sábado, 27 de agosto de 2016

Una Fortuna


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Escribo en la página en blanco de este blog, en los cuadernos sobre los que voy recaudando las frases que antes tenía la costumbre de subrayar y que ahora prefiero poner blanco sobre negro en mi afán por mejorar el cuidado de los libros y por el mero placer de escuchar la punta del bolígrafo deslizarse sobre el papel; en una pequeña hoja escribo la lista de la compra y en otra las cosas que no se me pueden olvidar, las líneas que marcan la ruta del día de hoy, boyas sobre el mar de la capacidad del recipiente en el que caben veinticuatro horas; escribo en un papel clavado en un tablero de corcho sobre el que también se hallan las cartulinas con las que me hago pasar por el Henry Matisse que todos llevamos dentro, por el pintor con tijeras como le gusta decir a Muñoz Molina, objetivos a muy corto plazo, deberes del hogar y de organización personal, averías, pertinentes cambios en el interior del apartamento, recibos pendientes, tareas, visitas al médico y al dentista y a la biblioteca que me sancionó como a un enfermo terminal infectado por el virus de la desidia, como a un ladrón de libros debido a un retraso que se fue amasando en la fragua de Vulcano del más descomunal de los despistes; escribo en la servilleta de un bar y en el reverso de una factura del mercado, siempre con el temor de que se me vayan quedando por ahí las notas alguna de las cuales puede ser determinante en un momento dado. Todos los despistados también llevamos a un Juan Carlos Onetti con nosotros, un otro que después se encarga de armarlo todo a base de retazos con la esperanza de que el resultado sea mejor de lo que pensaba; y así voy, de escribiente de mis rutinas, por la vida. Y hablando de escribir, hoy he retomado un apartado que llevaba ya casi un mes aparcado en mi escritorio: el del oficio de vivir entre los bastidores de un restaurante, el de lo que concierne a los proyectos que pronto inaugurarán una  nueva temporada, con esa sensación que experimentan los músicos al emprender una nueva gira. Me acuerdo de todos y de cada uno de los miembros de mi equipo, de los más jóvenes y de los que ya llevan muchos años en esto; recopilo mentalmente toda la información que me han ido dando sobre cuáles son sus pensamientos durante el tiempo que llevamos compartiendo escenario, como queriendo descubrir los cambios que han hecho posible el progreso y separar el grano de la paja para seguir cometiendo errores pero sin que éstos sean los mismos sino otros que nos den pie a valorar de diferente manera las mismas situaciones, información sobre todo lo que se les ha ocurrido, sobre lo que han visto en el  lugar en el que han pasado su mes de vacaciones, sobre lo que cada uno de ellos puede aportar al conjunto para que el conjunto les acabe aportando a ellos. Me acuerdo mucho de los que no han hecho nada más que empezar, de los alumnos que harán sus prácticas lectivas con nosotros durante el curso que viene, esos chicos y chicas que vienen cargados de vivencias que jamás hubieran imaginado que algún día ellos pudieran protagonizar, instalándome en ellos con el camaleónico mimetismo de quien quiere recobrar un aroma recurriendo a su memoria gustativa, acercándome a sus pensamientos rejuveneciéndome por dentro, haciendo el esfuerzo de revivir a base de reminiscencias comparadas lo que a mí se me pasaba por la cabeza cuando yo estaba en su situación, aprendiendo de ellos lo que no aprendí entonces, en aquellas prácticas fuera de la escuela, en aquellos mundos de Sofía encerrados en cada una de las casas que iba conociendo, poniéndome al corriente de lo que el paso del tiempo se ha encargado de ir cambiando mientras yo he estado en otros lugares. Escribo en una especie de agenda que es lo más parecido a una lluvia de ideas inconexas pero en la que, como en esos papeles sueltos, reina la armonía y el perfecto desorden de todo lo que por allí va dejando su rastro; escribo y me paro a pensar que el mero hecho de pensar en esto de una manera tan relajada, tan, me atrevería a decir, lúdica, tan desprovista de presiones ni de prejuicios, es de por si una de las recompensas que no forman parte de la nómina pero sí de esa otra remuneración basada en la toma de conciencia de lo que uno es. Estoy terminando de tomar mis notas cuando me viene  a la cabeza una reflexión en forma de hábito frecuentado: qué pena que todos los años por estas fechas salga a relucir en los telediarios eso del síndrome de depresión post vacacional que sufren tantos miles de personas por no sentir nada en absoluto por lo que hacen, o porque el ambiente laboral en sus empresas es irrespirable, o porque las condiciones, a pesar de que les encante su trabajo, dejen mucho que desear, por saber, en definitiva, que a lo que se enfrentan es a otro montón de meses de esfuerzo en algo que ni les va ni les viene pero que han de cumplir a rajatabla para poder subsistir; pero es verdad, ahí está, nadie puede negarlo, porque a pesar de que existan estadísticas, grandes estadísticas y mentiras, lo del gran porcentaje de personas que sufren las consecuencias del malestar debido a la vuelta al trabajo es un dato objetivo cuyas consecuencias se traducen no ya en un mal clima en el entorno de toda esta gente, sino que ese mal se expande y acaba mermando el ambiente social desde su primera toma de contacto con el resto; y no es justo ni que unos anden tan mal ni que otros quieran estar bien pero no puedan dar todo lo que tienen porque los apoyos menguan a medida que avanza el desaliento de la clase trabajadora, de aquellos que conforman la base de la piramnide de la producción dentro de la que también hay muchos artístas y creadores, y hombres y mujeres dotados de un sexto sentido para demostrar que la primera norma es darle la vuelta a la norma y conseguir mejores resultados desatendiendo a las furias y los enfados del mal humor. Qué gran fortuna tenemos algunos y qué fácil nos resulta tirarlo todo por la borda a las primeras de cambio contagiados por lo que nos puede llegar a nublar la visión tanto como para quedarnos ciegos, justicias e injusticias aparte que estaría bien revisar. Me da mucho que pensar este tema.

1 comentario:

  1. A veces si no tomamos nota, se nos va de la cabeza.
    Salu2, Clochard.

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