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martes, 30 de agosto de 2016

El oficio de vivir


Resultado de imagen de escritor

Han sido muchas las veces que me he preguntado a qué me hubiera dedicado de no haberme decantado por la restauración. Tal vez pudo demasiado la influencia de haber nacido en una familia a la que se le da muy bien dar de comer, y de mi afán por conocer qué había detrás de todo aquello que me empezaron a enseñar desde los doce o trece años; después mis inquietudes fueron destinadas a querer conocer cómo era el idílico mundo del interior de un restaurante en el que se buscaba la excelencia, en los momentos en los que uno tenía que tomar la decisión de lo que quería hacer con su vida. Ahora, cuando me paro a contemplar las cosas con la distancia que los años ponen de por medio, recuerdo al niño que quería ser arquitecto o periodista, y bajo esta perspectiva, y mirándome en el espejo, he de reconocer que a pesar de que mi oficio me está dando muchas satisfacciones bien es cierto que sufrí una tenaz tendencia a la gandulería durante los años en los que mi formación no era asunto de especial incumbencia en las conversaciones que mantenía conmigo mismo, o sea que en cierta manera la comodidad de pertenecer a un gremio que conocía relativamente bien fue en buena medida la decantación de una inercia que me ha ido llevando de un lado a otro en trenes y autobuses, en aviones y barcos, en coches y en camiones, haciendo auto stop, bajando las escaleras mecánicas de muchas estaciones de metro y haciendo sonar en innumerables ocasiones el detector de metales de un control policial debido al perfecto desorden de las ensoñaciones que no me sacan de mi mundo. Me parece, al pensar en esto, como que no fuera el hombre capaz de vivir sin estar aparcado en una constante duda sobre lo que sí y lo que no, sobre todo cuando no le salen a uno los planes y ha de soportar el tedio del mito de Sisifo con la piedra a cuestas escalando la montaña; esa duda se da también cuando lleva uno bastantes años dedicándose a lo mismo, por mucho que se proponga hacer de cada una de sus jornadas algo diferente; entonces le vienen a uno a la cabeza esa cantidad de aficiones que aún no han encontrado tiempo suficiente para ser desarrolladas, preguntándose incluso qué hubiera pasado de haber cambiado el rumbo de su vida profesional a mitad de camino apostando por otra vertiente en la que arriesgarlo todo a cambio de la tranquilidad personal de no morirse sin haberlo intentado. Conozco a compañeros que lo han hecho, algunos que desaparecieron del mapa como por arte de magia y no había forma de dar con ellos, esos de los que de vez en cuando uno sabía algo mediante algún amigo en común que le daba las buenas nuevas con el tono de voz con el que se dan las noticias sorprendentes o importantes. Hace unos meses me enteré de que un ex compañero de la escuela de hostelería, Rubén Darío Vallés, es escritor, y comprendí que es posible alcanzar los sueños si lo que uno se propone es darle rienda suelta a su libertad de expresión y no ceder en el solitario ritmo de la constancia que necesita todo proyecto personal. Cuando, hace ahora diecisiete años, Rubén y yo íbamos al Santos, un bar muy cerca del piso de la calle Acetres en el que yo vivía, tomábamos cubatas y manteníamos conversaciones que no tenían nada que ver ni con su cocina ni con mi sala; soñábamos despiertos, como la noche en la que pudimos ver en directo a lo que quedaba del grupo Triana, en un concierto gratuito que daban después de un mitin de la  Izquierda Unida de Julio Anguita, en el que el otro día me recordó que fue donde le dije que a mi me gustaría dedicarme al escenario; y yo recuerdo que en el Santos, cuando el estímulo del alcohol nos hacía hablar con esa clarividencia que solo es capaz de alcanzar la sinceridad, él insistía en que lo que quería era ser artista. Qué palabra tan bonita. Desde que hace ocho años Ángel León me dijo que Rubén se estaba dedicando en serio a la pintura supe que habría algo más, que eso sería sólo el comienzo, una más de sus formas de expresarse, uno de los hilos conductores que conectan a la creatividad con el oficio de vivir, con su oficio de vivir, que ya ha sido plasmado en la novela Viaje a Menorca y que se ve reflejado en cada uno de sus artículos de opinión en dos diarios de Granada. Qué buena noticia para ir al Santos y tomarse un cubata a su salud.

domingo, 23 de noviembre de 2014

El hombre orquesta



El hombre orquesta cada tarde se sienta en un rincón de la avenida de la Constitución de Sevilla, abre la funda de su guitarra y casi sin mirar a nadie y con una especie de susurro comienza a entonar los versos con los que inicia la primera de las piezas que conforman la letanía de canciones elegidas para la sesión. El hombre orquesta es un señor que usa gafas y lleva ese tipo de gorra con la que visten los bohemios, los seres que han ido y han vuelto y han vuelto a ir y a venir insistentemente al mismo sitio con la presunción de no haber descubierto todo lo que la naturaleza de las calles encierra. A veces pasan días enteros sin que la posición del hombre orquesta cambie, siempre en el mismo lugar y en la misma postura durante siglos enteros que van desde las cinco a las ocho o las nueve, con su botella de cerveza y con su tubo metálico y con su bandolera y con su armónica, con sus púas y con sus uñas de bluesman, con su amplificador y con su carrito cargado de cedés en los que pueden ser escuchadas sus mejores versiones, sus preferidas, sus fetiches, sus argumentos para haberse mantenido durante tantos años en la brecha y en la cuerda, en la calle y en el bar, en la Carbonería que fue el primer sitio en el que yo vi al hombre orquesta hace ya casi veinte años convertido en un Rory Gallagher. El hombre orquesta toca una detrás de otra canciones de un blues puro y duro y contante y sonante y sentimentalmente cargado del alquitrán del camino, un blues que sabe y de verdad suena a música emanada del pueblo, a coro triunfal en la partida de parchís de los pobres, a litro de cerveza compartido, a cigarrillo recién encendido, al perfume que usan las musas del tabaco, un blues al fin y al cabo auténtico como el calor que el whisky deja en el estómago. El hombre orquesta se saca el charles de un tobillo mediante una pandereta que a golpe de tacón acompaña las piezas que canta, siempre en un inglés perfectamente pronunciado, en unos giros de garganta inspirados en la voz de un Willy Dixon o de un Buddy Guy. Las gentes que pasean por los alrededores no tardan en reunirse en torno a él  para espontáneamente formar un corro. Grandes y pequeños, jóvenes y maduros, entrados en años y adolescentes, madres con sus niños cogidos de la mano, parejas que se besan mientras el hombre orquesta puebla la atmósfera con las armonías emanadas de ese, como diría Juan Ramón, pozo que tiene aire en vez de agua que es la guitarra. El hombre orquesta puede durante un momento ser un Robert Johnson que acto seguido se transforma en un B.B. King; puede camuflarse de Ray Vaughan para acabar luciendo el talento de Eric Clapton; el hombre orquesta puede ser un manos lentas o un manos rápidas según le convenga, según salga el sol, según sople el viento de su imaginación. El hombre orquesta es otro más de los mágicos seres que pueblan la ciudad ideal en las horas más brillantes; la ciudad en la que todos bailan y nadie se acuerda de enfadarse con nadie.

lunes, 14 de julio de 2014

Los Technicolours



Rara es la vez que en una conversación en la que se haga referencia a la música que escuchábamos en los ochenta no me acabe acordando de The Beatles, porque en los ochenta yo fui uno de esos privilegiados niños que tuvo la suerte de escuchar a The Beatles en su casa, debido a la gran admiración que mi hermano Ángel, unos cuantos años mayor que yo, sentía y continua sintiendo por la banda británica. Recuerdo ir al colegio tarareando sus canciones sin disponer de la más mínima noción de inglés, inventándome los sonidos con los que yo más fácilmente identificaba cada una de las palabras de alguno de sus estribillos. Después, pasados unos años, más de una vez he oído de boca de algún que otro músico que no se puede hacer más con menos. Con tres o cuatro acordes bien colocados dándole vida a un ritmo vivo y pegadizo, bello, The Beatles fueron creando disco tras disco un montón de canciones ninguna de las cuales pasaba desapercibida ni distorsionaba en el conjunto de la obra. Todas son buenas, todas atraen, todas originan pensamientos y hacen que instintivamente se mueva un brazo, un hombro, un pie o un codo. En uno de los recorridos con mayor afluencia de público en las calles sevillanas, en la Avenida de la Constitución, suelen ponerse a tocar tres jóvenes artistas que deleitan al personal con sus versiones de The Beatles. Lo suelen hacer bien en la esquina del Banco de España con esta avenida, o justo enfrente, bajo las fotografías en blanco y negro con motivos culturales de esta ciudad que decoran la fachada de uno de esos modernos supermercados del ocio y la cultura que van menguando la sostenibilidad de las librerías convencionales. Los Technicolours tocan con un amplificador para el bajo y la guitarra, el sonido de la batería se sostiene al aire libre sobre el terciopelo de unas escobillas que se mueven con la maestría de esos músicos de jazz, o esos maestros de orquesta, que se saben de memoria todos y cada uno de los compases, de las blancas y las negras, de las fusas y las semifusas en las que se encontrarán con el latido del instrumento de uno de sus compañeros queriéndole decir ahora voy yo. Sus voces también se sostienen en el aire, a pulmón, a dúo o en un magnífico trío que declara la habilidad de la compenetración resueltamente interpretada. No hay ser humano que se resista a moverse mientras los escucha; todos los que en coro se concentran ante una de sus actuaciones sonríen y bailan; todas las edades confluyen en unos cuantos minutos cada vez que estos jóvenes se disponen a tocar desde Love me do a Help, desde Here comes the sun a Day tripper, desde Come together hasta una otra cualquiera que uno recuerda pero de la que desconoce el título aún sabiendo de su esencial existencia en el mundo de la música. Da gusto encontrarse con estos compañeros del paseo, y da rabia no disponer nada más que de unas cuantas monedas sueltas para dejar sobre la abierta funda de su guitarra, porque si la vida fuera poéticamente justa Los Technicolours contarían ya con uno de esos agentes musicales que los colocaran donde se merecen para que nos dieran a conocer la otra música, la que llevan dentro inspirada en los acentos rítmicos nacidos en un sótano de Liverpool.
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jueves, 25 de abril de 2013

Héroes del betún.





Una de las personas con las que suelo cruzarme, casi a diario, es un limpiabotas que va de un bar a otro, por las calles del centro de Huelva, al encuentro de uno de esos románticos fanfarrones, que se quedaron con lo peor del romanticismo y aún osan poner sus pies sobre el cajón para que sus mocasines sean abrillantados. Cada vez que lo veo me acuerdo de otros compañeros suyos que he tenido la oportunidad de conocer a lo corto de mi vida, y siempre me asalta, ahora más que nunca, lo que puede rondar por su cabeza, teniendo en cuenta la situación de crisis reinante, y la poco probable costumbre de que todavía exista alguien que guste de que otro saque lustre a sus zapatos, además de los tres o cuatro que apuntalan el equilibrio del hambre de este héroe, aunque como bien dijo, no se sabe cuál de los dos toreros, si  Guerra o Lagartijo, hay gente para todo.

Uno de mis ilustres vecinos, algo así como el José Luis Sampedro onubense, un señor cuyos valores alcanzan la cima del desarrollo personal, con esa tranquilidad propia de las personas muy vueltas de todo pero con su capacidad de asombro intacta, de esos que se niegan a dejar de aprender y se empeñan en resistir hasta el final, tiene como uno de sus lemas que todos los trabajos son dignos, y que la libertad es un deber intelectualmente tan personal que, sea cual sea la profesión, uno puede ir por la vida con la cabeza bien alta, dándose así el caso de que quienes se muestran sonrientes y almidonados, en muchas ocasiones, lo hacen como una más de sus tediosas obligaciones mientras que cualquier otro, con una manera de ganarse la vida no tan al alza en el ranking social, puede sentirse inmerso en un halo de independencia y mucho mayor relativa libertad que le permita no tener por qué someterse a los dictámenes impuestos por el álgebra de la vida moderna: ese tipo de normas que acarrean el riesgo de no enterarse de la misa la media, y de, además de no llegar a ningún puerto que no sea el de la ostentación, que por el mero hecho de ser, la avariciosa ostentación, una eterna insatisfecha, nunca llegará a nada, encontrarse acuciado por las dudas de la pérdida de tiempo cuando sea demasiado tarde, cuando se eche de menos esa reflexión con la que serían más dulces los últimos años de existencia, en los que en una carrera contra reloj, pretendiendo recuperar la moral olvidada, puede que se encuentre el mismísimo infierno del cuento de no llegarás. Con respecto a esto siempre he sospechado que a Tolstoi debió pasarle algo parecido cuando decidió organizar aquella comuna en la que trató de resarcirse de las tropelías cometidas anteriormente.

De los limpiabotas con los que he tenido la suerte de cruzarme no ya por la calle, como con este vecino de Huelva, sino por la vida, tengo grabado en la memoria a uno de esos héroes que tienen la culpa de que uno se sienta orgulloso del seudónimo con el que firma lo que escribe. Me refiero a Basilio, lo conocí en San Sebastián hace unos doce años. Era un hombre puntual a su cita con la esquina entre la avenida de la Libertad y la playa de la Concha. Además de lustrar zapatos vendía pañuelos, y me llamaba enormemente la atención lo informado que estaba en temas económicos y los razonamientos que exponía ante la cara de lelos de los que acudíamos a él como quien acude a una fuente a beber agua limpia y clara. Asombraban sus conocimientos en derecho y una envidiable habilidad para resolver crucigramas en tiempo record. Además se ganaba a las señoras, que acompañaban a los presumidos caballeros, de tal manera que no era difícil que saltasen las chispas de los celos; porque Basilio era un tío imponente, ahí donde lo veíamos, al que más de uno nos acercábamos como si fuese nuestro segundo padre, o como si se tratase de nuestro hermano mayor, era un contraste de sabiduría y saber estar aquel que se notaba tras su atuendo, siempre de negro, a base de prendas de deshecho, que uno tenía casi la seguridad de que detrás de aquel porte había una historia tan impresionante como el horizonte al que se dirigía la afilada inteligencia de su mirada. Yo me atreví a preguntárselo una vez que me dijo vete de aquí, tu no pintas nada con estos chorizos. Basilio era uno de los más importantes ex directivos de los altos hornos de Sagunto, abogado, licenciado en económicas y arruinado por una de esas malas pasadas que juega la ruleta de la bolsa cuando quienes, como Mario Draghi hace ahora a su antojo con Europa, saben lo que va a pasar pero deciden dejar que te estrelles para que otros se enriquezcan en un par de horas.
Otro de ellos, otro héroe, esta vez un salmantino castizo llamado Cristóbal, un sabio errante y fugitivo del comercio de medio pelo de esa merienda de negros llamada interior competencia sana en el ámbito de la empresa, cosa en la que jamás se le ocurrió inmiscuirse a pesar de las ofertas, que debido al lugar en el que ejercía, la madrileña plaza de Oriente, zona en la que es fácil toparse con personajes de la cultura, la política o el deporte, en fin famosos, se jactaba de haber limpiado los más caros zapatos habidos y por haber, y aprovechando sus ansias por saber se había ilustrado en materiales, componentes, marcas, cordones, suelas, ceras específicas para cada calzado y todo aquello que tuviera que ver con el orgullo con el que balanceaba el trapo para extender el betún, llegando a pulirse tanto en su trabajo que bromeaba diciendo que no faltaban directores de cine que le tentaran para aparecer en alguna película, pero que él solo se ofrecía para enseñar a aquel actor que dispusiera del gusto de interpretarlo, porque para ser un limpiabotas decente, y no de boquilla ni de salón, había que estar catorce horas en la calle, y que lo del cine corría el riesgo de carecer de la suficiente naturalidad como para salirle bien. Disponía de una prodigiosa memoria para recordar las alineaciones del Atlético de Madrid de los últimos cincuenta años, era una enciclopedia futbolística al servicio de los artistas cuyos zapatos pasaban por sus manos, y cuando se le veía en el Museo del Jamón, el bar de la calle Tetuán al que le gustaba ir para ver los partidos, a su alrededor se sentía el mismo respetable silencio que se palpa en la Maestranza cuando un matador hace frente a la embestida de un Victorino o un Mihura. Me dijeron que lo mejor, si no queríamos ver como le cambiaba la cara y se le acentuaban las arrugas enfatizando la tristeza, era no preguntarle por aquello, porque desde el día, allá por los setenta, en el que un defensa de la U.D. Las palmas, le segó los tobillos, con el Vicente Calderón hasta la bandera, no volvió ni a jugar ni a ser el mismo.
Hoy, al cruzarme con este vecino escuálido, con esa barba de varios días que delata cansancio, indignación y atisbos de ir acercándose al borde de un precipicio, paradojicamente casi sin zapatos, pues a las zapatillas que calza les falta parte de las suelas, me han venido a la cabeza muchas cosas y muchas personas, muchos héroes, Ulises como el de Joyce pero en versión española, y a parte del fastidio que supone no haber vuelto a saber nada ni de Miguel ni de Cristóbal, algo me dice que allá donde se encuenten, en esta tierra o en aquel cielo reservado para los valientes, a buen seguro que les resultará un placer darle la bienvenida, el día menos pensado, a este superhombre que arrastra sus pasos por las calles de Huelva con más decencia de lo que la mayoría de los dirigentes se atreverían, por falta de clase y de estilo, a hacer nunca; y me he vuelto a repetir: gracias a estas personas, sólo gracias a ellas, son dignos todos los oficios.

martes, 9 de abril de 2013

Disciplina natural.






La vida, además de tenerla, de ser lo único de lo que realmente disponemos, resulta obligatorio vivirla, hacerle caso y no dejar que pase el tiempo entre ella y nosotros sepultándonos en la barbarie y convirtiéndonos cada vez con más fuerza en indómitos representantes del autoaniquilamiento; es preciso aprovecharla, respirarla, ver la luz que cada día se nos ofrece, caminar tranquilos y disfrutar de esta única oportunidad que nos brinda la existencia, tal y como es, dándonos cuenta de lo importante que resulta percatarnos de ésto: vivir sin tregua cada uno de los segundos que recorremos desde que nacemos, y hacerlo con la intención de ser lo más razonables que podamos, haciendo uso del civismo y de la inteligencia para facilitarnos el viaje, para que la convivencia resultante sea el engendro del bienestar, de la clarividencia y del sentido común. Algo así defendía José Luis Sampedro, una de las mentes más lúcidas de nuestro pensamiento contemporáneo, uno de los intelectuales más pacíficamente combativos del siglo XX, un catedrático de economía que escribía con la misma natural disciplina que se exigía así mismo para ser buena persona y acabar convirtiéndose en referente de todos aquellos que aún piensan que no están locos y que las cosas pueden y deben ser de otra manera.
A cualquiera de nosotros nos puede resultar muy fácil decir muchas cosas, otra cuestión es ponerlas en práctica cuando hay que dar ejemplo con los actos que demuestran el valor de nuestras declaraciones. Parece que el que más y el que menos tiene una serie de conceptos claros, un grupo de ideas y de causas que ejercen poder sobre su voluntad para sentirse realizado, y de una u otra manera se da por satisfecho con sus actos, considerándolos loables y cargados de sentido; pero difícilmente se consigue ésto si todo ese proceso de formación no está acompañado de una carga de humanidad que cuadre todas las ecuaciones y desvele todas las incógnitas del intelecto.Viendo lo que ha dado de sí la vida de este hombre, de José Luis Sampedro, uno tiende a pensar que sería deseable para uno mismo disponer de alguna de las cualidades del maestro: su imperecedera y pulida paciencia en el estudio, su minucioso método de trabajo, la profundidad de sus reflexiones, la cordura y  benevolencia de las mismas, la forma en la que están documentadas cada una de sus novelas, los exhaustivos planos arquitectónicos que sostienen los argumentos históricos de sus relatos, la cercana dimensión de las atmósferas de su escritura, su Aptitud con mayúsculas, su superlativa sapiencia de la importancia de la relatividad en el pensamiento y la claridad y sencillez de unos cuantos puntos con los que sostener toda una filosofía. Le gustaba decir que él no era nada más que un escritor, uno más de todos los que nos encontramos encima de este tinglado. Defendía a capa y espada su teoría de que la naturaleza no puede estar al servicio del hombre por capricho de éste, que se trata justamente de lo contrario, y que por este camino no hallaremos nada bueno, a lo sumo el adelanto de un fatal desenlace.
Disponiendo de un expediente ejemplar y una brillante cátedra, y siendo aún muy joven, era tan humilde que el día en el que fue entrevistado para ocupar una importante plaza, en lo que hoy sería algo así como el Ministerio de Hacienda, le dijo que a penas sabía nada de economía a la persona que verbalmente lo estaba examinando, pongamos que el mismo director del Banco de España, ante el cual argumentó que estando delante de semejante personalidad uno no podía afirmar que supiese mucho de la materia, que como mucho, y para comenzar a aprender el oficio, no estaría mal hacerse con aquel trabajo e ir viendo, pero ya ve usted. Después vino la etapa en la que definitivamente se dedicaría a ofrecernos su pensamiento, el ingreso en la Real Academia de la Lengua Española, y entre otras muchas obras La sonrisa etrusca, El amante lesbiano, Octubre, Octubre, y la inconmensurable La vieja sirena, en la que con cuidadosa exactitud se refleja la vida del Egipto del siglo III en mitad de una historia de bellezas y paisajes con los que se acaba teniendo la sensación de que la literatura es una de las más apasionantes experiencias de la vida misma: una vida en el interior de otra, o muchas vidas dentro de ésta.
Sorprende ver cómo a un ser de estas características, a toda una eminencia del sentido de la humanidad, a un alma inteligente como pocas, con la delicadeza y la fragilidad de lo sutilmente claro,  se le haya hecho tan poco caso por parte de la caterva de políticos que hoy mismo dicen sentir su desaparición, envueltos en un descomunal cinismo que los entierra en su cara de serpientes. Con la puesta en práctica de la mitad de las explicaciones de Sampedro, que no desfalleció ni un instante en sus esfuerzos por ayudar a todas las generaciones con las que coincidió para reivindicar el derecho de una vida próspera y cabal, hubiera bastado para hacer de este mundo un lugar con algo más de alternativas y posibilidades de no verse entre la espada y la pared, pero es harto frecuente que la lucidez y el pragmatismo de los intereses no opten precisamente por el camino del bien común. Odiaba los ismos, decía que con ellos comenzaba a estropearse cualquier aspecto. Cuando compartía la escritura con su trabajo como economista solía trabajar a partir de las cuatro de la madrugada, mientras la casa estaba en silencio y su concentración campaba por los mares de la fantasía matemáticamente estructurada de sus obras.
Hay hombres a los que conviene no perderles el rastro, a los que es aconsejable tener como referentes, y a partir de hoy las cenizas de José Luis Sampedro se esparcirán por todos los rincones del alma humana para que ésta no se sienta sola a pesar de la desgracia: nos queda su memoria, sus lecciones, su talento puesto a la disposición de la humanidad y lo que seamos capaces de hacer con ello.

sábado, 23 de marzo de 2013

Lágrimas rojas.



 




Las premoniciones son la anticipada sensación de certeza sobre algo que aún no ha pasado, y puede que en ocasiones no se tenga ni idea de qué sucederá, pero parece que algo nos indica con fervor que acontecerá un movimiento dentro del alma que en breve nos sorprenda, que nos inquiete y no nos deje indiferentes. Varios son los signos que uno puede sentir para augurar que a la vuelta de la esquina el presente vendrá con el periódico debajo del brazo dándonos fe de una noticia, de un presagio hecho realidad que nos deje con la taza de café suspendida, con la mirada puesta en el techo o mirando através de la ventana para buscar con los ojos un lugar en el que depositar lo inamovible, cada cual lo siente a su manera. La pasada madrugada llovía tanto que desperté del sobresalto, rayos y truenos, agua, el diluvio universal en un cuarto de hora, el impulso del temporal atestiguando la metáfora de las lágrimas. Después lo comprendí: el mundo lloraba para hacerle frente a una despedida, para decirle adiós a un maestro y continuar el rumbo de las imprecisiones del destino.

 Ayer el mundo se despedía de Bebo Valdés y con nosotros dentro sin saber cómo tocar una batanga igualando el genio y la naturaleza del ritmo de la innata originalidad. Yo, como digo, fui avisado por la lluvia, y espero que a él no le avisase la parca desatendiendo su reposo, que se marchara en una de esas balsas que construyen los descansos sumergiéndonos en un sueño profundo e inconsciente del que parece milagroso que podamos despertar. Desde ayer hay una tecla negra más en todos los pianos, una imagen del pasado en la que depositar parte del crédito de nuestros actos y no darnos por vencidos. Bebo dejó dicho que si al llegar el momento de su muerte en Cuba se vivía de la misma manera que se estaba haciendo en aquel preciso instante, que si la situación política no había cambiado él quería que lo enterrasen en Suecia, donde hasta ayer estuvo viviendo, o en España. Recuerdo a más de un intelectual surgido junto con el auge de la movida de los ochenta afirmando considerarse castrista: arrebatos de mitomanía que juegan la mala pasada de los bichos malos que nunca mueren, cuentos de nunca acabar, toros vistos desde la barrera, no saber lo que se dice por no haber pasado en Cuba una temporada a no ser en un hotel de lujo, y cosas por el estilo, desafueros y gazmoñerías de quienes se encontraron de la noche a la mañana con mil duros en el bolsillo y una papela de coca en cada camerino después de haber pasado las de Caín con su guitarra a cuestas en el metro, marionetas que necesitaba la transición para dárselas de social moderna con las miras puestas en un aburguesamiento, y un más tarde de sálvese quien pueda y maricón el último; pero parece ser que Bebo tenía muy claro que si bien es cierto que el mundo va al revés hay lugares en los que ni siquiera se ha dado la oportunidad de demostrar las variantes de tales envites y la cerrazón anacrónica se ha llevado por delante a muchas generaciones para las que no hay marcha atrás, como siempre que se trata con los factores fundamentales de desarrollo inmersos en el tiempo y las tinieblas de sus profundidades.

Noventa y cuatro Abriles en canal con la intacta elegancia del vuelo de los pájaros. Decía uno de los compañeros de sus últimas tablas, el Cigala, que a veces llegaban a una ciudad con unos días de margen antes de un concierto, para prepararse y disfrutar también del viaje, y que cuando menos se lo esperaba Bebo salía como quien va a por tabaco, con casi noventa años y lo puesto, y volvía a los dos o tres días, algo antes de tocar, sonriente y diciendo que había que ver la gente tan simpática que había en aquel lugar, ante la incrédula mirada del Cigala asombrado de la vitalidad y el olfato callejero del maestro cubano. Pasaron muchos años, casi un siglo, hasta que Bebo pisó con la fuerza de la fama los escenarios, pero esto no le impidió disfrutar de la sencilla existencia ni necesitar de todo lo que envuelve de negocio los trámites del glamour, más bien le parecía algo postizo que no había incluido en sus planes, que no tenía la mayor importancia, y se dejaba llevar por las circunstancias con la misma poderosa dejadez empedernida con la que era capaz de hacer dormir a una fiera cuando se sentaba delante del teclado.

Esta mañana, al enterarme de la noticia, después de darle una definitiva explicación al chaparrón con el que se anticipaba el desenlace de un adiós, ha vuelto a llover y el cielo se ha encapotado de unas nubes púrpuras que soltaban chorros de agua rosácea, de lágrimas rojas ansiosas de la democracia y la libertad de expresión que se le viene negando a uno de los pueblos más ricos del planeta desde que el ejercicio de un bloqueo es la prueba evidente de la piedad de quienes nos gobiernan, lágrimas rojas de añoranzas basadas en la demagogia con la que se trata todo lo referente a los derechos humanos allí donde parece que da vergüenza asomarse a ver lo que pasa y de qué manera ponerse de acuerdo para que termine de una vez tanto reparto de insensatez pagada por los mismos de siempre, lágrimas rojas de una frente arrugada y una dentadura huesuda y exuberante de sonrisas al compás de la tolerancia y la gramática parda, lágrimas rojas con las que al pisar uno de los charcos de la calle han salido una serie de notas para que mis botas al son de la lluvia tocasen una Batanga con la que despedirme de Bebo Valdés. 


jueves, 24 de enero de 2013

017, otras cuestiones.







Hace cinco años que conocí a uno de esos protagonistas de las melodías de la calle, a un prodigioso guitarrista errante que dio con sus huesos en Marbella tras los innumerables trámites anteriores con los que la vida le fue regalando motivos para hacerse ciudadano del mundo con razones de peso kilométrico. Después la amistad me ha regalado la permanencia de contacto con semejante artista, y gracias a alguna que otra llamada telefónica y a la esporádica aparición de un mensaje en forma de chiste en la bandeja de mi correo electrónico he ido sabiendo que el buen humor y la estoica capacidad de este huésped del swing, luchando contra una enfermedad a base de un tratamiento médico que hace difícil imaginar que aún le queden fuerzas cada día  para encomendarse al escenario, se encuentran por encima de las ordinarias y extraordinarias vicisitudes del camino y de los atropellos de la disconformidad y la debilidad de la apatía con los que cualquiera se hubiera vuelto loco mientras él sigue en su deambular errante y constante grabando sus joyas en la terraza-estudio de otro que tal anda y del que la poesía no se encuentra muy lejana, lugar en el cual se me brindó hace poco la oportunidad de cantar Peces de ciudad acompañado por estos dos grandes del panorama musical de la más grande y lúcida bohemia conocida hasta el momento por un servidor.

 Lo primero que le escuché de manera emocionada fue Sitting on the morning sun de Otis Reading, tema cuya primera frase él solía cambiar por algo más dado a la simpatía de la lujuria sin dejar de lado la entonación y la maestría con la que el corazón se le ponía, y se le sigue poniendo, en la garganta. Bob Dylan o Duke Ellington, Django Reinhart o G. Miller, daba igual, todo cabía en aquel instrumento diatónico en el que se transformaba su voz, y aquel hombre que iba de un lado a otro del casco antiguo, con su orquesta basada en sus palabras cantadas y su guitarra a cuestas, pasaba de un palo a otro con la facilidad con la que los cuerpos son atraídos por la fuerza de la gravedad sobre la tierra, y así no era de extrañar que si la ocasión lo requería y las nubes no lo impidiesen se arrancara con un Bésame mucho de Consuelo Velázquez para sacarle una sonrisa a esas señoras que no dudarían un instante en colaborar con la causa y dejar algún euro en la yacente funda del instrumento a la vera del interprete.

 Recuerdo cada vez que me trataba de explicar lo sencillo que es el idioma de la música, eso se aprende en diez minutos me decía, y sus consejos para practicar la posición de la cejilla y cambiar con frecuencia de acorde sin que esto suponga el siempre tortuoso trance para el novato a la hora de afrontar con solvencia y resolución la nota de Fa en sucesiva armonía con otras tantas de las que conforman un tema o una escala. Era un tiempo en el que la crisis aún no había hecho la mella con la que ahora nos está devorando y el mundo andaba intranquilo pero con relativa paciencia, a pesar de verlas venir cada vez con más peligro. Las terrazas comenzaban a no ser lo que eran y los turistas no parecían tener una tan boyante ambición consumista como en épocas anteriores, cuando un españolito podía encontrar entre las papeletas del saco de sus posibilidades con echarse una novia sueca y rendir honor al estereotipo marcado por el final del franquismo bajo el modelo de un Alfredo Landa ligón y playero.

Salí de Marbella dirección a Sevilla, de allí me dirigí a Cantabria y luego de nuevo a Sevilla pasando por Cádiz antes de aterrizar en Huelva, y siempre que, en cada uno de los nuevos destinos de los que he disfrutado, he visto la imagen de una estrella sobre la acera o en un soportal, en la boca del metro o en una alameda, en la peatonal columna vertebral que suelen tener casi todas las ciudades o en la puerta o el interior de un garito atractivamente iluminado, he recordado a Miguel en esas aventuras que le llevaron a atravesar Europa de cabo a rabo con doscientas pesetas en el bolsillo, haciendo autostop y poniendo en práctica la libertaría transigencia de los hippies de aquellos días en los que la ceremonia del entendimiento no necesitaba de un currículo vía facebook que la amparase para poder dar con sus huesos cansados de tocar sobre la amistad de un colchón y un plato de sopa compartido.

Hace solo unos días que he volví a disfrutar de su compañía e inteligente conversación y volvieron a surgir de nuevo temas de rememoración como aquellas sus míticas sesiones en el puerto de Saint Tropez, tras las que parecía que el dinero le quemara en los bolsillos y se convertía en un experto cada vez más contumaz en la firme proposición de volver a casa sin un mango, que bien valdrían para alimentar el argumento de una buena película; o el curioso caso de la estación del metro madrileño situada en la calle Génova, en la que se puede disfrutar de una impecable acústica con la que convertir aquel espacio en un lugar perfecto para el ensayo. Siempre me recuerda lo mal que suena mi guitarra, custodiada por él durante los últimos cuatro años, y cuando avanzamos en el recuerdo de las aventuras sale al paso aquella ocasión en la que fue detenido en Bérgamo sin saber a santo de qué y rodeado de tantos policías como jamás había visto en su vida.

Su biblioteca, en la que los libros están dispuestos de arriba a abajo en función de la valía de los mismos, desde las obras maestras hasta los que se pueden considerar de relleno para todo aficionado, está formada por las últimas adquisiciones de una tienda de saldo a la que eventualmente se dirige a devolver los ejemplares leídos para sustituirlos por otros tantos, renovando su intelecto y contribuyendo a que el papel impreso ruede a sus anchas y a buen precio por el mundo. Qué diferente serían las cosas con muchos tíos como este, piensa uno cuando ve lo que se puede hacer con tan poco y cuando el simple hecho de mencionar la fecha del final del tratamiento se convierte ya en una celebración que pronto se olvida del sudor, el sacrificio y el sufrimiento que están costando semejante cabalgada a lomos de una invencible esperanza que es un buen espejo en el que mirarse para continuar luchando y dejar de quejarse por vicio. 
En mi última visita a Marbella le acompañé al ayuntamiento de esta ciudad, lugar en el que desde la entrada uno es capaz de sentir la algarabía burocrática con la que siempre se han escondido los más importantes temas en este pueblo, para solicitar la renovación de su permiso de artista itinerante sobre el trazado del casco antiguo, y en mi afán de recoger nuestro turno sin hacerle caso de la inutilidad de tal trámite para lo que él necesitaba, en una de esas máquinas que te informan de la ventanilla a la que has de dirigirte para resolver tus papeleos, debí pulsar la tecla equivocada porque lo que salió de ella fue algo así como un ticket en el que ponía: 017, otras cuestiones, ante el que a Miguel le salió una cómplice e irónica sonrisa y a mí un: pues no resulta mal título para el próximo disco, maestro.

lunes, 19 de noviembre de 2012

No se puede vivir con un franco.







Dedicar la vida a hacer reír a los demás, a conseguir transformar años de pesadilla social en pasajeros resquicios negros del destino por los que hacer pasar la luz a base de tardes de humor, es una virtud poco usual por no decir imposible. El tesón necesario para luchar contra la injusticia que sufre el ciudadano de a pie en tiempos de negrura y superstición, para rescatar de la tristeza acurrucada en un sofá de skay en el que las familias de los setenta veían con admiración el programa de la tele en el que sabían que iban a encontrar un poco de aire limpio propio de la inocencia de la infancia de manos de unos adultos locos e ingeniosos, es una habilidad y un tesoro del que disponen muy pocos privilegiados. Los payasos de la tele encendían la hoguera del hogar, la carcajada de los niños y de los padres, y la de los abuelos, y las enaguas del brasero se convertían en la patria de las tardes de un invierno fatuo en las aceras de la calle por las que todavía transitaban los grises. El circo cabía en una habitación doméstica en la que se hacía de todo, en la que las madres planchaban y tejían jerseys de lana para sus hijos, en las que se cosía y se leía, en las que se recibía al practicante para que le pusiese la vacuna al enfermo, en las que se mezclaban los cabezazos de las siestas de diez minutos sobre las sillas de la sobremesa con los aromas del café de puchero mientras los niños iban pensando en hacer los deberes. La pantalla en blanco y negro se llenaba de color gracias a la imaginación contagiada por una familia de expertos en poner patas arriba con sus disparates plagados de cordura al vecindario.

Nunca he tomado a mal que me llamasen payaso por fuego que llevara el dardo que quisiera matarme con ese calificativo, si alguna vez fue disparado de tal forma, cosa de la que no me acuerdo, ni jamás empleé dicho apelativo con desdén despectivo seguramente por simpatía hacia los que ejercen una de las más importantes funciones sociales: el reparto de felicidad a través de la ironía y la sencillez del disparate en clave de humor. De hecho me hubiera gustado ser payaso, como Gaby, Miliki, Fofo, Fofito, Milikito o Chaly Rivel; o Como Jordi Poltrona, de la mano del cual he tenido el gusto de visitar las instalaciones de su propio circo y acercarme a las familias que en él viven de esa tan peculiar ambulante manera. Recuerdo a este último en uno de sus más brillantes números, con las gradas hasta la bandera, en Figueras, para el que solo necesitaba de una silla y el supuesto ruido que hace una mosca emitido por sus propios labios para hacer que aquella cúpula casi se viniera abajo; recuerdo un sombrero y unos zapatos, una nariz y una peluca y una canción improvisada, recuerdo una rulot y un camión escuela, un comedor bajo una lona y un trapecista entrenando a cuatro bajo cero. Y hoy, mientras desayunaba y la radio me informaba de lo sucedido, he recordado muchas cosas juntas y sobre todo una de ellas, una imagen, que hace no mucho tiempo ha quedado sellada en mi mente.

Esa imagen a la que me refiero tiene algo de gallina Turureta y del coche de papá, algo de Don Pepito y de Don José, algo de feliz en tu día y de historia consumada, algo que se parece a la satisfacción que debe sentir cualquier persona realizada cuando se dirige al respetable contando en tres frases los trances más importantes de su vida y los secretos de las dificultades de la misma. Me refiero a la última escena de Pájaros de papel, película protagonizada por Inmanol Arias y Lluís Homar junto al niño Roger Príncep, basada en la vida de unos artistas del final de la guerra incivil española y el epílogo de la misma, en la que Emilio Aragón, Miliki, representa la estampa de la consumación humana moderna, el summum de la consagración de la buena gente, y después de haber dicho esas palabras en las que aludía a su niñez, a lo que fue y lo que ha sido, destapa el tarro de la emoción cantando No se puede vivir con un franco hasta sacarle las lágrimas a todo ser que se precie de no ser huérfano de sentidos. Esta mañana, en honor de Miliki he entonado los versos que recordaba de esa canción, cuyo simpático estribillo rinde honor al equívoco y la cordura del vodevil como representación artístico musical, en memoria de Emilio Aragón y no he podido resistirme a enviarle un beso al aire por si me estaba escuchando.


lunes, 6 de agosto de 2012

Chavela, en el último trago nos vamos.







Sucede que la piel me pide un tequila. Sucede que necesito una ranchera, un timbrazo de alegría, una paloma que sobrevuele los tejados de la ignorancia y se pose en el hombro de las buenas voluntades, de los buenos días. Sucede que ando un poco triste, Blas, ponme otro Margarita que esta noche es mía. Sucede que vamos a cantar, a rompernos la garganta, a quitarnos las arrugas, a soltarnos la coleta como tantas madrugadas, pero hoy con más razón y pena que pretenderemos que tal no sea aunque lo sea, con más ahínco y melancolía de verbena, con más sal en el borde de esa copa, con más limón, con tantos puntos suspensivos como necesite deparar la dignidad de esta borrachera.

Sucede que la guitarra me promete una cosa, que la voz me dicta otra, que al final se ponen de acuerdo en un susurro de una a otra, que una lágrima brota de una poesía y de un poema y de la fuente de una farra, que una trenza de pelo blanco blanquecina se despide del planeta, que un cometa ha anunciado el canto rebelde de una estrella, en esta noche buena y sangrante del final de una vida. Sucede que siempre habrá quien venga a contar sus batallitas pero nadie lo hará como lo hizo ella; tómate un trago conmigo, un sorbo de delicadeza sin cubitos de hielo, un beso de tornillo en un mar de ginebra. Sucede que una planta de ágabe se ve en un balcón de la Gran Vía, que la Plaza Garibaldi se ha quedado pequeña, que los Mariachis han amainado con sus cantos la tormenta, que las serenatas de este duermevela van en honor de mi Chavela. Sucede que parece que se han dado los pájaros en esta despedida cuerda.

Sucede que al otro barrio se ha mudado una maestra, el brillo de un rayo y de unos latidos que no cesan, el algodón de una luna melenuda e iluminadamente llena, el orgasmo de los casi cien primeros años , el manuscrito con el remite de las flores de los magos, la escultura de la lucidez de la belleza; el alma de desamores resurgida, el corazón apaleado y vuelto a las andadas de las promesas incumplidas, el Ada madrina de una Cuernavaca querida. Sucede que se ha despedido y se ha quedado, que al menos a esta noche con ella al cielo bien llegamos, que después de haber y no haber llorado, contigo Chavela, en el último trago nos vamos.

Gracias, Chavela.

domingo, 5 de agosto de 2012

Medio siglo sin Norma Jeane.






Dices buenos días, te topas con un amigo, con un vecino por la calle, saludas, compras el periódico, tomas un café mientras a tu alrededor todo continúa en el mismo estado de cotidiana rutina de movimientos en la que lo abandonaste ayer. Pasas por una esquina y no alcanzas a suponer lo que le habrá podido ocurrir, minutos, horas, días o meses después de esa última mirada o encontronazo, después de ese punto suspensivo que no encontró una continuación, a cualquiera de esos conciudadanos con los que te acabas de cruzar con la naturalidad propia de la mañanera caminata al trabajo; de la misma manera que nadie puede adivinar hasta dónde llegará el camino, el recorrido, que tú realices tras un imprevisto no volver a verte nunca más. Quién lo iba a decir, parece increíble. Frecuentemente nos sorprendemos por intempestivos sucesos que dejan muy a las claras la debilidad que nos habita, lo efímero de nuestra existencia que se esfuma con un soplo de aire, y nos amparamos en la fortaleza que nos queda para continuar nadando, lo más decentemente posible, en este mar de circunstancias que hay que procurar saber elegir y esquivar para que el desvarío no nos barnice de derrotismo. Algo perecido debió pensar, tal día como hoy, hace cincuenta años, el periodista a quien Norma Jeane concedió su última entrevista un par de días antes de la tragedia, cuando se enteró de la fatal noticia de la desaparición de la mujer con la que había estado conversando con toda naturalidad. Como por la inercia de una brisa se desvanecieron todas las palabras, todas las confesiones realizadas y en las que, tras haber escuchado decenas de veces la grabación, no se apreciaba el más mínimo atisbo de semejantes supuestas intenciones de abandono que derivaron en su muerte.

Después de todo lo que enmascaraba esa trayectoria de modelo, de vulnerable mito sexual y glamour, de mujer objeto para los cálculos de una academia que encontró el filón oportuno en el preciso momento de la flor de su juventud, cayendo en la tacañería de no proporcionarle camerino, para ahorrarse unos dólares, durante el rodaje de su primera película cuyo título era los caballeros las prefieren rubias, sabemos que, por saber, de su padre no se sabe nada y que tal vez heredó de su madre una congénita tendencia a los trastornos psicológicos; o puede que la culpa la tuviera la descomunal falta de afecto con la que creció, o el deambular de un orfanato a una casa de acogida durante el círculo vicioso de su infancia de la que llegó a decir que fue criada como una niña abandonada, sin pelos en la lengua, de la misma forma que afirmaba ver en Clark Gable la imagen del padre en la que poder mirarse, o no se escondía para proclamar su continua queja a cerca del trato que en los estudios de Hollywood le dispensaba a los artistas, a la mercancía con la que especulaban los magnates del celuloide. Es posible que a todo este desajuste de emociones se debiera igualmente su indisciplina en los rodajes, su acumulación de relaciones, su falta de olfato para atisbar las garras de los poderosos que no cuentan con la memoria entre su ramillete de virtudes. Todo una niña deseosa de una simple y sincera caricia, todo un genio que fue capaz de convertir su ligero tartamudeo en una jadeante voz con la que mitificar Happy birthday con sordina en la garganta.

Existe un último gesto, un postrero lance con el que se da por concluida nuestra biografía. Ni una palabra mas, como colofón a toda una vida y obra, dejó escrito Cesare Pavese en su diario antes de cerrarlo definitivamente, en ese transcurrir de páginas que después conoceríamos con el título de"El  oficio de vivir", y horas mas tarde se despidió del mundo tomando la decisión de suicidarse, quitándose del medio de la siempre terrible manera que supone la ingestión de doce sobres de somníferos, el 28 de Agosto de 1950 en un hotel de Turín, doce años antes de que, supuestamente, Marilyn Monroe cayese en el mismo abismo del sin retorno. En ocasiones vivir cansa y dejan de tener aliciente el canto de los pájaros y la luz de las luciérnagas, tal vez la delirante experiencia de una sobrecogedora intensidad mental  que imbuye al cerebro en la más alta de las autodesconsideraciones ha acabado con las ganas de algunos de cuantos se mostraban al mundo como referentes, ídolos y ejemplos, personas admiradas que no resistieron la tentación de abandonar la existencia por decisión propia; que no encontraron ningún motivo a su alcance para extraerle el más mínimo incentivo de continuación a lo que veían; puede que la lucidez juegue estas malas pasadas, que una vez que no se sabe qué hacer con el tiempo, cuando se tiene la completa seguridad del advenimiento, tarde o temprano, de la parca, o tal vez cuando se mercantiliza demasiado y se confunde el alma con un mero cacharro, mejor decidir por uno mismo el justo momento en el que ponerle fin a la agonía del rutinario hábito de respirar entre mentecatos que no entienden ni tratan de indagar en las profundidades de la verdad que no necesita ser filmada para mantener en pie su vigor, o porque no hay un motivo aparente al que poder dedicarle mas atención y no se encuentra una tabla de rescate. Cuanta crueldad. Todo muy complicado, demasiado difícil para verlo desde la barrera. Son tan retorcidos los entresijos del ser humano que resulta excesivo aventurarse a opinar más allá de la tristeza con la que es recibida cualquier pérdida y casi que no nos queda más remedio que respetar en silencio lo acontecido.

Llevamos cincuenta años con los Rolling Stone, medio siglo de canciones que Norma Jeane no conoció, diez lustros sin lustre de faldas al vuelo ni cuerpos que duermen desnudos con unas gotas de colonia como acompañamiento. Llevamos mucho tiempo desamparados de la belleza de unos ojos y unos labios anunciando el perfume del edén , suficientes números de calendario como para comprender que aunque nada sea eterno hay miradas que perdurarán a lo largo de la historia.


miércoles, 21 de marzo de 2012

Libertario catedrático





Con un muy parecido aspecto a Jesucristo, pero con el pelo blanco y con un bulto en su pómulo izquierdo, reminiscencia de una artritis, artrosis o cúmulo de vivencias, se nos presenta  cada mediodía, como caído del cielo, tirando de su carrito de la compra repleto de ejemplares que serán ofrecidos entre uno y tres euros, en función del grosor, un ser humano llamado Paco que luce semblante de buena gente, refrescado litro de cerveza por el sol y pitillo rubio entre sus dedos cuyo humo barnizan los flecos de su destartalado bigote con unas mechas en las que la nicotina juega al arte de la estética del cabello queriendo gustarse entre ocres y amarillos.

El ritual con el que coloca una  tela sobre el suelo, junto al kiosko de prensa tras el que se encuentra seguro y afirma no ser visto por la policía, sobre la que irá disponiendo libros y objetos, que en muchas ocasiones presentan el aspecto propio de lo que ha deambulado de mano en mano durante décadas, es la viva imagen de quien se muestra tan seguro de lo que hace que tan solo necesita que lo dejen en paz con su historia y su misterio, con su aire de libertario catedrático de la paciencia, hijo predilecto del fracaso a mucha honra y doctor honoris causa por la facultad de ciencias de la calle, ejerciendo ahora como vendedor de libros sobre unos cuantos metros cuadrados de la Gran Plaza sevillana en los que se puede encontrar desde un manual del kama sutra hasta una selección de artículos de Larra, en función del día, además de una pipa de fumar con mucho rodaje, unas gafas sin cristales para ver de lejos, y mucha decencia en el trato y la camaradería hacia los aficionados por la letra impresa.

En ocasiones algún vecino se deshace allí, sin resignación, de volúmenes de enciclopedias que !@#$%^&* muy bién el papel de rellenar los estantes de esos emblemáticos muebles sin los que sería impensable el decorado de los cuartos de estar de la transición, y a cambio de nada hace posible que el arsenal de Paco aumente al tiempo que las posibilidades de quienes hacía años buscaban el tomo F del Diccionario de los animales de la jungla. Entonces me apodero de La Vida Oculta de Soledad Puértolas, del que el susodicho vecino me asegura haber sido propietario en alguna ocasión, con la que Paco, debido a la buena pinta de la adquisición, me ahugura y desea pasar un buen rato y con el que yo me marcho tranquilo por seguir teniendo la certeza de que la poesia sigue viva en este rincón del planeta.