jueves, 24 de mayo de 2018

El hombre ensimismado

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Recuerdo la mañana que Blimunda me encargó un par de libros de Philip Roth dándole igual cuáles fueran; paseando por el casco antiguo de Jaén camino de la librería Metrópolis intuí que iba en busca de un escritor al que tendría que ir leyendo a lo largo de toda la vida. En el mostrador me contestaron, sí, sí, este señor dice cosas. Uno de los impulsos de los lectores que descubren a un escritor con el que fraternizan a partir de una serie de frases imantadas de significado es la de leer compulsivamente toda su obra mordido el anzuelo de la electrizante primera toma de contacto, en un  rapto de ansías e impaciencia que los sumerge en ese mundo recién comenzado a explorar del que les gustaría saberlo todo, en la onírica nebulosa del lo antes posible, con una mezcla de curiosidad y pura alegría en la que casi no queda tiempo para otra cosa. Con Philip Roth lo que uno siente es cercanía, dilema, reflexión, intuiciones, emociones, transcursos, conclusiones, vitalidad cerebral, salud mental, mucha sinceridad, facilidad narrativa a lo largo de una prosa muy nutrida de elementos cotidianos mezclados con cavilaciones en torno a ese campo por tantear que se presenta delante de nuestras narices. Algunos escritores se pegan a la piel porque dicen verdades como puños sobre nosotros, sobre los infiernos, la conciencia y el presente, el recuerdo y el pasado, el deseo y el futuro, la calle y el aula y la sala y la almohada y el escritorio y los bares de abajo y de la esquina, las relaciones personales, la transparencia y la neurosis, el rompecabezas de la existencia. Empezar a confesar lo que uno piensa diseminándolo en el análisis de las andanzas del ser humano sobre el mapa de las novelas que se van escribiendo no debió ser tarea fácil para un americano como Philip Roth, porque no entraba dentro de los planes de muchas familias judías de los sesenta que uno de sus hijos pudiera verse atraído por las siluetas proyectadas al trasluz de las ventanas de un hogar en el que se practicaba un respetado sentimiento de abnegación religiosa; para él la ridiculez consistía en rechazar voluntariamente la libertad; tenía claro que lo que mejor hace la televisión es trivializar sobre la tragedia; a cerca de la creación literaria opinaba que la realidad independiente propia de la ficción es lo único que importa debiendo permanecer el escritor en la sombra. Decía que cuando uno se hace escritor tiende a equivocarse siempre con la esperanza de acertar alguna vez, y que en una autobiografía la caballerosidad es evasión o mentira. Así era Philip Roth. En esa transparente declaración está toda la verdad de la libertad de lo escrito para llegar a ser Literatura, la fiel manera con la que en cada una de las etapas de su vida va el escritor viendo el mundo tratando de componer el inmenso puzzle del conocimiento sobre el marco de la experiencia pasada por el tamiz de la conciencia abierta a estudiar lo que a uno se le presente, teniendo como única herramienta la palabra. Ese es el legado que nos deja Philip Roth, el del hombre que escribe lo que piensa y lo hace como catarsis para sentirse formar parte de este mundo en el que él supo estar dejándonos un imprescindible legado literario. Muchas Gracias, Maestro.

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