viernes, 13 de julio de 2012

Qué bajo hemos caído.




No dejo de preguntarme, a medida que camino, por la gran cantidad de cosas que nos dificultan y nos enredan la tranquilidad transformándola en una continua preocupación por no perder algo; me pregunto por el basto y abigarrado conjunto de papeles y números con los que se nos controla hallando solo respuestas de alteración del orden del alma. Todo se encuentra registrado en alguna parte, todo nos mantiene atados a la memorización de determinadas contraseñas. Desde la cuenta de correo electrónico hasta la tarjeta con la que sacar unos cuantos euros de un cajero; el pin del teléfono, los dígitos de la afiliación a la seguridad social; papeles y más papeles, carnés por doquier que demuestren quienes somos pero nunca hacia dónde vamos. Sales de casa y sin una cartera en la que se encuentren parte de todas esas referencias no eres nadie. Llegará el día en el que al nacer nos coloquen un chip y en él se vayan registrando todos los datos necesarios, todo el bagaje de lo que interese, desde una torre de control en la que unas impías manos tecleén incesantemente en dirección a esa gente que por entonces comenzará a tener cara de marcianitos con millones de datos a sus espaldas; nos ahorraríamos mucho papeleo.

Del mismo modo pienso en la desconfianza generada entre nosotros una vez que uno no se acostumbra al tedioso tramite de tener que manejar ciertos documentos de tarde en tarde, por fortuna para mi. Cualquier persona, como yo, que no tenga demasiado pulida la habilidad del orden en temas burocráticos, cuando llega el momento de llevar a cabo alguna gestión, se muestra a los demás como la viva imagen del desorden y el descontrol de quien no está preparado para este mundo; pero para mi es una inigualable sensación de libertad la de no querer acordarme de nada de toda esta mercancía de datos, alterada de vez en cuando por la inquisitiva mirada que encuentro detrás de una ventanilla tratando de explicarme cómo llevar a cabo una situación a la que no le veo nada más que agujeros por los que se cuela mi dinero. Una firma por aquí, otra por allá, ahora un sello, espere, espere señor, que se me olvidaba esta copia, una para usted, otra para... Con esto no hay quien pueda, es inaguantable, y lo peor es que más te vale estar un poco atento para poder demostrar, depende cuándo y cómo, que te han rascado el bolsillo para no consentir que te lo vuelvan a rascar de nuevo; entonces tengo que registrar el lugar destinado a los documentos de mi vagabunda vida y sin contenerme las carcajadas no me dejo de repetir: Pero que bajo hemos caído.

4 comentarios:

  1. Querido Clochard:
    Los papeles nos da una identidad pero,quien somos lo decidimos nosotros.Un abrazo fuerte!!

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    1. Los papeles nos empapelan, querida Amoristad.

      Mil besos.

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  2. Jajaja, leyéndote me acuerdo de un señor al que hicieron una inspección de Hacienda y, cuando fué al despacho del inspector, nos contaba (cito textualmente) : ¡Joder, puso mi nombre en el ordenador y allí salió hasta la ultima vez que hice de vientre!
    Pues eso

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  3. Que cuando menos te lo esperas estás montado en un lío de no sé qué por culpa de un papel, que ponte a buscarlo debajo de una piedra porque la memoria no la tienes/tengo programada para esas cosas.

    Un abrazo.

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