ni alamedas, por las mismas escaleras ni plazuelas; siempre existe el detalle y el motivo que nos declara el intratable pasar del tiempo, la sucesión de acontecimientos, el reflejo de una realidad solo parecida a la que abandonamos unos meses ha, pero inciertamente perenne y mucho más conmovida e imprevisible de lo que podría darse por sentado. Estas nubes no son las mismas, ni estos carteles, ni estas lineas sobre el asfalto. Esta ciudad sigue siendo ella, y para ello no le basta con permanecer, se concentra en presentarnos cada vez más nitidamente el espectáculo del mundo y la belleza en la que se recogen los pensamientos explorados y por ser descubiertos todavía.

miércoles, 2 de enero de 2013

Aún tenemos la vida.



Acaba de empezar un nuevo año y acontece otra vez esa mirada a las cosas como queriéndolas estrenar, una a una, queriendo sentarnos delante de los objetos para verlos como si acabasen de ser creados, manejando una sacudida de renovado asombro, del que haremos uso durante estos primeros días como cuando eramos niños, y nuestro afán por ver, o por querer ver las cosas, a nuestra manera, igual que en esa época en la que no salíamos de nuestro asombro con cada novedad, se apoderará de lo cotidiano hasta que nos flaqueén las fuerzas de la templanza y la paciencia y nos distraigamos en asuntos algo más perentorios y solícitos con los que enterrar el hábito bendito de la fascinación por lo que, aunque nos sea de lo más familiar del mundo, ahora parece que se ha vuelto la novedad más absoluta y venerable. Eso es vida y brío, vitalidad y fuerza, esperanza y energía, descubrimiento y aprendizaje; eso somos si nos lo proponemos, si lo que pretendemos es hacer de este enjambre de abejas sedientas de la miel del pecado atroz del sinsentido de la avaricia un rincón del universo, en expansión, habitable para los argumentos de la razón primera de la existencia, del acto de respirar en paz sin dejar de crecer, sin la inminente necesidad de tener que creer en supersticiones de tres al cuarto.

Cuando, en momentos como los de los campanazos de fin de año, veo las caras de algunos seres cercanos que van camino de la cuarta edad o se encuentran ya en ella, me pregunto, al tiempo que sus miradas miran a los demás, entre felicitaciones, como preguntándose si estarán o no aquí dentro de doce meses para volver a brindar por el mismo motivo, qué pasará por esas cabezas que parecen pensar situaciones que el resto aún no nos atrevemos a cavilar. En algunos de ellos, en su rostro, aparece la serenidad del trabajo bien hecho, la satisfacción de haber visto colmados sus objetivos viendo a la parentela a su alrededor, el alborozo envejecido de quien tuvo y retuvo y no le importa dar por sentado que esto se acaba y no tiene remedio, aguardando la entrada en el otro barrio de la manera más digna posible; en otros parece que la duda es más insistente y el miedo, ese que nos persigue a todos sin tregua queriéndonos echar el guante, es más patente y transparente, sincero, y los ojos tratan de aferrarse a una tabla de salvación, a un flotador que les ayude a soportar unas cuantas millas mas, de la mano de cualquiera que quiera contribuir a la noble causa de esbozar una sonrisa contagiosa con la que limpiar el camino de las alimañas de los malos augurios.

A medida que uno crece van aumentando las sensaciones de caducidad que pretenden agarrar el tiempo porque no dejan de observar cómo se les escurren entre las manos las agujas del reloj, como ese puñado de arena de playa que se desliza entre los dedos quedando a penas unos minúsculos granos en señal del poso de lo pretérito, resintiéndose a darse por vencidas y aferrándose a cualquier causa digna de un pensamiento positivo, humano, pacífico y seductor para continuar caminando en este desierto sembrado de sombras entre las que se confunde la nuestra. Los libros y el buen recuerdo, el mejor olvido y el paisaje, la esencia misma del acto de respirar y de pensar, son motivos para celebrar que aún tenemos la vida.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Ruidos y nueces.




Sucede en ocasiones que uno se siente asaltado por un ruido procedente de la vivienda de al lado, en esos momentos en los que reina la calma sobre una lectura, o sobre una cabezada a media tarde, o sobre la contemplación del paisaje urbano a través de la ventana, persiguiendo el parsimonioso revoloteo de las aves que sobrevuelan los tejados, y se para a pensar que habitamos tanto en compañía del silencio como del murmullo y los sonidos que se siembran a nuestro alrededor. Mediante estas señales se puede uno imaginar lo que estará sucediendo en el piso de arriba, o más allá de las paredes en las que se cobijan los sueños con su pelo y con su lana. A menudo son frecuentes los mismos síntomas a las mismas horas, la rutinaria exhibición de latidos mundanos y ordinarios de los trajines de la vida; músicas determinadas, ollas a presión, lavadoras, broncas más o menos argumentadas con ecos de voces a las que les suponemos un significado, llantos de bebés, portazos, tacones indiscretos, sillas que chirrían sus patas sobre el terrazo, mesas que son movidas sin miramientos ni duda alguna, alarmas de despertadores que despiertan o avisan o !@#$%^&* con el minuto exacto para el que fueron programadas , o timbres que suenan en busca de un inquilino al que acabamos de saludar en la escalera y del que a penas sabemos el nombre una vez que lo hemos indagado en los buzones comunitarios de la entrada.

Como en la caverna de Platón pueden ser imaginados los rostros y los motivos, las razones por las que a estas horas se enciende una luz que ilumina parte del patio y resplandece sobre la calma que atesora el vecindario las tardes de algunos días de la semana. Si se vive en un bloque de pisos en el que es frecuente el cruce de los allí residentes, en el hueco del portal o en la siempre comprometida prueba de fuego del ascensor, más tarde, cuando se escuchan esos movimientos de los hogares cercanos, les ponemos caras a sus personajes y nos impacientamos o no le damos la mayor importancia, en función del prefigurado retrato, ejemplar cargado de prejuicios, que le hemos dado a esas personas que respiran y duermen, que se duchan y cocinan, que hacen el amor y discuten, que entran y salen de sus moradas como nosotros pero sobre los que ahora se centra nuestra atención y se nos desvía el pensamiento por unos instantes, en esa novelesca fabulación con la que intuimos acontecimientos cercanos de los que a penas nos separan los centímetros de anchura de un ladrillo, como es mi caso cada vez que a las siete de la tarde suena una alarma a la que aún no le he encontrado motivo que no sea propio de una historía a lo Scott Fitzgerald y que de momento ha dado pie a que me ponga a escribir estas líneas.

Aprendemos a vivir con ello, con los ruidos y  los sonidos de las moradas de al lado, igual que con nuestros achaques y nuestros vicios, con naturalidad. De hecho, si no acontece alguno de esos golpes a la hora que le es presupuesta, parece que algo nos falta, que echamos de menos el tintín o el tictac de turno, y pasa a ser diferente el rato de la mañana sin el simpático estruendo que hoy no ha hecho acto de presencia y que en ocasiones puede llegar a ser el inicio de una preocupación. Todo lo que atesore vida ha de ser bien recibido, siempre y cuando no intervenga de negativa manera en el dulce transcurrir propio del civismo, y nada mejor para darle la bienvenida al nuevo año haciendo ruido con risas y bailes, con compases de burbujas y cantares, con un poco de esa alegría de la que van quedando solo los vestigios de épocas memorables, y rejuvenecer el afán por encomendarnos a la tarea de emitir todos los sonidos posibles a favor de semejante participación en la algarabía de la fiesta. Esta noche serán descorchadas botellas, rozadas copas, mojados labios, humedecidos ojos, llenados estómagos y entonados himnos familiares con los que pasar de un año a otro en a penas un momento, todo ello con un amable soniquete de benevolencia que nos hará felices por un rato en el que todos pondremos un granito de arena en que el ruido y las nueces se encuentren por fin compensados como nos gustaría que lo estarán el resto de ruidos que nos acompañan, de una u otra forma. Por lo tanto, tengan ustedes una Feliz entrada de año, compañeros, y espero que el alboroto sepa a gloria durante mucho tiempo. 

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Hipocresías aparte.





desde la niñez he mantenido una especial predileción por la Navidad. Llegar a esta época del año haciendo recuento de lo encontrado en los meses anteriores, como recapitulando lo que el futuro me tenía reservado en esta píldora de trescientos sesenta y cinco días, es una inequívoca señal de que uno sigue vivo y contando los ciclos por navidades, como bien podría hacerlo por primaveras, que es otra buena manera siempre y cuando ese contar no resuma en demasía lo que merecedor de la pena del recuerdo tiene el inventario. La tonalidad de los atardeceres, que se vislumbra desde comienzos de Noviembre, aporta serenidad a cualquiera de los objetos de la calle convirtiéndolos en transeúntes forjados por la sigilosa espera, en pacientes testigos de las compras de regalos, en observadores de las hojas caídas, en benefactores de la inofensiva humedad del invierno. No sé si por tradición personal, debido a la felicidad acontecida en los Diciembres de mi infancia, pero el caso es que aun no se ha visto atenuada mi tendencia a sentirme especialmente bien una vez que han sido alcanzados los primeros susurros de finales de Noviembre. No entiendo eso que para mí se ha convertido en una especie de tendencia, lo de calificar de tristes a las fiestas navideñas, cuando, salvo que uno se sienta completamente afectado por el síndrome del consumismo atroz, habiéndolo convertido en motivo irrevocable de su existencia y ahora haya aterrizado el tío Paco con sus rebajas en la explanada de su vida, todo tiene una pinta de monótona dulzura y alegre nostalgia, creencias e hipocresías aparte, que pocas veces es conseguida en otras épocas del año. Pero claro, esto es tan subjetivo como la apreciación de los diferentes aromas de un vino. Si algo me pone triste es saber que existen miles de personas que no tienen ni con quien ni donde pasar estos momentos que tradicionalmente suelen vivirse en buena compañía.

Si separamos el grano de la paja y abrimos los ojos, si dejamos de mirar a los escaparates y a la tele, si salimos a la calle a llenarnos los pulmones con el aire del invierno turronero, a pasear por la nieve imaginada y por la arropada comodidad de la bufanda, dedicándonos a echarle una ojeada al panorama con una tendencia algo más modesta y al mismo tiempo vitalista, es fácil comprobar que las reminiscencias de los años de la niñez son capaces de recuperarle el aliento al desconsuelo generalizado, y que la poesía es saludable cuando se es consciente de la importancia que supone el mero hecho de estar vivo y coleando. Además son fechas muy indicadas para sacar un poco los pies del plato, aunque haya que sustituir el brut nature de antaño por un más modesto trago con el que calentarnos, y actuando con la debida cautela, ya que siempre se corre el riesgo de que todo lo eche a perder la maldita resaca, existen un par de cogorzas a las que parece que no se les pone peros; y si no es el caso podemos hacer como un poeta amigo mío que, una  vez retirado de manera radical de la bebida, imaginaba que la cerveza sin alcohol que bebía era procedente del particular lúpulo de un país asiático en el que era elaborada semejante maravilla de líquido. Siempre la imaginación, y la parte más importante de nosotros que se encuentra en la infancia, obedece al corazón con razones de peso para salir a flote, e instalarse por un momento en la almendra garrapiñada y en el caramelo de miel de la pascua no deja de ser un buen remedio para desvelar la parte humana que no nos ha abandonado y con la que se puede ver reforzadas nuestras defensas ante la mas que probable amenaza de huelga de sensibilidades, que anda al acecho y a la que hay que esquivar con elegancia. Por lo tanto, compañeros, ánimo y fuerzas, buenas voluntades y esperanzas, grandes apetitos y bellezas, y por supuesto feliz Navidad.