miércoles, 5 de noviembre de 2014

Da gusto



Cuando llega esta época del año, en la que de un día para otro el frío aparece como por sorpresa después de un verano que parecía interminable, Sevilla empieza a lucir otro tipo, a ponerse otro traje, a ser coqueta de otra manera. Sevilla es una ciudad que sabe como mostrarse guapa en cada momento: le caen bien todas las estaciones. Muchas veces se habla de la luz del sur como ejemplo de manifiesta belleza y sensación de libertad, pero es que en Sevilla esa luz hace que de una manera especial resplandezcan todos sus rincones. De la misma forma que en primavera cualquier objeto de la calle, un semáforo o el parachoques de un coche, adquiere una tonalidad particular que agrada la visión, las gradaciones propias del otoño, esos naranjas y amarillos difuminados en ocres, púrpuras y marrones, dan la sensación de que esas tardes que cada día son más cortas no quieren dejar de serlo. La vida fluye entre las hojas caídas pero no derrotadas, porque el aliento que la misma ciudad desprende hace que se reavive la alegría aún estando a las puertas del invierno. La música clásica de la brisa no hiere el sentimiento sino que lo acompaña hacia el paulatino cambio de indumentaria. Ahora, en estas mañanas cuya claridad aún no es patente cuando los relojes marcan las siete y media, el rocío se mezcla con un frescor intenso que parece que no va a irse nunca, que debido a la humedad amenaza con instalarse en los huesos, y en cambio al cabo de unas horas puede uno disfrutar de la momentánea cualidad de la templanza del sol a medida que transita por las trufadas aceras de luz y de sombra. Da gusto poder vivir aquí para contarlo, para pasear hasta el hartazgo por las avenidas peatonales del centro siendo testigo de la aparición de las primeras bufandas y de las primeras prendas que insinúan cuidados contra el resfriado; da gusto perderse por las calles del casco antiguo en busca de uno de esos desconocidos tesoros, como quien siempre encuentra algo nuevo cada vez que vuelve  a leer el mismo poema.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Romper a escribir




No sé ni cuando ni cómo, pero el instinto de comunicación mediante la escritura llega de la manera menos premeditada. Los ojos se clavan en algo a la vez que van teniendo constancia de aquello que es accesorio, de lo que rodea lo que están contemplando, y entonces la mente despierta y la descripción ya va haciéndose en la cabeza, como ese chorro de agua que sale por el caño de una fuente y cae formando parte de un todo líquido y uniforme. De memoria se escriben los versos que uno se repite mientras camina con el afán de que al menos no se le olvide el cuerpo principal de ese improvisado poema nacido en el paseo, y ahí comienza lo que después se transformará o no en lo que uno pretendía, o en algo parecido a eso, ya que como dice Muñoz Molina uno acaba escribiendo no lo que quiere sino lo que puede. Todo cabe a partir del instante en el que se denota la presencia de la vida: el rastro del alma y de la luz y de la sombra, del ruido y de la furia y del silencio, del latido o de la pétrea quietud viviente de cuanto nos acompaña y de lo que formamos parte presente y observadora, testigos del transcurso del tiempo y de la evolución como en esos documentales en los que a mucha velocidad se exponen los cambios de las hojas de los árboles o del paso de las nubes. Decía Goethe que la literatura sale de la realidad moldeada por el propio pensamiento, y esa predisposición a moldear, a pulir y a tejer, a relacionar todo lo existente con el mundo interior es la fuerza con la que se tejen los versos más hermosos y los relatos que más reales resultan cuanta más imaginación se emplea en ellos. La vida bulle y la mirada, el atrevimiento de mirar, capta miles de matices que corresponden a poses y a acentos, a ademanes y a cruces de caminos, a minúsculos puntos de apoyo sobre los que sostener la consecución de una idea que hilvana con otra y con otra como un reguero de puntos suspensivos. Dice un amigo mío que él quería escribir pero había algo que se lo impedía, algo que le frenaba el ímpetu, esa duda de no saber por dónde empezar, ese miedo de no gustarse, de parecer trivial, de no transmitir nada, hasta que rompió a escribir. Cómo me gusta esa expresión: romper a escribir, como quien se desata la corbata y comienza a respirar más fácilmente, como quien se ve libre de trabas y camina a sus anchas y sin prejuicios por las avenidas de la creación dándose el gustazo de emplear el tiempo en algo tan lúdicamente enriquecedor, tan atenuante de los malos pensamientos, tan al alcance de la mano del ser humano, tan, como decía un místico sufí, representativo de la geometría del espíritu como la propia caligrafía.

viernes, 31 de octubre de 2014

Temprano





Pasear muy temprano, a esas horas en las que la madrugada se funde con el amanecer, cuando las primeras claridades son como el presagio blanquecino de la leche con la que será acompañada el desayuno, por las calles que rodean la alameda de Hércules de Sevilla, hasta llegar a la calle Feria e introducirse en su mercado, es uno de los placeres accesibles en esta ciudad. A medida que uno avanza se va acordando de Cháves Nogales y de Jesús de la Rosa, de Juan Belmonte y de Gustavo Adolfo Becquer; a medida que uno avanza va oliendo a café en cada esquina y nota cómo se activa el mecanismo del monólogo interior: esa voz que se encarga de ir insinuando la posibilidad de encadenar varias frases a medida que se van describiendo los detalles del trayecto, la poesía del camino, el diálogo con las luces y las sombras del paseo. La gente bulle silenciosa de un lado a otro, todavía casi dormida, recién levantada, con esa cara de ducha y de loción de afeitar, con esos gestos de paulatino calentamiento, con esa inercia no carente de un cierto automatismo que nos lleva de aquí para allá a cada uno con nuestros asuntos. La claridad va apoderándose del cielo al compás de los sonidos que el día trae debajo del brazo. Siempre me han llamado la atención las secuencias de diferentes ruidos propiciados por el transcurrir de las horas: ese tipo de melodías urbanas que hacen que pueda uno adivinar casi con exactitud qué hora es sin necesidad de mirar el reloj, como cuando en determinado momento de la noche se escucha el tránsito de los tráilers que vienen a descargar al mercado o a los grandes almacenes de la plaza del Duque; o como cuando los chirridos del camión de la basura se entrometen en la acurrucada lectura con la que se coge el sueño; o como cuando tras un buen rato de matutina caminata se empieza a escuchar el traqueteo de las sillas y las mesas de las terrazas que se están montado en el exterior de algunos bares.
Caminar sin más propósito que el mero goce de la observación de cuanto a uno le rodea es una de las mejores maneras de sentir el lugar en el que habita, una forma de descubrir lo que más cerca tiene, y para eso nada como aprovechar esas mañanas en las que la ausencia de obligaciones da paso al devenir de la holgazanería y al puro placer de dedicarse estrictamente a lo que a uno más le gusta: a mirar, adivinar, imaginar, observar, oler, palpar con los ojos y literalmente no hacer nada. Introducirse en el mercado de la calle Feria es como sumergirse en un mundo a parte, en un laberinto de aromas y de puestos y de personas afanadas en la colocación de los productos, de las frutas, hortalizas y pescados, de los encurtidos y las especias, de las carnes, los cereales, las legumbres y las mermeladas; de las tortas cubiertas con azúcar, las barras de pan y los tarros de aceite de oliva; hay tanto colorido, tantos detalles en ese trajín, que le dan a uno ganas de pararse a tomar notas sobre todo aquello que le resulta curioso o interesante, pero son tantas las cosas que acaba siendo la memoria fotográfica la encargada de pararse ahora a recaudar a penas un suspiro de lo respirado con el único consuelo del regalo de oxigeno perfumado que recibieron los pulmones.
Tiene el mercado de la calle Feria hoy en día el aspecto de lo que conoció tiempos mejores. Hay una nave central tan colmada de puestos de pescadería que le da a uno la sensación de encontrarse en una lonja, pero no todos se encuentran abiertos al público; como algunos de los bares en los que antaño se servían cientos de desayunos y ahora mantienen sus carabinas cerradas y una quieta apariencia de abandono propia de los lugares que han sido desalojados por todo el mundo al mismo tiempo. Las señoras, las mujeres de sus casas, esas almas benditas que llevan muchos años trabajando sin más recompensa que el aliento que les da su amor propio para continuar en esa encarnizada y resignada lucha en ocasiones cargada de abnegación y orgullo, llevan de sus brazos las bolsas de las que sobresalen manojos de acelgas y envoltorios de capiruchos llenos de pescado; los vendedores se divierten gastando bromas al tiempo que recitan de memoria las virtudes de su oferta, dando de carrerilla consejos para elaborar un guiso con aquello que ofrecen, conservando algunos de ellos aún ese lápiz en la oreja con el que rematarán la venta haciendo la cuenta en un papel cualquiera de periódico que tengan a mano. El colorido del mercado, la vida misma, el lienzo del presente en el maravilloso e histórico escenario de la calle Feria ha sido mi desayuno esta mañana.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Náufragos




La gran ciudad es un lugar propicio para que a ella llegue el fugitivo con su macuto y sus penas a cuestas; un paradero no premeditado en el camino para aquellos que no saben a dónde ir, y que viéndose en la encrucijada de no solventar la papeleta de resolver la ecuación del porvenir deciden aterrizar sobre las aceras de anchas calles peatonales colocando a su lado un cartel  en el que solicitar ayuda con letras desiguales; letras que encierran el misterio de la pérdida y el colapso del mar de dudas de la debilidad humana; letras que chorrean tristeza; letras acompañadas de estampitas de santos o de vírgenes o de cristos; letras que revelan la disfuncionalidad del diseño social creado sin pies ni cabeza ni sentido común. A la gran ciudad acude el que necesita un espacio libre del planeta tierra en el que esconderse en medio de toda esa multitud corrompida y sin escrúpulos que deambula de un lado a otro merodeando los límites de la obscenidad, confundiéndose con ella, eludiendo la responsabilidad de ser alguien con nombres y apellidos, queriendo, deseando olvidar su nombre, intentando borrarse del registro de la comunidad intransigente, de la parentela acusadora, emborrachándose con un cartón de vino barato para atenuar el dolor de las penas clavadas en el hígado y en el corazón. La gran ciudad acoge y amalgama, mezcla, reune, cobija, junta a gentes de todos los confines en el ovillo de lana de uno de sus barrios: una de esas zonas marginales a las que van a parar todos los que no tienen ni papeles ni forma de demostrar que son de aquí ni de allá, que no pertenecen al censo de esta ciudad chovinista y envidiosa y altanera. Las calles son un reguero de gente autóctona, de turistas y de forasteros que un buen día llegaron sin fundadas esperanzas de quedarse y consiguieron hacerse un hueco a base de tesón y de constancia hasta desaparecer de ellos esa sensación de extranjería que tanto delata en los comienzos, aunque sin desprenderse del sentimiento de continuar siendo náufragos. A mi me pasa un poco eso, me pasa como dice Eduardo Galeano que a él le pasa, que nunca se ha sentido extranjero en ninguna ciudad pero si y siempre si un tanto náufrago. Pero de unos días a esta parte cuando más náufrago me siento, cuando más nervioso me pongo, cuando más se encienden las alarmas de mis reflexiones, es cada vez que paseando por el centro de la ciudad, de la gran ciudad habitada por casi un millón de seres algunos de los cuales es preciso apuntar que carecen de humanismo y humanidad, veo cómo cada vez es más frecuente ver a hombres y mujeres bien vestidos, con zapatos casi nuevos, con buenos modales, con ademanes de personas nobles y fatigadas, sumisas, con miradas inteligentes y valientes, pidiendo en las esquinas. Personas que hace poco tenían una vida normal, un trabajo y una casa y una familiar con la que comer a la misma hora, sin lujos ni grandezas, sino sencillamente con sus necesidades cubiertas, y ahora se han visto abocados al desamparo y la desconfianza personal que provocan las deudas y la falta de empleo, a la impotencia de no saber a dónde acudir para pedir ayuda, atrapados en el laberíntico dilema de haber nacido en esta misma gran ciudad en la que ahora piden limosna.

martes, 28 de octubre de 2014

El ragout






Parecía que no iba a llegar nuca el día en el que uno sintiera cierto reparo a la hora de contestar la pregunta de cuántos años tengo realizada por una persona mucho más joven que yo que ahora está en el inicio del camino en el que me encontraba hace algo más de quince años. Han pasado tres lustros en un abrir y cerrar de ojos. Parece que fue ayer. Hubo un momento en el que era como si la primera juventud se estuviese estirando como un chicle, viéndose siempre amparada en aquello de que, según Oscar Wilde, de los veinticinco en adelante todos tenemos la misma edad. El tiempo pasa y nosotros con él, y a base de idas y venidas, como dice Muñoz Molina, nos vamos formando, haciéndonos personas, acaparando experiencias, endureciéndonos en algunos aspectos y agudizando la sensibilidad en otros que suelen ser los que más nos gustan y con los que acabamos disfrutando con más entusiasmo. Echo  la vista atrás, y retrospectivamente me veo reflejado en muchos de los movimientos de los noveles alumnos que ahora trabajan conmigo: en sus dudas a la hora de hacerse el nudo Wilson de corbata, en la posición que adoptan en la sala cuando no saben dónde ni cómo ponerse, en esas palabras que no se encuentran en el momento en el que más se necesitan, en la todavía poco ejercitada memoria para tener en cuenta el cúmulo de detalles cada uno de los cuales es una pincelada dentro del cuadro que pintamos a diario. 
El día que le pregunté a uno de mis maestros, Eduardo Serrano, en qué consistía el ragout comencé a descubrir el campo abierto, el papel en blanco, la amplitud del horizonte, lo inabarcable del conocimiento de mi profesión: la cultura implícita en los actos del comer y del beber y el peso que la tradición y las costumbres tienen sobre ella. Yo era un novato, un recién llegado a la escuela de hostelería, y la imagen de aquel y de otros maestros para mi era inalcanzable, eran el espejo en el que mirarse, la luz que guiaba el camino, la meta, la aspiración, los referentes. Su explicación fue tan exhaustiva que incluyó datos históricos, regiones de procedencia, determinados cortes de carne, condimentos habituales y todo tipo de información entorno a este plato como lo podría haber hecho con cualquier otro. El caso es que no deja uno de asombrarse por las coincidencias, por lo que de curioso tiene el azar. Ayer, justo en el mismo sitio en el que hace quince años yo realicé esa pregunta un alumno de la escuela de hostelería a la que pertenece el restaurante en el que trabajo me preguntó qué era el ragout. Tampoco contaba con que esto algún día pudiera sucederme.

lunes, 27 de octubre de 2014

Titiritero




Cada vez que alguien me dice que me encanta mi trabajo me siento tan sorprendido que acabo tomando por un cumplido dicho comentario y no le presto la mayor importancia; del mismo modo tampoco siento el menor aliento de una remota fuerza interior que venga a defender dicha opinión de forma alguna; porque a mí, lo diga quien lo diga, no es que no me guste mi trabajo, pero encantarme desde luego que tampoco. Lo único que me seduce y me transporta a un estado de bienestar que pocas cosas son capaces de igualar es la preparación del escenario y la posterior representación: el teatro de los sueños en el que son posibles otras vidas dentro de esta única que tenemos. Mi trabajo engloba otras muchas circunstancias que entorpecen el hábito de la virtud, por desgracia.
Con el paso de los años va cayendo el peso de muchas de las certezas con las que uno pensaba que iba a convivir el resto de sus días, con las que aspiraba a crecer, a subir esa escalera imaginaria en la que se encuentran los escalones del continuo aprendizaje que, platónicamente, no choca con las trabas ni la insidia de la incompetencia. De ahí, de ese idealismo, sacaba uno fuerzas para levantar su edificio a base de ilusiones que tenían un peso diferente, otra textura; sobre todo en esa etapa en la que, tratando de prepararnos para ser buenos profesionales en un campo determinado, de lo que acabamos siendo auténticos maestros es de nuestros sueños: cuando vemos abiertas de par en par todas las ventanas del futuro y ni siquiera tenemos tiempo de reparar en si existirá o no eso a lo que la gente se refiere cuando habla del destino, cuando no reparamos en la velocidad de la luz ni en la distancia que separa la realidad de la ficción, cuando el mundo que diseñamos a nuestro antojo pocas veces se topa con la dificultad de tener que explicar muchas veces la sencillez de nuestros planteamientos, cuando uno era uno en ese estado de prodigiosa virginidad que aún no había sido obligada a pasar por el aro: todo aquello de lo que hoy pende la marioneta que represento cada vez que el titiritero que tensa y destensa los hilos me concede un respiro, o en cada ocasión en la que veo una rendija a través de la cual colar mi inquieta inocencia de pobre diablo.

domingo, 19 de octubre de 2014

Un par de horas




Desde las ventanas del café Píola, en la sevillana Alameda de Hércules, puede saborearse la visión del paisaje urbano de una mañana de domingo perfumada con la fragancia literaria que el aroma a café le aporta al pensamiento. El lujo accesible de la la lectura del periódico, como si de un pan recién salido del horno se tratara, le hace a uno pensar en la importancia de las pequeñas cosas con las que la soledad es capaz de sentirse acompañada. Tras unos cuantos sorbos de café con leche con los que se estimulan los sentidos nota uno que la mente le va pidiendo al cuerpo la aventura de leer incansablemente, comenzando con unos artículos  y prosiguiendo con el libro elegido para esa mañana, como quien se deja llevar de página en página manteniéndose tan abstraído como un hipnotizado, y haciendo de una de las mesas con vistas a la calle el escritorio soñado para la mejor biblioteca del mundo: ese trocito de planeta en el que tú eres sólo tú y el resto es el decorado de tu fragilidad de lector amparada en el exilio poético del tiempo libre gozosamente disfrutado por la concentración en una historia o en un destello de tu imaginación, en un cuento o en un ensayo, en un particular estado de gloria. Hay sitios que nos atraen con la poderosa sensación de que en ellos encontraremos la  justa cantidad de tranquilidad que necesitamos en ese momento, y en el Píola uno sabe a ciencia cierta que ha acertado incluso antes de llegar, a medida que se va acercando y va dejando atrás las calles adyacentes a la Alameda, sintiendo que eran ciertos los presagios de conseguir aparcar la realidad a un lado sin desprenderse de ella. A pesar de que en este sitio se sirven desayunos hasta las tres de la tarde, cosa que le proporciona una originalidad basada en una admirable transigencia hacia el sueño y las horas de irse a dormir de la mayoría de su clientela, desde primeras horas de la mañana empieza a llegar gente con ganas de ocupar uno de sus sitios para reconfortarse con el calor juvenil que rezuma de sus paredes, con esa sensación de sentirse algo más joven para encomendar la tarea de disfrazarse de estudiante improvisado, o premeditado como quien asiste a un carnaval del que solamente él sabe las claves. No dejamos de acercarnos constantemente a lo que deseamos, de imitar lo que anhelamos con la fuerza de la infancia, y llegada cierta edad por eso aún nos entusiasma meternos en un papel que, aunque rutinariamente no nos corresponda, desearíamos para nosotros, como a mi me pasa cada vez que dispongo de una mañana de domingo libre para hacer lo que me dé la gana y pasar un par de horas leyendo en el Píola.