jueves, 20 de abril de 2017

Streetwise


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Siempre me ha atraído la filosofía del lenguaje, el por qué las cosas se dicen de una determinada manera en cada lengua, esa forma de hablar que tiene que ver con la arquitectura del pensamiento que antecede a la voz, con lo que se piensa antes de enunciar un concepto; el tema me resulta apasionante. Cada pueblo cuenta con su historia, con sus anécdotas y situaciones que dieron lugar a frases hechas y expresiones, a modos de manifestar ideas, configurándose así el cúmulo de detalles que atesora un lenguaje propio, único, determinado por lo que ha ido pasando a lo largo de los siglos entre gentes que se han visto obligadas a comunicarse, a informarse, a persuadirse y convencerse los unos a los otros, discutiendo y contando y charlando y cantando y emitiendo formulaciones lingüísticas con las que hacerse entender. Una de las cosas más fascinantes de la lengua es que se trata de algo vivo, que cambia a medida que pasa el tiempo, de manera que lo que antes se decía de una forma ahora se resume en otra debido a los mecanismos de la realidad, a cuanto acontece; o el caso de ciertas palabras que han ido apareciendo en la ordinaria comunicación entre ciudadanos y que más allá de quedarse ancladas en el saco de la jerga popular han acabado formando parte del diccionario de la Real Academia de la lengua; esa fuerza demuestra la vitalidad del lenguaje. Esa vivacidad es un claro síntoma del desarrollo del pensamiento, de cómo se trata la dialéctica, de qué importancia se le va dando al estilo y al tono de las conversaciones, al querer decir en función del deseo, de las circunstancias, del mensaje, de la intención; también es un fiel reflejo de las influencias, de los cruces de caminos que han facilitado que unos pueblos se hayan ido mezclando con otros dando como resultado una miscelánea de prefijos y sufijos, de desinencias que muestran a las claras la importancia de las relaciones de los pueblos a lo largo de los siglos, siendo un fiel reflejo de hasta qué punto el contacto de unas sociedades con otras determina, por influencia, el carácter de algunas expresiones. Hay idiomas que parecen haber salido de un cuento, por su grafía, como el japones o el chino o el ruso; hay otros que constan de tantas palabras bonitas para especificar la particularidad de algo, como el español, que se presentan inmensos, grandes, amplios, dados a la imaginación y a las dicciones largas, a las descripciones meticulosas, a la belleza de llamar a las cosas por su nombre porque cada una de ellas lo tiene además de varios sinónimos, porque le es inherente y le corresponde tanto como al escritor el derecho de probar distintas posibilidades y forzar sus límites hasta encontrar su estilo. La lengua árabe parece haber salido de una racha de brisa que levantara una tenue nube de arena tras acariciar las dunas del desierto; el acento alemán es ya una premonición del rigor con el que se organiza la vida en el centro de Europa; el alfabeto griego se muestra como el uniforme antiguo y de gala del abecedario; el francés se deja besar mientras se habla; el inglés parece retener en el pragmatismo de su gramática el estricto sentido protocolario anglosajón. Por todo esto en lo que reparo a menudo, cada vez que descubro una nueva palabra dentro de la cual se encuentra un pensamiento entero, no dejo de asombrarme de la fuerza de las lenguas, de la estructura de los idiomas, de lo que se puede comunicar con una serie de letras juntas; la última palabra que me ha cautivado ha sido streetwise, que en inglés viene a definir ese tipo de sabiduría y de conocimientos que se adquieren en la calle, en el ir y venir de la vida, algo así como la gramática parda que cada uno nos vamos forjando a medida que las experiencias nos van esculpiendo. Qué gozada.


1 comentario:

  1. He pasado unos días en Portugal y, como no estoy acostumbrado a escucharlo, me ha gustado mucho ese sonido como de viento, como de susurro, como de olas que se atrastran por la playa.
    Me ha gustado mucho la palabra "Sereia" (sirena).
    Salu2, Clochard.

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