viernes, 12 de agosto de 2016

El Olimpo de lo sencillo


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Encontrar la paz necesaria y autosuficente para ponerse a leer o a pasear o a hacer la compra, sin la acuciante sensación de vértigo que se apodera de uno cuando le falta muy poco para emprender una obligación, es ya un regalo caído del cielo, un placer accesible de la vida, una fortuna que bien administrada da como resultado la entrada en el Olimpo de la sana indolencia de la lectura y los hábitos más ordinarios y reglamentariamente bellos por simples. Ese reino y refugio del proponerse hacer las cosas poniendo un grano de vida en ellas, esa cautela con la que se programa el día en función de las necesidades cuya contundencia radica en su base, de las que con frecuencia uno se desentiende por no tener la disciplina suficiente y por no mirar cerca de lo que hay delante de sus narices, es la piedra de toque de un positivismo tan inherente en nosotros como olvidado en las cavernas de nuestras costumbres. Uno es un poco, dedicándose a lo que se dedica, como los franceses, o sea que vive a la francesa, se viste a la francesa para el escenario, prepara a la francesa las oposiciones de cada estreno y de cada actuación, pero en su casa, también a la francesa, es un desastre. Cuando uno se reconcilia con esa cantidad de deberes a los que se les toma de inmediato el gusto a partir del momento en el que dejan de ser obligaciones se renueva por dentro y por fuera, y ese tiempo como perdido o mal aprovechado, del que siempre se ha tenido un concepto como de atasco o de trampa o de impedimento o precio con el que tener que pagar las ansías y las prisas y el maremagnum de atropellos, es ahora uno de los motores para que más tarde fluya a sus anchas la creatividad de lo sencillo con gestos como regar las plantas del patio, sacudirle el polvo a los rincones más escondidos del hogar, abrir los armarios, correr la lavadora y todos esos muebles que guardan una fauna en sus bajos, acariciar el lomo de los libros que se compraron y cayeron en un fulminante olvido nada más sacarlos de la mochila de vuelta a casa, llamar a alguno de esos conocidos de los que hace meses que no sabemos nada, interesarse por una dieta más o menos sana, vivir sin aspavientos ni soberbias, sin rencores ni maledicencias, sin turbulencias ni desengaños sin fundamento, mirar desde otra perspectiva, darle de comer a los gatos del callejón, interesarse por cambiar una bombilla, dar un paso por hacer eso que inexplicablemente nunca se hizo por cobardía o por pereza, por la insana comodidad del que venga otro y lo haga. Llega uno casi a la conclusión de que puede que ser feliz sea sencillo, o más sencillo de lo que parece o nos pensamos; lo difícil, lo que nos cuesta, a lo que nos resistimos, lo que no podemos o no sabemos o no nos atrevemos a ser, tan cargados del peso de la futilidad de la compra y venta de nuestras almas a los impostores del entretenimiento moderno del opio del absurdo, es precisamente a ser sencillos. Por qué no reconocer que el rey va desnudo y pararnos un poco a pensar en el incalculable valor de la gratuidad del aire que respiramos. Cómo le gustaría a uno que esta sensación de dicha se extendiera cuando acaben sus vacaciones y se confundiese en el calendario como un reguero de puntos suspensivos entre cada uno de sus días. Quiere uno ser como aquel sabio que no cambió París por su aldea.

2 comentarios:

  1. Con pocas cosas se puede ser feliz. Es cuestión de valorarlas. Y poder/saber aislarse del mundanal ruido.

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    1. Ya sabes: no es más rico el que más tiene...

      Salud, Dyhego.

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